Jorge Caracassis

Del atletismo al skeleton

Compitió casi toda su vida en pruebas de velocidad, desde los 60 hasta los 200 metros, pero un día dio un portazo y se cambió de deporte. Cuando la pasión y deseo generan un cambio de hábitos. La historia de un marplatense de 25 años que sueña con ser olímpico en los Juegos de Invierno de Pekín 2022.

En la película Jamaica Bajo Cero (Cool Runnings), Mike White, Devon Harris y Dudley y Chris Stokes, cuatro jamaiquinos (tres eran del Ejército local y el último se estaba preparando para ingresar a la Universidad de Idaho) ganaron la escena en los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary (Canadá) 1988 al enfrentarse a un desafío que, en un principio, asomaba como quimérico: empujar un trineo de nieve en la modalidad bobsleigh. Lejos de su tradición deportiva más afín a las pruebas de velocidad de 100 y 200 metros dada la presencia del gen ACTN3 (que codifica la velocidad), ellos lograron marcar un antes y un después al ganarse el corazón y la simpatía de todo el público presente.

Pero, en verdad, esta historia ganó fama mundial (hoy podría decirse que sería viral) recién en 1993 cuando ejecutivos de Hollywood pusieron el ojo en este hecho casi exótico y pintoresco y compraron los derechos para realizar la película.

Un año después de que este film rompiera la taquilla con más de 70 millones de dólares en recaudación, en Mar del Plata nacía Jorge Caracassis. Sin saberlo, acaso, Jamaica Bajo Cero funcionó como mascarón de proa para que años después abandonara el atletismo (pruebas de velocidad de 60 –en la que tiene la 3º mejor marca nacional de todos los tiempos– hasta los 200 metros) en busca del sueño de toda la vida: ser deportista olímpico… de invierno. “Más allá de la película, porque yo era muy chico, la Play Station tuvo mucho que ver en mi decisión. Cuando era más chico jugaba a la Play con mis primos y jugábamos al bobsleigh y al skeleton y yo decía que alguna vez iba a hacer eso. La diferencia es que el bobsleigh requiere mucha más plata y un compromiso total de dos a cuatro personas y eso no se encuentra con facilidad”, le cuenta Caracassis a Enganche. “Hace dos años decidí cambiar de deporte completamente. En realidad no es completamente diferente porque el skeleton es un deporte que va a acompañado por la velocidad. Es un deporte de invierno que requiere ser muy buen partidor en los primeros 40, 50 metros. O sea tener mucha velocidad en la salida empujando un carro que se llama sled que lo empujás unos 40 metros con un solo brazo y ese sled pesa alrededor de 45 kilos. Saltás arriba del sled y la pera te queda a 3 centímetros del suelo, te ponés un casco protector y llegás hasta los 120 km por hora”, detalla.

En Buenos Aires llueve de manera tan copiosa que unos mates colaboran en atemperar el alma y el espíritu de cualquier magulladura anímica, tras una semana en la que el calor abrasivo rompió todos los termómetros. Del otro lado del teléfono, Jorge intenta dar una explicación y defiende su inclinación por los mates dulces: “Ojo, puedo tomar amargo, pero lo tomo dulce para compartirlo con Noelina [Madarieta], mi mujer (garrochista argentina que está becada en la Universidad de Fresno, California, como atleta y estudiante de nutrición)”.

Ahora no se encuentra en Fresno, ciudad estadounidense que eligieron para vivir, sino en su terruño. “Venir a Mar del Plata sirve para recargar la energía, estar con la familia, los amigos, comer algún asado y también para llevar suministros para los meses que estaremos en el exterior”, afirma. Y sigue: “En cada viaje al país voy a un almacén gourmet de Mar del Plata y me sellan los chacinados para llevarlos a Estados Unidos. Lo mismo que con la yerba, me llevo varios paquetes y también alfajores. Son las provisiones que nos ayudan a sentirnos más cerca de los nuestros”.

El cambio de deporte no fue tan drástico para Jorge como sí para su entorno. “A Noe le costó un poco entenderme porque los dos somos del palo del atletismo, pero fue algo que sentí muy adentro. Y cuando las cosas se sienten de verdad hay que hacerlas, por más que luego te des cuenta que te equivocaste. Menos de la muerte, para el resto siempre hay tiempo de volver”, sostiene.

A nivel global existen unas 14 pistas para hacer skeleton. Dos en Estados Unidos, dos en Canadá y el resto en Europa. Poco le importó esta barrera a Caracassis. Más allá de esta traba geográfica se las ingenió para armarse su propio trineo casero y así entrenarse mientras convencía a los suyos que la cosa, desde ese momento, iría por ahí. “Armé un trineo con rulemanes y ruedas de longboard. Lo diseñé yo antes de empezar con el deporte. Así fue como empecé a entrenarme en la pista de atletismo de Mar del Plata. Pedí un permiso especial y cuando se iban los atletas, empezaba yo con el trineo casero. Agarré los planos oficiales de un sled y se lo pasé a un herrero amigo de mi papá y él lo armó. No es legal porque las piezas están todas unidas, soldadas. En cambio en un sled real, las piezas están unidas por tornillos. Lo que hago en la pista de atletismo es practicar la salida. Ese sled tiene ruedas de longboard fijas y eso me permite correr unos 30 o 40 metros”, dice.

Las ganas y la pasión que le puso Caracassis a este cambio de hábitos produjo el efecto deseado. Su familia, su mujer y sus amigos terminaron aceptando la decisión que al principio cuestionaban porque, claro, no se trató de otra cosa que salir de la zona de confort. “Sabía que ellos me iban a terminar apoyando porque los convencí con laburo, con mucho laburo y entrega. Este es el camino que elegí y ahora sueño con ser olímpico. No me quiero quedar con la duda. Y hacia allí voy”, dice con la vista puesta en Pekín 2022. Allí, en China, es donde Jorge quiere empezar a cristalizar su propia película. Como lo hicieron los jamaiquinos en 1988, acaso la suya sea una historia mínima que también merezca viralización.