Agustina Barroso

La chica que se cortaba el pelo para jugar entre hombres

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Sufrió el machismo y la discriminación de quienes le decían que no iba a llegar a nada. En el nacimiento del fútbol profesional para mujeres, cuenta el camino y abre la puerta a un futuro mejor para las que, como ella, elijan soñar detrás de una pelota.

Cuando sintió que no aguantaba más, encaró a su madre sin dudarlo, la miró a los ojos después de mucho pensarlo y le soltó todo el peso de los últimos días en una sola frase: “Mamá, quiero cortarme el pelo”. Agustina se había cansado de los insultos de los padres de sus compañeritos en la escuela de fútbol y, al ser la única nena del equipo, su opción fue camuflarse: “No me había desarrollado y con el pelo corto iba a pasar por uno más de los nenes. Con eso me iba a evitar sentirme observada. No lo soportaba”. Aquel entorno que conspiraba contra su sueño de simplemente jugar a la pelota era un caldo de machismo, discriminación y prejuicio. Obstinada y con el pelo corto, siguió insistiendo. El tiempo pagó aquella persistencia y arrojó al césped a una central de personalidad y suficiencia.

Agustina Barroso es la protagonista de una generación de jugadoras que creció al calor del “no”. Lejos de romantizar aquella resistencia a un sistema que debió haberla cobijado, ella y otras tantas abrieron el camino a muchas otras que vendrán, ya con menos piedras en el camino. Tras una extensa carrera internacional (Ferroviaria, Audax y Corinthians en Brasil, Flyde Ladies en Inglaterra y Madrid CCF en España), a los 26 años acaba de comenzar el primer torneo profesional de fútbol jugado por mujeres en Argentina y lo hizo con la camiseta de la UAI Urquiza. La defensora, que todavía se conmueve con la explosión que vivió después de disputar el Mundial de Francia y que recuerda con cariño la medalla de plata en los Panamericanos de Lima, habla claro sobre un universo vinculado a la pelota que no para de crecer.

–¿Cuál es tu primer recuerdo con el fútbol?

–Dice mi hermano que me hice defensora por él, porque él jugaba de nueve y yo me dedicaba a marcarlo. Pateábamos en el patio de la casa de mi familia, en Tandil. Nos matábamos. Después me fui a la escuelita de fútbol a tratar de aprender. Y no pude dejar más esta pasión que es jugar a la pelota. Mi infancia fue linda, porque no teníamos tanta tecnología y no nos quedaba otra que ir al patio a jugar. O a juntarnos con mis amigos a hacer un partido. Vivíamos así, con el deporte como disparador de todo.

–¿Te discriminaban de chica por jugar a la pelota?

–Pasaba. Antes era distinto. Ahora por suerte se abrió. Si bien se sigue cuestionando a la mujer que juega, ya no es como antes. De chica yo siempre iba a ser “la nena con los varones” y no una más que jugaba. El fútbol era un deporte de varones. Eso nos decían. Además, yo jugaba al básquet y mi papá era el entrenador. Y pasaba algo parecido. Había insultos. A mi viejo lo teníamos que parar. Por suerte lo tenía a él y a mi hermano, que me bancaban cuando me largaba a llorar.

–¿Hubo alguien que te dijo que no ibas a poder llegar?

–En casa, no. Siempre me apoyaron. Me pasaba en el colegio. Ahí me decían que me iba a cagar de hambre, que no iba a llegar a nada o que el fútbol femenino no servía. Hay frases que todavía me quedan en la cabeza. Hay tipos que nos dicen que al fútbol femenino no lo va a ver nadie. Y nosotras lo vamos a romper a eso. Me acuerdo que en la escuela un compañero me desafió y me dijo que nunca iba a llegar a la selección. Yo le acepté el desafío y le dije que iba a llegar antes que él. Por suerte, el tiempo me ayudó y llegué. Y es el día de hoy que sigo usando a ese compañero como enemigo interno para mejorar. Le tengo que ganar. Siempre lo digo: me gusta que me subestimen. Después la doy vuelta. Me motiva. Cuando me molesta, me motiva.

–Tu generación tuvo que convivir con eso, lamentablemente.

–En un tiempo llegué a pensar que no había más nada, que no iba a poder vivir del fútbol. Después, pude irme al exterior y cambió todo. Y ahora que la liga crece y se vuelve profesional, ni hablar. Siento que todo puede ser posible.

–¿Qué tuviste que cambiar por la exposición que obtuviste en este proceso?

–Dejé de ver comentarios en las redes sociales. No entro más a ver qué comentaron porque es muy duro. Cuando la AFA postea algo de la selección femenina no hay que ver lo que escriben porque te puede hacer mal. No los quiero leer. No me genera una buena sensación. Lastima. Te cuestionan si te cortás el pelo, si tenés hijos. Te putean por cualquier cosa.

