Joaquín Arbe

Laburante del atletismo

">
En su primer concentración en la altura de Cachi, en Salta, el esquelense, de 28 años, corre en busca de su sueño deportivo: los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Potencia y resistencia consumados en apenas 1,65 metros y 60 kilos. Corre y gana desde los 800 metros hasta el maratón, pasando por los siempre crueles 3000 metros con obstáculos. Campeón nacional en seis distancias, Joaquín Arbe, como tantos otros compatriotas, no es un atleta a tiempo completo. Hay días en los que corre en dos turnos y celebra mirando los cerros cordilleranos chubutenses. Y tantos otros en los que debe encontrar un hueco, casi un surco temporal, para salir a entrenarse porque la casa, construir su casa, es su prioridad. “Me gusta mucho correr. Con el tiempo se convirtió en mi oficio, en mi trabajo. Pero no es el único que hago. Laburo como atleta y como albañil”, cuenta Joaquín. La conversación con Enganche se da en una pausa en su primera incursión a la altura salteña de Cachi, a 2300 metros sobre el nivel del mar, mientras elonga al sol bajo la atenta mirada de Jorge Basiricó, su actual entrenador, un meticuloso ex fondista que profesa, emulando a Augusto Comte, “el amor por principio, el orden por base, el progreso por fin” como un mantra a partir del cual edificar la nueva hoja de ruta del esquelense de 28 años. “Desde principios de 2016 que estaba sin entrenador, hace poco estoy con Jorgito [Basiricó] buscando el sueño olímpico. Antes complementaba mis ideas con Leo Price (atleta olímpico argentino en 800 metros en Pekín 2008), o con charlas que tuve con Oscar Raimo. Iba complementando eso en mis entrenamientos. Es difícil entrenar a distancia. En mi casa trabajo y entreno y eso te hace dudar si respetar el plan, si te dan los horarios. Tal vez tengo pasadas después de hacer un hormigonado grande”, cuenta. Y continúa: “El oficio de albañil me lo enseñó mi abuelo y forma parte de mi vida desde los 13, 14 años. Con eso me la rebusqué siempre. Aprendí de él a hacer de todo y lo aplico en mi casa para ahorrarme ese dinero. Hay semanas que agarro dinero y me pongo a hacer un piso, un encadenado, levantar una pared. Es lo que me toca, no me quejo porque sé que me perjudica: si hice mucha fuerza, sé que no puedo ir a hacer pasadas. Voy modificando el entrenamiento en función del laburo. También fui canillita en Comodoro Rivadavia. No puedo estar quieto. La Pitu Verónica Ramírez (actual corredora de trail), fue mi primera entrenadora y siempre cuenta que era el más inquieto de la clase”.

El atletismo llegó a la vida de Arbe casi de casualidad y se convirtió en una elección a fuerza de resultados o de una cuenta sencilla que todo pibe haría. En su primera carrera salió segundo y se llevó una medalla y un trofeo. El esfuerzo fue de 1000 metros en menos de 4 minutos. “Tuve suerte, porque debuté, salí segundo y me llevé un premio. Eso para un pibe es un montón. Jugando a la pelota tenía que esperar todo un año y que el equipo saliera campeón para ganarme un trofeo. Si en 1000 metros, en 3 o 4 minutos, me hice un trofeo quería correr porque dependía de mí”.

