Literario

Los de adentro son de palo

El Enviado cree que el partido Bayern Munich-Barcelona demuestra la inapelable superioridad del fútbol europeo por sobre el sudamericano…aunque esta creencia está basada en una extraña conjetura…

Todavía impresionado por la paliza que le propinó el Bayern Munich al Barcelona, y más impresionado aún por cómo los problemas del Barcelona son motivo de preocupación por estas latitudes, y más impresionado todavía por ver cómo un equipo de tipos que parecen ni saber hacer jueguito con la pelota terminan dando una inolvidable clase de fútbol; no obstante, lo que me causó verdadera impresión fue la insólita interpretación de ese partido que hizo el Enviado cuando nos encontramos en la plaza, mimetizados entre un entusiasta grupo de personas que defendía el derecho inalienable a consumir dióxido de cloro.

–Yo creía haber visto todo en Woodstock, discípulo…hasta llegué a tomar un té con Timothy Leary; un boldo que tuvo tal efecto en mi aparato digestivo que vi escaparse a mi estómago del vientre y danzar entre las flores, al ritmo de los Grateful Dead… Pero reclamar el consumo de dióxido de cloro es una iniciativa que espantaría al mismísimo Albert Hofmann… Bueno, vamos a lo nuestro: tengo que reconocer, con un dolor lacerante en el pecho, que el fútbol europeo ha superado de un modo definitivo al sudamericano…

Equivocado como siempre en mi apresurada hermenéutica de los comentarios del Iluminado, arriesgué:

–Es verdad…realmente es increíble el nivel de velocidad, precisión y eficacia que tienen algunos equipos de Europa…No sé, parece que jugaran a otra cosa. Creo, mal que me pese, que nuestra vieja habilidad para manejar el balón tiene, si me permite la ironía, más de  vieja que de habilidad…nos han sacado una ventaja de esas que parecen no podrán ser revertidas nunca más…

–¿Qué dice, discípulo? No estoy hablando del partido ni del juego, estoy hablando de nuestro gran tesoro, de nuestro mayor orgullo, de nuestra impronta indeleble: el aliento de la hinchada. Ayer ese orgullo recibió un tiro de gracia…usted, como yo, lo habrá visto: ese aliento que se escuchaba sin que hubiera gente en la cancha. Eso fue realmente estremecedor…jamás pensé que semejante épica del apoyo se gestaría en la fría sangre del viejo continente y no en las venas abiertas de América latina. Sí, soy un hombre de bien y no tengo por qué negarlo: pensé que esta cumbre del apoyo popular tendría la furia de las muchedumbres del barrio y no la racional efusión de las megalópolis. Créame, si hubiese tenido que apostar mi última ficha a quiénes darían todo de sí para salvar la dignidad del fútbol sin público, jamás se me hubiese ocurrido que sería en ese monumento a la perfección gélida que es la Champions. Lo digo con profunda decepción pero con la nobleza de quien se postra ante la verdad inapelable: reconozco que me equivoqué, y reconozco que lloré; sí, lloré, ante la sola presunción de suponer a toda esa gente, fuera del estadio, bramando para que se pudieran escuchar adentro sus gritos primales… Me pareció verlos, convocado por la más maravillosa música, aunque la impía TV los omitiera. Se los podía sospechar en las afueras, amplificando sus gargantas hasta el desgarro para que el silencio no tuviera la última palabra…

El Enviado, equivocado en la razones de la razón, pero infaliblemente pascaliano en las del corazón, no había siquiera rozado la posibilidad de que ese aliento que se escuchaba durante el partido fuera una burda artimaña de compaginación sonora. Ah…¿qué debía hacer? Era obvio que la nobleza del Enviado, junto con cierto sentido común y esa cosa tan propia que es la vergüenza ajena, no le permitieron tomar la navaja de Ockham y podar la situación de su explicación más compleja: que afuera del estadio, miles de apasionados hinchas hipertrofiaban sus faringes para decir “aquí estamos”; para decir, a los gritos: “esto sigue siendo un partido de fútbol”. Terrible dilema: ¿debía decirle a ese hombre, para quien el fútbol era una metáfora de la vida apasionada, que los gritos que se escuchaban durante el partido no venían de multitudes que militaban su pasión en las inmediaciones del estadio, sino de una burda operación algorítmica urdida por nerds que acaso nunca patearon una pelota? ¿O debía callar esa verdad asesina con una mentira piadosa? Como a aquellas personas a quienes uno no sabe si decirles o no que su pareja las engaña, su hijo les miente o su socio les roba; medité un segundo si debía profanar con la verdad esa hermosa conjetura del maestro; sí, hermosa, por qué no, esa conjetura era tan noble como el alma del Enviado y como el alma del fútbol, tenía la verdad poética de la que casi siempre carece la burda verdad fáctica. ¿Acaso no merece el fútbol creer que no puede; repito, que no puede ser que los verdaderos gritos de la hinchada sean desalojados por una ortopedia de gritos impostores fraguados en una botonera? ¿No es más sano, aunque paradójicamente sea absurdo, pensar que efectivamente multitudes sudorosas merodean los estadios y se esfuerzan por gritar hasta que se pueda oír algún eco de pasión adentro de ellos? ¿No sería esa inercia del grito la misma inequívoca pulsión que lleva al amante a gritar su amor desde una vereda, con la esperanza de que ese sonido inflamado perfore la impotente vocación aislante de las ventanas?

–Tiene razón maestro, yo también me emocioné hasta las lágrimas con esos gritos, fue realmente una muestra de pasión inolvidable…- dije, mientras le masajeaba la cabeza con paternal ternura.

Entonces me fui de la plaza pensando una modesta maldición: ojala los dioses condenen a los responsables de semejante impostura, cuando cogen, a emitir solamente gemidos grabados…