Kojak Silva

El pastor del ring

Su laberíntica vida estuvo a punto de apagarse ni bien nació. La historia de un hombre que dice haber aprendido a perdonar pero, sobre todo, a perdonarse a partir de la palabra de Jesús.

“Yo no fui campeón mundial porque Dios así lo quiso”, dice del otro lado del teléfono Ricardo “Kojak” Silva (68-27-4;29 KO’s), soldado de la clase 1962, campeón argentino y sudamericano ligero en las décadas del 90 y 2000. Y esa certeza tiene una historia detrás. Silva lleva más de 30 años leyendo la Biblia, hecho que le valió el apodo de “El Pastor del Ring”. Para reforzar su fe, subía a pelear con versículos escritos en sus pantaloncitos. Y luego de las peleas, entablaba relación y les predicaba a sus rivales. “La ‘Hiena’ Barrios pensaba que era pastor, yo le respondía que no, que me faltaba mucho. Sin Dios no somos nada”, agrega Silva, quien tiene en su haber un historial repleto de guerras históricas para el boxeo argentino. Batalló entonces con Barrios (tiró a La Hiena en el décimo; fue empate), Pablo Chacón (venció al mendocino), Walter Crucce (ganó y perdió), Sicurella (ganó una vez y perdió dos, con polémica) y tantísimas guerras más. 

–En el 95 estuviste cerca de ser campeón del mundo en Estados Unidos. Peleaste con el mexicano Miguel “Mago” González, quien venía de 35 peleas ganadas. E incluso lo tiraste en el séptimo round, lo agarraste mal parado…

–Lo tiré con un directo de izquierda al mentón, pero para mí no gané porque para ganar afuera tenés que noquear. Fue una pelea muy pareja. Él venía con unos pergaminos tremendos, 29 nocauts; hacía la octava defensa conmigo. Fue una pelea rara. Cuando terminó, fui al vestuario y me largué a llorar. Me acuerdo que Ramón González, mi entrenador, me puso una toalla en la cabeza. Después un médico me dijo que era bueno que llorara, porque sacaba toda la carga. Llevaba cuarenta días acumulando tensión. Es bueno que uno se desahogue.

–Después de eso, el Mago González fue a pelear con Chávez y De la Hoya…

–Sulaimán (N.de R.: fallecido presidente del CMB) nos dijo en el vestuario: “Nos ha hecho temblar el negocio. Y sí, porque no sé cómo consiguieron la chance, porque él no quería pelear con usted”. Yo tendría que haber peleado con el “Mago” en 1994, en Monterrey, en la velada de [Jorge Locomotora] Castro con [John David] Jackson. Pero él le había pedido a Don King un millón de dólares para enfrentarme y el promotor no aceptó. Él tenía la pelea firmada con De la Hoya y Chávez. Al final, Sulaiman me elogió la defensa que tuve y me dio una oportunidad más. Tendría que haber bajado del quinto puesto del ránking al 20°. Pero cuando salió el ránking de mayo, me dejó en el sétimo lugar. Cumplió el tipo. Y le estoy eternamente agradecido.

–Es raro tu caso, no son muchos los que arrancan a boxear a los 24 años.

–Yo empecé tarde como amateur y tres años después me hice profesional. Antes del boxeo fumaba y jugaba a la pelota para agarrarme a piñas. La primera vez que entré al gimnasio fue horrible. No era como lo es ahora, un gimnasio-escuela. Cuando yo empecé, al primer día me metieron al ring. Mi primer entrenador fue Don Julio González. “Te aguantaste las piñas, bien, pero si no te aguantás, chau”, me dijo.

Silva nació el viernes 25 de mayo de 1962, en Kilómetro 30. Esa tarde llegó al mundo con padecimiento y anticipación. Doña Beatriz Pavón sufrió el parto, porque el bebé se adelantó dos meses y no había expectativas de larga vida. Don Felipe Salvador Silva agarró el sulqui y fue a buscar al médico del barrio. “No va a sobrevivir, no hay nada qué hacer”, dijo el doctor, que fue echado a los empellones de la casa. Ese bebé pálido, que pesaba menos que los dos paquetes de harina que había en la alacena, estaba frío y debilitado. 

