Literario

La última partida de Yuri Ivanov

¿Qué deporte puede compararse con el fútbol en todas las dimensiones que este supone? El Enviado da una respuesta impensada y, como siempre, cuenta una historia para fundamentar su idea...

¿Cuál es el deporte o juego que más se acerca, en su compleja red de azares, causalidades y avatares, al fútbol? Mi atolondrada necesidad por encontrar una respuesta rápida a este enigma me condujo hacia analogías que se bifurcan. Por un lado, pensé en aquellos que en su práctica concreta son “casi” como el fútbol pero con alguna variación: el hockey, el handball, el waterpolo; por otro se me ocurrió medir esto en función de la pasión que genera en sus espectadores: el básquet, el turf, el turismo carretera, el box; pensé también en el grado de dramatismo que pueden tener algunas de sus contingencias: el tiro en el palo, el doble cuando el reloj tiende a cero, la pelota que pega en la red y cae de un lado o del otro, el manotazo del nadador que define el oro, la plata o el olvido, el desgarro que destruye en cinco segundos cuatro años de entrenamiento; finalmente pensé en el tema del carácter, ese intangible que convierte a alguien con talento en leyenda o en mediocre: el pulso de la mano en el match point, la frialdad para patear “ese” penal o definir frente al arquero en “ese” momento, la inteligencia para elegir qué jugada hay que hacer en los momentos límite, el pulso para decidir en una curva si se da el zarpazo o no, la lucidez para mirar el reloj cuando el rival nos ha conmovido la mandíbula.

Queda claro que el fútbol es lo que es porque todos estos elementos juegan en ese juego. El fútbol, que es la suma de todas estas maravillas; es la maravilla suma. Por eso me llamó la atención cuando el Enviado me dijo que el único juego que merece considerarse como una especie de digno discípulo del fútbol es…el ajedrez. Me lo dijo, no solo enfáticamente, sino con un tablero delante de él, en el que estaba desarrollando, en la plaza donde desandaba sus días de Iluminado cínico, una autopartida.

–Diógenes se masturbaba para no necesitar nada de nadie… el ajedrez permite esa autonomía sagrada…- dijo el Enviado, sin sacar la mirada del cuadriculado paisaje.

–Maestro…pero el ajedrez fue hecho para jugar con alguien…- dije.

–El amor también… y sin embargo una de las prácticas amatorias más difundidas es la masturbación. Pero además…fíjese todo lo que este juego tiene de maravilloso: uno puede enfrentarse a sí mismo, como en el espejo, el remordimiento o la introspección; uno juega en contra de su propia mente, desdoblando las puertas de la conciencia; el tablero y las fichas renuevan la vieja paradoja cartesiana: la substancia extensa está subordinada a la substancia pensante y ambas se relacionan causalmente; es decir, la solución al problema de la glándula pineal es en verdad el ajedrez. Por otra parte, es un luego que anticipa todo tipo de problemas: la lucha de clases, de género; fíjese que el peón, cuando llega al coronar, elige siempre ser reina… la reina, por otra parte, es mucho más versátil y libre que el rey en su movimientos… Además; la leyenda que dio origen al ajedrez no tiene manera de ser emulada[1], amén de haber inspirado uno de los poemas más maravilloso de Borges. Por último, como el fútbol y solo como el fútbol, el ajedrez puede propiciar un tipo de dramatismo incomparable, como el de esta historia que le voy a contar…

Yuri Ivanov fue, probablemente, la mayor promesa del ajedrez ruso a fines de la década del 80 y principios de los 90. Decir “mayor promesa del ajedrez ruso” es ya, de por sí, una especie de profecía exponencial de la inteligencia. Se sabe que así como en Fiorito o en San Pablo se pueden encontrar a cada paso niños que deslumbran con sus potencialidades futbolísticas, en Rusia hay ajedrecistas por todos lados. Allí, los potreros o las playas son usurpados por los tableros, en los que el semillero de quienes dominarán el juego más racional del mundo da prodigios en abundancia.

