Memoria, Verdad y Justicia

Los colores del corazón en la oscuridad más absoluta

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Once detenidos-desaparecidos fueron reasociados por Banfield en un acto de reivindicación de la Memoria y con el fútbol como un rasgo identirario eterno.

Si encontraba cómo hacerlo, sabía que la señal resultaría inequívoca. De esa manera, Liliana iba a tener la certeza de que ella seguía viva. Entonces, a Silvia se le ocurrió ir sacando hilos de los dos colores que necesitaba de las ropas de sus compañeras. Los fue juntando uno a uno y con eso hizo una trenza verde y blanca. Su amor por Banfield transformado en un código que comunicase lo esencial fue lo último que se supo de aquella chica de 24 años a la que la arrebataron de la vida.

Silvia Stregrer fue detenida por los militares el 5 de septiembre de 1977 en Lomas de Zamora, luego permaneció secuestrada en el Pozo de Quilmes y desde hace más de 40 años permanece desaparecida. Liliana Teplitzky también estuvo detenida durante la dictadura pero no en la clandestinidad, permaneció en la cárcel de Devoto, lugar que recibía visitas de los organismos internacionales de Derechos Humanos. Eran cuñadas. Cuando Silvia supo que una compañera de calvario sería puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y trasladada a los calabozos en los que estaba Liliana, armó la trenza y le pidió que se la diera como un mensaje.  

La historia se conoció a partir de un reciente acto de reivindicación de la memoria que hizo el Club Atlético Banfield. Cuando en Córdoba, donde reside, Liliana Teplitzky supo de la movida, se puso en contacto con quienes la organizaron y les contó cómo los colores habían alumbrado al menos un instante en la más sórdida oscuridad de la historia argentina.

Con el lema Los 11 de Memoria, Banfield devolvió la condición de socios a Silvia Streger y su hermano Eduardo, José Pablo Ventura, Leonel Saubitte, Mario Pierrepont, Alberto Pera, Alejandro Hansen, Germán Gavio, Raúl Ceci, Ricardo Chidichimo y Roberto Matthews. En el estadio Florencio Sola, debajo de la platea Eliseo Mouriño, se realizó un encuentro dominado por la emoción en el que junto con Lucía Barbuto, presidenta del club, estuvieron presentes Nora Cortiñas y Taty Almeyda, de Madres de Plaza de Mayo; Lita Boitano, de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, y Delia Giovanola, de Abuelas de Plaza de Mayo y cuyo nieto nació en el Pozo de Banfield y consiguió restituir su verdadera identidad.

Mariana Hansen es la hija mayor de Alejandro, detenido y desaparecido en Temperley a los 26 años. Pudo reconstruir lo sucedido con su padre durante la dictadura gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense. En diálogo con Enganche contó algunas de las sensaciones que la atravesaron el día de la reasociación: “El fútbol puede dar un efecto multiplicador y por eso apenas supe me sumé enseguida al grupo de Whatsapp que hicieron con todos los familiares. Mi papá creció al lado de la sede, que era como el patio de su casa; y la cancha era su pasión. Lo que pasó fue hermoso, muy cálido y emotivo”. Apenas entraron al club, Mariana y su hermana Alejandra fueron saludadas por un hombre que les preguntó si eran las hijas de Hansen. Recién, entonces, les contó que habían sido amigos de chicos, que jugaban, que iban a la cancha juntos, a bailar y también eran compañeros de militancia. “Nos vamos a volver a reunir con él, para conocer algo más de nuestro papá. Ya ganamos un montón”. Alejandra conserva el carnet original de su papá, mientras que su hermana se quedó con el que le entregó el club. “Tengo muy poquitas cosas de mi papá, pero esas pocas cosas lo describen; son como pequeños tesoros. Estos actos y homenajes también lo describen. Siempre digo que mi viejo nos buscó y creo que esto de Banfield también es eso”.

Uno de los motores de la iniciativa fue Sergio Smietniansky (junto con el periodista Ariel Barch, también socio del Taladro), abogado de la Coordinadora Antirrepresiva por los Derechos del Pueblo (Cadep) y referente del espacio Banfield por los Derechos Humanos, el grupo que se abocó a analizar qué había pasado en el equipo del sur con los socios y socias detenidos-desaparecidos durante la última dictadura genocida, civil y militar. “Nos dimos cuenta que no figuraban en los padrones. Cuando fuimos al estatuto del club nos encontramos con cuatro causales de exclusión: fallecimiento, falta de pago, renuncia o expulsión. Ocurre que los desaparecidos no entran en ninguna de esas cuatro categorías y entonces plateamos que se había cometido un error administrativo, que nos resultó también un yerro histórico, y que el club tenía la obligación social de repararlo. Se trataba de aclarar por qué esa gente dejó de ir a la cancha, de caminar por el barrio y de practicar deportes en la institución. Plateamos reasociarlos y el club lo aceptó y modificó el estatuto para crear una nueva categoría social, la del socio y socia detenido-desaparecido o víctima del terrorismo de Estado”, le explicó a Enganche.

“Hay que llamar a las cosas por su nombre. En cien años, quien revise los padrones del club no nos va a encontrar a nosotros, pero estos socios sí tienen que estar. El genocidio que ocurrió en nuestro país buscó borrar todo rasgo identitario. No decimos que los secuestraron por ser hinchas de Banfield, sino que, en sus múltiples identidades, la futbolera era una y el club, por ende, tiene la obligación ética de recordarlos desde ese lugar”, contextualiza Smietniansky.

El fútbol y sus colores, esa alquimia de pertenencia inigualable, fue muchas veces el modo de gritar presente en la asfixia del exterminio. Pero aquella trenza del Taladro de Silvia Streger viajó para hacer oír una voz que se ahogaba. Hoy la hijas de Alejandro Hansen vuelven a conectarse con su papá. Y así con cada vida, con cada historia de los que ya no están pero siempre están. Banfield devolvió una parte de sus identidades en un legado que perdurará eternamente. Para siempre. Para Nunca Más olvidarlos. Como corresponde.