Bravo y Bottaniz

Los otros desafectados del Mundial ’78

La lista de 22 convocados de la Selección argentina para jugar la Copa del Mundo de 1978 se cerró el 19 de mayo de ese año. Ese día, César Luis Menotti tuvo que dejar afuera a tres jugadores para conformar el plantel definitivo. Todos recuerdan a uno de ellos: Diego Armando Maradona. Pero también Humberto Bravo y Víctor Botanniz quedaron al margen: esta es su historia.

El escenario es una quinta en José C. Paz, propiedad de Natalio Salvatori, ex jugador de Acassuso y Argentinos Juniors. Luego de cinco meses de concentración en ese predio del conurbano bonaerense, la Selección argentina debe tener confirmada la lista de jugadores para afrontar el Mundial de 1978. Hasta el momento hay 25 jugadores que pugnan por un lugar. Todos lo saben: tres se quedarán afuera. César Luis Menotti tiene la decisión tomada. Solo falta comunicarla. Reúne a los jugadores mientras la tarde comienza a oscurecer. El Flaco se para frente al grupo y da los nombres: el primero es el de Víctor Bottaniz; Diego Maradona, la joven promesa del fútbol argentino, el segundo; Humberto Bravo, el tercero. El ambiente se transforma. El silencio de los jugadores se vuelve sepulcral. No hay siquiera tiempo de lamentos. El capitán Daniel Passarella toma la palabra y decide, con la anuencia del técnico, dar por finalizado el entrenamiento.

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“Fue un día muy triste para mí, me quedó un dolor muy grande por no poder jugar el Mundial. Realmente tenía la esperanza de quedar dentro del plantel, pero bueno, lo tomé como algo que puede pasar dentro del fútbol”, le dice Víctor Bottaniz a Enganche. Hoy se encuentra en Santa Fe, donde reside hace muchos años y tiene una escuela de entrenadores. Hasta diciembre de 2019 trabajó como captador de jugadores para Boca en toda la zona del Litoral. “Entendí a la perfección la decisión del Flaco. La acepté sin enojos ni nada. Aparte no se equivocó, porque Argentina terminó ganando el Mundial. Era muy peleado, había muy buenos jugadores”, agrega. En ese momento Lito, como todos lo conocen, jugaba en Unión de Santa Fe como lateral izquierdo y era uno de los puntos altos de su equipo. “Nunca imaginé que iba a quedar afuera. Tenía la esperanza de quedar. Al comienzo del proceso me costó acomodarme porque yo jugaba con un sistema distinto en Unión, pero me adapte rápido a lo que pedía el Flaco. Creo que su decisión fue por la poca experiencia que yo tenía a nivel internacional. Tal vez, no tenía el roce que sí tenían otros muchachos”, dice con la distancia que dan los años.

Bravo con Maradona

Para Humberto Bravo también fue un golpe durísimo. Uno de los peores de su carrera, del que le costó mucho poder levantarse. “Es un recuerdo imborrable. Algo inexplicable. Esa noche no me pude dormir de la bronca, no lo podía creer. Jamás, nunca se me cruzó por la cabeza quedarme afuera del Mundial estando tan cerca. Fue terrible para mí”, dice desde Córdoba, donde está instalado desde 1975. A sus 67 años, el santiagueño tiene un bar en Barrio Jardín, a 200 metros de “La Boutique”, como se conoce a la cancha de Talleres. Bravo es un ícono del club cordobés: es el segundo máximo goleador de la historia de la institución con 140 goles y tiene varios hitos en su carrera con el equipo Tallarín. El día de su debut con la camiseta de Talleres metió un gol en un clásico para ganarle Instituto. También es el único jugador que logró marcar cuatro veces en un clásico ante Belgrano. “Nunca me enojé ni le pedí explicaciones a Menotti por dejarme afuera, ¡si salimos campeones del mundo! Al contrario, soy un agradecido. Estoy contento por haber aportado mi granito de arena”, rememora.

