Leo Gutiérrez

El arte de ganar y enseñar

Líder se nace y se hace. Es uno de los más ganadores de la historia del básquetbol argentino. En la Liga Nacional y en la Generación Dorada fue un de los estandartes.

Aquella mañana en Beijing supo que ese día iba a ser la jornada en la que lo asistiría la razón. Aquel día, bajo el cielo asfixiante de la capital del país más poblado del mundo, el pibe que amaba el olor a tierra mojada que dejaba el paso del regador de Marcos Juárez sabía que todo había valido la pena. Ante Lituania, en el partido por la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 2008, el hombre más ganador de la historia de la Liga Nacional, entendió que el esfuerzo había valido la pena. Ese 24 de agosto, la planilla que marcaba once puntos, dos asistencias y un rebote en diecisiete minutos, pero no dimensionaba lo que ese partido significó para él. Allí se terminó de convencer de que el camino que había tomado era el indicado.

La Generación Dorada era un monstruo de doce cabezas que se movía por los parquet del mundo como un equipo que no le pertenecía a nadie y le pertenecía a todos. Una de esas cabezas durante quince años fue la de un Leonardo Gutiérrez que para el grupo fue tan vital como cualquiera de los otros once. Porque el secreto de este ganador por naturaleza es que sólo supo escuchar para aprender. Su liderazgo fue uno del que solo él conoce la fórmula. Algún maestro supo decir por ahí que “la mejora es siempre necesaria” y él la llevó al extremo para detrás de una pelota naranja vivir una vida de ensueño.

–Casi no tuviste tiempo de darte cuenta de que no sos más jugador y de todo lo que hiciste. ¿Costó tomar la decisión de retirarte y por eso enseguida arrancaste como entrenador?

–Desde el primer momento en que me retiré me di cuenta que no quería ser más jugador y que el próximo paso sería el de entrenador. El análisis lo hice antes de tomar la decisión. No soy una persona de tomar cosas a la ligera, o de lanzarme a la pileta sin fijarme antes si hay agua. Primero lo analizo, y con esta decisión en particular lo hice en las últimas dos o tres temporadas como jugador, para saber hacia dónde iba a ir mi carrera en el básquet. Porque sabía que iba a seguir ligado en este deporte. Fui por el lado de ayudar a jóvenes a crecer, busqué formar mi equipo de trabajo para estar ligado a un club o a una empresa para trabajar. En ese equipo de trabajo hay un entrenador de dribbling, otro de defensa, un psicólogo, un nutricionista, un kinesiólogo, un preparador físico. Yo sabía que iba a estar ligado al básquet. Después me fue pegando el bichito de dirigir y lo fui analizando. El último empuje fue el haber tenido charlas con ex entrenadores míos como Sergio Hernández y Julio Lamas, que me empujaron a tomar este camino.

–¿Qué te pasa con este puesto?

–Es lindo ser entrenador. No es que me gusta más que jugar, porque son distintas completamente. Cuando jugás tomás las decisiones vos dentro del campo y te concentrás para ayudar al equipo a cumplir sus objetivos. De este lado de la línea tenés que entrar en otra faceta que es armar vos el proyecto que pueda ayudar al equipo, entrar en la cabeza de los jugadores, armar la estrategia ofensiva y defensiva. Es mucho más apasionante porque tenés un montón de aspectos por recorrer para poder ayudar al equipo y a los jugadores a ser mejores de lo que son. Es una profesión muy linda, y muy difícil a la vez, que cambia mucho durante el transcurso de la temporada y tenés que adaptarte. No pensaba que me iba a gustar tanto como me gusta ahora. Pensaba que iba a gustarme, pero que iba a extrañar ser jugador. Pero hoy te digo todo lo contrario.

–¿En qué te sorprendió el Leo Gutiérrez técnico?

–En la tranquilidad que tengo. Cuando era jugador era muy polvorita y ahora soy muy distinto. Pienso antes de actuar. Le busco la vuelta antes de que se me caigan. Cuando jugaba decía las cosas más visceralmente y el compañero, a lo mejor, se sentía tocado. Yo no tenía la forma de ayudarlo a salir de ese mal momento, o de un pozo anímico, porque estaba corriendo a la par suya. Hoy busco las palabras justas porque ya no puedo correr al lado suyo.

