Luchadores

La tierra de los que luchan

Un cronista que no teme sumergirse en las latitudes más lejanas y los lugares más desconocidos cuenta cómo el Cáucaso se convirtió hoy en el paraíso de los luchadores.

Todos los pueblos tienen sus leyendas, sus mitos fundacionales, y dicen los campesinos del Cáucaso que, muchos años atrás, cuando el mundo empezaba a ser mundo, habitaban su tierra un grupo de gigantes, llamados Nart. Los Nart eran enormes y, como los describió un juglar de la etnia balkaria, pertenecían a una “legendaria y heroica raza de guerreros”, que hacía y deshacía en las serenas cumbres nevadas de la región.

Con esos aguerridos antepasados, no sorprende que el Cáucaso se haya convertido hoy en el paraíso de los luchadores. Los nuevos gigantes de la montaña, los Nart de la actualidad, usan guantes y sorprenden al mundo en el horario central de TV. Son chechenos, osetios, lezguinos, georgianos, abjasios y azeríes, entre otras etnias, que reivindican el papel de sus míticos héroes y enseñan que, a la hora de la verdad, nadie puede igualarlos en lo que ellos llaman el arte de combatir.

El Nart más famoso del planeta es de la etnia avar y se llama Khabib Nurmagomedov. Nació en 1988 en Sil’di, un caserío en el que viven menos de 200 personas, un puntito casi invisible en el territorio del Daguestán. Desde que apabulló al irlandés Conor McGregor, hace ya casi un año, se convirtió en el rey de las Artes Marciales Mixtas, el mejor luchador de la actualidad y uno de los deportistas con mayor renombre mundial. Así como él, muchos otros Nart, no tan conocidos pero igual de potentes, demuestran en cada combate que el Cáucaso es la tierra prometida de los que viven para pelear.

El paraíso de los luchadores

Antes de proseguir con la crónica, es pertinente ubicarnos en el mapa. El Cáucaso es una región montañosa, situada entre Europa del Este y Asia Occidental, que abarca los territorios de Rusia, Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Está habitada por más de 50 etnias, que hablan 70 idiomas distintos y profesan, al menos, siete religiones diferentes. En la mitología griega, el ‘Káukasos’ era uno de los pilares que sostenían al mundo: tal vez ya desde ese origen legendario pueda rastrearse la fortaleza de los habitantes del lugar.

Daguestán, donde nació Khabib, es una de las zonas en que se divide el Cáucaso. Pertenece a Rusia (es una de las 22 repúblicas no-rusas que forman parte del país) y, a diferencia de otras regiones, no está dominada por una etnia mayoritaria. Así como en Chechenia viven los chechenos, en Balkaria los balkares y en Cherkessia los cherkeses, en Daguestán (“tierra de las montañas”) habitan los avar, los lezguinos, los darguinos, los laks y varios otros pueblos más. 

Más allá de las diferencias étnicas, lo que iguala a la gran mayoría de los hombres (y algunas mujeres) daguestaníes es su pasión por los deportes de contacto. El porcentaje es abrumador: se diría que 9 de cada 10 varones se ejercitan en la lucha libre y grecorromana, el sambo (el arte marcial rusa), el boxeo, el muay-thay, el judo, el jiu-jitsu y las MMA. La pasión por el combate sorprende: no todos conocen a Messi, pero sí a Marcos Maidana; Amanda Nunes tiene más admiradores que Neymar.

Para darse una idea de la pasión daguestaní por las disciplinas de combate (en una región que se caracteriza por su volatilidad política), no hay más que ver el medallero de los últimos Juegos Olímpicos, en 2016. En Río de Janeiro, los nacidos en la república rusa se quedaron con ocho medallas: dos doradas y seis de bronce, todas en lucha y taekwondo. En Sydney 2000 y Atenas 2004, habían sumado otras 13 condecoraciones (también en boxeo). Los daguestaníes, de hecho, suelen enorgullecerse de que si la república fuese independiente, sería la más exitosa del mundo, en relación a los podios olímpicos conseguidos por habitante. El arte de la pelea se enseña desde la infancia y así es como, día a día, se van construyendo los nuevos Nart.

