Literario

Informe para el planeta UmQ@}¨b

Una invasión alienígena se propone indagar aspectos esenciales de la condición humana, investigando su mayor pasión: el fútbol.

A Su Majestad Eminentísima, Inefable Padre Cenital y Madre Emanantista de nuestro universo.

Sabrá disculpar la demora de este informe, que fuera oportunamente solicitado por Su Omnisciente Lucidez en noviembre (según el calendario terráqueo) de 2019. Mi vehículo tuvo algunos desperfectos ni bien se desprendió de la nave nodriza y, como siempre ocurre en nuestro planeta con estas cuestiones, los encargados de su arreglo fueron de dilación en dilación, de excusa en excusa, que hay un ruidito que no me gusta, que tal repuesto no se consigue, y esto y lo otro, terminando su tarea tarde y mal, recién por estos días. No son excusas, son razones, pero ninguna razón puede siquiera aspirar a entender los designios de Su Majestad Original; sabré aceptar si Mi Ontologizador Hilemórfico cree que merezco algún castigo; lo aceptaré con la alegría de quien sabe que está al servicio de un bien que lo trasciende y lo justifica.

Cumplo entonces ahora en elevar el informe que con tanta urgencia y confianza me fuera pedido. Agradezco la momentánea provisión de los dones de la metamorfosis, la teletransportación y la mímesis, que solo poseen, bien lo sé, los elegidos; pero que era fundamental me fueran concedidos para confundirme con las (supuestas) multitudes, sin llamar un tipo de atención que podría desembocar en una guerra interplanetaria. Todo ha sido sabiamente pensado para hacer una investigación como la que Su Eminencia Seminal merece. La soberbia no hará de mí quien no soy ni debo ser: sé que todas estas potencias no me pertenecen, que son atributos que sabré perder o devolver, una vez que regrese, al lugar del que provengo, y a usted, Útero Fundacional, de quien todo proviene.

No dudo de la infalible capacidad algorítmica de nuestros ordenadores y de la sublime lucidez de nuestros hermeneutas. Sé que durante años se han nutrido con cada manifestación de la especie humana en busca de una cifra, de un símbolo, de una ecuación áurica que pudiera dar cuenta de cuál es la pasión arquetípica que mejor identifica a esta especie: la humana. Sé que gran parte de su deseo de interactuar con ella, una vez invadido el planeta, tiene la noble intención (¿y qué otra intención podría tener viniendo de Su Nobleza Supina Paroxística Geométrica Vientre Epifenogénico?) de entender el fútbol para poder entender el núcleo orgásmico simpático que define a los humanos.

Seré intransigente en mi afirmación; procuraré luego fundamentarla, como corresponde, con la apelación fáctica: nuestros algoritmos y nuestro sabios, por alguna razón, han fallado; el fútbol es una pasión de segundo o tercer orden, una praxis a la que le cabe cualquier calificativo, menos el de “apasionada”.

Créame, Su Infinita Matriz Gestora; he recorrido estadios de muchos países, los que según nuestra mátrix son los más prestigiosos y apasionados del mundo. He esperado con paciencia el tiempo de alegría dionisíaca que se supone precede a los encuentros en sus inmediaciones: sus cantos, sus bailes, sus peleas, sus manjares; he procurado ser testigo de los inagotables avatares del juego, de su dramatismo, de su éxtasis, de la comunión entre jugadores y público. He aguardado los rituales sacros del hincha, ese monstruo mitológico. He visto de cerca a los jugadores, esos seres divinizados a los que creí similares a los dioses olímpicos. He seguido al pie de la letra las indicaciones del informe “Fútbol: pasión de multitudes”, que nuestros sabios y nuestros programas han acopiado luego de años de paciente indagación.    

He paseado, en suma, mi desesperanza de un estadio a otro. Déjeme decir, Su Larval Bucle Causal, que si esta es la pasión máxima de esta especie, creo que estamos ante una especie cuya nota distintiva es la falta de pasión.

