Fútbol en Irán

Irán: fútbol, revolución y mujeres empoderadas

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El país asiático, que en estos días se encuentra en el centro de las miradas por su conflicto con Estados Unidos, tiene en el deporte rey a un elemento de cambio social y cohesión. De los equipos populares que enfrentaban a la elite a las fanáticas que pelearon por su derecho a asistir a las canchas, en el Golfo Pérsico se vive por la pelota.

Por Nahuel Lanzón

Aunque muchos aseguran que el fútbol irrumpió en Irán en las primeras décadas del siglo XX, las fuentes no terminan de acordar si introdujeron el juego los diplomáticos británicos o los expatriados iraníes que regresaban de su estancia en Europa. Claro, los primeros registros hablan de partidos jugados en el consulado británico para 1908 y en los testimonios iniciales se ve un mayor interés en las clases bajas que en la burguesía local, que debatía sobre si era un deporte apto para el Islam. Sólo cuando bajo el reinado de Shah Reza Khan, las clases altas ilustradas (principalmente estudiantes) decidieron impulsar el fútbol como una forma más de “modernizar” el país, la pelota comenzó a encontrar ecos en la promoción estatal. No sin encontrar resistencia interna entre las huestes más conservadoras que no veían con buenos ojos tal intromisión.

Este debate entre liberales y conservadores dentro del fútbol persa excede a los distintos tipos de gobierno que hubo y continúan hasta el día de hoy. Es bajo el reinado del Shah Reza Pahleví, sucesor de Khan, que el fútbol comienza a ganarse un lugar más central en la cultura iraní. En primer lugar, Reza Pahlevi se formó en Suiza y era, según cuentan, un gran jugador de fútbol. Al punto tal de ser artífice de los tantos con el que un combinado local derrotó 2 a 1 a un equipo británico en la década del 20. En segundo lugar, el fenómeno ya estaba permeando en las clases más populares y empezaba, lentamente, a desplazar de su trono en algunos sectores a la lucha libre, deporte nacional iraní.

Irán irrumpió en el fútbol internacional con victorias consecutivas en las primeras tres Copas asiáticas que disputó, dos de ellas jugadas en suelo local. En la primera, incluso, derrotó a su enemigo eterno Israel por 2 a 1 para coronarse campeón. El mismo logro lo obtuvo en los Juegos Olímpicos de Asia, también disputados en Teherán en 1974, cuando incluso se cuenta que fueron constantes los insultos antisemitas ante los jugadores y el cuerpo técnicos israelí. Al mismo tiempo, Irán iba a lograr algo histórico: clasificarse para el Mundial de 1978. Allí, la realidad fue otra. No ganó y apenas empató con Escocia, algo que fue visto como un gran resultado, ya que gracias a ese empate eliminó a un país británico. Estos éxitos que parecían pavimentar el camino hacia un desarrollo ulterior del fútbol local, encontraron un fuerte muro con la Revolución Islámica de 1979.

Las mujeres alentando a la selección de Irán.

Hasta la década del 70, el fútbol local se mantenía semiorganizado, sin una liga nacional y con diferentes equipos desperdigados en distintas torneos regionales. El establecimiento más formal de los clubes, muchos de los cuales compiten hasta hoy, se dio con un mayor auge en la década del 60. Para entonces era, por decirlo de alguna manera, un fenómeno nuevo. Si bien hay antecedentes, como el Rab Ahan, fundado por la compañía ferroviaria iraní en la década del 30, al ver el potencial que había en el fútbol, distintas empresas iraníes, ya sean privadas o públicas, empezaron a patrocinar o crear sus propios equipos.

Surgió así el Sanat Naft, producto de la fusión de los dos equipos más populares de la región de Abadan, que, como su nombre lo indica, es el equipo de la National Iranian Oil Company. El Paykan FC tiene por dueño a Iran Kodro, la principal fabricadora de automóviles del país. O más recientemente, el Pars Jonoubi Jam de la región de Asaluyeh, que fue fundado en 2007 por la agencia de la PSEEZ (Pars Special Energy Economic Zone), que aglutina un conglomerado de plantas y refinerías en la zona. La gran mayoría de los equipos en Irán están patrocinados, financiados o directamente creados por una empresa o, sencillamente, permanecen asociados a una dependencia pública.