Pero para correr su primera carrera pasó un largo año en el que Joaquín sólo iba a entrenar porque él aspiraba a jugar al fútbol. Su sueño, en verdad, no era otro que patear una pelota y hasta alguna vez se imaginó, ¡qué chico no lo hizo!, vistiendo la camiseta de River en un Monumental rebosado de hinchas millonarios. “Jugué al Futsal y corrí al mismo tiempo durante mucho tiempo. Hasta que en 2016 gané la medalla de plata en el Iberoamericano en 3000 metros con obstáculos y me becaron. Por eso, tuve que dejar el Futsal porque firmé un compromiso en el que estaban, por ejemplo, no jugar más al fútbol ni manejar una moto”, recuerda. “Hasta ahí nunca me había lesionado. Parece increíble. Después de dejar de jugar al Futsal algo cambió en mí y empecé con dolores en los tobillos, en los aductores. Se ve que al jugar al Futsal, esas zonas las trabajaba en la cancha y después no y no las fortalecí más. Cada tanto, con amigos nos juntamos y jugamos un poco, pero este ahora aflojé. Este año me había anotado pero me arrepentí. Queda poco para buscar la clasificación para los Juegos Olímpicos y no quiero lesionarme”, reconoce con una sonrisa que traspasa la comunicación telefónica. Es que para Joaquín, como si fuera un receta para la vida, reírse, divertirse y hacer las cosas por convicción pero también por intuición lo ayudan, dice, a que todo sea más fácil, más simple. Pero si algo que todavía le cuesta disfrutar son las carreras. Como todo, tiene un porqué. “Le doy mucha importancia al primer puesto, más que a la marca. Muchos me critican que no salgo a hacer marca y yo respondo que vivo de lo que me da la carrera. A mí ganar una carrera me genera llegar a mi casa y pagar una cuenta, solventar algo de mis nenes. Prefiero correr así. Y en las carreras de calle corro de la forma en la que corro porque tengo un buen remate y lo aprovecho en función de lo que necesito”, indica.

–Hablás desde un lugar de cierta necesidad porque sabés que si no ganás no llevás el pan a tu casa…

–Por supuesto. Es así. Por eso, el trabajo mío es aguantar los cambios de ritmo, aguantar los ritmos que pongan lo demás y llegar al último kilómetro. A nivel nacional nos conocemos todos y ellos tratan de no llegar al último kilómetro conmigo. Federico Bruno me hace a mí lo que yo suelo hacerle lo mismo a los demás. En carreras de calle, cuando no está Fede lo hago yo y cuando está él, él me lo hace a mí porque tiene una marcha más. Sé lo que se siente, lo sé. Esa es mi estrategia porque yo vivo del atletismo. Y a mí me conviene hacer un podio, tal vez con una marca no tan buena que por salir a buscar una marca buena me quede afuera del podio.

En la vida que cruza a Arbe con el atletismo hay un tema que lo desvela, casi que le carcome la cabeza: la limpieza de los atletas. En definitiva, la lucha contra el doping. En sí, se trata de una lucha irrenunciable para Joaquín. No lo negocia. Tampoco lo perdona. Lo condena públicamente. “En el atletismo hay mucha desconfianza y yo desconfío de varios atletas. Te das cuenta, todos nos conocemos y mucho. Ves que piden para viajar a correr pero cuando acá hay una carrera por buena plata pero en la que hay controles, no aparecen. Pasó el año pasado en La Pedrera, en San Luis, donde alguno se intoxicó, a otro se le rompió el auto y así. Pasó hace unos años en la Tandilia. En la Argentina, los controles son muy escasos. La única solución es que las carreras tengan controles. Corremos para ganar, para ganar plata, para vivir. Y jode que te gane alguien que no corre limpio”. 

Desde aquella primera carrera en la que quedó segundo hasta hoy, Joaquín supo ingeniárselas para sobrevivir en un mundo súper competitivo. Como en aquella carrera de 21k en Buenos Aires, hace tres años, para la que viajó durante más de 30 horas y al arribar en micro a Retiro, el funcionario provincial que le había prometido un hospedaje jamás le respondió y debió dormir en la terminal. “Corrí con los músculos entumecidos. No daba más. Me quedó un sabor amargo porque la pasé mal antes y durante la carrera. Por suerte eso ya no me pasa más porque, cada vez que voy a Buenos Aires, María Luz Tesuri y su marido Juanma Benítez me hospedan en su casa”, afirma. Más allá de las vicisitudes que puedan surgir en su día a día, para Joaquín Arbe hay una sola manera de transitar la vida: “La felicidad viene acompañada de otras cosas que exceden el deporte en sí: mi familia. Si ellos están bien y si no les falta nada, eso me hace feliz. Lo que más quiero es terminar el hogar, el resto es un anécdota”.