Literario

Las razones de un retiro inesperado

¿Fútbol sin público? Alguien no soporta más este disparate y da un paso al costado, explicando las razones de su inesperado retiro.

Elegí esta manera de anunciar mi despedida, que sin dudas asombrará al mundo futbolístico, por las razones que ya mismo paso a explicar.

Tenía guardada bajo cuatro llaves mi secreto (que yo sepa, nadie intuyó, ni siquiera como rumor, la posibilidad de mi retiro), para evitar la inexorable polémica que mi decisión podía generar. Tomé las precauciones del caso, a tal punto que ni mi familia ni mis amigos supieron nada; ni que lo estaba madurando, ni que podía ocurrir, ni que hoy escribiría esto anunciando el final indeclinable. Por otra parte hasta el último minuto en una cancha (espero se haya notado) di todo de mí, con la misma pasión que el día de mi debut como profesional; lo hice porque así lo demanda mi ética, pero también para que nadie notara, en algún declive de mi entusiasmo, una señal de partida.

No quiero, por otra parte, que nadie piense que quiero despegarme de mis colegas; ellos, como yo, deben estar evaluando cada día hasta qué punto vale la pena seguir con esta farsa, y me daría una mezcla de pena y bronca que alguien pensara una eventual conferencia de prensa como un escenario montado para el espectáculo de mi ego, en desmedro de la entendible continuidad de mis compañeros de ruta. Entiendo que algunos sigan porque están convencidos, entiendo que algunos sigan aunque no estén convencidos, y ni siquiera pido que me entiendan.

Esto que diré aquí es lo único que diré al respecto. Luego me llamaré a silencio, pero déjenme decir enfáticamente que cualquiera que pretenda agregar algo a lo que aquí afirmaré usando los artificios orales del tipo “Me cuenta alguien allegado a Martínez…” o “En los pasillos de W se dice…” o “Parece que en el vestuario alguien oyó que…”; o haciendo esas puestas berretas de mirar un celular y poner tono de primicia; estará haciendo ejercicio ilegal, no del periodismo deportivo, sino de la mínima decencia. Estoy en carne viva, despidiéndome de lo que más amo cuando todavía tenía mucho para dar; entenderé los llamados a mi celular o a mi casa, entenderé las encuestas para llenar espacio: “Te parece bien o mal las razones que dio Martínez sobre su retiro”, entenderé que algún colega quiera cobrarse alguna factura y salga a pegarme. Pero lo que debo decir es esto que ya mismo paso a decir.

Es increíble que nos hayamos acostumbrado al fútbol sin gente. Inaudito, inconcebible, impensable; y sin embargo, es. Alguien dirá: también nos hemos acostumbrado a no besarnos ni abrazarnos más, a comer asado con barbijo, a cenar separados por una mampara, a tomarnos la fiebre cada diez minutos, a zafar de un atraco estornudando, a no distinguir un vecino de un fumigador, al sexo virtual, a bailar cumbia a dos metros de distancia…la lista de disparates es lamentablemente inagotable pero, créanme, nada hay más absurdo que un partido de fútbol sin gente. ¡¡¡Sin gente!!! No menos absurdo que jugar sin pelota, sin arcos, o un equipo solo, o dos equipos en canchas diferentes. Todos hemos entendido que la salud es más importante que cualquier otra cosa, pero lo que había que hacer, conforme a este postulado, era decretar la abolición del fútbol, no su reducción a semejante caricatura.

Yo me conozco, sabía que no podría sobreponerme a este dislate. Hubo esa inercia hecha de buena voluntad de los compañeros, hubo ese acostumbramiento, como tantos otros, a escuchar una pelota que pega atrás del arco y hace un ruido insólito. Hubo esa adaptación evolutiva a los gritos de los jugadores, al gol que se apaga en la boca de su autor, al entretiempo con empujones de patio de escuela un día de frío. Pero la falta de gente…no, por Dios. Soy de la generación que creció nominando al fútbol “pasión de multitudes”; ¿y ahora? “Pasión inútil” diría Sartre, ese francés destructor de ilusiones, como Mbappé. 

Si sacan la cuenta, duré tres partidos en este clima absurdo. En el primero me ganó el estupor, la curiosidad, el morbo de ver qué se sentiría estar en un partido sin público pero no porque se penaliza a un club; en el segundo, ya me ganó una angustia feroz, un silencio que se me metía por los oídos ante cada situación de juego que no tenía a nadie como testigo (imposible no recordar un penoso cantito de la infancia, síntesis del fútbol pos pandemia: “Chu, chu, chu… El silencio es salud”). En el tercero, padecí cada maldito minuto, cada error, cada acierto, como si fuera un náufrago. Nada, ni el grito de festejo, ni el rumor de la turba, ni la puteada a coro, ni el grito desaforado desde el fondo de los tiempos. Nada, la nada.

Pero sobre todo, extrañaba la puteada; ese insumo del alma, esa manera de decirle al mundo la injusticia, esa plenitud de la oralidad indignada. Ni una puteada, apenas algún grito desde el banco de suplentes. El gemido de las noches de amor reemplazado por los impostores gritos del porno. El máximo triunfo del capitalismo: la multitud desalojada por individuos cuidando lo suyo, gritando lo suyo, reclamando lo suyo.

Ah…la puteada. Salir de la cancha y no ser puteado, equivocarse y no se puteado, hacer algo que merecería el odio de generaciones y no ser puteado. No…por favor. No juzgo a nadie, no quiero convencer a nadie, pero me voy, que otros continúen la obra si la máscara se les ha hecho rostro. Yo no sigo. Yo cuelgo, sin más, el silbato.