Una particularidad de estos clubes es la variedad en sus ubicaciones, ya que no todos se sitúan en Teherán. Esta cuestión geográfica les permitió a algunos equipos sentar raíz en las distintas ciudades o provincias y crear una fuerte comunidad de hinchas alrededor de ellos. El mayor exponente de este fenómeno es quizás el Tractor Sazi FC (renombrado hace poco a Tractor SC). Como su nombre lo indica, fue fundado por la Tractor Manufacturing Company en Tabriz, la capital de la provincia de Azerbaiyán del Este. A la par de los buenos resultados, la comunidad azerí de la región empezó a seguir al club y a identificarlo como un símbolo de resistencia a la capital, con la que tienen conflictos culturales y económicos de larga data. Hoy en día es uno de los clubes más convocantes de Asia y lleva a su estadio entre 60 y 80 mil personas por partido. No fue fundado por la comunidad azerí ni tuvo esa intencionalidad en un inicio, pero fue la propia población del lugar el que lo fue convirtiendo en una bandera de su realidad.

El pedido que las mujeres entren a los estadios.

En los 60, el fútbol iraní se centró en los dos gigantes de Teherán. Por un lado estaba el Taj, cuyo dueño en ese momento, el general Khusravani, tenía fuertes lazos con el régimen y la armada. Era uno de los clubes más ganadores en ese entonces. Su eterno rival era el Shahin. Este equipo, de corte más civil, atraía público debido a su confrontación con los equipos más vinculados al gobierno, principalmente el Taj. Apoyar al Shahin era una forma de hacer oposición política. En 1967, el Shahin se disolvió, y la mayoría de sus jugadores fundaron un nuevo club llamado Persepolis (lograron así, “transferirle” su popularidad). Por otro lado, el Taj iba a ser renombrado por la Revolución Islámica a su nombre actual: Esteghlal. Ambos clubes protagonizan hoy el llamado “Derby de Teherán”, una rivalidad que en sus mejores momentos ha sabido llevar más de 100.000 almas al Estadio Azadi. La rivalidad entre ambos equipos representa un conflicto de clases inherente a la sociedad iraní. Por un lado, el Persepolis es el club de las clases trabajadoras. Por el otro, el Esteghlal representa a las clases altas, más vinculadas a los distintos gobiernos que tuvo el país. Y si bien, como en todo clásico, la masividad de ambos clubes ha desdibujado un poco estos límites, dicha tensión se mantiene hasta hoy.

Tal ha sido el poder de convocatoria de ambos clubes que en 1979 la Revolución Islámica expropió ambas instituciones y se las adueñó, dejándole la gestión de cada equipo al Ministerio de Deportes y Juventud. Una de las primeras acciones fue cambiar el nombre de ambas instituciones. Además de la modificación del Taj (“Corona”) al Esteghlal (“Independencia”), el Persepolis también fue rebautizado primero por Azadi (“Libertad”), nombre que fue rechazo por jugadores y aficionados, y luego, con acuerdo de los jugadores, por Pirouzi (“Victoria”). Sin embargo, sus hinchas nunca dejaron de llamar al club por su bautismo original, algo que finalmente se impuso en 2012 cuando el club volvió oficialmente a su nombre histórico. No deja de ser curioso que el equipo que surge como opositor a los distintos gobiernos haya podido volver a su antiguo nombre, mientras que el Esteghlal, siempre más vinculado a las clases dominantes, lo haya mantenido. Igualmente, los seguidores de ambos equipos nunca aceptaron del todo esta intromisión y el reclamo general es el de privatizar ambas instituciones, algo que hacia fines de 2018 finalmente el gobierno central abrió como posibilidad.