Luego del corte, de ese dramático corte, el plantel les pidió a los tres desafectados que se quedaran en la concentración. Bottaniz decidió aceptar la sugerencia, mientras que Bravo, al igual que Maradona, abandonaron el predio. “Me quedé con el grupo porque me sentía más protegido estando ahí. Me hacía olvidar un poco el hecho de no jugar el Mundial. El día a día, la convivencia y el ambiente que había entre todos me hizo digerir mucho más fácil ese momento tan difícil”, confiesa. No sólo se quedó, sino que también acompañó al equipo en todos los partidos, en el banco de suplentes. “Sentí una adrenalina tremenda estando ahí. Sinceramente, lo único que me faltó fue jugar, porque después viví todo de la misma manera. Fue una experiencia fantástica. Yo me siento campeón del mundo igual que ellos”, sostiene. Otra de las decisiones que tomó el plantel fue dividir el premio entre los 25, independientemente de quién se quedara al margen. “Daniel [Passarella] que era el capitán, Osvaldo [Ardiles] que era uno de los que más hablaba junto al Pato [Fillol] y Mario [Kempes], decidieron eso. Tampoco era mucho dinero, en ese momento alcanzaba para comprarse un autito tal vez, pero eso te marca la calidad humana que tenía ese grupo. Todavía seguimos en contacto, tenemos un grupo de WhatsApp donde hablamos seguido”, recuerda.

Bottaniz, en Rafaela, junto con Menotti y Gustavo Alfaro

“Sí, querían que nos quedáramos, pero yo decidí irme a Córdoba –relata Bravo–. Me acuerdo que Diego y el papá me llevaron hasta Aeroparque en una coupé Taunus negra que tenían. Diego me decía que el próximo Mundial lo íbamos a jugar. Y yo le decía que él iba a jugar como cuatro, pero yo sabía que no iba a poder jugar otro”. Estaba apagado, sin ganas de entrenarme, desilusionado, como fuera de foco. Nada lo podía hacer sentir bien. Nada lo conformaba. Su familia fue testigo de su malestar y sus malas contestaciones. “Para mí fue muy fuerte, muy duro. No estaba bien, realmente. No le daba importancia a nada, ni a jugar en Europa. Estaba enojado conmigo mismo”, relata. Vivió el Mundial entre la angustia de no poder estar allí y la alegría por los triunfos de la Selección. Incluso, lo invitaron a ver la final, pero no se animó a ir. “¿Por qué no fui? Porque yo quería estar adentro de la cancha. Me iba a poner muy mal en la tribuna. Uno se conoce mejor que nadie y sabe cómo va a reaccionar”, dice sin ocultar su emoción.

Tanto Bottaniz como Bravo tienen una coincidencia, con nombre y apellido: Diego Armando Maradona. “Era maravilloso verlo en los entrenamientos, las cosas que hacía. Inolvidable. Ya se notaba que era un jugador distinto. Marcaba mucha diferencia a pesar de su juventud. Un fuera de serie. Creo que en ese momento solo le faltó tiempo, porque tenía 17 años y el Flaco no lo quiso apurar”, cuenta Bottaniz. Bravo detalla que era imposible frenarlo. “Las cosas que hacía Diego en las practicas eran increíbles. Era extraordinario. Se ponía a hacer jueguito y no se le caía más la pelota. Te hacía pasar de largo en todos los tiros. Y los días de lluvia no sabés, mucho peor era. Te dejaba pintado”, recuerda entre risas.

Luego del Mundial, el Tigre Bravo (apodo que le puso un relator cordobés, Rubén Torri) cambió la tranquilidad de las sierras cordobesas por las luces de la Torre Eiffel: lo compró el París Saint Germain, pero como tenía el cupo de extranjeros ocupados (y el nueve goleador del equipo era Carlos Bianchi), lo cedieron a préstamo al París Football Club, el otro equipo de la ciudad, recientemente ascendido a Primera División. Con el dinero de su pase (700.000 dólares, cifra récord en ese momento), Talleres compró los terrenos donde hoy están la sede social y el predio de entrenamiento del club. Estuvo un año en Francia y volvió a Talleres.