Khabib Nurmagomedov con el presidente ruso Vladimir Putin.

Pero no sólo se trata de Daguestán, por supuesto. En Chechenia, otra de las repúblicas rusas, el entusiasmo por los deportes de contacto es tal que el propio gobernador, Ramzan Kadyrov, posee su propio equipo de Artes Marciales Mixtas, el “Akhmat FC”. Por las calles de Grozni, capital chechena, al igual que en Makhachkala (principal ciudad daguestaní) se pueden ver los clubes de boxeo, de lucha olímpica, los gimnasios. Y todos los hombres se enorgullecen de su habilidad. “Fui campeón europeo de boxeo en Lituania hace siete años -dice Rahmat, de la etnia lezgin- le gané la final a un polaco por knockout”. Un checheno lo secunda: “Y yo entrenaba con Khabib antes de que se convierta en campeón mundial”.

Las historias son interminables y cada luchador ofrece su testimonio. Pero entre tantas diferentes trayectorias, una, por la cercanía, por lo novedoso, se gana por derecho propio su lugar en el ‘prime-time’. Es la del argentino Catriel Muriel, integrante de la selección de lucha libre, que viajó a Daguestán para entrenarse con los mejores del mundo y terminó conociendo al amor de su vida. En abril de este año, se casó con Patimat Jidibérkova, en una ceremonia que causó mucho revuelo en la prensa local, ya que en una región en la que los musulmanes son mayoría, los matrimonios entre una mujer islámica y un extranjero no son algo que suceda en forma habitual.

“Ambos sabíamos que nos gustábamos cuando nos veíamos cada día en mi restaurante favorito, pero, aun así ella me hizo esperar más de un mes hasta que me concedió una charla en un lugar público”, le contó Muriel al medio ruso “Sputnik”. Y agregó: “Pienso que tuve mucha suerte de encontrar una mujer como ella y mucho más, de hacerlo en un lugar que también es el mejor para entrenar mi deporte: he viajado por todo el mundo pero nunca conocí una mujer así”.

“Ser buen luchador otorga status: incluso para conseguir esposa”

Así como Muriel decidió establecerse en Makhachkala, Yuri Maier, uno de los luchadores argentinos más exitosos de la historia, medalla de bronce en los Juegos Panamericanos 2011, también vivió un tiempo en el Cáucaso, para perfeccionar su entrenamiento y obtener una mejor formación. La ciudad elegida por Maier fue Vladikavkaz, capital de la república rusa de Osetia del Norte, y, en diálogo con Enganche, explica por qué, para él, en esta región montañosa del centro del mundo tantas personas ejercitan diariamente su aptitud para combatir.

“Conozco todo el Cáucaso. Estuve en Daguestán, Ingushetia, Chechenia, Kabardino-Balkaria, y muchas otras regiones. Los hombres son fanáticos de todos los deportes de combate. Creo que, por un lado, eso se asocia a la característica un poco belicosa de la región y por supuesto, también va de la mano con una cuestión cultural. Ser un buen luchador otorga status: recuerdo que la primera vez que fui, los adolescentes me decían que si a alguien le va bien en la lucha tal vez puede conseguir una mejor esposa, algo que resultaba muy curioso para mí”.

Yuri Maier en acción.

“Pero además, hay otra cuestión -agrega Maier-: en los tiempos de la Unión Soviética, la formación deportiva era muy importante y esa infraestructura se mantiene hasta hoy. Se puede ver también en Georgia, en Armenia, Azerbaiyán. En Irán, la lucha libre es el deporte nacional: es un radio de unos 300 kilómetros en los que los disciplinas de combate son una gran pasión”.