De saco y corbata. Leo Gutiérrez y su nueva era.

–¿Hiciste un laburo especial para domar el temperamento?

–No. La profesión me llevó a estar más tranquilo. Ser jugador tiene mucha adrenalina, las pulsaciones a 180, chocando, poniendo, intentando hacer las cosas que te pide el entrenador, manteniendo un resultado o buscando darlo vuelta. Desde el lado del entrenador estás mucho más frío, pensante, viendo y analizando el partido. Obviamente que tengo mis arranques, pero son muchos menos. Estar en el banco me hizo saber que tengo que estar tranquilo para transmitirle esa sensación al jugador.

–Cuando ibas a la Selección, ¿cómo hacías el click en la cabeza de pasar de ser el mejor de la Liga Nacional a un jugador que quizás ni tenía minutos un partido?

–Seguía siendo la misma persona. Mis compañeros me escuchaban también, porque yo me hacía escuchar. No importaba que por estar en la Liga o porque jugara poco no me iban a escuchar. Me hacía respetar como el que más jugaba. Pero lo tomaba tranquilo, y sabía que me tenía que preparar a full para estar listo cuando me tocara la oportunidad de jugar. Sean muchos minutos o pocos yo tenía que estar listo para ayudar al equipo. Se fue dando de menor a mayor, porque jugué poco en el Mundial 2002, no jugué nada en Atenas 2004 y después fui jugando cada vez un poco más. La mejor versión, o lo que sentí que fue lo que hizo que todo valiera la pena fue el partido del tercer puesto en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 contra Lituania. Ese día me dije: “valió la pena todo el camino recorrido, de no jugar, de bancarme tener poco, sirvió porque estuve preparado mentalmente para esa oportunidad”.

–¿Sentiste en algún momento que no valía la pena tanto esfuerzo?

–No. Pensé en no jugar en su momento en la Selección por el agotamiento de ir y no jugar. Me agotaba el responder siempre la misma pregunta: “¿qué sentís que vas y no tenés minutos?” Eso hizo un poco de mella en mí. Pero lo hablé especialmente con mi mujer, y ella fue la que me retó y me puso en vereda. “Hay miles de jugadores que están atrás tuyo y quieren estar en tu lugar y vos lo desaprovechás porque decís que no jugás o jugás poco”, me dijo una vez y se terminaron las dudas. Ahí entendí que nunca hay que decirle que no a la Selección, que hay que estar sea como sea. Empecé a encarar un poco más fuerte todos los desafíos y no decirle que no nunca. Con las Selección he jugado torneos que nadie sabe que existen porque entendí que estar en ese lugar es el placer más grande que puede tener un deportista.

–Y ahí llegamos al punto del ego. A veces no es fácil domarlo. ¿Tu mujer fue la que domó el tuyo?

–Fue la que me hizo dar cuenta que tenía que cambiar la perspectiva y que en vez de sufrir por no jugar o jugar poco, debía disfrutar el estar ahí. Hay pocos jugadores, si nos ponemos a contar fueron veinte o veinticinco los que estuvieron en el proceso de la Generación Dorada. Y yo fui uno de ellos. No lo tenía que desaprovechar y debía luchar para seguir estando.

–¿Hoy valorás más todo ese proceso? Porque en ese equipo te ponen en un lugar muy especial.

–Te das cuenta del lugar que tenías en el equipo. El respeto que me tenían mis colegas, mis entrenadores. Estar en la Selección una vez no es fácil, imaginate estar quince años seguidos como pude estar yo. Algo bueno hice para perdurar en el tiempo en un equipo que hizo historia. No solamente meter tiros de tres, defender o agarrar rebotes, coseché logros y, sobre todo, amistades que me quedaron después de tantos años con ese equipo. Lo valoro mucho porque me esforcé muchísimo. Yo desde 1999 hasta 2014, que estuve en la Selección, nunca me tomé unas vacaciones porque terminaba la Liga, iba a visitar a mi vieja y a las dos semanas volvía a la Selección. Me casé y no tuve luna de miel. Me perdí muchas partes importantes en el crecimientos de mis hijos, pero no me arrepiento de nada. Al contrario, valoro mucho lo que hice.

