El Legado

La aventura de estar sentado junto con los protagonistas

Es la puerta hacia la intimidad de un grupo de jugadores que llegó a reemplazar a la histórica Generación Dorada, en la magnífica pluma de Germán Beder.

La pluma ideal, la mirada aguda, el humor exacto, la rigurosidad como estandarte y la cuota de locura necesaria para hacer de una gran cantidad de anécdotas y situaciones, una pieza infaltable para cualquiera que ame al seleccionado argentino de básquetbol. Para cualquiera que ame el deporte. Germán Beder, que fue Director de Comunicaciones de la Confederación Argentina de Basquetbol (CABB) durante cinco años, abrió la puerta a un universo increíble: la intimidad de un grupo de jugadores que llegó a reemplazar a la histórica Generación Dorada. Le dio forma a un proceso cautivante y contó con la colaboración de los protagonistas para permitirle al lector sumergirse en un mar de historias magníficas. El Legado es una obra perfecta para entender por qué Facundo Campazzo, Nicolás Laprovittola, Patricio Garino y Gabriel Deck, de la mano de Luis Scola, construyeron su propia identidad.

Germán aborda cada detalle y profundiza sobre la conformación del grupo, acerca de los fantasmas con los que tuvieron que convivir, las presiones, las comparaciones constantes y el previsible temor de no estar a la altura de la circunstancia.

Desde el Preolímpico en Toronto 2015 hasta el subcampeonato del mundo en China 2019, el talento de Beder para escribir y relatar invita al lector a estar sentado en el vestuario con los jugadores y conocer detalles como cuando Campazzo dudaba de su talento, Laprovittola analizaba dejar de ser parte de la Selección argentina, Garino evaluaba la chance de retirarse del básquet, cómo Deck andaba perdido en la Terminal de Retiro con 15 años o revela que Luca Vildoza era un niño indignado por lo que le pegaban los rivales. 

Nada de números ni estadísticas, El Legado, editado por BasquetPlus, es un libro que intenta caminar por otros carriles del proceso, durante 241 páginas, en las que los testimonios de los 12 jugadores que estuvieron con el equipo en China, más todo el cuerpo técnico, Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni, hacen que nadie se pueda escapar de ese clima que genera la pluma de Beder.

Por eso, Enganche, gracias al autor de El Legado, les ofrece sólo un fragmento de una pieza de colección.

Wuhan. 31 de agosto de 2019

La verdad, la verdad, el equipo coreano dejaba bastante que desear. No puedo creer haberme preocupado tanto con este partido cuando se avecinan días tan difíciles a nivel cardíaco. Un par de conclusiones rápidas: Lapro va encontrando su lugar, el tobillo de Campazzo respondió bien (arriesgó demasiado, igualmente) y los puntos de Scola siempre estarán. Pero las referencias no pueden extenderse mucho más porque el trámite, en el segundo tiempo, prácticamente no presentó equivalencias (95-69). 

“A mí ese partido me sirvió para ganar confianza. Se me abrió el aro en el segundo tiempo y las tiré todas, jaja. Necesitaba un juego así para sentirme importante en la rotación”, confiesa Laprovittola desde Madrid. Similares sensaciones describe Marcos Delía, en este caso desde Italia: “Veníamos de algunos amistosos chotos y yo no me sentía cómodo. Era una mezcla de situaciones que me tenían un poco cabizbajo. Encima hubo un juego, creo que contra España, en el que tuve una discusión con Oveja. No es que lo quise desafiar. Fue como una manera de desahogarme. Pero cuando llegamos a Wuhan mi cabeza cambió. Y ya en el partido con los coreanos me sentí mucho mejor. Evidentemente necesitaba el empuje de la competencia oficial”.

Estoy en la zona mixta esperando a Pato Garino, quien además de ser uno de los que mejor habla en inglés de todo el plantel también es uno de los que mejor habla en español. Doblemente demandado. Sus notas se extienden pero valen la pena. A lo lejos veo a Lapro y a Luis en distintas estaciones. El resto, ya en el vestuario. Todavía falta la conferencia. Estoy reventado. Totalmente al pedo, gasté sufrimiento que no me será devuelto. Esa es mi máxima preocupación en este instante. 

La noche de anoche también fue brava. No por la expectativa del partido en sí, sino por la agobiante tensión de estar debutando en un Mundial. Casi no dormí. Y por lo que pude tantear esta mañana en el desayuno, varios de los integrantes de la delegación estuvieron en la misma. Otros no, lo vivieron como si nada. No hay que ponerle épica a todo. Oveja habló mucho para el grupo en los últimos días. Generalmente de aspectos tácticos, pero también bajando una línea sutil sobre cómo plantarse de cara al torneo, sobre la importancia de creer más en lo propio y no fijarse tanto en el poderío ajeno. Hoy, de hecho, profundizó sobre ese aspecto en la charla técnica. 

