Juan Villoro

La pelota debajo de la suela y la magia en sus manos

El escritor y periodista mexicano repasa la cultura del fútbol, el mito Maradona, lo que genera Messi, la victoria y el fracaso.

La inquietud periodística, la pasión por el fútbol, la cuerda literaria y la profundidad  académica se acomodan sin codazos. Por eso Juan Villoro hace de su lugar tanto una tarde de calor soporífero para ver al Necaxa como una clase magistral en la Universidad de Princeston. No le falta paciencia para una espera eterna en el lobby de un hotel por una entrevista con Mick Jagger y le sobra talento para acomodar con maestría los caracteres de nuestra lengua en cuentos, ensayos, crónicas, novelas y guiones. El gran autor mexicano le da un lugar clave al arraigo popular del fútbol y lo que representa en muchos pueblos.

“Recién con Dios es redondo me convencí que podía escribir de fútbol”, le cuenta a Enganche. Sin embargo, apenas una pequeña porción de su obra como escritor ha rodado por el lado de la pelota. Antes de ese fabuloso libro publicado en 2006, imprescindible en cualquier biblioteca deportiva, Villoro ya se había destacado en las letras futboleras. Como cuando escribó “El extremo fantasma”, publicado en Cuentos de Fútbol, una selección de textos hecha por Jorge Valdano en 1995. Antes y después, Villoro cubrió mundiales de fútbol con la mirada del analista que conoce el juego y la intuición del cronista que descubre historias.        

Con sutil agilidad estilística salta con naturalidad de la profundidad novelística al detalle de la cronístico y del misterio de la dramaturgia a la inmediatez periodística. Escudriña la realidad online, de la que también es parte desde su cuenta de Twitter, con cierto recelo. “En las redes se genera esta sensación, la de que tenemos seguidores como si fuéramos líderes de algo. Y en realidad es simplemente gente que está entrando ahí por curiosidad, con una atención flotante muy relativa y de pronto alguna polémica o algún escándalo en las redes que parece absolutamente trascendente es relevado de inmediato por otro escándalo que dice lo contrario. Las redes sociales representan un gran estímulo de conocimiento de información inmediata, pero también puede ser una funeraria para los escritores”, sentenció en el diario catalán La Vanguardia.

Reside en Coyacán, ciudad que tiene por alcalde a Manuel Negrete, aquel futbolista que le convirtió un golazo de tijera a Bulgaria en el Mundial de Diego. Pero se habituó a dormir bajo distintos cielos. Entre vuelos largos y estadías breves con escalas en redacciones, estudios de radio y televisión, aulas, ferias internacionales y salas de conferencias, Juan Villoro no pierde un ápice de cordialidad y concede la entrevista sin reparos en el tiempo ni la distancia.   

Advierte que el machismo y la homofobia no son un patrimonio exclusivo del fútbol, sino algo arraigado desde los orígenes y durante décadas en todas las actividades que nacieron sólo con participación masculina. La cultura del fútbol, la victoria y la derrota, Messi y Maradona son parte del recorrido al que invita.         

-¿Por qué durante tanto tiempo a quienes escribían libros de fútbol se los miraba de soslayo en los círculos académicos y literarios, como ocurrió con Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa?

-Por razones muy lógicas. Lo popular fue visto durante mucho tiempo como ajeno a la excelencia estética que debe procurar el arte. Sólo a partir de los años ’50 los Estudios Culturales incorporaron en forma normal distintos aspectos de lo popular. Roland Barthes escribió de lucha libre, Umberto Eco del cómic, Carlos Monsiváis del bolero.

¿Quién fue para usted el escritor latinoamericano que mejor logró conjugar la pasión del fútbol y su arraigo popular con la literatura?

-La diferencia esencial entre el fútbol y la escritura sobre el tema es que no hay campeones. Me gusta mucho “Fútbol a sol y sombra”, de Eduardo Galeano; pero preferiría asignarle una preferencia simplemente de gusto y no de superioridad.

