La quiebra de Racing

Palabras que laceran el alma

Un mojón en la vida de la Academia y una historia que movilizó a una infinidad de actores de diferentes estamentos: la mirada de varios protagonistas 21 años después.

“Ha dejado de existir Racing Club Asociación Civil”.

Con la misma frialdad que una hoja de bisturí, la síndico Liliana Ripoll
clavaba el estiletazo certero, doloroso, cuasi letal. Su frase parecía ponerle
punto final a la agonía. Sin embargo, ese puñado de palabras fueron las que motorizaron la resurrección. A partir de ese momento, Racing comenzó a luchar, a resistir, a no dejarse morir. Ayudado por la política nacional, con varios dirigentes importantes involucrados: Julio Grondona a la cabeza, pero, principalmente, gracias a su gente.

Ese mismo 4 de marzo de 1999 por la noche se comenzó a gestar la salvación. La Sala II de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de La Plata había ordenado la clausura del club y la liquidación de todos sus bienes, incluidas las sedes de Avellaneda y Villa del Parque. “Dije esa frase como consecuencia de que el juez me notificó, fuera del horario de tribunales, que se iba a llevar a cabo la clausura de la institución durante la noche y me pidió absoluta reserva. Entendía que lo único que podía frenar esa clausura era la gente y el poder político. Realmente, no me arrepiento de haberla dicho. Tal vez hoy sería un poco más sutil, pero lo volvería a hacer”, le dice Ripoll a Enganche, aún convencida con aquellas palabras que helaron el alma pero no paralizaron a miles y miles de corazones académicos.

Racing estaba en terapia intensiva, con respirador artificial y no había perspectivas de una mejora. “De todas formas dije algo que era legal: que había dejado de existir como persona jurídica. El tema es que anularon esa última parte y solo quedó lo otro. Pero mucha gente sabe el significado de esa frase”, afirma la contadora, que aún trabaja en la AFA como asesora, desde hace más de quince años, convocada entonces por Julio Grondona.

Horas después del anuncio de Ripoll, la efervescencia de la gente de Racing se multiplicaba. No tenían respuestas de ningún dirigente y la poca información que les llegaba no era la que deseaban. “Nadie nos decía nada. No sabíamos qué iba a pasar con el club, si iban a clausurarlo, si iban a rematar las sedes, la cancha. Estábamos desesperados. Con algunos de los pibes de la barra nos fuimos para la sede de Avellaneda y algunos se encadenaron en la puerta. Racing no podía desaparecer, sino se pudría todo”, comenta un allegado a una de las facciones de la hinchada, que prefiere permanecer en el anonimato.

Finalmente, el que salió a la puerta de la sede de Avenida Mitre 934 a poner la cara fue el presidente (residual) Daniel Lalín. Y lo hizo de forma literal: apenas comenzó su improvisado discurso, subido sobre una mesa, un redoblante lo impactó de lleno en el rostro, haciendo estallar los vidrios de sus lentes. La imagen de su cara ensangrentada quedó grabada como una de las postales más gráficas del momento que se vivía. “El que me tiró el redoblante fue el Paraguayo. A cualquiera que le digan que su club desapareció se va a poner loco. Había mucha impotencia en ese momento. Tiempo después me lo encontré al “Paragua” y le dije que estaba todo bien, que lo entendía”, recuerda Lalín.

Si bien afirma que tiene muchos conocidos que siguen trabajando en el club, hoy está alejado del mundo Racing. Lo que más lamenta es no poder ir a la cancha. “Si llego a ir me putean hasta en arameo. Tengo que ver todos los partidos por televisión. A medida que pasa el tiempo es peor porque los más chicos ni me conocen, pero alguien les dijo que yo llevé a la quiebra a Racing y que me quise quedar con el club. Me acusaron de chorro, de delincuente y la justicia nunca me encontró nada. Hasta me metieron en cana. Yo fui el único presidente que no arregló ser culpable, como sí lo hicieron Juan Destéfano y Osvaldo Otero”.