La característica belicosa que menciona Maier, tan asociada al crisol étnico caucásico, es muy compleja de explicar en un solo texto: se pueden escribir -y de hecho, se han escrito- muchísimos libros sobre el asunto. Pero valgan algunos ejemplos para, al menos, convertirla en palpable, asociarla más a ciertos hechos de la ‘realidad material’:

-En el Siglo XIX, cuando las tropas zaristas del Imperio Ruso conquistaban cada año enormes extensiones de territorio en el Cáucaso y Asia Central, la resistencia chechena y daguestaní (liderada por el histórico Imán Shamil) aguantó 25 años, combatiendo en las montañas contra un ejército mucho más poderoso y mejor pertrechado.

-Las regiones de Osetia del Norte (cristianos) e Ingushetia (musulmanes), ambas situadas dentro de la esfera rusa, se enfrentaron en un conflicto armado en 1992, que culminó con 590 muertos. A su vez, los abjasios y los sudosetios, apoyados por los rusos, han protagonizado dos guerras contra los georgianos en los últimos años. Armenios y azeríes, por su parte, también han chocado en reiteradas ocasiones por la región de Nagorno-Qarabag.

Por supuesto, las razones de tantas guerras y conflictos interétnicos no pueden -ni deben- sustentarse en un supuesto afán por combatir. En estas lides, y valga la redundancia, la geopolítica ilustra más que el deporte. Sin embargo, y más allá de esta aclaración, pareciera que la argumentación puede encontrarse en la dirección contraria: el hecho de vivir en una región tan volátil, con tantas personas tan diferentes cohabitando juntas en el mismo espacio y compitiendo por los mismos recursos, podría haber generado en los habitantes de la zona una cierta predisposición (cuando no necesidad) a saber defenderse y atacar. Al cabo, los Nart, aquellos gigantes de tiempos inmemoriales que viven en la memoria oral caucásica, eran una “heroica raza de guerreros” que sabían cómo combatir para cuidar aquello que les pertenecía.

Quien haya viajado por el Cáucaso, sabe, además, que la bondad y hospitalidad de los habitantes de la región es legendaria. El respeto y el amparo que los pueblos de la zona ofrecen al visitante se complementa con un fuerte carácter, adquirido a lo largo de siglos y milenios, en una zona en la que la estabilidad suele ser algo muy difícil de encontrar.

“Argentina, la tierra de los canguros”

“Diría que en el Cáucaso hay una triple frontera a la hora de la adaptación. Primero sos un turista: son súper hospitalarios y te ayudan en todo lo que pueden. Luego, cuando te ven todos los días, ya no sos más un viajero y entrar en un verdadero círculo de amistad cuesta un poco. Pero cuando cruzás esa barrera, no existe el término medio: te convertís en un hermano y te defienden literalmente a muerte”.

Así explica Maier el concepto de amistad en la sociedad caucásica. Y agrega una anécdota: “Recuerdo la primera vez que tuve contacto con el que luego se convirtió en mi entrenador, en Osetia. Se me acerca y me pregunta ‘¿Qué hacés acá? No podía entender por qué yo estaba en ese lugar. ¿Por qué alguien del otro lado del mundo viaja tantos kilómetros para que lo maten a palos todos los días? Entonces le explico un poco mi situación y me responde: ‘Ah, sí, Argentina, la tierra de los canguros’. Eso para darse una noción del conocimiento que tenían de nosotros allí…”

El estatus que dan los deportes de combate, en el Cáucaso, sirve luego como una plataforma a la política. “Actualmente, hay al menos tres parlamentarios que antes fueron luchadores en la región: eso es el espejo de la popularidad y el prestigio que les da la práctica de la lucha, y más a los que obtienen buenos resultados”, caracteriza el luchador argentino.

Viajando por la región, invitado por dos jóvenes locales, llegué al pueblito de Kurush, con una población de 813 personas, en el sur de Daguestán. En una de las calles, me encontré con una foto de Radzik Kuliev, medalla de plata en el Mundial de Lucha Grecorromana de 2017, pegada a un árbol. No hay dinero para una estatua, pero al menos, con una imagen apoyada en un tronco, la población le mostraba a su héroe que estaba orgullosa de él. Así funcionan las cosas en el Cáucaso, la tierra legendaria de los Nart, el paraíso de los que aman luchar.