-¿Existe un hilo conductor entre el ensayo y la crónica deportiva?

-Por supuesto, porque la crónica narra los sucesos y el ensayo pasa a reflexionar sobre ellos. Así, es lógico que se mezclen.

-Con las particulares de cada país y la idiosincrasia de cada cultura, ¿qué implica socialmente ir a un estadio?

-Es cierto que es algo distinto de acuerdo al lugar en el que se está. En Argentina la pasión es un asunto de vida o muerte; ser indiferente o estar ahí por mera curiosidad son pecados imperdonables. En México, ir al estadio es un pretexto para la fiesta. El resultado importa menos que el hecho de estar juntos, algo lógico en un país donde el público siempre se ha destacado más que los jugadores.

-¿Qué representa el gana-pierde del fútbol como extremos irreconciliables?

-Una de las grandes lecciones del fútbol es que incluye el empate, e incluso el empate a cero. En otros deportes esto parece un no resultado, una performance de la nada. El fútbol admite la equidad y no necesariamente la derrota es un fracaso terminal. Hay aficiones, como la del Atlas, en México, cuyo lema es “le voy al Atlas aunque gane”, que consideran que el triunfo es la vulgaridad de los esclavos del éxito; ellos prefieren el arte por el arte. La mayoría de los técnicos son resultadistas y todos los jugadores prefieren ganar, pero quienes hemos practicado el deporte sabemos que uno se puede divertir perdiendo.

-¿Existe una cultura del fútbol?

-Todo depende de lo que entendamos por cultura. Se abusa mucho de esta palabra. Indudablemente hay componentes culturales en el fútbol, resulta obvio. Se trata de la representación del mundo, una recreación incruenta de la guerra, llena de símbolos y de valores; y todo lo que representa la realidad forma parte de la cultura.

-¿Le gusta más el juego basado en la impronta de los futbolistas o el que se alinea con las sistematización?

-Nada es tan creativo como la espontaneidad.

-Usted es hincha del Nexaca, ¿en el fútbol es más relevante la pertenencia a unos colores o el juego en sí?

-Como aficionado objetivo, prefiero ver partidos de la Champions, que tienen el mayor nivel deportivo del planeta. Como hincha de mi equipo, sólo me interesa que le vaya bien al Necaxa. Una cosa es el placer estético y otra el sentido de pertenencia. En las raras ocasiones en que eso se combina –como en el caso de mi segundo equipo, el Barcelona, la ciudad donde nació mi padre–, la felicidad es perfecta.

-¿Maradona se convirtió en una de las personas más conocidas de la historia de la humanidad y adquirió un carácter casi mitológico sólo por su juego?

-Triunfó de manera especial dentro de la cancha, hay que empezar con eso. Fue el mejor de su época y nunca un futbolista ha contribuido tanto a que sus compañeros jueguen mejor. Brasil podría haber sido campeona sin Pelé en 1970, pero es imposible que Argentina lo hubiera logrado sin Maradona en 1986. Aparte de eso, están sus frases. Diego es mitógrafo de sí mismo. Incluso la vida errática que ha llevado ha contribuido a su leyenda. Su destino es el de un suicida a plazos, algo que en modo alguno es edificante pero que contribuye a la ópera napolitana en que se ha convertido su vida.

-¿Quién es Lionel Messi, qué representa su estética y su eficacia y qué le produce a usted como amante del fútbol?

-Messi es inconmensurable como futbolista en el Barcelona. Nos ha acostumbrado a genialidades semanales. Por desgracia, nunca ha podido hacer lo mismo con Argentina y carece de esa condición adicional que define a los ídolos. Es como un genio de Juegos Olímpicos, que rompe todos los récords sin que se espere algo más de él. Pero el fútbol tiene esas peculiaridades de barrio; se buscan identificaciones, mitologías, misterios que puedan agradecerse, y Messi, con toda su magia, no acaba de darle eso a los argentinos.  

Villoro y su amor por Necaxa