El ex presidente hace referencia a la causa penal iniciada en 1999, en el Juzgado de Garantías Número I de Lomas de Zamora, a cargo del juez Tomás Bravo, por presunta administración fraudulenta, que tuvo detenidos a varios dirigentes, entre ellos a Juan Destéfano y al propio Lalín, mientras que Osvaldo Otero se mantuvo prófugo. Luego de seis años, la Justicia nunca pudo determinar si los ex presidentes de la Academia involucrados tuvieron responsabilidad en la quiebra del club, en un proceso judicial marcado por las irregularidades. Durante su transcurso, se perdió parte del expediente, no se encontraron pericias contables –según varias fuentes judiciales– y finalmente quedó proscripto por el paso del tiempo.

“Yo no tengo nada que ver con la quiebra. Habría que preguntarle a Lalín, que mandó a Racing a la quiebra para después comprarlo, si siempre fue un
delincuente. Yo me pego un tiro antes de hacer eso”, afirma Juan Destéfano.
Y continúa: “Cuando yo me fui se debían $ 14.000.000. Después vino Otero, un inútil, que se endeudó a más no poder; Lalín, un ladrón, lo terminó de hacer mierda. Eso pasa cuando ponés a gente que no tiene nada que ver con el fútbol a manejar un club tan grande”, critica Destéfano.

A sus 85 años, sigue en contacto con dirigentes del club, está al tanto de todas las novedades del equipo y va a la cancha asiduamente, acompañado de su nieto. “Racing es mi vida. Me marcó a fuego. A mí me conocen por haber sido presidente del club, no por otra cosa”, reflexiona. Destéfano fue un importante dirigente del peronismo de la década del setenta: se desempeñó como Secretario General de la Gobernación Bonaerense, durante el mandato de Victorio Calabró en 1973, y también fue miembro del consejo directivo de la Confederación General del Trabajo (CGT). Como consecuencia de su ascenso en la política y su amistad con personas de la Comisión Directiva del club en los años 80, llegó a la presidencia en 1987, hasta que en 1994 lo sucedió Osvaldo Otero. Sus pasiones son dos: Racing y el peronismo.

Por su parte, los hinchas siempre se mantuvieron firmes, en estado de alerta permanente. “Lo primero que recuerdo es que me desperté con Ripoll hablando por el canal Crónica, diciendo que Racing no existía más. Me encontré vacío, con una desolación tremenda. Empecé a llamar a algunos amigos y nos fuimos a la sede de Avellaneda, nos metimos y la policía nos sacó a palazos. Fue el día en el que le tiraron el redoblante a Lalín. Al otro día fuimos a Plaza de Mayo y el domingo a la cancha. Estuve en todas. Fue tremendo, peor que irse a la B. Que Racing deje de existir… no estaba preparado. Me agarra vértigo cuando lo recuerdo”, cuenta Flavio Nardini, director de cine, responsable de las últimas campañas de socios realizadas por el club –junto con su amigo, el publicista Damián Kepel, otro hincha racinguista– pero sobre todo, un fanático apasionado.

En estado de desesperación, se juntó con Carlos Melconian, reconocido economista y simpatizante del club, para juntar dinero y tratar de crear un fideicomiso, en épocas en las que todavía reinaba el uno a uno. Todos sus ahorros, unos U$S 10.000, fueron a parar allí. No solo los suyos: muchos hinchas juntaron dinero para esa causa. Finalmente, luego de varios años, pudo recuperarlos cuando asumió Blanquiceleste S.A..

“A Racing lo benefició el hecho de que, en ese momento, tenía muchos actores involucrados en la política nacional: [Carlos] Chacho Álvarez, Carlos Ruckauf, Graciela Fernández Meijide. Pero también intervino un grupo de hinchas y de socios muy intensos, que se movilizaron y que apuraron a ese poder político a que hicieran algo por el club. Creo que la salvación es una mezcla de ambas cosas”, explica el periodista Alejandro Wall, hincha de Racing y autor de tres libros esenciales para cualquier biblioteca “académica”: ¡Academia Carajo! Racing campeón en el país del que se vayan todos; Corbatta El Wing, y Ahora que somos felices. “Racing tenía personajes clave dentro del ámbito político y eso, por supuesto, ayudó a instalar la necesidad de salvar el club, de que fuera una cuestión de Estado”, recuerda. Esos nombres fueron trascendentales para promover lo que se llevó a cabo más de un año después, el 25 de julio de 2000: la creación de la Ley de Fideicomiso Nº 25.284, más conocida como “Ley Racing”, impulsada, entre otros, por los senadores peronistas Hugo Sager y Augusto Alasino, y redactada por Norberto Pontoriero, socio vitalicio de la institución.