La casa se llovía por todos lados, el piso, tapizado por tierra, empezó a cubrirse de barro. Y la única lámpara a kerosene daba más sombra que luz. Las viejas del barrio juntaron bolsas de agua caliente y armaron una incubadora precaria. Gracias a ellas, el niño sobrevivió. “Cuando Dios tiene un propósito para las personas, la vida toma sentido, porque yo no tendría que estar vivo y acá estoy. Pude hacer una carrera, cometí mis errores, como todos los humanos, pedí perdón y perdoné a todos los que debía. No todos los boxeadores terminan locos, drogados o siendo pendencieros”.

–Antes de ser boxeador, estuviste muy cerca de combatir en Malvinas… 

–Nosotros fuimos trasladados de Córdoba a Comodoro Rivadavia. El hecho de ser paracaidista, me libró de la guerra porque éramos una fuerza especial. El paracaidista cae atrás de la tropa del enemigo o en pleno combate. Como pibes, hubiera sido una masacre. Los ingleses nos habrían matado como moscas. Por más que digan que había un tratado de Ginebra, que no se puede matar a un paracaidista desde el aire, yo se lo dije a mi cabo primero: “Estamos en guerra mi cabo primero, esto es como una pelea callejera, vale todo”.

–Sin embargo, no son reconocidos como ex combatientes…

–No, porque estuvimos en el teatro operaciones del Atlántico Sur, en Comodoro Rivadavia, cuidando centrales eléctricas, depósitos de petróleo, protegiendo los aeropuertos… Pero lamentablemente ningún gobierno de esa época para acá, en 38 años, nos dio el veredicto favorable de decir que somos veteranos de guerra. No nos reconocen. Yo fui a Inglaterra en el año 2005 y fue extraordinario lo que me hablaron ellos de nosotros. Yo pido que nos reconozcan porque si teníamos que morir por nuestra patria, moriríamos.

Silva, de soldado.

–Cuando llegaron, la gente los trató de traidores y cobardes…

–Hoy te digo la verdad: si mi hijo tuviera que ir a una guerra yo me voy del país con mi familia, porque el pueblo y mucha gente en aquel entonces nos dio la espalda. Cuando volvimos del sur, entregamos el armamento en Córdoba en el Regimiento 14 de Infantería. Nos pusimos la ropa de soldado de salida y la gente nos escupía y agredía. Tuvimos que volver al batallón a ponernos ropa civil. Fue vergonzoso.

–¿Cómo llegaste a ser paracaidista?

–Yo vivía en Kilómetro 30, Malvinas Argentinas, está cerca de Campo de Mayo, en Don Torcuato. ¿Sabés que hice un día de pibe? Mi papá había comprado arena, yo me subí arriba de una terraza con un paraguas, lo abrí y me tiré para abajo. Decí que la arena estaba recién depositada, y me hundí… Con las rodillas me rompí todos los labios. A la noche me preguntó mi viejo: “¿Qué te pasó?”. “Me agarré a trompadas”, le respondí, pero el más chiquito, Eduardo, dijo la verdad y me mandó al frente ¡Jajajajajaja! Así arrancó todo. En 1980, tenía dos opciones: ser esquiador, pero yo al frío le tengo terror. Ser buzo, pero al agua le tengo miedo. Así que cuando preguntaron en el servicio militar quién se alistaba entre los paracaidistas. Ahí levanté la mano y recibí instrucción de 40 días. Nos tiramos desde 500 metros. Yo hice siete saltos, cinco de Hércules y dos de Fokker.

–Cuando volviste, te hiciste boxeador.

–Sí, cuando empiezo la carrera amateur pesaba 60 kilos. Luego, en profesional peleo en 63.500 y en el debut pierdo por nocaut. Como amateur me decían “Nocaut Silva”. En mi debut rentado, me gritaban los compañeros de mi trabajo de la fábrica: “Anestesia, sacá la derecha, sacá la izquierda”. No lo encontraba a mi rival, parecía un bichito de luz en la oscuridad, se prendía y se apagaba. “¡Anestesia, sacá la cara!”, gritó uno en la tribuna, y todos empezaron a reírse. ¿Sabés lo que era entrar a las 6 de la mañana al laburo y escuchar esa frase que la repetían siempre? Esa pelea fue en 1988, con Jorge Pereyra, en Arrecifes. Con el tiempo, esa misma gente que se reía, se acercaba y me decía: “Caña, tanto que sufriste, llegaste”.