La tensión política respecto del fútbol siempre fue un tema latente. En un primer momento, la Revolución Islámica prohibió distintos deportes contrarios a la Sharia (el cuerpo doctrinario que regula las conductas según cada escuela del Islam), como las artes marciales, el boxeo o incluso el ajedrez. A pesar de esto, nunca prohibió el fútbol. Hacerlo hubiera sido contraproducente, dado que su popularidad tenía una fuerte base en las clases más bajas, de donde paralelamente el gobierno obtenía su mayor fuente de apoyo. Al mismo tiempo, claro, intentó desalentar su práctica y minar su masividad: se lo veía como una forma de “intromisión occidental” dado su origen inglés. La solución, por llamarlo de alguna manera, fue “adaptar” al deporte a los nuevos códigos de conducta. Así, los jugadores por ejemplo no podían utilizar palabras en latín en sus camisetas. La Copa Takht Jamshid, que oficiaba como liga oficial, fue suspendida. Todos los clubes fueron estatizados. La televisación y difusión de los partidos de la selección nacional o de los equipos de las ligas regionales también fueron severamente reducidas.

Irán. Una selección en pleno crecimiento.

En 1981 se prohibió que las mujeres asistieran a los estadios, en un capítulo cuyas consecuencias continúan hasta hoy. Todas estas cuestiones hicieron mella en el rendimiento de la selección nacional durante esa década. De todos modos, el fútbol continuaba aumentando en popularidad, en un hecho que afectaba al regimen iraní por partida doble. En primer lugar, porque mostraba el fracaso de sus políticas para desincentivar su práctica. En segundo lugar, porque los campos de juego se convirtieron por descarte en uno de los pocos entretenimientos permitidos (aún con todas sus limitaciones). Así, las tribunas comenzaron a volverse terreno fértil para la protesta política o la violencia entre hinchadas. Se hacía necesario un abordaje distinto. En 1987 el Ayatolá Jomeini promulgó una fatwa (un pronunciamiento legal) que reguló la televisación de diversos eventos culturales o deportivos. Por ejemplo, se permitía mostrar películas que sólo incluyeran mujeres, siempre que las mismas estuvieran “debidamente cubiertas”. Respecto al deporte, se autorizaba toda televisación de evento deportivo, siempre y cuando el espectador “lo observe sin lujuria alguna”.

A partir de la vuelta oficial del fútbol a la televisión, su impacto en la vida cultural iraní fue creciendo. Se agrandó la infraestructura. Se fomentó la práctica. Aquello posibilitó que para 1989 se instaurara nuevamente una liga nacional. Para 1993, ya eran necesarios tres canales deportivos estatales, dedicados en su mayoría al fútbol. En 2001, la liga se terminó de profesionalizar y se creó la Pesian Gulf Pro League. La selección iraní también empezó a mejorar. En 1990, Irán ganó la medalla de oro en los Juegos asiáticos de Beijing, objetivo que volvió a lograr dos ediciones después. Y en 1998, tras veinte años, el combinado local regresó a un Mundial, en Francia. Durante ese tiempo, el debate entre conservadores y liberales mutó, pero seguía vigente. Por ejemplo, se veía con recelo la convocatoria de los jugadores que jugaban en el extranjero, especialmente en Alemania. Jugadores de la talla de Ali Daei se perdieron una parte de la clasificatoria, pero cuando la misma llegaba a su fin volvieron a ser convocados. Algunas cosas no cambian en el fútbol, sin importar el lugar: los resultados mandan.

La Revolución Islámica encontró en este deporte una poderosa herramienta en la diplomacia mundial. Un primer capítulo fue “el amistoso de la paz” disputado en Kuwait entre Irán e Irak una vez finalizada la guerra. Pero el hecho máximo fue el partido que se disputó ante Estados Unidos en el Mundial 1998, en el cual se terminaron imponiendo por 2 a 1 gracias recordados goles de Hamid Estili y Mehdi Mahdavikia.

