Lluvias de fútbol

Cuando llovía, sobre todo si llovía mucho, nosotros jugábamos mal al fútbol.

Cuando no llovía, sobre todo si no llovía nada, también jugábamos mal al fútbol. Pero de eso no hablábamos esa noche porque esa noche llovía. Llovía como si nunca fuera a parar.

Cuando llovía, nosotros jugábamos mal al fútbol. Sin embargo, no parábamos de jugar porque, aunque la pelota y nuestras suelas se desencontraban, aunque se nos inundaba el piso y, además del piso, se nos inundaba la imaginación para patear arriba de ese piso, en nuestro juego no nos ganaba nadie. Nunca. Y tampoco esa noche.

Cuando llovía, nosotros jugábamos mal al fútbol, pero jugábamos bien a un juego que era solamente nuestro y que nacía desde el fútbol. Jugábamos bien, muy bien, mucho más que muy bien, a otro juego: jugábamos a la literatura de la lluvia en el fútbol.

Cuando llovía, nosotros jugábamos mal con la pelota, pero no con la memoria y, entonces, repetíamos palabra por palabra, como si fuera un gol o hasta más que un gol, a Homero Manzi, santiagueño, poeta, tanguero, genial, en Recordando: “Cuando en lluvioso domingo/ los once de un cuadro gringo/ no nos pudieron ganar”.

Cuando llovía, ninguno de nosotros pensaba que jugaba mal porque, apenas oíamos los versos de Manzi, nuestro juego era todavía mejor juego y hacíamos sonar a Álvaro Yunque, escritorazo, militante, observador como pocos del universo de los pibes, que había transformado a una pequeñez de rutina en los renglones hermosos de Domingo de lluvia, pleno domingo, plena lluvia: “Lluvia malvada que impidiérales/ Salir al campo a hacer partidos”.

Cuando llovía, ni el más malo de nosotros con los pies seguía siendo malo con la voz y con la boca, gracias a que le daba besos de literatura al fútbol para honrar a otro poeta argentino, futbolero y mirador de lluvias, a César Fernández Moreno, sinónimo de todo eso en Club Atlético, precioso de adelante para atrás y de atrás para adelante: “Es el menos atlético de los clubes atléticos/ Este club que denuncia aquel pobre letrero/ Dos arcos agobiados, llovidos, esqueléticos /Se bostezan su tedio a través del potrero”.

Cuando llovía, discutíamos como cuando llueve o cuando no llueve en una cancha y no nos poníamos de acuerdo si la lluvia en el deporte le pertenecía sólo al fútbol escrito o había que socializarla con otros deportes a causa de las manos mágicas de unos cuantos autores. De uno como Julio Cortázar, por ejemplo, que lo dejó en claro con Torito, ese cuento en el que caben la lluvia, la emoción y la desgracia por lo que el propio Cortázar develó en El noble arte: “En 1952, una tarde de lluvia en mi piecita de París, todo eso asomó en la memoria un poco como el cortejo de los dioses yéndose en el poema de Cavafis, con lágrimas de orgullos junto a rings de barrio, con noches de vicarias apoteosis. Fue como oler otra vez la trementina de los linimentos, oír los anuncios rituales, todo desde tan lejos y yo mismo tan lejos en las últimas gradas del recuerdo. Entonces, entre mate y mate, escribí Torito”. O de uno como fray Antonio Vallejo, quien, en 1925, entretejió Natación, una pieza de las aguas que no llueven y de las aguas que llueven: “De ponto despierto a la vida/ el rostro anhelante con su lluvia de perlas/ y el corazón sonriendo al oxígeno”. O de uno como Guillermo Enrique Hudson, que antes, acaso antes que nadie, puso deporte en sus obras, porque puso al pato en el cuento El ombú, lo ambientó en las Invasiones Inglesas de comienzos del siglo diecinueve y no se olvidó de recalcar que el partido del que hablaba “terminó en lluvia, una lluvia que cayó en forma de barro fluído”.

