Literario

La Tía Pantaleona y Gago

Un foto muy especial que en una de las habitaciones brillaba sin cesar: la de un volante central resiliente.

La Tía Pantaleona había visto al río de su infancia sin agua y sin razones para seguir siendo un río, y había soñado demasiados goles en el último minuto que no se transformaron en goles, y había jurado amores eternos a personas que no la acompañaron ni en el amor ni en el rumbo hacia la eternidad, y había construido casas que quedaron vacías, y había amasado proyectos colectivos en los que la dejaron en la frontera externa de la soledad, y había pronosticado ser tía de más de un sobrino con pies de Iniesta y le tocamos nosotros.

Nosotros, justo nosotros que no estábamos en condiciones de amagar ni media vez un movimiento como los de Iniesta. En eso parecíamos dignos sobrinos: la Tía Pantaleona era otra que no amagaba. No amagaba resignarse.

En la cocina de la Tía Pantaleona, había una colección de fósforos húmedos a los que, según ella, había que cuidar bien hasta que pudieran expandir de nuevo su chispa. En el patio de la Tía Pantaleona, había un cacho de jardín en el que se esparcían raíces empecinadas en no morirse a las que, según ella, correspondía percibirles las señales para darles la oportunidad de un próximo brote. En la puerta de la Tía Pantaleona, había como diez pelotas abandonadas a las que, según ella, sólo cabía cobijarlas con paciencia porque, seguro, alguien en algún momento las iba a volver a patear. En la música de la Tía Pantaleona, había un disco del maestro Leonard Cohen, con un verso que, según ella, había que reiterar en las buenas y en las malas: “Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz”.

A la Tía Pantaleona no la convencía eso de que la esperanza es lo último que se pierde. “Casi siempre perdemos y, entre lo que perdemos, se acaban muchas esperanzas, pero después, también casi siempre, vamos en busca de algo más”, asumió en un lunes de agosto. En cuanto lo dijo, marchó hacia uno de las habitaciones y estampó una foto de Fernando Gago, experto en jugar al fútbol, resistente a lesiones bravas, maestro en no rendirse. En esa casa y cerca de la Tío Pantaleona, la foto de Gago brillaba sin parar.