–Hace un par de años dijiste en una entrevista que en la Selección te enseñaron hasta a tomar el café sin azúcar. Contame hasta en qué mínimo detalle llega el profesionalismo de tipos como Ginóbili, Scola o Pepe Sánchez. Porque Campazzo siempre cuenta la anécdota en la que Manu le levantó la remera y le dijo “no sabía que podían jugar bases con panza en la Selección”.

–Me acuerdo patente esa anécdota. Estábamos haciendo una sobremesa en Buenos Aires y nosotros después de comer nos quedábamos una hora tomando un café y hablando. El café ahí ya se tomaba con miel y sin leche. O amargo. Si le ponías azúcar te miraban mal. Y en una charla de esas, Manu le levanta la remera a Facu y le dice “es la primera vez que veo un base con panza”. Ya en esa época, cuando Facu empezó en la Selección, estaba de moda la dieta paleolítica que la hacían todos y el pibe se reunió con Manu, Luifa y Pablo Prigioni y la adoptó como su dieta. Y hoy ves los cambios. Ponés una foto de 2011 y una de ahora y te das cuenta que en esa época eran dos Facu y que hoy es uno solo. Ese grupo te ayudaba en todos los detalles que podían hacerte mejor en tu carrera. Yo nunca la adopté esa dieta porque no me hacía bien. Nunca me adapté. Soy muy amante de la pasta, del queso, de los embutidos, y no la podía hacer. Si la hacía quizás me estiraba un par de años más la carrera.

–¿Cómo bajás eso que te enseñó ese grupo con tus jugadores?

–El cuidado personal más que nada. Yo siempre intento mandar mensajes positivos. Hablar de Chapu, de Manu, de Luis, para los más jóvenes hablar de Facu, que es el que todos quieren imitar hoy. En La Banda tengo un chico catamarqueño que es un base rápido, del estilo de Facu, tira bien de tres puntos, le sobra personalidad, pero es gordito. Lo primero que hice cuando lo vi fue marcarle todo lo positivo que le está pasando a Facu gracias al cuidado personal. Nosotros tenemos una nutricionista que lo ayudó a bajar de peso, ya hoy está ocho kilos más liviano, pero igual de fuerte, se banca más los entrenamientos, más minutos de partidos. ¿Cómo bajo línea de esa Selección? Hablándoles y marcándoles cosas puntuales.

–Dentro de ese vestuario había mucho tipo de liderazgo, tanto entre los jugadores como entre los entrenadores. ¿Cómo hacían para que esa condición natural por liderar confluyeran en un mismo equipo?

–(Interrumpe) Es increíble y a lo mejor nadie lo cree, pero en esa Selección no había un líder. Desde 1999 en adelante no había un líder que marcara el camino o que pusiera los puntos. El liderazgo era del equipo. Porque si había un líder los demás o no tenían palabra, o su palabra no pesaba tanto a la hora de decidir. Entonces, para mí el equipo se lideraba a sí mismo. Y se marcaba un camino a los que entraban por estar teniendo una buena temporada en Europa o en la Liga. Los nuevos enseguida se daban cuenta el camino que debían recorrer porque el equipo se los marcaba en su conjunto. No es que iba alguien en particular a decirles las cosas que tenían que hacer. Manu no le iba a decir nunca a Facu: “No piques la pelota de esta forma, o no tires de esta otra”. El equipo con entrenarse duro, todos callados, hablar lo justo y necesario, compitiendo al máximo en cada entrenamiento, te daba la pauta que tenías que ir por ahí. Porque si no lo hacías, lamentablemente, no ibas a continuar en el proceso.

–¿Cómo hacía el equipo para no caer en el “que nos salven Manu y Luifa” a la hora de los puntos?

