Maradona

La otra “famiglia di Diego”

Hace 35 años, el astro argentino le concedió a una familia napolitana la posibilidad de transitar una agradable experiencia de vida: armar el museo napolitano del eterno 10 argentino. Massimo, integrante de los Vignati, con nostalgia y, al mismo tiempo, alegría, invita a conocer los más de 300 objetos invaluables que permiten acercarse al verdadero Pelusa, al pibe de Villa Fiorito.

Pasaron exactamente tres décadas, cinco años y 20 días de aquella presentación en el estadio San Paolo. Un acto que penetró el corazón de Nápoles. Ese amor a primera vista entre Maradona y los napolitanos fue tan genuino como profundo. Lo suficientemente inquebrantable como para perdurar aún hoy, en un pueblo que ya tiene una porción adulta que no lo vivió, pero que igual lo predica gracias a una generación que fue contemporánea y que, claro, lo venera, tanto o más que a San Gennaro, el patrono de la ciudad.

Uno de los que lleva esa tarea análoga, como si se tratase del Nuevo Testamento, se llama Massimo Vignati. Uno de los once hijos de Saverio Silvio Vignati, custodio del estadio del Napoli por más de 37 años, y de su esposa Lucía Rispoli que, por divinidad, casualidad o destino, fue por recomendación cocinera y ama de llaves del hogar de Maradona en Via Scipione Capece durante los siete años que se extendió su estadía en el sur de Italia. Merced a esta insuperable simbiosis, Massimo sostiene que Diego para sus padres fue como un hijo y, por consiguiente, para él, como un hermano. Por ello, acaso, hoy atesora en el sótano de su casa más de 300 objetos que mantienen vigente el fruto de esa estrecha relación. “No soy coleccionista. No los compré, sino que los acumulamos junto con mi padre durante los siete años que Diego jugó en Napoli”, le cuenta a Enganche.

A diferencia de otros casos que tuvieron la dicha de entretejer sus vidas con el histriónico futbolista, los Vignati gozan de la suerte de continuar en contacto con Diego más allá de los años y las distancias. Es tan visceral para Diego ese lazo trenzado, sobre todo con Lucía, que en julio de 2017 cuando fue condecorado Ciudadano Honorario de Nápoles no postergó la visita a su “madre napolitana”. A los ojos de Massimo: “Cuando nos vemos es una emoción muy grande porque lo sentimos como nuestro décimo segundo hermano. En 2017, cuando la vio a mi mamá él mismo la mencionó como su madre en Italia. Ella no pudo aguantar las lágrimas. Porque su salida del Napoli la sintió como la pérdida de un hijo”.

Diego, con Saverío y su esposa Lucía

Es evidente que el apego de los miembros de la famiglia se erigió en el interior, más allá de la coraza que recubre a la persona de lo mediático. Solo unos pocos acceden a esa faceta y, un grupo mucho más reducido, son los que la mantienen. “En el momento que llegó a Nápoles yo tenía 12 años. Siempre tuve su cariño como un hermano mayor. Nos hacía regalos. Cuando compraba zapatillas, compraba pares de más para darnos a mí y a mis hermanos. Llegaba de sorpresa a la casa de mis padres para los cumpleaños y bailaban tango hasta cualquier hora. ¡Y bailaba muy bien: nunca ví a nadie hacerlo como él! Durante casi siete años, los lunes jugábamos calcetto (fútbol entre amigos). Diego me hacía hacer muchísimos goles. Disfrutaba hacerme parte de su juego. Jugar con Maradona al calcetto era increíble porque no veías la pelota, iba de un lado para al otro. Jugábamos en un centro deportivo pegado al San Paolo. A veces iba el secretario del club [Gianni Agnelli]. Eran partidos entre amigos íntimos, personales. Ese Maradona que conocí, el simple, humilde, que se preocupa por las personas queridas”, dice con orgullo. Y continúa: “Los martes íbamos juntos en el coche a las prácticas y los miércoles iba a la casa y me quedaba viendo su entrenamiento personal con Fernando Signorini. Además, fui alcanzapelotas durante toda esa época. Soy consciente de ser afortunado por haber visto esas cosas desde otro ángulo. Pero siempre lo sentí con emoción por el amor que la ciudad y el mundo le transmitían a un hermano mío. Pasaron 18 años y nos reencontramos. Teniendo tantas personas para visitar, nos vino a ver a nosotros. Lo vimos tan sencillo como cuando lo conocimos. Tiene el carisma y la personalidad de quien nunca olvida de dónde viene. Nosotros amamos al hombre y a la familia Maradona. No al personaje. Son dos cosas diferentes”. Hace una pausa y agrega: “Para mí, Dalma y Giannina son como mis sobrinas. Las vi nacer y crecer. Mi hermana era la niñera”.