Bravo, un ícono de Talleres

En 1980, el Perugia italiano lo quiso comprar, pero como estaba dentro de la lista de 40 jugadores intransferibles del fútbol argentino (por un decreto impuesto por el Gobierno defacto militar) no pudo emigrar, aunque de todas formas viajó a Italia y conoció a quien hubiese sido su compañero de ataque: Paolo Rossi, que luego sería figura y goleador del Italia campeón del Mundial de España 1982. Al otro año sí pudo ser transferido al exterior: fue al Deportivo Cali, donde jugó un año y se tuvo que volver. “Me fui de Colombia porque me amenazaban. Cuando estaba por jugar el clásico contra el América me llamaban a mi casa y me decían que me iban a matar, una locura, no podía jugar así”. Como no pudo rescindir el contrato, los dirigentes lo denunciaron por incumplimiento y estuvo un año sin jugar, hasta que Racing de Córdoba le compró el pase en 1983.

Bottaniz, por su parte, tomó el proceso junto con la Selección como un trampolín para su carrera: en 1980 fue transferido a Racing, aunque volvió a Unión al año siguiente porque no le pagaban el sueldo. Repartió esos años entre Santa Fe (1981 y 1982) y Avellaneda (1982 y 1983) para luego recalar en Temperley. Volvió dos años a Unión, donde es ídolo y una persona muy querida para la institución, y finalmente se retiró, en 1989, en Central Córdoba de Santiago del Estero para dedicarse a la formación de jugadores en las divisiones menores de Atlético Rafaela, otros de sus lugares en el mundo, donde trabajó más de 25 años. “El hecho de no haber jugado el Mundial no me afectó para nada, al contrario. Me potenció mucho y lo tomé como un aprendizaje”, rememora. También fue parte de la historia grande de Liga de Quito, en Ecuador: llegó a mediados del 2002 para trabajar en la cantera del equipo y tuvo bajo su mando en las inferiores del club a la gran mayoría de los jugadores campeones de América en 2008, de la Sudamericana 2009 y también la Recopa de ese año.  

Cancha de Boca. Bravo con Diego, con ropa de la Selección

Bravo finalizó su carrera en 1986 en el Rangers de Chile, pero dos años antes, cuando era jugador de Racing de Córdoba, fue partícipe de un hecho inédito para el fútbol argentino: fue integrante del famoso plantel que ganó el PRODE en 1984. Antes de su partido con Ferro, en Caballito, tenían 12 puntos y justamente ese encuentro cerraba la fecha. “Dependía de nosotros. Si ganábamos el partido, ganábamos el PRODE. Ferro era un equipo muy duro y más de local. Al final le ganamos 2 a 1 sobre la hora. Festejamos como locos. Al otro día nos enteramos que había ganado toda la Argentina. Nos queríamos morir. Había un pozo vacante de casi 2 millones de dólares. Al final, a plata de hoy, cobramos unos 20 mil o 30 pesos”, dice entre risas.

“Dicen que el tiempo cura las heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perduran. El tiempo las cubre de cicatrices y el dolor se atenúa, pero nunca desaparece”. La frase de la filántropa Rose Kennedy grafica a la perfección lo que sienten. A pesar de los años, los momentos vividos, esa herida sigue ahí. Humberto Bravo lo confirma: “Mi única cuenta pendiente en el fútbol fue jugar el Mundial. Es lo que más me dolió. Todavía me duele”. Víctor Bottaniz lo reafirma: “Me queda un sueño por cumplir: poder trabajar en Unión. El otro ya no se puede: era jugar el Mundial”.