Literario

Las últimas palabras de “Andén“ Peralta

¿Se puede errar un gol deliberadamente para no profanar el amor hacia el club que nos ha formado? El Enviado nos cuenta el terrible dilema de Hernán "Andén" Peralta.

“No somos seres racionales…somos seres emocionales que además razonamos…”. La frase salió de la boca de un eminente neurocientífico, y estaba al servicio de explicar algo realmente revelador: por qué una pandemia afecta el ánimo de la gente. Cuando le comenté este apotegma al Enviado, me sorprendió con una retrospectiva de algunos eminentes antecedentes de la frase:

–Ajá…sí, bueno, eso lo dicen ahora luego del minucioso estudio de resonancias magnéticas; pero lo dijo Pascal en sus Pensamientos, Aristóteles en su Ética a Nicómaco, Platón en el Fedro, Homero en la primera frase de la Ilíada…y si me da un poco de tiempo repaso la Epopeya de Gilgamesh y seguro encuentro algo parecido también… después Freud habló del Ello y el Superyo, pero es lo mismo: ser humano es ser ese monstruo bicéfalo que siente y piensa…y ser futbolista ni le cuento. O mejor: le cuento la terrible historia de “Andén” Peralta…

Hernán “Andén” Peralta debía su extraño apodo al nivel insuperable de identificación que tenía con el club que lo vio nacer, formarse y debutar en primera: Sport Ferrovías. Toda su familia era una síntesis de ese amor en el que se conjugaban los durmientes, las vías, la estación y esa la cancha que, en mágica amalgama, paría de su vientre memorias, rumores, gritos, tristezas, promesas y anhelos. Su padre, Pocho, había trabajado como guarda cuando algo de ese rol existía en las estaciones; sus hermanos habían despachado boletos en las ancestrales cabinas; sus primos desandaban sus días laburantes en los talleres que rodeaban la estación; su madre, Tina, fue una de esas vecinas luchadoras que parecían sostener la estación como si fuera (y lo era) su propio hogar. En medio de todo esto, Hernán iba surcando las inferiores del “Tren” en las canchitas donde el polvo de tierra se confundía con el vapor de las locomotoras.

Andén tenía, lo sabían todos, un talento que más temprano que tarde lo llevaría por senderos que se bifurcan. He ahí, pues, la antinomia razón-corazón en toda su trágica patencia; no hay manera de que, en algún momento de su carrera, un jugador talentoso de club de barrio no deba “pensar” en su futuro, mientras su corazón le dice a los gritos otra cosa. Alguien dirá que el propio corazón se puede pasar de bando en este dilema: las luces de la fama, del dinero, incluso la noble intención de mantener a la familia también son cosas que el corazón exige a gritos. Andén resistió hasta donde pudo esas promesas que, como en los primeros dos meses de noviazgo, el corazón siente y la boca le lleva la corriente: “Jamás me voy a ir de este club…ni por toda la plata del mundo…”, dijo alguna vez, como quien dice en las narcóticas noches del amor inaugural: “Jamás sentí algo así por alguien…”.

Un grande puso la plata y las frías razones del cálculo se disfrazaron de sentimiento: “El club está quebrado, necesitan venderme para acomodar las arcas… irme también es una manera de demostrar el amor que tengo por este club, por mi casa…”.

Una tarde propicia para las desgracias el nuevo club de Andén, Universidad y Exclusión, jugaba contra Ferrovías. La situación era terrible, porque el club del corazón de Andén estaba a tiro de descenso y Universidad a punto de ser campeón; todos se preguntaban qué haría el hijo pródigo de los trenes si con alguno de sus habituales goles condenaba a “su casa” al infierno de la pérdida de categoría. Un distante Andén se limitó, en la conferencia de prensa, a poner negro sobre blanco otra versión de la dicotomía: profesional versus hincha: “Soy un profesional, y ahora juego para Universidad y defiendo estos colores…no duden en que haré lo que deba, es el respeto que se merecen los hinchas de mi actual club…y también los ferroviarios, porque deben ganarse su lugar en primera por mérito propio…”.

En el minuto 85, con el partido 0 a 0, Andén aprovechó una distracción del Ferroviario y rompió la trampa del offside…solo, con pelota dominada, recorrió la distancia más larga de su vida: la que separaba su pasado de su actualidad; la que abismaba lo que sentía y lo que pensaba; la que partía, como una hemiplejia emocional, su ser en dos. Todos vieron lo que sucedió; su mezcla quirúrgica de habilidad y velocidad dejó al arquero tirado en el piso; se dirigió al arco…y sacó un disparo horrendo, que se fue dos metros por el costado. La exigua muchachada ferroviaria que se amontonaba en un codo del estadio universitario suspiró por duplicado; porque se salvaban del descenso, pero más aún porque se salvaban de tener que odiar a Andén…

Días complicados, de interminables debates, siguieron al acontecimiento; los panelistas multiplicaron sus encuestas para ver qué pensaba “la gente” sobre la “pifia” de Andén. ¿Genuino amor por el club de su vida? ¿Falta de respeto por el club que lo había puesto en el ansiado lugar en que ahora estaba? ¿Mandato subliminal de la historia familiar? ¿Triunfo del corazón sobre las gélidas inferencias del razonamiento? ¿Estocada del hincha al profesional?

Mientras los gritos decoraban las desmesuradas mesas de los canales deportivos, el protagonista se fue hundiendo en un silencio que poco aportó a la cuestión. Un silencio que pronto mutó en un rendimiento mediocre y apócrifo, como si el divisorio evento hubiese apagado su alma de goleador.

Universidad no tardó en cobrarle a Andén, una vez comprobado el declive de su rendimiento, la factura por aquella osadía de su corazón: no le renovó el contrato y, aunque estas cosas no se saben, hizo lo posible para que su carrera se diluyera de modo inminente.

Andén tampoco quiso volver a su viejo amor, que por supuesto le abrió las puertas de su casa. Acaso pensó y sintió, esta vez en sincronía, que el pasado es un lugar hermoso siempre que se sepa que es hermoso, justamente, porque no se puede volver.

Un infarto lo doblegó a temprana edad; en su cama final, mientras le tomaba la mano a su compañera, Peli, le dijo:

–Pediles disculpas a los hinchas de Ferrovías por aquel gol errado…- exigió con un hilo de voz. Peli, que pensaba había en la frase algo de delirio pre mortem, lo corrigió:

–Querrás decir a los hinchas Universitario… –No…a los ferroviarios… No quise errar el gol; no soy leal, le pegué horrible…