Muerte por malaria

La aventura de Temperley y Talleres (C) por África que terminó en tragedia

En el verano de 1976 fueron invitados a jugar un cuadrangular amistoso en la Zaire del dictador Mobutu. Pero lo que era una experiencia exótica terminó con la muerte de Oscar Suárez.

En esta realidad pandémica, en la que todo el mundo parece estar sumergido entre dos paréntesis que parecen no abrirse nunca, el fútbol mundial sigue girando con el peligro latente de un contagio masivo. Pero el coronavirus no fue la primera peste –ni será la última– que ponga peligro en el mundo. Por eso, en tiempos en los que el barbijo llegó para quedarse, es necesario recordar cuando dos equipos argentinos fueron a la tierra de un dictador para jugar un cuadrangular amistoso, que terminó con la muerte de un jugador, por culpa de una peste: la malaria.

En la era en la que internet no daba la posibilidad de chequear en diez segundos la fiabilidad de un dato geográfico, cuando alguien decía “me voy a ir al Congo Belga” sonaba más a un lugar mitólogico africano que a un país en particular. Pero lejos de ser una fantasía, en el medio del continente negro existe este país que tuvo un punto trágico de conexión con el fútbol argentino. Dicho territorio fue hasta 1885 Reino del Congo, y estaba repartido entre Francia, Portugal y Bélgica, país que denominó a su parte Estado Libre del Congo y era propiedad privada del rey Leopoldo II. A partir de 1908, cambió de estatus y de nombre: pasó a ser colonia y a llamarse Congo Belga. En 1960 llegó la independencia y otro cambio de nombre. La ahora República Democrática del Congo entró en coqueteos con la URSS y sobrevino un golpe de Estado. El territorio pasó a llamarse Congo-Kinshasa. 

Todo dentro de los parámetros de una África saqueada por sus colonizadores. En este panorama apareció un nombre tristemente celebre, que llegó para hacer de este país un lugar en el que el deporte tendría mucha trascendencia: el general Mobuto. Este dictador se hizo del poder, mediante un golpe de estado orquestado por la CIA, e inició una dictadura más dentro de África. El nuevo presidente renombró al país que pasó a ser Zaire y se hizo llamar Mobutu Sese Seko Ngbendu wa Za Banga, lo que significa el guerrero todopoderoso que, debido a su resistencia y voluntad inflexible, va a ir de conquista en conquista dejando el fuego a su paso. Tanto era su poder que cuando le parecía convocaba a elecciones para mostrar la democracia de su gobierno, pero con un pequeño detalle: no se presentaba ningún otro candidato que no fuese él. 

Foreman y Ali junto al dictador de Zaire, Mobutu Sese Seko Ngbendu wa Za Banga.

Pero este célebremente recordado dictador, acusado de graves violaciones a los Derechos Humanos, culto a la personalidad y cleptocracia; buscó en el deporte la escoba para limpiar su imagen manchada completamente de corrupción y sangre. No fue el primero, ni será el último, pero el deporte tuvo gracias a diez millones de razones el combate que para muchos fue el mejor de todos los tiempos: Muhammad Ali versus George Foreman. Fue el 30 de octubre de 1973 cuando el mundo tuvo sus ojos puestos en el por entonces denominado Estadio 20 de marzo con Ali consagrándose nuevamente como el mejor del mundo ante la sorpresa de todos los que apostaban por la potencia del joven Foreman.

El libro “El Combate” de Norman Mailer, una extraordinaria crónica sobre aquella mítica “Rumble in the Jungle” dice en una parte de su libro: “Una pelea entre dos negros en una nación negra, organizada por negros y presenciada por negros; eso es una victoria para el mobudinsmo”. Así se veía uno de los letreros gubernamentales verdes y amarillos en la autopista que enlaza Nsele con la capital, Kinshasa. Un variado surtido de dichos letreros escritos en inglés y francés proporcionan al automovilista un curso acelerado de mobutismo. “Queremos ser libres. No queremos que se obstaculice nuestro avance hacia El Progreso; aunque tengamos que abrirnos camino a través de la roca, nos lo abriremos a través de la copa”

En ese mismo año la selección de fútbol, que bajo el régimen de Mobutu dejó de apodarse Los Leones para llamarse Los Leopardos, conquistó la clasificación para el Mundial de 1974 y en el mismo año del Mundial, se quedó con la Copa de África en Egipto. En ese entonces el fútbol zaireño tenía mucho protagonismo en el continente: el TP Mazembe llegó a cuatro finales consecutivas de la Champions Africana, ganando la del 67 y 68, logro que años más tarde repetiría el AS VITA. “Esto se da en parte porque su régimen le impedía a los mejores jugadores del país marcharse buscando otros rumbos. Él (Mobutu) quería demostrar con la supremacía de sus clubes el poder que había en el fútbol de su país”, cuenta Francisco Jauregui, periodista especialista en fútbol africano, para explicar el motivo del poderío en su continente.