–En un proyecto que promociona la historia de tu vida, dijiste: “Nadie daba nada por mí, y gané cinco títulos argentinos, dos títulos sudamericanos, peleé por el título del mundo”.

–El otro récord que no sale en la película es que soy el primero en recuperar el título en Argentina diez años después. Porque yo gané el título en el 91 y lo recuperé luego en el 2001 contra Sicurella.

–¿Cómo recordás el episodio de la tercera pelea con Sicurella? Te sentaste arriba del ring  para protestar un fallo y esa imagen ya es una clásica postal de los Especiales de TyC Sports…

–Eso fue en el 2002, me duele mucho porque yo admiro y le agradezco a TyC Sports que me acompañó con las peleas televisadas, pero siempre me muestran sentado en el ring, y se olvidan de la pelea en los Estados Unidos, en el peso ligero. No se acuerdan de cuando le gano a Crucce que era un monstruo. La ponen a mi mujer peleando por la vergüenza del afano. El mismo Julio Ernesto Vila decía que la culpa la tenían los jueces porque habían dado un fallo incalificable.

–¿Pero por qué te sentaste?

–Porque ya estaba cansado de que me roben, no fue la primera vez. La primera que reacciona es mi esposa. Ella me vio luchar a los 40 años, entrenar, lidiar con la lumbalgia, con los dirigentes que te rankeaban mal, con la plata que nos sacaron en la pelea por el título mundial. Eran muchas cosas ya. Se tenía que terminar todo esto. Somos boxeadores y vamos por la gloria, por ser campeón del mundo. Pero todo tiene un límite. 

–Para vos los jueces fueron tendenciosos adrede…

–Sí, cuando yo le gano a Sicurella en la primera pelea, me la roban. Pero por la presión de la prensa y de la gente hicieron la revancha en Indios de Moreno. Fue una vergüenza, como escupieron a mi señora y a mis hijas. Tuvimos que salir custodiados por la policía. Esa no fue gente del boxeo. Fue gente de Zacarías. Cuando me volví tuvieron que remolcar la camioneta porque tocaron cosas y no andaba.

¿Creés que te manotearon plata de tu bolsa cuando peleaste en Estados Unidos?

–Un 25 de marzo renuevo mi licencia en la FAB. Jorge Molina estaba con las patas arriba del escritorio. Saca un sobre de un cajón y me lo revolea. “Abrilo, es tuyo”, me dice. “Es tu título mundial”. No lo podía creer. Tenía las letras doradas que decían CMB. Semanas después viene Osvaldo Bisbal, por entonces presidente de la FAB y voy a firmar el contrato. Me dan un papel de fiambrería, escrito a mano, que decía 15.000 dólares. Yo lo miro a mi entrenador, porque sabía que me estaban durmiendo, pero si pataleaba se caía la pelea, así que no dije nada. 

¿Y por cuánta plata entonces creés que era la pelea?

–La pelea era por no menos de 70, 80 mil dólares. Y me pagaron 15.000. Te digo esto porque estoy seguro que era por más. Cuando estoy por subir al avión, aparece Bisbal que me da tres opciones más de contrato para el futuro. Primer defensa: si yo ganaba tenía que cobrar 80.000. Segunda defensa: 100.000. Tercer defensa: 120.000 dólares y quedaba libre.  

¿Cuál fue el golpe más duro que recibiste arriba del ring?

–Me lo dio el “Hueso” Pablo Sarmiento, un verdadero peligro, porque me rompió sin querer el tabique en un choque de cabezas. Nunca sentí algo así, quedé ciego del dolor. Le gané una vez y perdí la segunda en Mar del Plata. El había subido con lentejuelas arriba del ring, que se cayeron de su bata y de su pantalón. Con los masajes y la vaselina, una se me metió en el ojo y peleé así de molesto, mi entrenador, el uruguayo Julio García, no me la podía sacar. 