El circo del himno fue emotivo. Yo no suelo caer en el patriotismo deportivo, de hecho lo detesto. Creo que nunca presencié un himno del equipo en un lugar fijo. Pero el de hoy estuvo bien, a pesar de la poca concurrencia en las tribunas. Conozco a todos los que estaban en cancha mirando hacia la bandera cual formación de la primaria al momento del izado. Viví el recorrido con ellos. Eso le aportó una mística más acentuada. Después, cuando empezó el partido, la emoción dio paso a la violencia, dada la permanente inestabilidad para la conexión en el sector de prensa. La mayoría de los periodistas argentinos anduvo en la misma encrucijada. Vinieron alrededor de 40, de medios variadísimos, muchos pagándose gran parte de los gastos, luchando peso por peso, buscando personalmente sponsors, soportando extensas combinaciones aéreas para atravesar el mundo. Locos, aventureros, soñadores, verdaderos apasionados por el básquet. Hay una fuerte camaradería. Es más, se sentaron casi todos juntos durante el partido.

Ahora están del otro lado de la baranda, esperando por Garino para cerrar la cobertura en la zona mixta. Veo a Pablo Cormick (Infobae), quien tardó dos días y medio en llegar desde Buenos Aires, y un poco más allá, a Diego Morini (La Nación), quien no sabe cómo hacer para que alguien le cambie yuanes. A pesar del desgaste, ambos han podido resolver con cierta rapidez dos dramas gigantescos: los traslados y la alimentación. Para el primer apartado apelaron a DiDi, una aplicación similar a Uber que les recomendó el mismísimo Scola; para el segundo, tras varios días de búsqueda, hallaron un bar que ofertaba hamburguesas y fideos. Y directamente lo adoptaron como hogar. El dueño, mozo, cajero y cocinero del lugar es un chinito al que rebautizaron Tito, quien ayer ya los esperó con la cerveza en la heladera (la costumbre oriental es consumir las bebidas naturales o calientes). 

Empujo con delicadeza a Lapro y a Luis, los acompaño al vestuario, cruzo unas palabras con una piba de la FIBA que nos apura para ir a la conferencia, le informo a Campazzo que será el encargado de asistir a Hernández, analizo rápidamente la escasa repercusión del triunfo en las redes sociales y nos vamos. Para variar, las declaraciones de Oveja son una delicia. Sobre todo por la honestidad con la que se expresa. En este caso, respondiendo a una consulta sobre el rebote defensivo, un apartado que tiene definitivamente podrido al entrenador. “Llevamos muchos días juntos, casi 50, entre los Panamericanos y los amistosos -explica Sergio-. Y ya estamos empezando a convivir con algunos defectos que tenemos en el juego, que son nuestros y punto. En algún tramo del proceso fuimos un equipo en formación, y eso nos ponía de mal humor. Ahora ya estamos acá. Se terminaron las pruebas. Listo. Intentaremos maquillar nuestros defectos potenciando nuestras virtudes, sin estar todo el tiempo pensando en lo que no pudimos hacer bien”.

Hemos dado el primer paso. El calor es pesado en Wuhan, aunque se tolera mejor tras el triunfo. En el otro partido del grupo, Rusia le ganó con muchísimo esfuerzo a Nigeria por 82 a 77. No sabemos si es un resultado bueno o malo. Volvemos para el hotel en un ómnibus de la organización con el aire al palo y Los del Fuego a volumen ameno. Hasta hoy no hubo ubicaciones fijas para estos trayectos. Sin embargo, todos sabemos que hay dos sectores que son intocables desde hace muchos años: adelante siempre el DT, atrás siempre Scola. Lo observo rápidamente. Ha sido de los primeros en subir al bondi. Está sentado solo en la fila larga del fondo, con las piernas cruzadas. Luce conforme y sereno. Me desespera saber qué pasa por su cabeza. A veces lo noto un poco introspectivo, nunca del todo. ¿Será por el tema del retiro?     

“Uno ya sabe cuándo se acerca el final. En mi caso era obvio. Pero no estaba viviendo el torneo con ese dejo de melancolía de ‘es el último, vamos a disfrutarlo con todo’. Yo no soy así. Tuve momentos de baches emocionales durante el proceso, pero siempre intenté salir rápidamente adelante”, desmiente el capitán, un año después. Y extiende su respuesta con una historia desconocida: “Intenté separarme del tema del retiro. Tuve puntos a lo largo de mi carrera en los que estuve más cerca de largar todo que ahí. Cuando me fui de Brooklyn, por ejemplo, anduve con muchas ganas de retirarme. Ese fue un momento muy malo y muy particular. Salir de Estados Unidos implicó un cambio gigantesco. Llevaba diez años jugando en la NBA y no tenía tantas ganas de ir a otra liga, a otro país, a arrancar de cero. Al final decidí seguir. Pero aquello, al lado de esto, fue mucho más significativo en cuanto a dudas e incertidumbre”.

En la parte de adelante, Oveja conversa del partido con Gabriel Piccato y el resto de los asistentes ya está debatiendo sobre Nigeria. En la parte del medio, predomina la adicción al celular. Casi no hay diálogos. Le ruego a la Virgen de Luján que por favor haya algo sin picante en el comedor. Algo que, al menos, no me lleve al grito agudo entre tanto gigante de dos metros. El otro día me mandé un pedazo de pechuga sin prestar atención y terminé con el rostro bordó lanzando un alarido de Adele. Los nigerianos me miraban desconcertados. Creo haber identificado a Aminu decirle con la mirada a un compañero: “Pobre, da la sensación de que no tiene ni un mega de RAM”.