Pero los amantes del fútbol saben que en el Mundial de Alemania lejos estuvo Zaire de ser un animador del torneo, siendo aquella jugada icónica ante Brasil, con un futbolista saliendo a patear la pelota en un tiro libre sin ejecutarse, lo más destacado que dejó (NdeR: años después los jugadores de esa Selección aseguraron que Mobutu los había amenazado si eran goleados nuevamente en ese Mundial y que hicieron eso para ganar tiempo).

Dentro de esa constante cercanía con el deporte, en 1976 le llegó la invitación al fútbol argentino. Era una oferta para que dos equipos fueran a disputar la Copa República de Zaire, al pleno corazón del continente africano. Los que aceptaron la invitación fueron el Talleres de Córdoba de Daniel Willington, Daniel Valencia, Luis Galván, Daniel Ludueña, entre otros, y el recién ascendido Temperley. “Nos avisaron dos semanas antes”, recuerda Juan Carlos Merlo, el goleador del Celeste en ese equipo. “Para la época fue algo bastante raro, porque Temperley no estaba acostumbrado a viajar, ni a participar en ese tipo de torneos y menos en un lugar tan lejano”, agrega el por entonces defensor gasólero Horacio Magalhaes. El cordobés Miguel Ángel Oviedo abrió el libro de sus recuerdos: “No conocía nada. Lo que había aprendido en el colegio solamente de África. No sabíamos casi nada. Era todo nuevo, estábamos muy expectantes para ver lo que íbamos a conocer”.

El plantel de Temperley antes de subir al avión para comenzar la expedición rumbo a Zaire. (Foto: Marcelo Ventieri (Temperley) 

Antes de subirse al mismo avión para hacer el Ezeiza-Río de Janeiro-Madrid-Kinshasa, los jugadores de Temperley y Talleres se vacunaron contra la fiebre amarilla, el tifus y la viruela. Sin embargo, no lo hicieron contra el paludismo –también llamado malaria– por una sola razón: todavía hoy no existen vacunas que prevengan esa enfermedad. El médico del equipo del Sur del Gran Buenos Aires, Guillermo Beccari, consiguió pastillas para la profilaxis del contagio, pero los tiempos ya no alcanzaban para hacer su afecto porque debían de tomarse tres semanas antes de viajar. En ese panorama, lo que hicieron ambos planteles fue stockearse de repelentes. Había que evitar la picadura de mosquitos. Y si advertían que eso sucedía, o al mínimo síntoma de fiebre o diarrea, debían avisarle. Al margen del paludismo, también había otras medidas. Nadie podía tomar agua de la canilla. Sólo embotellada.

Temperley jugando uno de los partidos en Zaire. El primero de la fila es Suárez, el jugador que falleció de paludismo. (Archivo: Juan Carlos Merlo)

“Apenas bajamos del avión nos dimos cuenta de que la pobreza era extrema. Por el tema del fútbol viajé mucho, con Racing fui a Puerto Principe (Haití) y solo esa ciudad me hizo acordar a Zaire. Muchos chicos en la calle, sin familia”, asegura Magalhaes sobre la primera impresión que le dio la tierra de Mobutu. Oviedo, quien dos años después se consagró campeón del mundo con Argentina en el Mundial 1978, agrega: “Tuvimos que viajar a África para ganarle a Temperley, jaja. Hablando en serio recuerdo los camiones llenos de militares que pasaban por la puerta del hotel constantemente. También no puedo olvidarme que a los zaireños no les gustaba mucho que andemos con cámaras de fotos por ahí. Solo si les explicabas que sólo querías una foto del paisaje te dejaban sacar, sino se metían para dentro de sus casas y no querían saber nada”.

