Martillo Roldán

Un Martillo querido por todos

A los 63 años murió en Córdoba luego de pasar sus últimos días internado tras ser diagnosticado con coronavirus. La historia de un hombre leal al que los puños lo hicieron eterno.

Juan Domingo Roldán tenía una costumbre. Ir al sauna una vez por semana para intentar bajar algo de peso. Por lo visto, le había quedado esa maña de sus épocas de boxeador. Para mantener el ritual, se juntaba con una barra de amigos, en la localidad cordobesa de San Francisco. Para ser exactos, en la esquina que une las calles Belgrano y Mitre. Allí, mientras sudaba la gota gorda, narraba sus anécdotas de sus épocas y revivía sus peleas con Hagler, Hearns, Fletcher y tantos popes más. Sus triunfos, sus caídas, sus chistes y, el plato principal, siempre era el mismo. Dirimir el menú para la comilona del fin de semana. En esas charlas íntimas, estaba el doctor Carlos Cornaglia, médico jubilado, quien tomaba nota de todo lo que allí se decía. “Un día le pedí permiso para escribir su biografía. Y así fue como armé un libro de 280 páginas que se publicó en el 2009. Editamos mil para venderlos. Pero vendió algunos y luego los regaló todos. Así era Martillo, un hombre humilde y generoso. Era el anti paradigma del boxeo. No tenía odio, ni rencor, como muchos que se aferran a este deporte por el pasado de su vida marginal. Martillo boxeaba porque quería, por vocación”, expresa el doctor Cornaglia.

A simple vista su figura andaba por los 120, tal vez 130 kilos. Pero el dato no era certero. Porque ningún doctor logró seguir con la cuenta. Post retiro, en 1988, Martillo no se privaba de nada. Esas generosas comidas de décadas, con desarreglos varios, le terminaron minando la salud. Tenía obesidad, hipertensión y diabetes. Este miércoles 18 de noviembre del 2020, falleció a los 63 años, luego de haber estado internado grave, e infectado con Coronavirus. Era padre de tres hijas (de dos matrimonios distintos) y esposo actual de María Elena, quien sí había logrado recuperarse del COVID-19. “Lo recuerdo como un buen muchacho, disciplinado, hacía caso. Tenía una pegada tremenda. A Hagler lo derribó, pero el negro le metió el dedo en el ojo y luego perdió por nocaut. A Hearns lo tuvo ahí, pero no definió y perdió. Tito Lectoure estaba convencido de que iba a ser campeón mundial. Pero no se rebelaba. Creo que su problema era espiritual. Ojalá que esté descansando en paz”, dice el doctor Roberto Paladino, histórico del rincón de Bonavena, Monzón y Galíndez, entre tantos otros. Algunos de sus mejores momentos se pueden ver en este video editado por el periodista Marcelo González. 

Mucho se habló (como en el inicio de su nota) de la cuestión de peso. Pero no se dijo que Roldán había hecho esfuerzos mayúsculos en sus dietas para mantener su figura cuando boxeaba. “Era un hombre de 90 kilos y tenía que dar la categoría de 72.500. Era muy responsable. Para él, estar en 74 kilos ya era todo un logro”, remarca Cornaglia. Por su parte, Falucho Laciar revela una anécdota. “Nunca tuvo que ir a un segundo pesaje. Eso habla de lo profesional que era”, expresa el ex triple campeón mundial cordobés. Y se emociona con dos recuerdos. El día que Roldán hizo lo imposible para evitar un partido de fútbol. “A mi me encantaba jugar a la pelota luego de los entrenamientos de boxeo, pero él estaba cansado y metía excusas. En realidad no quería jugar porque yo los bailaba  a todos”, sonríe. Y enseguida devela cuál fue la venganza de Martillo por el pesto de ese picado: “Cuando fui campeón por primera vez, en 1981, me quería llevar a cocochito arriba del autobomba de los bomberos. Yo me moría de vergüenza. Y me negué. Al final, bajamos del camión. Y le robó la bicicleta a un pibe. Me llevó a pasear en el portaequipajes de atrás: ‘Acá está el campeón, salúdenlo’, gritaba. Eso no me lo olvido más”.

