Literario

La Tía Leonarda y Pratto

La parábola de un goleador: 480 días sin vivenciar el elixir que los hace vivir y ser.

A la Tía Leonarda la esperaba Europa en la tarde de su cumpleaños cinco, pero Europa se destartaló en guerras y esa espera duró hasta otra tarde, la de su cumpleaños 65. Y la esperaban los abrazos de alguien como el Tío Rigoberto, pero el Tío Rigoberto se pasó décadas preocupado por las guerras de Europa y por sus guerras interiores, así que recién abrazó a la Tía Leonarda en el regreso del viaje del cumple 65. Y la esperaba un concierto de piano que Beethoven imaginó al nacer el siglo XIX como si pensara en ella, pero que ella descubrió en el transcurso del primer atardecer de su historia en el que se acercó a un piano, o sea cuando fue a las Cataratas con una prima a celebrar su jubilación. Nunca nos narró esas historias como una siembra de frustraciones. Al revés, nos dijo que nunca sabemos mucho de nada, pero que si algo creía saber era que aprender a esperar constituía un modo de aprender a vivir.

Hinchas de equipos a los que los años se les alargaban sin traerles una vuelta olímpica, amigos y amigas que en esos años no juntaban ni dos parpadeos de amor, delanteros consagrados que se preguntaban si alguna vez cumplirían su sueño de brillar como arqueros, gentes de las calles obligadas al encierro por una pandemia: todas y todos acudían a la Tía Leonarda para jugarle el partido a la impaciencia y hasta, eventualmente, vencer.

A unas y a otros, la Tía Leonarda les sugería cachetear, con cariño, al presente. “Avísenle -pedía- que mañana o pasado mañana o algún mañana habrá otro presente. Y que nosotros lo usamos a él, al presente, justo para construir otro presente que será más lindo. Aprender a esperar es aprender a armar algo de lo que va a venir”.

Andaba repitiendo eso cuando Lucas Pratto, el goleador de River que llevaba 480 días sin hacer goles, volvió a gritar gol en un septiembre. Acaso porque quienes saben esperar se conmueven con quienes tuvieron que esperar, la Tía Leonarda festejó ese grito durante un rato. El Tío Rigoberto la abrazó sin apuro. La noche, igual que la vida, era larga. También para ella y para él, tras la espera, llegaría lo mejor.