A los 12 años, Yuri Ivanov fue campeón del abierto juvenil de San Petersburgo, en el que podían participar jóvenes de hasta 18 años (de hecho, un imberbe Yuri humilló en la final a otra figura emergente del panorama ajedrecístico ruso: el malogrado Sergei Yotivenko, de 18 años; malogrado porque esa derrota humillante a manos de Yuri marcó el final de su carrera). A los 15 (estamos siendo irrespetuosamente escuetos en la reconstrucción de  las hazañas de Yuri) ganó el abierto de Moscú para mayores, derrotando a Vladimir Pavlov, ya de 30 años, otro de los que sintió el golpe al ego de perder con un púber, dejando luego de esa derrota una frase inolvidable: “Yo creo haber nacido para jugar al ajedrez…pero acabo de enfrentar a alguien para quien el ajedrez nació…”.

Todo era loas, éxitos, desafíos que parecían no tener límite…hasta que llegó la terrible propuesta: la empresa de computadoras  MOSKomp., pionera en el diseño de máquinas para jugar al ajedrez, le propuso a Yuri un desafío de esos que, al mismo tiempo, es imposible rechazarlos o aceptarlos. Si lo primero, queda la sospecha de cobardía; si lo segundo, la posibilidad del fracaso. Claro que también podía haber un nuevo hito en la carrera de Yuri: el hombre derrotando a la máquina, las alas del pensamiento poniendo de rodillas al mero procesamiento de información (recordemos: estábamos a principios de los 90; hoy, cualquier programa de ajedrez le gana a una convención de ajedrecistas geniales).

Los representantes de Yuri, luego de exhaustivas reuniones, dieron el “sí” en una caótica conferencia de prensa, precisando detalles de la “partida del siglo”: día, hora, lugar, cantidad de partidas, condiciones generales para garantizar el clima adecuado para que Yuri diera lo mejor de sí.

Yuri dio lo mejor de sí, pero no alcanzó. Luego de algunos artificios “humanos” para proponerle a SvetaA3 alguna dificultad, la novedosa máquina fue fortaleciendo su corpus de variantes a medida que las partidas se desarrollaban, llegando a un final apoteótico, que vio al invicto Yuri sucumbir en medio de los aplausos del público, que por primera vez no eran para él.

Una crisis de nervios, apenas después del saludo final (Sveta había sido provista con un antebrazo y una mano para recibir ese saludo final en modo ganador o perdedor) fue la antesala de una escena trágica. Yuri llegó a su bunker secundado por la mirada gélida de sus entrenadores, visiblemente ofuscados por su desilusionante performance. No hubo un solo gesto de comprensión o empatía para Yuri, solo gestos del más abyecto pragmatismo. Desplomado en el sillón que tantas veces (todas) había hospedado a un Yuri triunfador, ahora lo que había encima de él era una especie de monumento al fracaso; arqueado en 45 grados, tomando con sus manos su frente como queriendo exprimirla en busca de alguna explicación, Yuri miró a su equipo de gente y ensayó un pedido:

–Por favor, quiero una revancha…sé cómo ganarle…

Andrei Salenko, el jefe del “Yuri team”, fue contundente:

–Esto no tiene revancha Yuri…alguien tan capaz como tú de entender las consecuencias de determinados movimientos debería saberlo. Sveta te ha derrotado, de manera inapelable, no hay vuelta atrás…- dijo Andrei.   Y pulsó una perilla exigua, que apenas se divisaba en la oreja de Yuri.


[1] El Maestro refiere aquella leyenda que dice que quien inventó el ajedrez, un hombre llamado Sissa, lo hizo para entretener a un rey sitiado por la tristeza luego de la pérdida de su hijo. Agradecido por ese juego que le había devuelto las ganas de abocarse a alguna actividad, el rey le ofreció a Sissa el premio que quisiera. Sissa pidió entonces que le entregaran un grano de trigo por la primera casilla del tablero, 2 granos por la segunda; 4 por la tercera, 8 por la cuarta, 16 por la quinta; y así en exponencial aumento hasta la casilla 64. Al rey no le terminó alcanzando toda la producción de trigo del reino para pagar su deuda…