Julio Grondona tampoco estuvo al margen. Aunque las versiones son muy disímiles. “Mi padre nunca hubiera permitido que un club desapareciera en su gestión. Menos un equipo grande. Él ayudó mucho a Racing, hasta puso plata para que no desapareciera”, reconoce Humberto Grondona, su hijo. La síndico Ripoll afirma esa versión. “Es verdad, Grondona dio la orden en un determinado momento de entregar a la institución $ 1.500.000. Lo hizo bajo la forma de donación, porque el club estaba quebrado y no podía recibir ningún tipo de préstamo, tal como dicta la ley. Incluso, eso le valió una denuncia penal por parte de Lalín. Yo fui uno de los testigos que declaró por qué se había hecho eso y por qué la AFA se había manejado de esa forma. Incluso, acredité el depósito en la cuenta de Racing Club quiebra, que estaba en el Banco Provincia”, cuenta la ex síndico.

Alejandro Wall, en contrapartida, admite que es verdad que la AFA le adelantaba dinero al club, pero afirma que esa práctica no era privativa a Racing. “Era parte de la política de reparto que tenía Grondona con todos los clubes, porque en algún momento iba a necesitar un voto o un favor. Por supuesto que, por cuestiones de la política que él mismo estableció dentro del fútbol argentino, no hubiera querido nunca que Racing dejara de existir. Él favorecía a los que favorecían sus políticas, por lo tanto, el rol del hacedor que ayudó no fue tan así”, explica.

Para Lalín, el máximo enemigo de su gestión (y de Racing) tiene nombre y
apellido: Julio Humberto Grondona. “Era un mafioso que dominaba todo. A su entierro fue todo el mundo. Pero lo de chorro y mafioso solo lo decía yo en esa época. Hoy, gracias a los juicios en Estados Unidos, todos saben quién era: el jefe de la banda”, acusa. Y agrega: “Hasta llegó a manifestarle al juez de la quiebra, Enrique Gorostegui, que solo pondría la plata que le correspondía a Racing si yo no estaba más. Nunca ayudó al club ni le dio un peso de más. Al contrario, trató de hundirlo hasta el fondo por el odio que le tenía”. Cuando la consulta apunta a si realiza algún tipo de autocrítica sobre su presidencia, responde lacónico: “¿En qué me equivoqué? En nada. Yo asumí como presidente el 5 de enero de 1998 y pedí la quiebra el 10 de julio del mismo año. Solo fui presidente con todos los poderes seis meses. Tuve que tomar decisiones para salvar a Racing; lo hice y se salvó”.

Refiere que, según los balances que habían realizado, el club debía U$S63.000.000, tenía más de 203 juicios, diez pedidos de quiebra y no disponía de ingresos de TV ni tampoco estáticas del estadio, porque su antecesor, Osvaldo Otero, ya los había cobrado. Sólo quedaba el ingreso por la cuota social “que en ese momento no era gran cosa”. Al día de hoy, sigue sosteniendo que decretar la quiebra con continuidad era la única opción para mantener el club.

El 7 de marzo Racing debía jugar contra Talleres de Córdoba, por la primera fecha del torneo Clausura 1999. Justamente, la clausura del club aún seguía vigente, por lo cual el partido no se disputó. La gente se movilizó nuevamente, como los días anteriores, con marchas en Plaza de Mayo y en el Obelisco. Esta vez, el escenario era el estadio Presidente Perón. Más de 30.000 personas se hicieron presentes, incluidos los jugadores, el cuerpo técnico (comandado por Gustavo Costas) y glorias del club como Ubaldo Fillol, Humberto Maschio y Juan Carlos Cárdenas, entre otros, para pedir que el club no se clausurara. “Ese domingo, en el que fuimos todos al estadio, cuando nos habían prohibido jugar, fue increíble, fue el mejor día. La cancha estaba más llena que nunca. La gente dijo acá estamos, Racing va a seguir existiendo”, rememora Claudio Úbeda, integrante de aquel equipo.