El gobierno le prestó especial atención no sólo a ese partido, sino a la imagen en general que tenían que dejar los jugadores y el cuerpo técnico persa ante el mundo. Por eso, se les suministró un riguroso código de vestimenta, se les ofrecía un ramo de flores como gesto de buena voluntad a los rivales y se tenía un férreo control sobre la comunicación del equipo con la prensa internacional. Un detalle: En el partido contra Estados Unidos, la FIFA tuvo que negociar diversas cuestiones, entre ellas una de protocolo: por sorteo, Irán debía romper la fila del saludo Fair Play y estrechar a los jugadores estadounidenses. Esto era visto como un símbolo de debilidad y fue terminantemente prohibido por el Ayatolá. Tras varias discusiones, finalmente se accedió a que fueran los jugadores americanos los que tuvieran que saludar a los iraníes.

Si bien la FIFA en todo momento intentó “neutralizar” toda la disputa política que podía tener el partido, que incluyó un mensaje diplomático de Clinton antes de la disputa y la famosa foto con los dos equipos reunidos, la victoria en Irán no fue percibida como un triunfo más. Las calles de Teherán estallaron en festejos e incluso Ali Jamenei, líder supremo de la Revolución y ex Presidente, declaró: “El enemigo es grande y arrogante, pero les hemos hecho probar de nuevo el amargo sabor de la derrota”.

El fútbol opera también como arena simbólica de la política internacional y, por otro lado, muestra la flexibilidad que tiene la Revolución Islámica para adaptarse a los cambios con el fin de incorporarlos para perdurar. El corolario es la disputa de la lucha feminista dentro del fútbol iraní, que se centra (pero no se limita) en la asistencia del público femenino en las canchas. Con la asistencia de las hinchas vedada, en 1995 el Ayatolá Jomeini sentenció: “Una mujer no podrá ver a un hombre con el cual no se relaciona semi desnudo incluso si la intención original (ver un partido de fútbol) no es buscar la lujuria”. Aún así, el público femenino que gusta del fútbol local en Irán es enorme y basta con ver las redes sociales de los clubes para darse una idea. Ante esta prohibición, muchas mujeres arriesgan su vida yendo a los estadios disfrazadas de hombre, arriesgándose a una sentencia en prisión si son descubiertas.

El caso más paradigmático de los últimos tiempos es el de Sahar Khodayari, conocida como “la chica azul” por su fanatismo por el Esteghlal. Tras ser enjuiciada y sentenciada por querer asistir a un encuentro, decidió prenderse fuego a sí misma para evitar la condena de ir a prisión y falleció a los pocos días. El caso conmocionó al mundo, pero también a Irán. Vouria Ghafoori, capitán del Esteghlal y jugador histórico de la selección, en varios encuentros salió al campo de juego con una camiseta negra con un corazón azul en el centro y la leyenda “Blue girl”. Varios de los jugadores del plantel lo acompañaron, y hubo una fuerte reprimenda oficial a su accionar.  Las presiones de la FIFA para “normalizar” esta situación de a poco fueron dando sus frutos, y tras una prueba con un amistoso ante Bolivia, finalmente las mujeres pudieron acceder a un encuentro oficial sin tener que disfrazarse para ver a su selección vapulear a Camboya en octubre de este año. Eso sí, sólo en un sector específico de la cancha. Todavía queda mucho por hacer.

Samar Khodari, más conocida como ‘La chica de azul’ se prendió fuego a si misma tras ser enjuiciada y sentenciada por querer asistir a un encuentro, para evitar la condena de ir a prisión y falleció a los pocos días.

Ya sea analizando la historia o el presente, una cosa queda clara: el fútbol en Irán es un elemento central para su cultura. Es también, un territorio de disputa política, tanto para reflejar las tensiones existentes en la sociedad, como para manifestar nuevas demandas e incluso como herramienta diplomática o geopolítica. En estos inicios turbulentos del 2020, donde Irán vuelve a estar en el foco de tensión internacional por su conflicto con los Estados Unidos, no sería extraño que afloren nuevos temblores tanto a nivel interno como a nivel externo. El tiempo dirá, claro, si terminan reflejándose en un campo de juego.