¿Te quedó la espina clavada de no haber podido levantar el título?

–Yo no fui campeón del mundo porque Dios quiso otra cosa para mí. Cuando el “Mago” González deja el título vacante, Osvaldo Rivero (mánager de larga trayectoria) me llamó por teléfono porque me consiguió la chance de pelear en Francia por esa corona, pero no quería que fuera Ramón González, mi entrenador de toda la vida, así que yo me planté y la pelea se cayó. Luego fue Sicurella a pelear con Jean Baptiste Mendy, ese fue el error de toda mi vida.

¿No intentaste hacer las paces con Rivero? 

–Sí, en un momento me humillé de tal forma por querer cumplir mi sueño, que lo encaré a Rivero que estaba con Aldo Ríos en la puerta de la Federación. “Llevame a mi a pelear por el título, llevame a mí a pelear”, le supliqué y él me golpeó el hombro y me dijo: “Ya fuiste, Pelado”. Ahí me di cuenta que con Rivero ya no se podía hacer más nada. Pero bueno, ya está, Jesús es el camino, la verdad y la vida. Y Cristo vino para salvarnos, no para juzgarnos. Así que yo ya perdoné a todos.

–En el 97 apuñalaste a dos de tus cuñados. Tuviste también tus “errores”… 

–Fue una tragedia, un momento horrible. Me pusieron los ganchos y estuve 18 horas incomunicado. Tuve que declarar delante de una jueza. Si el pibe moría, yo me comía un montón de años preso. Es lo que pasa hoy, si un delincuente mata a un laburante no pasa nada, ahora si un laburante mata a un delincuente, te tenés que ir del barrio porque te lincha la familia del chorro. 

–Pero ¿por qué fue la bronca?

–Me agarré con dos cuñados míos que tenían problemas de adicciones. Vinieron a tirarme piedras a mi casa y casi lastiman a mis mellizas que eran nenitas. Me partieron un botellazo en la cabeza. Salté una reja de dos metros y me agarré con los dos. El cuchillo no sé de dónde salió. Si se lo saqué a ellos o si lo agarré yo en casa. ¿Sabés por qué no quedé preso? Porque la jueza dijo que yo los había herido con arma blanca, que si yo los hería con mis puños, me comía el garrón, porque mis puños son un arma.

–Ese episodio pudo haber cambiado tu vida. Estuviste a nada de terminar mal.

–El mismo día, antes de que estallara todo, fui a la comisaría de Pablo Nogués a hacer la denuncia, pero la Policía nunca apareció. Me querían sacar de la casa, pero la casa era una excusa. Yo llevaba años dándoles plata, pero cuando me di cuenta que era un abuso, se cortó todo. Yo le tenía que mandar plata a mi ex mujer y mantener cuatro hijos. Supuestamente venían a buscar dinero para los remedios de los hijos, hasta que un día le dije a uno de los dos: “Dame la receta que yo compro la medicación”. Y ahí se empezó a poner fea la cosa.

–La vida te dio revancha…

–Sí, tengo una familia hermosa, en total siete hijos: Ricardo, Carlos, Agustín, Rocío, Elia, Yamila y Elias. Y un gimnasio con mi mujer, Lorena Emilse Arce, la primera entrenadora argentina con licencia profesional FAB. Además luchamos todos los días para sacar a los pibes de la calle y de las drogas. Como dice la foto del pantalón que les envié: Isaias 40-30-31: los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen, pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como águilas.

El zurdo Silva retrocedía sobre sus pasos como si estuviera dejándole migajas de pan a los rivales. Rivales hambrientos que caían en la trampa y quedaban listos para comerse un flor de “bollazo” en la contra. Ese hombre, brazos de caña, y aspecto de mástil, no logró izar del todo la bandera Argentina, es cierto. Pero también es verdad que todos los días, en el gimnasio que lleva su nombre, sigue dando batalla desde el anonimato para buscar la salvación suya. Y la de decenas de pibes. Que así sea, Pelado.