Esa manifestación masiva, esa presión popular, surtió el efecto deseado: la Cámara de Apelaciones de La Plata aclaró al día siguiente que, si bien había decretado la quiebra, nunca había ordenado el cese de la actividad deportiva del club; por lo tanto, Racing podía jugar. Al domingo siguiente, una multitud académica acompañó al equipo hasta Arroyito, para jugar contra Rosario Central. “La caravana de autos que iba por la autopista ese día fue tremenda. Fue impresionante cómo colmaron la cancha de Central, fue tremendamente conmovedor”, recuerda Úbeda, titular en esa derrota frente al Canalla por 2 a 1. Ese histórico 7 de marzo quedó marcado para los hinchas como una notable demostración de fe, amor, coraje y resistencia por sus colores. A partir de ese día, todos los 7 de marzo se conmemora el “Día del hincha de Racing”, oficializado por el club en 2009.

El 12 de agosto de 1999 fue otra jornada histórica, en la que, nuevamente, la gente demostró que no se rendía: Gorostegui ordenó el remate de la sede de Villa de Parque, pero un grupo de hinchas se atrincheró adentro del edificio de Nogoyá 3045 y no permitió que se realizara. Otra muchedumbre estuvo firme en la puerta, hasta que consiguieron lo que querían: que el juez suspendiera el remate. “Racing es de su gente”, decía una bandera que habían colgado en la puerta de la sede.

En diciembre de 2008, diez años después, el juez Enrique Gorostegui firmó el levantamiento de la quiebra de Racing. En el medio quedaron el gerenciamiento de Blanquiceleste S.A, con Fernando Marín al comienzo y Fernando De Tomaso después; el título conseguido en el Apertura 2001, que cortó el maleficio de 35 años sin salir campeón del fútbol argentino; la intervención de Héctor García Cuerva, junto con el órgano fiduciario de Eduardo Gilberto, Carlos Ves Losada y Néstor Bugallo; la promoción disputada ante Belgrano de Córdoba, en junio de 2008 para no descender, hasta la restitución de la democracia en el club, cuando asumió Rodolfo Molina en diciembre de 2008, elegido por el 44.90 % de los votos.

“Algunos dicen que Racing no cerró por su gente y no es cierto. Vino muy bien la movilización y el alma de la gente, por supuesto, pero la ley de quiebras nos protegía, sino con la gente sola no alcanzaba”, refiere Lalín. La síndico Ripoll opina lo contrario: “No tengo la menor duda de que a Racing lo salvó su gente y el poder político, al que no vi moverse para nada cuando tuvo que clausurar establecimientos agrícolas o industriales, casos en los que quedaba mucha gente en la calle, por ejemplo. Nunca los vi preocuparse por esas situaciones, pero sí lo hicieron por la eventual clausura de un club de fútbol”.

Por su parte, Wall cree que la salvación se debió a varios motivos: “Racing sigue vivo por diversos factores, pero sobre todo porque un club tiene un capital simbólico, que se define por los colores, por la pasión que genera, por el sentido de pertenencia, por la masividad que tiene. Todo esto hace que sea muy difícil su desaparición. Obviamente, después estuvieron los resortes de la política e institucionales, pero básicamente creo que fue por eso”, finaliza.

Racing estuvo al borde, muy cerca de la extinción. Pero no murió. Lo conectaron al respirador artificial y sobrevivió. De a poco, comenzó a dar nuevamente sus primeros pasos, tratando de mantener la estabilidad, pisando con firmeza y seguridad, para poder mantenerse estable, sin volver a caer. Los responsables de su renacer son varios. Algunos son conocidos, muchos (la gran mayoría) son anónimos. A 21 años de ese 4 de marzo de 1999 y parafraseando a Liliana Ripoll, queda una certeza irrefutable: “Racing Club Asociación Civil nunca dejó de existir”.