A propósito de su relación con los campeones mundiales, un buen día, allá por el 2011, Martillo manejó más de 10 horas en un día (ida y vuelta desde San Francisco al Gimnasio Gatica de Wilde) sólo para para asistir a la presentación de Adeboar, una asociación liderada entonces por Sergio Víctor Palma y Héctor Velazco que buscaba una ley en el boxeo. “A mi no me hace falta plata, tengo mi campo en Freyre (Nder: vivía de esas divisas que le generaba el alquiler a tambos y sojeros) pero aquí estoy porque los ex campeones del mundo necesitan una jubilación”, le dijo a este cronista en esa noche de emociones. “Cuando te retirás, pasás a ser un NN, caés en el olvido. Yo no fui campeón. Sin embargo, a muchos rivales míos se los tragó la desmemoria. Yo pienso en los demás, por eso apoyo esta causa justa”, agregó Roldán, quien fue ovacionado por la gente que colmó el estadio. Cuando estrechaba sus manos a los fanáticos, impresionaba. Sus puños tenían la silueta de dos bodoques de hormigón armado. Darle la mano a Martillo, era un honor y pasar vergüenza, las dos cosas a la vez. Por la diferencia de porte, claro. Ahí estaban la respuestas a los 47 nocauts que clavó como profesional. 

Retratado con justeza por los cronistas contemporáneos que cubrieron sus peleas y en las necrológicas de estos días, su perfil muestra que fue uno de los más grandes pegadores argentinos de todas las épocas. Tuvo tres chances mundialistas. Y no se le dio. Pero las voces que lo recuerdan, tienen historias que valen más que cualquier cinturón. “Yo puedo dar fe de su pegada”, alza la voz desde Mar del Plata, Miguel El Caníbal Maldonado. “Lo enfrenté dos veces. ‘No le vayas a pelear’, me dijo Ubaldo Sacco. Yo pegaba fuerte, pero él no pegaba fuerte. ¡Abusaba, directamente! Pegaba como un animal. En el segundo round me dio un piñazo y me mandó a mi casa (en 1986, Rosario). Y en la segunda (en 1988, San Miguel), él estaba esperando la pelea con Michael Numm. Le aguanté seis rounds. No más. Tenía la mano pesada. Si te embocaba, te ibas a dormir. Era lo cierto lo del martillo. Era peor que un martillazo en el dedo. Luego nos hicimos amigos, un gran paisano, muy buena persona”, dice Maldonado, quien enseña clases de boxeo en el gimnasio del Mono Briñón y se gana el mango con un carro de pochoclos con su mujer, con quien trabaja durante la temporada.
Este hombre que dejó una estela de anécdotas infinitas, como haber peleado en su adolescencia dentro de una jaula con un oso de circo -le bancó dos rounds de pie al animal que tenía las garras enguantadas-, pasó sus últimos días disfrutando de sus costumbres. Le gustaba ir a cazar al monte y recorrer con su chata caminos rurales de nuestro país. “Llevaba tramperas para todos lados. En su casa tenía tordos, zorzales, reinamoras. Le gustaba toda esa vida de campo y naturaleza. A veces poco ecológica, ¿no? Tenía su particular forma de amar a los pájaros. Después los soltaba y agarraba otros”, retrata Cornaglia, su biógrafo oficial. Y pide permiso para volver al tema del oso, la historia más famosa contada: “Ese episodio del oso negro es fundamental en su vida, porque demuestra tres cosas. Primero que es capaz de enfrentar a poderosos rivales, un animal de gran porte. En segundo término, que es capaz de ganar unos mangos. Y en tercer lugar, que convoca multitudes. Roldan se aferró a los pelos de la panza del oso para evitar que lo golpee. No fue una pelea. Fue como un tenso baile. Algo increíble”.

A los 63 años murió en en Córdoba luego de pasar sus últimos días internado tras ser diagnosticado con coronavirus. La vida de un hombre leal con puños de acero.

En Frontera, una ciudad cercana a Freyre, todavía recuerdan que trabajó durante décadas en la Municipalidad. Fue muy amigo del intendente Juan Carlos Pastore, quien falleció en marzo, de un ACV, luego de 26 años de mandato consecutivo. Roldán fue chofer y ladero del intendente que le dio trabajo en su retiro. Martillo era un piloto todoterreno. Según cuentan conocidos suyos, solía llevar a Pastore las reuniones a la casa de Gobierno de Santa Fe. Si había que manejar un tractor del corralón, él se subía. Si había que ir a buscar un camión, una camioneta a la Capital, él iba. Es más, hasta condujo ambulancias para llevar enfermos que necesitaban ser trasladados. Ese era Juan Domingo Martillo Roldán. Tal vez tuvo que engordar porque tanta bondad no le cabía en su cuerpo de antes. Le faltó poco para entrar al panteón de los campeones. Eso sí, en el camino rompió varios puertas a los martillazos.