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Literario

Las tías, los tíos y el Diego

La Tía Belinda nos dijo que quien no había aprendido a llorar mirando a los ojos del Diego después de la final de Italia 90 tampoco aprendería a vivir. El Tío Carmelo nos dijo que quien no había aprendido a soñar escuchando al Diego en sus días de Dieguito ilusionado con llegar a la Selección... View Article

La Tía Belinda nos dijo que quien no había aprendido a llorar mirando a los ojos del Diego después de la final de Italia 90 tampoco aprendería a vivir. El Tío Carmelo nos dijo que quien no había aprendido a soñar escuchando al Diego en sus días de Dieguito ilusionado con llegar a la Selección tampoco aprendería a intentar. La Tía Gerónima nos dijo que quien no había aprendido lo que es la imaginación al ver al Diego desparramando una colección de ingleses sobre unos pastos mexicanos tampoco aprendería a ir por lo imposible. El Tío Robertino nos dijo que quien no había aprendido a aplaudir la valentía del Diego en todos los partidos bravos tampoco aprendería de qué se trata el coraje. El Tío Georgino nos dijo que quien no había aprendido a sufrir cuando el Diego soltó su “me cortaron las piernas” tampoco aprendería en qué consiste el dolor. La Tía Liberia nos dijo que quien no había aprendido a asumir una macana luego de escuchar al Diego en su “yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha” tampoco aprendería que ser gente es tropezar y tratar de levantarse. El Tío Aldo nos dijo que quien no había aprendido a entremezclarse con otras gentes en la cancha tras una magia del Diego tampoco aprendería que hay algo que se llama alegría popular. La Tía Norberta nos dijo que quien no había aprendido a disfrutar de ser contemporáneo del Diego porque el Diego era un individuo imperfecto tampoco aprendería a darse cuenta de su propia y seguro que grandota imperfección. La Tía Duilia nos dijo que quien no había aprendido a contarles a sus hijos el nombre del Diego tampoco aprendería a narrarle a esos hijos unas cuantas de las sonrisas del mundo.

Las tías y los tíos nos dijeron que quien no había aprendido a detectar la conmoción en los rostros de un pueblo tampoco aprendería por qué hubo una tristeza colectiva enorme cuando el Diego se murió.

Nosotros, que tal vez aprendimos a llorar mirando a los ojos del Diego como nos enseñó la Tía Belinda, nos sentimos parte de esa tristeza. Y, junto con los tíos y con las tías, acá estamos llorando.