–Tarde o temprano en eso caíamos. Yo jugué Preolímpicos y Premundiales sin las figuras máximas, pero iban Carlitos Delfino, Prigioni y Luifa como referentes ofensivos. Tiraba veinticinco tiros Scola, veinte el Lancha y los demás nos repartíamos entre tres y cuatro tiros. Íi o sí caías en ellos. Y cuando estábamos completos no se caía tanto en una individualidad. Se manejaba de la misma forma de siempre, con el extra pass, corriendo la cancha, el que tenga la ventaja la va a tomar, o hablarnos para decirle a uno que se pare en una esquina esperando el pase luego de una penetración. Esa era nuestra forma de jugar. Buscábamos muchos los detalles finos, y cuando no nos sentíamos cómodos lo hablábamos para corregir los defectos.

–Ganaste todo con la Selección y en la Liga Nacional, pero ¿qué es para vos ganar?

-Es lo máximo. Trabajo para ganar. Y me preparaba para ayudar a los equipos a ganar cosas. El tema es el siguiente: vos podés querer ganar siempre. Yo tuve suerte de vivir experiencia con grandes jugadores y aprender de ellos como Pichi Campana, Milanesio [Marcelo], Uranga [Sebastián], y los de la Generación Dorada. Esos tipos ganaban y no se conformaban. O ganaban y en vez de ganar más guita en un equipo se quedaban en el que estaban para pelear por otro título. Yo aprendí tanto de esos tipos que yo preferí ganar mucho menos dinero, porque hay muchos que piensan que siempre fui el mejor pago en la Liga Nacional, pero a lo sumo fui el mejor pago una o dos veces en toda mi carrera. Después siempre estuve entre los diez o veinte mejores pagos y eso fue a cambio de poder competir. Ya sea en Atenas, Ben Hur, Boca, o quedarme diez temporadas en Peñarol, lo hice porque busqué la gloria. Porque ganar para mí es todo. Trabajaba para eso, me rompía el lomo para que el equipo gane y era inteligente a la hora de elegir en dónde jugar. Eso es fundamental. Saber quién te va a dirigir es clave. No todos tienen la posibilidad de hacerlo, pero de los denominados franquicia, los que mejor eligen son los que más ganan. El caso emblema en la actualidad de la Liga Nacional son los del Penca Aguirre [Nicolás] y Mata [Marcos]. Ellos son el reflejo de lo que yo hacía.

En la cabeza del oriundo Marcos Juárez solo le queda un reproche en su dorada carrera: su paso por el básquet del Viejo Continente. “Yo no tenía el pasaporte comunitario, por lo cual el camino se me hacía mucho más difícil. Tenía que jugar dos años y medio como extranjero para no ocupar plaza. Pero cuando fui no estaba bien. Si me tengo que reprochar algo en mi carrera es el de no haber encarado ese desafío como tal. No lo encaré bien y tuve una temporada mediocre, por lo que no me quisieron renovar. Por eso, salvo ese mes y medio en Colombia (NdeR: Paisas de Medellín en 2003), jugué siempre en Argentina”, rememora Leo. Pero el destino parecía no abrirles las puertas del básquet europeo: “Después de esa experiencia tuve la posibilidad de ir al Unicaja de Málaga, porque se lesionó Garbajosa y Pepe Sánchez, que era el base, le dijo al entrenador que me lleven a mí. Yo estaba en Boca en ese momento. Boca no me dejó ir y me quedé sin lamentarme nada porque soy muy respetuoso de los equipos que me está contratando. Por más que me moría de ganas de ir, y que ese Unicaja terminó siendo campeón de ACB, no hubiese dejado en banda a Boca”.

–En el podcast de Nico Lapprovitola y Germán Beder (Hola! Qué tal, ¿Cómo estas?), Sergio Hernández dijo que vos fuiste uno de los tipos que lo hizo mejor entrenador. ¿Vos sabías cuáles eran los entrenadores que te iban a entender?

–Yo me voy de Boca, antes de volver a Atenas, porque llegaba un entrenador que a mí no me gustaba, sabía que me iba a llevar mal y esa fue la última gota que me hizo resolver irme a Córdoba. Porque sabía que no me iba a llevar bien, ni la iba a pasar bien y por eso me fui de Boca. Después intenté elegir siempre analizando los jugadores, el equipo, el entrenador y pensando cómo acompañar. Tuve la suerte de ir a equipos como Atenas con Rubén (Magnano), como Ben Hur con (Julio) Lamas y Peñarol con Sergio (Hernández), que eran tres de los mejores entrenadores del país y que me iban a potenciar. Después estuve con grandes entrenadores como Horacio Seguí, que fue el que me abrió las puertas de la Liga en Olimpia, estuve con entrenadores jóvenes como Picatto [Gabriel] o el Tulo Rivero que también me enseñaron.