Para Merlo lo más chocante fue ver de cerca las secuelas que había dejado la esclavitud en un país muy golpeado por los colonizadores: “El que manejaba el ómnibus era negro y cuando íbamos a comer se venía con nosotros. Pero los mozos negros a él no le servían, entonces, teníamos que levantarnos nosotros para servirle la comida. No importaba que esté con la delegación“. Y agrega: “A veces íbamos caminando por la vereda y quizás venían cuatro zaireños que cuando estaban enfrente nuestro se bajaban de la vereda y nos daban el paso”. Sobre la omnipresencia de Mobutu el goleador gasolero recuerda: “A las 12 del mediodía, cuando empezaba la transmisión de la TV local, aparecía como un video de Mobutu como yéndose al cielo. Todo era una oda a su persona. También me acuerdo de que pasaron varias veces la pelea de Ali-Foreman, era el hecho deportivo más importante de su historia y lo recordaban”.

En lo deportivo Talleres brilló y se terminó ganando todos los partidos que jugó. Fueron dos amistosos (Imana y Vita) y los dos de la Copa República de Zaire ante Temperley 3-2 y en la final ante el Imana por el mismo resultado. El Celeste no consiguió ganar en suelo africano. Perdió los dos amistosos que disputó (frente a Vita y a la Selección de Zaire) y en el cuadrangular cayó ante Talleres y empató con Vita. “Tan buena fue la impresión y la imagen que dejó Talleres en África, que nuestro médico y preparador físico fueron contratados por la Selección Nacional del Zaire hasta la finalización de la Copa de las Naciones africana“, recuerda el sitio oficial de Talleres.

El periódico La Voix du Zaire publicó en su edición del 2 de febrero de ese año: “Dotados de una técnica remarcable, los argentinos brindaron una exhibición de alto vuelo futbolístico. Después de la visita del Santos de Pelé, nunca habíamos visto tan buen fútbol como con Talleres”. Antes de que el plantel de La T se embarcarse en el aeropuerto Ndjili de Kinshasa (capital de Zaire) con destino a Buenos Aires, Ntukani Nzuzi Musenda, jefe de deportes del diario Elima, pidió hablar con Luis Ludueña. Traductor de por medio, el periodista africano imploró: “Dígale al hombre de los cabellos negros y largos que él es el Dios del Fútbol, que nos ha deslumbrado tanto como Pelé. Dígale, le repito, que él es el Dios del Fútbol“. La reacción del volante albiazul fue de asombro y devolvió la pregunta con otra interrogación: “¿Qué yo soy Dios?…, por favor, ni de Diablo me he recibido”.

La alimentación que tuvieron en Zaire fue algo que dejó marcas inalterables en el recuerdo de los tres jugadores con los que Enganche se comunicó para recordar la trágica travesía: “La verdad que en esos 15 días lo primero que sentimos fue la mala alimentación. Estuvimos muchos días comiendo sanguches de lechuga. La carne de mono nos dijeron que era en los últimos días”, rememora el ‘Cata’ Oviedo. Magalhaes suma la experiencia Celeste en cuanto a lo culinario: “Un día nos dieron permiso para salir de la concentración y de la rutina habitual. Queríamos comer carne y fue una pésima idea. No sabíamos de qué estábamos comiendo y después nos enteramos que era carne de mono”. Y continuó: “¡Me acuerdo! Era un restaurante de muy buen nivel y solo había carne de mono y de caballo. La cocinaban directamente en el fuego, como si lo estuvieran quemando. A nosotros nos dijeron cuando nos volvíamos lo que habíamos comido”.

En el penúltimo día de una expedición que tuvo todos los condimentos, algunos de los jugadores de Temperley fueron al centro de Kinshasa para hacer una “argentiniada”. Entre risas, Merlo detalla: “Un par de los muchachos agarraron una colonia Polyana 555 y la distribuyeron en envases vacíos para diluirla con agua. La idea era intercambiarla por cosas de marfil y malaquita, la piedra preciosa que en Zaire estaba por todos lados. Muchos lugareños aceptaron el trueque, pero cuando volvimos los muchachos se dieron cuenta que las cosas que le habían dado eran de todo menos de marfil y malaquita. Así que a ellos también los embaucaron”.

Ese mismo día otro grupo compuesto por Merlo, Oscar Suárez, Mariano Biondi y Benito Valencia fueron a conocer un lago en el que se encontraba una de las tantas tribus nativas del país. “Fuimos un poco para conocer. Recuerdo muchísimo ese lago, porque yo fui uno de los cuatro que fui. Dos de los muchachos terminaron contagiados de paludismo. Siempre que recuerdo ese viaje, esa tarde es lo primero que recuerdo. Los médicos adjudicaron esa visita al lago el inicio del paludismo. Te voy a reenviar la foto en la que estamos los cuatro ese día. Me la acaban de mandar en estos días (foto inferior)”, cuenta Merlo.

