Las mafias en el boxeo: el oscuro camino de los arreglos

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Tan viejo como el mundo, el tongo tiene en el boxeo un sinfín de historias mínimas y la Argentina no escapa, claro, a esta lógica oscura. En suma, un mundo teñido de sospechas, que ni el FBI logró combatir.

En el boxeo hay temas prohibidos, que ni se tocan. Esta cuarentena por la Pandemia de Coronavirus puede servir para meternos en esos submundos. La homosexualidad, las ganancias de los mánagers, las bolsas de los boxeadores y las peleas arregladas. A propósito de esto último, el tongo en el boxeo es un tópico que ha disparado decenas de historias, algunas comprobadas y muchas de ellas no. Hasta la Justicia misma de los Estados Unidos, apoyada por los servicios de inteligencia, trató a lo largo de los años de desentrañar las mafias que aquí operan. De hecho, el FBI reveló que la pelea que consagró a Muhammad Alí ante Sonny Liston en 1964 fue un tongo. Llegó a esa conclusión en 1966, pero los documentos recién se conocieron hace unos años. Liston abandonó en el octavo asalto -acusó una lesión en un hombro- porque apostó un millón de dólares a favor de Alí. Liston era el boxeador de la mafia. Su patrón, Frankie Carbo estaba en la cárcel pero desde allí tenía contactos con Angelo Dundee, mítico entrenador de Alí, tal como detalla Ezequiel Fernández Moores, en el diario La Nación. 

Hacer un listado de peleas sospechadas sería una misión titánica, porque hay gente que duda hasta del nocaut de Alí a Liston en la revancha (“El golpe fantasma”, lo llamaron algunos por entonces). Otros contemporáneos desconfían de Sergey Kovalev, y lo acusan de haberse tirado ante Canelo Alvarez. Y si buscamos en el archivo, podemos encontrar testimonios de los mismos boxeadores que denuncian robos a mansalva, aunque sin pruebas, ni nombres, ni apellidos. Ahora bien, presentamos aquí un antojadizo recorte de hechos que trascendieron poco o nada. Y que se distinguen por algo en particular: pasaron en nuestro país. El tongo es más viejo que el tango. Por ejemplo, Juan Bordón y Guido Carelli Lynch, revelan en el libro “Luna Park: Estadio del pueblo, ring del poder”, que en 1922 la Federación Argentina de Box (FAB), anuló una pelea revancha entre Elio Plaissant y Luis Galtieri porque el fallo había sido un bochorno. “Galtieri ganó el título, pero había olor a tongo. El público no estaba feliz. Plaissant subió alcoholizado. Empezó a circular un rumor que la hinchada de Galtieri había secuestrado a Plaissant, obligándolo a comer y beber hasta emborracharlo”. Insólito.   

Denunciar tarde o temprano tiene sus represalias en este mundo. Si lo sabrá Ringo Bonavena, quien fuera suspendido por la FAB al haber insinuado que en el boxeo argentino había tongo, tras el empate en Uruguay con Goyo Peralta, en 1969. Y si venimos más acá en el tiempo, Tucumán se sube al podio de los bochornos, con la pelea de Juan Coggi y Eder González de 1993. Látigo estaba sentido y se bamboleaba pero su entrenador cruzó las manos por los ensogados. Y lo sostenía de los pantalones para que no se cayera. Además, dos asaltos duraron menos para salvarlo del estado groggy que exhibía. En una de las caídas del argentino, el árbitro estiró la cuenta hasta 18 segundos (en lugar de los diez reglamentarios). Y hasta pensaron en cortar la luz para rescatar al campeón. Al final ganaría Coggi. Pero González aún mastica bronca: “Me arruinaron. Al árbitro le pagaron 20 mil dólares para que mirara para otro lado”, dijo el colombiano. El juez Isidro Rodríguez fue sancionado de por vida. Nunca más dirigió.  

Todavía resuena la voz de Mario Mazazo Melo, quien un año antes de morirse le dijo a Enganche que su pelea con Fabio La Moli había sido arreglada. “En el boxeo hay tongo y todos lo saben. Cuando yo peleé con Moli, me dieron una bolsa aparte para que yo perdiera. Me dijeron: ‘Tirate en el quinto round’. Pero como Moli era un paquete, yo seguí boxeando hasta el final. ¿Quién me pagó? Sodero, el apoderado del boxeador”. Melo hacía referencia al combate del 21 de noviembre de 1997 por el título sudamericano de los pesados, celebrado en Córdoba. Quedará el interrogante para siempre, porque el acusado, Bladimiro Sodero, ya no puede defenderse, ni tiene derecho a réplica: murió en el 2004.

Además de arreglos, hay mañas más difíciles todavía de comprobar. El geselino Héctor Javier Velazco peleó con  Mariano Carrera, en junio de 2004, en el Luna Park. Los dos boxeadores del mismo mánager: Osvaldo Rivero. Era un choque de medianos convocante. La experiencia de un ex campeón mundial contra la sangre joven y pujante de una joya del boxeo argentino. Velazco venía haciendo una buena pelea, pero en el décimo asalto Carrera le rompió un tímpano de una trompada y cayó aturdido. “A Velazco le dijeron que le podía pegar a Carrera donde quisiera, salvo en la pera. Y no hablo del boxeador, eh, que seguro no sabía nada. La mandíbula de Carrera era como su gran talón de Aquiles”, comentan en algunos círculos del boxeo argentino. Porque a decir verdad los boxeadores no hablan de estos temas, quedan bajo cuatro llaves.

Los fallos controversiales son una cosa y los robos, otras. Pero en Estados Unidos la Justicia intentó de una y mil formas esclarecer las reglas del juego. No pudo. En 1992, el Senado investigó a fondo la corrupción en el boxeo. William Roth hijo, senador republicano del estado de Delaware, se indignó con la pelea que vio entre David Tibery y James Toney, por el título mediano de la Federación Internacional. Y allí recopiló un valioso testimonio, el del ignoto retador al título que había ganado en el ring pero que fue perjudicado en las tarjetas de los árbitros. “El boxeo se ha convertido en una industria de esclavos privada y legal”, denunció Tibery, quien luego de esos dichos, nunca más volvería a boxear. Hubo 130 testimonios de testigos Y una conclusión: había todo tipo de arreglos entre los organismos internacionales y los promotores. Pero no tenían las pruebas suficientes. Por eso se enfocaron en sancionar leyes de la seguridad del boxeo profesional. El Estado intervino con esa ley impulsada por John McCain y firmada por el presidente Bill Clinton en 1997.

El libro Fraude, Corrupción y Deporte, de Brooks, Aleem y Botón, presenta un dato que clarifica la dificultad de expulsar a los tramposos del deporte: “Hasta 1963, no era ilegal en Estados unidos sobornar a un deportista”. Por eso, la única herramienta que tenía el FBI era investigar el lavado de dinero y el arreglo de árbitros. Así fue como en 1950, la Oficina Federal de Investigaciones ya había desarticulado una banda de mafiosos que se escondía en el Club Internacional de Boxeo. Esa entidad había nacido para proteger a los mejores boxeadores de la década, pero se convirtió en una cueva de managers inescrupulosos que terminaron presos. Ahí sí no hubo arreglo. Pasó en Estados Unidos. ¿Y acá? La leyenda continúa.