Enganche Literario

La mirada de un niño no es de palo

¿Los de afuera son de palo? Aquella arenga del gran Obdulio Varela, verdadero mandamiento del fútbol, tambalea en los pies de un áspero jugador de mil batallas, ante la mirada triste de un niño.

“Los de afuera son de palo”.

Esa frase, que ha alcanzado la estatura sagrada de ser dicha por quienes no saben quién la dijo, cuándo la dijo y por qué la dijo, tiene la fuerza apodíctica de aquello que parece no poder ser horadado por ningún hecho, por poderoso que sea.

Pero, ¿hay algo más poderoso que la mirada sufriente de un niño para un hombre de bien? Se sabe que los jugadores de fútbol están hechos para la omisión del entorno, tal como pontificó quién, cuándo y por qué dijo esa frase: el gran Obdulio Varela, en 1950, en un Maracaná con 200.000 personas.

Pero el vértigo de las cifras enormes no nos puede tapar otro tipo de enormidades, que casi siempre se esconden en historias mínimas, en gestos imperceptibles, en situaciones que se revelan ante la mirada atenta y el corazón abierto. Y así como a veces no nos conmueven millones de personas que mueren en la guerra pero sí puede demolernos una sola imagen de un niño llorando, puede que los de afuera sean de palo…hasta que la mirada sufriente de un niño se nos mete adentro.

Le pregunté al Enviado si alguna vez, jugando un partido importante, había flaqueado o lisa y llanamente sucumbido a la presión del entorno.

-No…yo siempre dije que los de afuera son de palo…

-Claro…las gran frase de Obdulio Varela…

-¿Obdulio Varela dijo eso?… Siempre creí que la frase la había inventado yo. Bueno, pueden ser ambas cosas…todavía hoy los investigadores se pelean por ver si el cálculo infinitesimal lo descubrió Newton o Leibniz… Yo dije eso por primera vez en la final que jugué con el equipo de mi barrio contra una comunidad cuyo nombre omitiré, pero que era famosa por no recibir bien a los visitantes… Allí junté a mis compañeros, que estaban cagados hasta las patas por la presión de la gente y le dije por toda arenga: “Los de afuera son de palo”…

-¿Y cómo terminó todo?

-Bueno…la frase, más que inspiradora fue casi profética…los de afuera tenían palos, y en cuanto hicimos un gol entraron a la cancha y nos cagaron a palazos…mire, todavía tengo unas marcas de aquella batalla…- dijo el Iluminado, mientras me mostraba su espalda, que tenía más huellas que la piedra de Rosetta.

-¿Entonces nunca se sintió intimidado ante el entorno?

-Bueno…una vez me enamoré mientras estaba por tirar un corner… En medio de los escupitajos y los insultos alcancé a percibir la mirada de “mi Beatriz”, un amor imposible del que solo me queda ese recuerdo efímero: un córner, una mirada, un recuerdo que hasta hoy me despierta por las noches… El pelotudo del técnico me dijo que me fuera a la otra punta, porque el cuatro se iba arriba y dejaba espacios. Hice tres goles entrando en diagonal, pero nunca más la vi… Igual, si hablamos de miradas, déjeme que le cuente la historia del gallego Juárez y el niño triste… 

El gallego Juárez, experimentado habitante de peripecias futboleras, inmune a los escupitajos, la puteadas, las amenazas, la gloria, el fracaso, la fama, el aplauso, el abucheo, el silbido, el rumor; por esas razones que tiene el corazón, según Pascal, una tarde fue a patear un penal decisivo y de golpe sus ojos de sicario se cruzaron por una milésima de segundos en esos otros ojitos que pedían piedad en forma de yerro. Vaya a saber, pensó el gallego mientras apoyaba la pelota, cuánta tristeza había en la vida de ese pibe, que ahora sumaría al catálogo de padecimientos la frustración de una derrota de su equipo, de su barrio, de su esquina, del abrazo con el viejo o con el abuelo. Y a esa mirada triste se sumaría la de la cargada impía en la escuela, la sensación de que nada sale nunca bien, de que la alegría es un país que queda lejos.

Los de afuera son de palo, sí, pero la mirada triste de un pibe nunca está afuera; siempre es un dolor que se mete bien adentro, que se hospeda en las tripas, que se queda a dormir para poder despertarnos de la insensibilidad cuando haga falta.

El gallego toma unos pasos de carrera, va hacia la pelota, y le pega muy abajo. El balón se desentiende del arquero, del arco, y se va de lleno a la tribuna en la que un pibe llora pero de alegría, mientras se abraza a todo lo que tiene al lado, que de pronto ha recobrado la fisonomía de una bienvenida, de un feliz cumpleaños, de un “mirá lo que te trajeron los reyes”.

Sale “el gaita” sabiendo que ha hecho feliz a un niño. Infeliz a muchos, pero esos muchos, miles, no lo miraron a los ojos. Pero esos miles no lo sitiarán en las noches transpiradas de insomnio, cuando la mirada triste del pibe hubiese venido a recordarle que en sus pies tuvo la posibilidad de evitar un sufrimiento más. Sale el gallego y se cruza en la calle con el pibe al que le sacó una tristeza; una, no todas; una, no la tristeza; una, al menos una. Hay otra vez un cruce de miradas y el niño, tomándose su aún incipiente aparato genital, le dice:

-Gallego, amargo, sos horrible… te querés matar…