Al mismo tiempo que Lucía preparaba spaghettis al soffritto napoletano (fideos con tuco y mollejas, uno de los platos preferidos de Diego), Saverio, además de ser conserje, se convirtió en una persona muy querida en el San Paolo. Así, acumulaba en una habitación que tenía en el estadio, distintos elementos de cada instante de Maradona en Napoli. Este procedimiento decantó en un museo familiar con más de 300 objetos de culto que tienen lugar en el sótano de la casa de los Vignatti, ubicada en uno de los suburbios del norte napolitano.

“Después del fallecimiento de papá –inicia un largo relato que no interrumpe– decidimos sacar todo del San Paolo. No por miedo, porque Maradona es intocable. Acá se respeta todo lo que esté relacionado con él. Son cosas que quisimos mantener porque tienen un valor sentimental, no económico. Hay camisetas de la Selección de la Argentina y de las que utilizó en todos los clubes que jugó. Diferentes prendas de la indumentaria oficial: la campera con la que realizaba el calentamiento previo al ritmo de ‘Live is life’, bolsos, cintas de capitán, los guantes que utilizó en el cruce con el Spartak de Moscú por la Copa de Campeones en el estadio Luzhniki, el documento que certifica la venta de Barcelona a Napoli por el que me han llegado a ofrecer 20 mil dólares, botines personalizados y los que utilizó frente a Bélgica en la semifinal de México 1986, pelotas entre las que se encuentra la que le marcó a la Juventus de tiro libre en 1985, la mascota de Italia 1990 que le entregó Pelé en un evento celebrado en Milán previo al Mundial y, entre otras cosas, también el banco del vestuario en el que se cambiaba antes de los partidos. Cuando Maradona dejó Napoli, mi padre se encargó de que todo aquel que llegara al plantel supiera que no podía sentarse ahí. Y nadie más lo utilizó, el último fue Diego”.

Por más roídas que puedan estar algunas de las piezas por el paso del tiempo, para Massimo todas fulguran por igual. Las siente tanto como a esos objetos de culto de la etapa que más añora de su vida. Aun así, a pesar de su componente afectivo, desea cumplir la voluntad de su padre: Don Vignati pretendía que formaran parte del museo del Napoli. “El club sabe que las cosas están aquí. El estadio se reformó y ojalá que algún día se haga el museo. Llevaría cada objeto porque ese era el deseo de mi padre”, afirma.

Conocedor del valor de aquellos recuerdos materiales, Massimo organiza exposiciones en una suerte de museo itinerante como acción benéfica en colaboración con un hospital de niños de la ciudad. “En 2009 fundamos la Asociación “Saverio Silvio Vignati – La historia continúa ILD”, la sigla significa “I Love Diego”. El objetivo es recaudar fondos para ayudar a los niños del hospital y a sus familias”.

Maradona jugó el Mundial de 1990 en el pináculo de su carrera. Sin embargo, la Selección de la Argentina llegó a los tropezones a la semifinal ante el anfitrión. Aquel cruce profundizó las desavenencias entre el norte y el sur de Italia. Una grieta social e ideológica de la que aún hoy se habla. En el San Paolo, la albiceleste no sólo le arrebató el sueño del campeonato sino también la localía gracias al favoritismo del público por el 10 argentino. La postura de los napolitanos, que continúa siendo inadmisible para el resto de los compatriotas, la explica y resume en una frase Massimo Vignati: “Para nosotros era ver campeón del mundo en Italia a nuestro hermano. Era importante para mi mamá y para mi papá. Sabíamos cuánto quería Diego ganar esa Copa. Y en Nápoles tampoco había dudas: ¿Cómo los napolitanos iban a estar en contra de su religión? Ese sentimiento está por encima de la nación”, reconoce.

El año 1991 fue el fin de la aventura. En medio de una crisis personal y pública, Diego escapó de su reino. La persecución de los medios italianos (sobre todo los del Norte) ante el doping positivo se tornó insostenible. Con un relato notoriamente transido, Massimo prima el recuerdo del desarrollo por encima del desenlace. La distancia del tiempo lo hizo ver que la marca de Diego por la ciudad les recuperó la autoestima frente a la desigualdad social y política.

Aunque parezca inverosímil, para él, Italia y el mundo miran distinto a su ciudad luego del paso de Maradona. “Nunca más se irá del corazón de Nápoles, porque nunca más nos harán llegar tan alto como lo hizo él. No solo por los campeonatos. Él logró emparejar una histórica diferencia social. Él, con una pelota. Una sola persona en la historia pudo hacer eso. Para nosotros Maradona nunca se fue. Pasaron 30 años y todavía es una figura importante. Sí merecía una despedida diferente. Pero para nosotros sigue la imagen como si él estuviera en Nápoles. Se siente tanto que es algo extraordinario. Hay tantos niños que llevan el nombre de Diego por él. Mi primer hijo se llama Saverio, como mi Papá, y el segundo, Diego. Para nosotros fue, es y será siempre Nápoles”.