La Raulito

La fugitiva

El 10 de julio de 1975 se estrenó 'La Raulito', el film en el que Marilina Ross convirtió la vida de la ilustre hincha de Boca en una leyenda. Hoy, a más de 12 años de su deceso, la historia de aquella mujer permanece como un testimonio triste de segregación. La película que iluminó ese camino en la voz de su protagonista.

“¿Sabe lo que quiero, yo? ¿Sabe lo que quiero? Jugar en Boca. Jugar en la Primera de Boca. Porque yo juego bien. O jugar en el seleccionado. Y hacerle goles a todos los que jueguen con el seleccionado. Bueno, ya sé que eso no se puede y yo eso no lo hago. ¿Por qué no me dejan tranquila? ¿Es tan difícil eso?”.

Hace 45 años debutó en la pantalla grande, la dramatización de la marginal vida de la Raulito. Una ficción que marcó un antes y un después en el cine argentino, al atropellar al público de los años setenta con una historia verídica que padecía las diferencias de género y de clase social. Quien encarnó su papel fue Marilina Ross. La actriz que llegaba con 32 años luego de los éxitos de La Nena y Piel Naranja, ya se había identificado con aquel personaje que frecuentaba la Bombonera en Cosa Juzgada. Una serie emitida por Canal 11 entre los años 1969 y 1971, que teatralizaba casos policiales reales. “Su caso lo habíamos hecho en un capítulo que se llamaba ‘Nadie’. Ahí me enamoré de su historia y sus fuerzas. A pesar de tener todo en contra, nunca bajaba los brazos para encontrar su lugar. Estuve durante cinco años peleando con diferentes directores para hacer la película. Me costó poder concretar el proyecto”, reconoce Ross.

El éxito que le había llegado por aquellos años no fue gratis. María Celia Parrondo (el verdadero nombre de Marilina) terminaría, más tarde, exiliada. La persecución previa, de alguna manera, la inspiró para sentirse reflejada en la Raulito al momento de representarla. “Había algo que me ligaba. Era esa necesidad de escaparse todo el tiempo para ser libre. Esa necesidad de no tener ataduras porque no encajaba en ningún lado. Y yo también tengo en gran parte eso. Siento que todo el tiempo estoy a contramano”. Esa analogía que descubrió, la auxilió para el momento más destacado de la película. Una sinopsis de 5 minutos de duración, que se convirtió en el monólogo más extenso del cine hasta ese momento. “Fue improvisado. Miré fijo al tornillo de la cámara. Cuando llegó el momento que tenía que cortar, no cortó. Y yo seguí. No cortó más y yo seguía conectada con la emoción. Porque cuando la Raulito decía: ¿A quién jodo yo? Solo quiero jugar al fútbol. Yo, en realidad, por dentro decía: ¿A quién jodo? Yo sólo quiero actuar”.

Su afinidad con el personaje fue tal que le intrigó conocer a la Raulito de carne y hueso. A María Esther Duffau. Aquella que, cansada por los malos tratos de su padrastro, huyó a los 6 años de su casa en Villa Urquiza. La misma que no se hallaba en ese periplo intermitente entre reformatorio, instituto correccional y neuropsiquiátrico. “A pesar de que el director me dijo que lo mejor era no conocerla, me escapé y fui a verla al Moyano. Y pude charlar con ella. Quería conocer al ser humano. Le conté que íbamos a filmar su vida y riéndose me dijo: Y vo’marilinarró¿vas a hacer de mí? ¡Era un ser tan jodón!”, rememora. Hace una pausa y continúa “Pero hubo algo que me quedó. Cuando de la producción le preguntaron qué quería, ella dijo: Denme lo que quieran porque lo que yo necesito no me lo pueden dar. ‘Pero, ¿qué necesitás, Raulito?’ Una familia, respondió. Lo recuerdo como si fuera hoy. Ahí empezó la relación con ella. A mí me llamaba tía y hasta iba a sus cumpleaños. Siempre le llevaba una torta con los colores de Boca”.