–El Oveja nos dijo en una entrevista que en un partido de la Selección le preguntaste cómo defender un ataque igual al de ustedes que les hacía daño y no tuvo la respuesta. ¿Te pasó eso con un jugador alguna vez siendo DT?

–Creo que me falta mejorar el tema de cambiar cosas en el transcurso del partido. Darte cuenta rápido que si el plan A no funciona debo ir al plan B. Eso me quedó claro en este tiempo de pandemia, porque te ponés a ver partidos y te das cuenta que el partido pedía un cambio. El Oveja es humilde porque siempre estuvo preparado. No es fácil entrar en un vestuario y tener enfrente a una Selección que tenía a Ginóbili, Scola, Pepe Sánchez, Nocioni, Prigioni, Oberto, Wolkowisky. Impacta mucho y a lo mejor él sentía que no estaba preparado. Pero siempre lo estuvo. Es un tipo ganador y tiene mucha impronta.

–¿Vos te diste cuenta que ese equipo eran The Beatles?

–No te das cuenta. Cuando mirás un partido decís “mirá las cosas que hacíamos. Lo lindo que jugaba ese equipo”. En 2002 y 2006 fueron los dos años en los que mejor básquet jugó Argentina. Si queremos juntar esas dos Selecciones con la subcampeona del mundo del año pasado creo que salíamos campeones olímpicos, del mundo y le ganabamos al Dream Team diez veces más. Disfruto viendo esos partidos. Por ahí me pongo a ver partidos de esos años y me río. Porque vos podés ponerte a ver resúmenes o jugadas salteadas que te muestran cosas espectaculares. Pero en un partido había decenas de jugadas en las que la pica Montecchia [Alejandro] dos veces y la pelota va a un lado, al poste bajo, del poste bajo al reverso, otro pase más y triple. Mirás eso y vos decís: “esta jugada la hicieron esa sola vez”. ¡Y no! Siempre era así. Después, un pick and roll, una penetración y una descarga, extra pase, otra penetración, pase a la esquina, tiro de tres puntos. Perfecto. Si sos entrenador te morís porque te salía todo.

–Y sin querer elegiste a tres selecciones que no fue campeona del mundo…

–Sin querer… Tenemos ese karma.

–Lo digo porque en esto que venimos hablando de ganar y del éxito, no te quedaste con el equipo que ganó el oro.

–El oro está allá arriba, pero no jugamos bien ahí. No fue la mejor versión Argentina en Atenas. En 2006 llegamos invictos a las semis con España, pero la rompíamos en mil pedazos. Pasamos por encima a potencias como Rusia, Francia con los NBA, y fueron pestos totales. No llegamos, nos quedamos en la puerta porque España nos tiene de recontra mil hijos. Encima después nos agarró Estados Unidos por el tercer puesto y nos mató a goles. Pero esos fueron los dos mejores años. En 2004 jugamos muy bien los cruces y por eso salimos campeones olímpicos.

La pandemia hizo que se suspendiera la Liga Nacional y hay que esperar para ver cuándo se va a recomenzar. Pero en el medio hay una situación que es preocupante para el futuro del desarrollo del básquet argentino y es que más de veinte jugadores se marcharon a diferentes ligas. Y al ganador de diez Ligas Nacionales no se le pasa por alto la actualidad: “Preocupa la situación, pero se entiende al jugador que tiene que seguir viviendo y llevándole sustento a su familia. Nosotros pasamos por algo similar en el 2001 y no fueron veinte sino más de doscientos jugadores en tres años. Y la Liga sobrevivió porque salieron jugadores jovenes que la mantuvieron en cuanto al nivel. Hay que amoldarse y no asustarse, crear nuevas posibilidades de jugadores, trabajar más con los jóvenes que piden pista. Hay que ponerlos a jugar y que crezcan para que La Liga siga siendo mirada desde todo el mundo”.