He aquí los hechos. Los jugadores llegan en sus naves individuales, con el rostro tapado por una tela, a un estadio maravilloso que no termina de tener sentido alguno. No se comprende por qué hay enormes construcciones laterales con habitáculos (llamados butacas) que parecieran estar hechos para albergar gente, pero en los que no hay nadie. En algunos estadios, incluso, hay símiles humanos hechos de cartón, supongo que serán tótems a los que los jugadores rinden pleitesía, o anidará en ellos el espíritu de algún ancestro familiar, porque algunos hacen pantomimas delante de ellos.

He deambulado por las inmediaciones en busca de esas fiestas populares que nuestros informes aseguran, pero salvo que en nuestro planeta tengamos un concepto muy extraño de lo que es festivo, no parece haber aquí nada extraordinario. Nadie se acerca a la cancha, tan parecida desde afuera a alguna de nuestras naves más grandes. No hay rastro ni registro de olores que llenan la atmósfera como promesa de deliciosos manjares, según consta en foja 4 del informe (apartado “Chori mariposa”). Tampoco he visto una sola de las luchas feroces entre lo que se da en llamar “barras” (pág. 9, ítem “Te salvó la yuta”).

En cuanto al juego propiamente dicho…bueno, no tengo mejores noticias; los jugadores entran tomando distancia (como ocurre en nuestro planeta con los matrimonios de años cuando caminan por la costa), y se saludan de la manera más incómoda y distante posible (por no decir absurda), chocando sus antebrazos.

No quiero ofender a los responsables de nuestros protocolos de investigación, pero haré ahora la afirmación más desilusionante: el gol no tiene el menor vestigio de grito primal que supuestamente lo define como el momento más maravilloso de este deporte. He leído con atención el apartado “Gol, la emoción cumbre” (pág. 14), donde aparecen los doce adjetivos que nuestra especie utiliza para calificar lo inolvidable. He visto hacer muchos goles y apenas si se festejan; ¿no era que los jugadores hacían verdaderas coreografías, que se fundían en abrazos copulantes, que caían de rodillas como ante una visión mística? Afuera, un grupete de otros jugadores y colaboradores, todos también con la cara tapada, no difieren en sus expresiones de los locos (los he visto en los barrios) que creen dirigir el tránsito.

Ayer, durante mi última noche en la Tierra, alcancé a ver por única vez el aparato que aquí llaman TV. Sé (y cumplí al pie de la letra) que mi investigación debía prescindir del contacto con dicho espectro, para que mi visión de las cosas fuese objetiva, pero sabrá entender Su Misericordia Omnicomprensiva Inapelable que solo lo hice cuando todo lo que he escrito ya estaba sellado para ser elevado. Agrego como digresión dos cosas que me alarmaron de esa visión, y que creo El Uno Indiscernible debe saber: una, vi muchos programas en los que hombres sentados detrás de una especie de sala de comando discutían, debatían, se peleaban y descalificaban por algo tan poco importante, según puedo dar fe, como el fútbol. Hablaban con un énfasis que no se correspondía, salvo a causa de alguna extraña enfermedad, con ese espectáculo apagado y apático del que yo fui testigo. La otra cosa alarmante es que pude ver la repetición de un partido al que yo había asistido esa tarde, y se escuchaba de fondo un rumor de multitudes que no había estado en la realidad. Si no fuera que debo regresar a mi planeta; si Su Ambrosía Summa Altiva me lo permitiera, denunciaría a esos farsantes que le hacen creer al pobre crédulo que ve de buena fe ese aparato, cosas que jamás ocurrieron.

Me propongo con toda humildad como informante para reanudar nuestra encomiable búsqueda de algo que efectivamente califique a la humanidad desde el punto de vista emocional. No sé cuál ha sido el error, pero ciertamente el fútbol no es lo que pensábamos. Queda por confirmar que si esta es la máxima pasión a la que pueden abandonarse los humanos, bien convendría invadir otro planeta.

No puedo cerrar el informe sin hacer referencia a una frase que un hincha, el único con quien hablé en mi breve estadía, me dijo: “El fútbol es una pasión inexplicable”. Coincido plenamente con su lapidaria sentencia.