Agustín Gauto

Los puños pensantes

Antes del boxeo probó con el fútbol, pero en un gimnasio encontró su destino. Agustín Gauto le cuenta a Enganche sus metas arriba de un ring y en la vida.

Cuando recapitula, piensa en un título. Cuando se proyecta, piensa en un título. Hacia atrás, el que tiene pendiente es el del secundario. Para adelante, el que anhela es el de campeón del mundo. Agustín Gauto es el pibe que forjó al boxeador que, pleno de argumentos, se instaló con su potencia y velocidad entre los minimosca. Antes de las vendas y los guantes, las manos del chico nacido en Lanús se curtieron con la albañilería primero y en una metalúrgica después. En el callejón sin salida de las penurias económicas familiares había dejado la escuela para ponerse a trabajar y ayudar en su hogar, hasta que a los 14 años entró a un gimnasio y ahí comenzó a encontrase con su destino.

La crisis de 2001 profundizó todavía más una realidad compleja. No la tuvo fácil, pero tampoco siente remordimientos. “Atravesé una infancia con problemas por las necesidades, pero fui muy feliz”, le cuenta Gauto a Enganche. El horizonte que podía intuirse nublado se despejó y hoy aparece como uno de los mayores créditos del boxeo argentino. “No me dejo llevar por los elogios -dice-, yo trabajo con humildad en el gimnasio, porque así respeto al boxeo”.

Su obsesión deportiva tiene dos colores, verde y dorado. Persigue el cinturón del Consejo Mundial de Boxeo para agregar su nombre al de los argentinos que lo consiguieron en distintas categorías: Carlos Monzón, Horacio Accavallo, Pedro Rubén Décima, Sergio Martínez, Miguel Ángel Cuello, Hugo Corro, Carlos Baldomir y Marcelo Domínguez. Esa lista tiene también por detrás un manto demasiado oscuro, con muertes trágicas, prisiones y desahucios. Gauto conoce los peores finales de varios boxeadores, con golpes mucho más duros que el peor nocaut, y tiene claro cuáles son los caminos que no debe tomar.

“No quiero terminar mi carrera y al poco tiempo haber perdido lo que conseguí. Cuando deje de boxear quiero disfrutar de ser un padre a tiempo completo y estar tranquilo. Hice muchos sacrificios para llegar hasta acá, me acostumbré a ir a los cumpleaños con un táper para llevar mi comida, me alejé de algunos amigos que fueron por el mal camino… Soy un pibe centrado, tranquilo de la cabeza”.

El dinero ganado a partir de su destreza y una conducta profesional de la que no se aparta le permitieron alquilar un departamento cerca de la estación de Lanús. Ahí vive con Melany y juntos esperan para diciembre a su primer hijo, Benjamín. Cuando aparezca una bolsa con los números de un deporte de muchos millones no duda ni un instante: lo primero será comprarse una casa.

A los 22 años y con 15 peleas, está invicto como profesional. Diez de esos combates los definió por KO. La pandemia lo privó de la velada que tenía programada para comienzos de abril, en Panamá, ante el puertorriqueño René Santigo por el cetro de la Organización Mundial de Boxeo que iba a dejar vacante el mexicano Elwin Soto al subir de categoría. Pero la expansión planetaria del virus Covid-19 obligó a reacomodar todas las piezas.

“La vedad que me cagó un poco todo esto; hay ya algunas peleas en distintos países pero acá todavía no tenemos ninguna novedad. Sigo enfocado en lo mío. Sé que soy un boxeador joven y tarde o temprano me va a volver a llegar esa oportunidad. Estoy a pocos pasitos de grandes cosas. Voy tranquilo y sin apuro, sé que mi tiempo a llegar”. Por ahora, las mañana son de entrenamiento en su casa y a la tarde está solo en el gimnasio, tiene las llaves y es el único habitante de ese espacio en el que cuenta con los elementos indispensables.

Cada vez que se sube el ring lo hace con un gorro de Huracán, es la única cábala que tiene. Si el Globo juega en el Ducó y su preparación le permite hacerse el hueco, entones ahí está para gritar por el equipo de Ringo Bonavena. El fútbol había sido una escala previa en su vida deportiva cuando jugó en las divisiones inferiores de Talleres de Remedios de Escalada.  