Cuando llovía y nos atrapaban esas discusiones, discusiones presentes desde luego en esa noche en la que la lluvia se convencía de que era lluvia en cada segundo y llovía más y más, ni amagábamos con fugarnos de los golpes de las gotas. Evidente: nos sucedía lo que Alejandro Dolina había anticipado con la lucidez de los que reconocen cuánto importa el fútbol, cuánto importa la literatura y cuánto importa la lluvia. Estaba en Apuntes sobre el fútbol en Flores: “En ciertas ocasiones, los partidos deben suspenderse por la lluvia u otras circunstancias. En ningún caso se extrañará la estrolada, que llegará sin fútbol previo, pura, ayuna de pretextos”.

Cuando llovía, sobre todo si llovía mucho, nosotros jugábamos mal. Como estábamos jugando esa noche de lluvias especialmente envalentonadas. Pero nos empapábamos y no nos creíamos la existencia del riesgo de resfriarnos, de hundirnos o de ahogarnos porque cada vez que jugábamos a la literatura de la lluvia en el fútbol, recitábamos con la garganta y, en especial, con la conciencia eso que había surcido Rodolfo Braceli: “El fútbol, me dicen mis abuelos desde el misterio, casi parafraseando a Borges, es como el aire, como el sol, como la luna, como la lluvia. Está más allá de la comprensión, y hasta del amor”.

Cuando llovía, en consecuencia, siguiendo ese postulado de Braceli, llorábamos hasta añadirle agua de la nuestra al agua de la lluvia con cada coma y con cada tilde de esa biblia urbana y dolorosa que Bernardo Verbitsky tituló Villa Miseria también es América”. Llorábamos llenos de lluvia en esa noche llena de lluvia al escucharnos repetir el Capítulo VIII: “¿Eran reales o sólo creación de la lluvia, espejismo de sombra en el gris? ¿Cuándo paraba el agua, se desvanecían? Debiera salir con buen tiempo para comprobarlo. Presentía que esta corta aglomeración anticipaba la existencia de otra mayor. Caminó en dirección a la chimenea que desde allí veía. Llegó al claro de un extenso baldío con manchas de pasto. Dos arcos indicaban su utilización como cancha de fútbol”.

Cuando llovía, nosotros jugábamos mal, pero no nos era necesario apelar a la excusa del Negro Fontanarrosa, que insistía en que tenía “dos problemas: la pierna izquierda y la pierna derecha”. Nosotros teníamos esos dos problemas esa noche y todas las noches y todos los días, aunque nos desentendíamos de ellos porque para lo que no teníamos problemas era para leer, bajo la lluvia, a Fontanarrosa, en Escenas de la vida deportiva, sobre el fútbol y la lluvia: “-Seguro -Marcelo ingresó en la controversia, desde lejos-. Con viento es una cagada. Nunca sabés para dónde mierda sale la pelota. Con lluvia, cuando le agarrás la mano al pique… chau … cuando le adivinás el sapito…”

Cuando llovía, nosotros jugábamos mal y, a pesar de eso o tal vez por eso mismo, porque los que sabemos que jugamos mal jamás esquivamos los riesgos, nos mojábamos hasta las pelotas para percibir que transitábamos la frontera de la bronquitis pero no nos privaríamos del goce de que la literatura de la lluvia en el fútbol nos trajera al partido más llovido de la historia, el de El hijo de Butch Cassidy, de Osvaldo Soriano. Lo leímos, todos juntos, en una ceremonia de esa noche y de cada noche de lluvia: “Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y, por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena, ya no había dónde convertir los goles”.

Cuando llovía, como llovía esa noche, nosotros jugábamos mal al fútbol, pero jugábamos muy bien al juego de la literatura de la lluvia en el fútbol.

Y cuando terminaba nuestro juego, como esa noche, como tantas noches, la vida seguía siendo vida, la literatura seguía siendo literatura y el fútbol seguía siendo fútbol.

En el momento en que eso pasaba, nosotros éramos felices. Y, además, ya no llovía.