“Buscando encontré está foto. Subidos a una palmera en el lugar donde en apariencia contrajeron el paludismo. Yo estoy arriba a la izquierda. El Negro Suárez con el brazo abierto luego. Después anotó Valencia (también se enfermó) y abajo de rojo Mariano ‘Pepe’ Biondi”, recuerda Merlo.

Días después de regresar a la Argentina, lo que había sido una gira exitosa en términos sanitarios y deportivos empezó a cambiar de color. Tanto en Córdoba como en el Sur del Gran Buenos Aires comenzaron a registrarse secuelas de ese exótico y riesgoso viaje. El sanjuanino Oscar Jorge Suárez y el mendocino Benito Valencia, ambos atacantes de Temperley, y los cordobeses Miguel Oviedo, Francisco Rivadero (solo fue fiebre, no paludismo)y el utilero de la T, Adán Onoren, volaron de fiebre y tuvieron síntomas del temido paludismo.

El propio Oviedo recuerda su mal momento: “Trece kilos perdí por la enfermedad. Era como una gripe con mucha temperatura, que no podían bajarla. Yo veía que pasaban los médicos, hablaban y me señalaban como si fuese un marciano. Me acuerdo que nosotros teníamos que ir a Tucumán. No me sentí bien, tenía temperatura. Le dije al médico que nos acompañaba y directamente me internaron porque era malaria. Como no había remedios, entonces inventaron una sustancia. Una planta, la quinina, se tritura hasta hacerla polvillo, y después formar como una ostia que me ayudó a irme recuperando”.

La prensa de la época no podía creer la muerte de Oscar Suárez.

Después de caer derrotados por Gimnasia 3-2 en el Beranger, el primer internado en el Gasolero fue Benito Valencia. Un día después, el 16 de febrero, cayó internado Suárez. Ambos en el Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora. Cuenta Andrés Burgo, en El Gráfico, que una vez detectada la enfermedad, los hermanos de Suárez corrieron en búsqueda de un remedio llamado Resochen. No lo consiguieron. Más tarde compraron Paludrine, pero sería tarde. “Esa noticia nos golpeó demasiado. Me acuerdo que pasó todo muy rápido. Fuimos a visitarlo al Gandulfo y pocos días después lo estábamos velando”, cuenta con esfuerzo Magalhaes. 

“La cabeza te lleva a esos momentos, en ese entonces de felicidad porque aprendíamos cosas nuevas, otras culturas, lo que era fantástico. Pero detrás de eso vino la tristeza. Todo el tiempo me preguntaba porqué no me había tocado a mí. Lo hablamos durante meses eso. En esa excursión estábamos los tres puntas del equipo: Suárez, era el extremo derecho a pesar de zurdo, yo, que era el 9, Benito Valencia que era el 11”, se emociona Merlo. Y agrega: “El Negrito Suárez era un tipazo. Muy humilde. Venía a préstamo de Estudiantes LP y con nosotros anduvo muy bien”.

Algunas de las repercusiones de la muerte de Suárez.

Con Suárez internado y sin mejoras, Temperley perdió 2-0 con Unión en Santa Fe, por la segunda fecha de Metropolitano. Al día siguiente, el jueves 19 de febrero de 1976, a los 23 años moría Oscar Jorge Suárez. Un humilde futbolista sanjuanino que había llegado al Celeste para sumar minutos y que viajó a Zaire con la sonrisa de alguien que hace su primer viaje al exterior. Lo hizo sin saber que era el comienzo de su fin. Un fin absurdo para una gira que pocos recuerdan, en un fútbol argentino, que a veces tiene poca memoria. 

Años más tarde, en 1981, el Boca de Maradona fue a Costa de Marfil. Racing viajó dos veces a África entre 1989 y 1990. La primera para jugar un amistoso contra el PSV Eindhoven, en Zimbabwe, y la segunda para una expedición de 17 días por Benín, Togo, Costa de Marfil y Burkina Faso. En esta segunda excursión la picadura del mosquito anopheles alcanzó a Carlos Roa, el arquero que años más tarde brillara en el Mundial 1998. Todo el plantel de la Academia había ingerido los medicamentos para evitar este tipo de enfermedades, pero por cuestiones religiosas (el arquero pertenecía a la religión adventista) el Lechuga se había negado a tomar la medicación. Estuvo en peligro de muerte y permaneció un año sin jugar. Pero volvió y pudo brillar. Algo que lamentablemente Oscar Suárez no logró.