“Me había cansado de las prácticas. Había visto tantas fotos de mi viejo peleando que le pedí de empezar. El primer día que fui al gimnasio me encantó el ambiente a partir del trato de la gente”, recuerda. Esos primeros movimientos fueron en la escuela de boxeo Primer Round, ubicado sobre la avenida Hipólito Yrigoyen. Hernán, su padre, había sido boxeador amateur pero estaba distanciado de la disciplina cuando Agustín le pidió comenzar a probarse en el cuadrilátero. Hoy, su padre es también su entrenador: “A veces es complicado, es tu papá y también el que te orienta como boxeado. Tenemos las discusiones que puede tener cualquier padre e hijo, pero además es mi entrenador y a veces es difícil separar. Lo llevamos bien porque hace muy bien su trabajo y yo me siento cómodo con él”. El boxeo fue un inicio para Agustín y un reencuentro para Hernán, que incluso logró tener su propio gimnasio.

“Me di cuenta enseguida que me gustaba el boxeo, pero no creo que en ese momento haya pensado que ese era mi futuro ni que me iba a ir bien. Quería probar y me iba enganchando, hasta que tuve mis primeras peleas y entonces sí me convencí de que era lo que quería hacer. Antes de eso, no me imaginé que iba a llegar tan lejos”, explica con simpleza. A los 15 años tuvo la primera de sus 64 peleas como amateur hasta que a los 19 se estrenó como profesional. En el camino de la consolidación, la conquista de la Liga Metropolita, con una gran seguidilla de combates en un año, marcó el punto de inflexión: “Ahí me dije: sí, sí puedo hacer algo en el boxeo”.

La plata que ganó al consagrarse campeón sudamericano tuvo el mismo destino que la que había conseguido entre hierros calientes y ladrillos, compartirla con su familia para comenzar a dejar atrás las penurias. “Quiero ser campeón por lo deportivo y para darle bienestar a los míos”.     

En un deporte donde los sobrenombres son una marca registrada, Agustín Gauto es el Avión: “Me lo puso un amigo con el que entrenaba cuando yo recién arrancaba. El tenía muchas peleas encima y cuando guanteábamos me cacheteaba. Cuando arranqué a pelear como profesional le pedí una mano después de un tiempo en el que no habíamos estado juntos arriba del ring y yo estaba completamente distinto, entones me dijo que había vuelo en modo avión y ahí me quedó el apodo”.

Nunca tuvo problemas para dar los 48,900 kilos de la categoría, incluso llegó a conseguir el peso dos o tres días antes, lo que podría implicar alguna desventaja. “Me siento cómodo acá, pero me encantaría ir subiendo de categorías siendo campeón y ver hasta dónde puedo llegar con mi físico. Creo que podría ir hasta supergallo (55,300) con buenas posibilidades”.

La potencia de sus puños y la velocidad lo convirtieron en un adversario temible para cualquiera. Contragolpeador peligrosísimo, prefiere el retroceso y la periferia antes que ocupar el centro del ring. El axioma de que en el pugilismo son tan importantes las piernas como los brazos es una de sus premisas. Parte de su crecimiento boxístico está también delante de la pantalla a partir de su fanatismo por ver no solo peleas actuales sino también combates históricos. Los Cuatro Fantásticos, como se encuadró a Sugar Leonard, Thomas Hearns, Marvin Hagler y Mano de Piedra Durán, son su menú preferido. “Aprendí un montón viendo sus peleas, soy estudioso en ese sentido”.

No hace tanto, Agustín Gauto llevaba a su hermanita Alma a la escuela, se iba a las obras como peón de albañil, luego daba clases de boxeo y después tenía su propio entrenamiento. A la noche no había un paraíso más prometedor que la cama. “Me mataba, pero todo ese esfuerzo hoy veo cómo valió la pena”. Ese pasado que lo templó lo impulsa al futuro que se abre. “¿Si veo si miro para adelante? Quiero ser campeón el mundo y terminar la escuela secundaria”.

Fotos: QueCrean