La Raulito en la platea baja de Boca

La Raulito, a pesar de la ingenuidad típica por su corta edad en el momento que se marchó por primera vez, se zambulló en un destino indefinido. Fue ahí, cuando un grupo de chicos de la zona de Constitución en su misma situación la integró con una sola condición: que se convirtiera en uno más de ellos. Un corte de pelo y un cambio de vestimenta bastaron para que la apodaran Raulito. La metamorfosis sirvió para camuflarse de los prejuicios que, a mediados de siglo XX, estaban a flor de piel. “Para una chica de 6 años andar por cualquier lado era muy peligroso. Además ella no quería crecer, se detuvo a los 13 años y esa fue siempre su edad”, señala la artista.

Como parte de su resiliencia por soportar los avatares de la vida encontró diferentes oportunidades que la ayudaron a sobreponerse a las circunstancias del día a día. Abrir y cerrar las puertas de los taxis en plaza Constitución, lustrar zapatos y vender golosinas en las adyacencias del Tomás Adolfo Ducó y de la Bombonera fueron sus primeros trabajos. Fue allí, en la estación de tren, donde conoció al apoderado del puesto de diarios ubicado en la intersección de las avenidas Brasil y Bernardo de Irigoyen, a metros de Casa Cuna. Pasó algunos de sus días como canillita, pero terminarían pronto, luego de encubrir en un robo a uno de los integrantes de la barra a la que pertenecía. “Lautaro Murúa, el director, me dio tres hojas de lo que sabía de la vida de ella y me dijo: ‘Tu personaje es como un perrito que, en donde le hacen un mimo, se queda’. Y era así, ella iba con esa necesidad de búsqueda. Pero al mismo tiempo se retobaba. Que tampoco la acariciaran mucho. Hasta ahí. A ella no le gustaba pedir, por eso se las rebuscaba”, cuenta Marilina y, sobre esa particular dualidad, amplía: “Tenía su espíritu maternal muy fresco. Era un ser adorable, con una gran generosidad y muy solidaria. Pocas veces robó para ella, la mayoría de las veces robó o hizo cosas por el resto”.

El Loco Gatti y la Raulito

La película sostiene un genuino testimonio de machismo y de violencia, ya que fue grabada a cámara oculta, de modo de fidelizar las reacciones de la gente. El cambio de apariencia en la actriz fue fundamental, claro, para evitar que la reconocieran durante el rodaje. Tanto el aspecto como el mensaje mantenían una energía transgresora que provocaba al contexto de aquel entonces.

Pero esa transformación en pos de la construcción del personaje se transformó en un padecimiento. “Era el año 74 y la violencia en las calles daba mucho miedo. Recibí muchas agresiones durante las grabaciones. Un taxista me pegó una trompada porque le cerré mal la puerta. Mientras esperaba sentada en el umbral de un negocio durante un descanso, un kiosquero me pegó una patada gritándome ‘rajá, roñoso’. Cuando filmé la huida de Tribunales, me persiguió un hombre con un revólver gritándome: ‘¡Pará o te tiro!’ Y yo tenía que correr hasta la entrada del subterráneo y no podía parar la toma. ¡Fue aterrador! Me habían amenazado de muerte y así filmé, con cámara escondida y andando por todos lados. Hoy no pasa eso, gracias a Dios”.

El Hospital Rawson fue el único asilo donde la Raulito permaneció a gusto hasta sus últimos días. De allí solo salía para ir a la Bombonera cuando jugaba Boca y algún que otro día en la semana para pasar a saludar. “En los últimos tiempos recién logró encontrar una ‘mamita’ que la esperara en el hogar Rawson con la comida tapada con un plato y su camita abierta. Daba gusto verlas. ¡Tanta ternura!”, relata Marilina.

El 30 de abril de 2008, por una descompensación generalizada según el informe forense, se escapó una vez más. Esta vez, para fugarse de un mundo que, a los golpes, le hizo creer durante 74 largos años, que “a un varón, se le tiene más respeto que a una chica”. Por eso, explica Marilina Ross, la Raulito se intentaba camuflar para eludir las piedras del camino. “Se vestía de varón para poder defenderse, para escabullirse y que no la volvieran a agarrar. Tenía una calidez total. Era adorable. Cuando murió fue muy duro. Mi madre me llamó para darme ánimo. Recuerdo que la habían vestido con mortaja de tules y bordados. Pero yo pedí que la vistieran de Boca y así se fue”.