La historia parece reciclarse y Leo Gutiérrez lo sabe: “Parecía que la Liga no iba a hacer la misma cuando jugadores como Milanesio o Campana y esos cracks se fueron retirando pero la Liga volvió. Después pasó lo mismo con la Selección y las ausencias de los grandes nombres como Manu, Nocioni y los NBA y somos subcampeones del mundo. Hay que tener cautela, pero no miedo. Debemos defender a nuestra competencia”. 

–¿Por qué sigue siendo competitivo?

–Porque el jugador argentino es así. Me pasó a mi de pelearme en un entrenamiento porque perdiste o porque el entrenador te cobró una falta que no era y perdiste el picadito. Cuando vas a jugar con amigos y perdés te vas caliente a tu casa. El gen argentino es competitivo por demás. Por eso es tan requerido en Europa, porque no somos fríos, nos tiramos de cabeza, somos demostrativos, decimos las cosas de frente, y va a seguir siendo así. La Liga va a seguir creciendo porque los jovenes de hoy van a poner el pecho, si viene un americano le van a competir el lugar, por su propia convicción.

–¿Te da nostalgia todo lo que viviste?

–Lo único que me pone nostálgico, porque aunque parezco recio soy bastante llorón, es cuando veo algún video de mi despedida en la que tocó el violín mi hija y jugué un uno contra uno con mi hijo. Ahí se me pone el cuerpo raro y me emociono. Después lo demás lo recuerdo con mucho cariño. Disfruto de ver videos cuando salí campeón y me pone feliz recordar esos momentos, porque los post campeonato los disfruté muchísimos a todos. Eso queda muy grabado. Qué sé yo. Levantar una copa, brindar con tus compañeros, eso te marca.

–Hablando con Manu, con Fabricio (Oberto), con Pepe y los tres contaban lo mismo: que la cabeza les hizo un click cuando fueron padres. Manu dijo que la llegada de los Melli lo volvió más vulnerable, Fabri se derrite por su hija y Pepe nos explicaba en una nota que el tatuaje que tiene es en homenaje a su hija. Vos nos dijiste recién algo parecido. ¿Cómo es el Leo Gutiérrez padre?

–Yo fui papá muy joven. No sé si no fui el primero, pero tenía veintiuno. Te cambia todo. Yo era muy pibe y después empecé a entender el rol del padre. No nacés sabiendo ser papá, el camino te va enseñando. Yo intento con mi hija estar todo lo presente que no estuve con mi hijo. Trato de pasar tiempo con ella, porque no compito. Fran la padeció toda porque nació y a los tres meses me fui cuatro meses con la Selección. Se fue a España, volvió a Argentina, hizo nueve mudanzas, cambió once veces de colegio. Pero como papá doy la vida por ello, porque son lo que me empuja a seguir trabajando y seguir aspirando a ser mejor. Yo veo el disfrute que tenía mi hijo cuando yo era campeón y me emociono. Vos ves mis fotos de los festejos y en todas está él porque saltaba el alambrado y era el primero en abrazarme. Ese es el campeonato más grande que puedo ganar.

Una costumbre. Leo y su hijo Francisco.

–¿Cuándo tenés un hijo te das cuenta que todo no pasa por ganar?

–Te aliviana cuando no llegás al lugar que querés llegar. Cuando perdés un campeonato, o no llegás a una final, llegás a tu casa y tus hijos te abrazan igual. Eso quiere decir que el esfuerzo valió la pena. No quita que estés triste, pero en mi casa tengo que estar bien por ellos, porque ellos me dan felicidad. Eso te da tu hijo. Yo perdía y me encerraba en mi habitación sin querer hablar con nadie. Y mi señora me ponía el nene a upa y me calmaba enseguida. Esa tranquilidad y no pensar todo el tiempo en ganar.

–En la paternidad eras vos el que les daba consejos a Manu y compañía…

–(Risas) Yo les decía que no iban a dormir nada cuando sean padres, jajaja. Encima a Manu le vinieron dos juntos. Ellos vieron mi proceso de padre, porque cuando iban nuestras mujeres a los hoteles mi señora iba con Pepo. A Pepo lo quieren todos y preguntan por él cuando hablamos por teléfonos, pero piensan que tiene diez años y ya tiene veintiuno, está de novio y sale de caravana.