–¿Cómo vive tu familia respecto de la exposición que están teniendo con la selección o con el torneo?

–Mis viejos, por ejemplo, viven en Tandil y a cada rato los para alguien para hablarle de mí y de lo que pasa con la selección. Al mismo tiempo, cuando ve algún insulto en las redes sociales, mi papá los quiere salir a matar a todos. Están todos felices por mí y por este camino. Me bancan y me bancaron siempre.

–¿Dónde ves el cambio respecto del fútbol femenino?

–En las nenas que vienen. En que nadie les impide jugar. En que empieza a bajar el prejuicio respecto de eso. Yo tenía ídolos masculinos, por ejemplo. Ahora, las nenas tienen jugadoras de acá o de afuera a las que pueden mirar y conocer. Las que vienen van a ser mejores que nosotras porque tendrán mejores caminos para llegar al fútbol.

–¿Qué necesitan que mejore después de la profesionalización?

–Necesitamos dedicarnos exclusivamente a esto. Necesitamos poder descansar y poder alimentarnos bien. Necesitamos mejores sueldos para eso. Por ejemplo, acá pasa que se idolatra al futbolista que estudia, mientras que muchas de nosotras estudiamos, trabajamos y jugamos. Bueno, eso muchas veces ocurre porque no hay otra opción. Por mi parte, estoy trabajando con un nutricionista que me lo pago yo. Y para poder hacer eso, se depende de las condiciones. En Brasil viajábamos en avión a todos lados y jugábamos dos torneos. Acá tenemos que apuntar a eso. Son cosas a cambiar.

–Cuando se habla con las jugadoras pareciera que hay una apertura a tocar temas que en el fútbol masculino son tabú, como la sexualidad, la discriminación y más. ¿Cómo vivís con ese costado social que tiene el exponerse?

–En un punto es muy bueno, porque nos humaniza. Le pasa a cualquiera en cualquier lugar. En otro punto, no está tan bueno, porque no nos preguntan de fútbol. Las jugadoras queremos que nos pregunten de fútbol también. Cuando hacemos un gol de pelota parada, hay laburo detrás. No es casualidad.

–¿Cómo es la jugadora argentina?

–La jugadora argentina tiene garra. Nos buscan por eso. Nos valoran por eso. Sentimos el fútbol distinto y nos diferenciamos mucho de otros países por lo que luchamos. Ese esfuerzo por llegar a prevalecer en nuestro deporte en un ambiente machista se traslada adentro de la cancha. No regalamos nada. Cuando jugué en Brasil, las locales se relajaban después de perder y nosotras, que éramos tres argentinas en el equipo, nos poníamos mal. No nos daba lo mismo perder. Esa es una marca de la jugadora de nuestro país.

–¿Con qué momento futbolístico te quedás en la película de lo que te viene pasando?

–Con el repechaje del Mundial, en Arsenal, porque fue la primera vez que mi familia pudo venir a verme jugar en vivo y en directo. Mi economía no me permitía llevarlos a Brasil o a Europa y recién se pudo dar acá, con la selección. Ese día va a estar en mi corazón para siempre.

–¿Cuál es tu objetivo futbolístico?

–Quiero romper con el mito de que el central es brusco y aguerrido. Además, no tengo un físico para eso, no soy alta y no voy a crecer más. A mí me gusta salir jugando. Me gusta anticipar. Quiero un estilo lindo de ver. Necesito mejorar mucho el manejo del perfil izquierdo, que es mi lado débil. Pero busco ser distinta y superarme respecto de la salida prolija para darle fútbol al equipo.

–¿Cuál es tu secreto para suplir esa cuestión de tamaño?

–Mi secreto es el mismo que tienen muchos arqueros: los pasos del básquet. Como jugué muchos años, sé dar los dos pasos para saltar más alto, entonces gano por esa maña. De hecho, el gol que hice contra Colombia en los Panamericanos viene así, con el paso de básquet. Con eso y con la velocidad termino ganando. No tengo tiempo de chocar, tengo que ganar antes.

–¿Con qué soñás respecto del fútbol?

–Tengo fe en el fútbol argentino. Es cierto que va lento y que falta resolver un montón de cosas, pero sueño con que nuestro fútbol sea potencia. Con que las jugadoras de otros países quieran venir acá. En lo personal, sueño con llegar a lo máximo, que ya no sé dónde termina. Antes pensaba que iba a ser imposible vivir de esto, pero me mantuve y se volvió una realidad. Lo próximo puede estar ahí adelante. Tenemos que seguir y no aflojar.

Fotos: Stefanía León / AFA