–¿Con qué emparentás las palabras éxito y trabajo?

–Al éxito con el trabajo. Si no tenés trabajo no vas a llegar al éxito. El esfuerzo, el camino para llegar a la meta no vas a llegar nunca. Yo también tengo en cuenta el conformismo. Si sos conformista no vas a llegar nunca a ser exitoso. Porque si yo tiro bien de tres puntos y penetro bien con izquierda creo que me alcanza. Pero tenés un montón de cosas por mejorar para llegar al éxito. Yo no sabía tirar al aro, defendía y saltaba, no sabía penetrar con izquierda y cuando llegó el momento clave me dije que tenía que trabajar eso para mejorar. Tuve la suerte de tener a Milanesio que me dijo “vení y hacé esto para mejorar”. Y copié mucho el éxito de él, el de trabajar todos los días, de ir a tirar, y de no conformarse. El fracaso es no querer esforzarte a llegar a lo que querés. Cuando no te esforzás vas a fracasar.

–Si tuvieses que recordar un vestuario de esa Generación, ¿Con cuál te quedás?

–Siempre nos llevamos bien en el vestuario. En esa semifinal perdida con España con 2006 estábamos arruinados porque nos sentíamos que podíamos ser campeones. Y que era el momento de ganarle a España. Pero siempre ese equipo salía a dar la cara. Recuerdo a Manu diciendo que debíamos ir a hablar con la prensa y a Pepe pidiéndole al Oveja ir a la conferencia de prensa. También hubo vestuarios complicados, de revolear cosas por haber perdido, pero siempre vestuario. Nunca salió nada para afuera. Nunca en la cancha, ni en un pasillo. Si la discusión tenía que estar se daba en el vestuario y quedaba ahí. Éramos muy respetuosos de eso. Nosotros nos cagábamos a palo entrenando, y no importaba Ginóbili, Scola, Oberto, y se armaban algunos quilombitos importantes. Pero quedaba todo en el entrenamiento. Después íbamos a comer juntos y todo bien.

–Un olor de Marcos Juárez.

–Por el barrio donde vivía yo eran calles de tierra y pasaba el regador en verano para que no se levante tanto polvo. Ese olor a tierra mojada es muy rico y me lleva a esos lugares. Ese olor me recuerda a mi infancia, a mis amigos que sigo disfrutando cuando voy a Marcos Juárez. Mis amigos siguen siendo los mismos. Son muy humildes, y yo vengo de una familia muy humilde también, y tengo la suerte de tener la misma relación que tengo con ellos.

Argentina campeón olímpico en 2004.

–Atenas 2004, suena el himno, mirás la medalla de oro olímpica por primera vez. ¿Qué te pasa por la cabeza?

–Nada. Se te sale el corazón del pecho. No sabés como reaccionar. Mirás para todos lados. Hay una foto en la que están Pepe, Luis y Manu los tres mirando la medalla y hay dos americanos mirándolos por arriba diciendo “cómo me gustaría estar ahí arriba, antes que estén ustedes”. Eso representa todo lo que puede sentir un jugador siendo campeón olímpico. Fue único. Muy recordado y muy lindo, pero si me pongo a analizar no sentís nada porque querés sacar fotos y querés que tu cerebro guarde la mayor cantidad de recuerdos posibles para que no se borren nunca más.

–¿La mirás hoy en día?

–Hoy no la tengo acá. Se la presté un amigo para el museo de la Generación Dorada pero con esto de la pandemia no me la devolvieron. Pero sino la tengo en casa, para que cuando viene un amigo y me pide verlas se las muestro para que se saquen fotos. Las tres medallas son muy lindas. Es tremendamente satisfactoria la sensación de tener la medalla y colgarlas. La de plata (2002) y la de bronce (2008) son mucho más lindas que la dorada. Tienen un trabajo hermoso. Cada cierto tiempo me las llevo a la pieza a limpiarlas con dedicación y me ponía a mirarlas porque la verdad es que son hermosas.