Lucas Victoriano

Con alma de conductor

Lucas Victoriano no extraña al jugador que fue y prefiere al entrenador que despunta. Parte de la Generación Dorada, conduce con los valores de aquel grupo eterno.

La pelota naranja vestida de marrón que empezó a hacer picar en Tucumán siguió rebotando en Italia y en España hasta hacerse plateada, aunque con brillo de oro, en Indianápolis. Lucas Victoriano creció admirando a Magic Johnson y tuvo una carrera de más de 20 años como basquetbolista profesional. Pese a que no se subió a lo más alto del podio olímpico en Atenas 2004, es parte de la Generación Dorada. Hoy como entrenador de Regatas Corrientes desarrolla una faceta que disfruta más que la que había tenido en la época en la que vistió las camisetas del Real Madrid y la selección de la Argentina.

El reconocimiento y los buenos contratos no acallaban un eco que rebotaba en su interior, una inquietud que había empezado a latir cuando el juego se transformó en trabajo y lo lúdico quedó de lado ante la presión de la competencia. “A medida que fue transcurriendo mi carrera deportiva empecé a darme cuenta de algunas cosas. Jugar es maravilloso, porque te da un montón de sensaciones, esas de cuando arrancás y empezás a ir a tu club. Pero después empecé a sentir que es un deporte en el que se marca mucho lo que te falta y en el que todo pasa por las estrategias, lo que hace que prime la idea de un entrenador por sobre la manera de jugar”, le cuenta a Enganche.

Los recurrentes problemas en la espalda fueron una limitación y, a la vez, una apertura: no le permitían alcanzar la dinámica y elasticidad física que pretendía, pero favorecieron una visión más cerebral del juego y sus adyacencias. Empezó a prestarle atención a lo que parecían detalles, pero que al juntarlos constituían esa malla indispensable para el que, acaso, sea el deporte de conjunto con mayor desarrollo táctico y estratégico.

“Cuando descubrí lo que es ser entrenador profesional me gustó más que estar adentro de la cancha. Me siento más cómodo siendo entrenador que jugador. No se trata de un resultado, sino de un camino, un trayecto. Me gusta estar las 24 horas del día pensando en cómo mejorar una situación, cómo planear una estrategia a futuro para no repetir errores y cómo enfocar las cosas de manera distinta a cuando era jugador. Planificar, proteger al staff y a los jugadores estando encima de ellos es un tarea global que te lleva mucho más tiempo y me resulta muchísimo más divertido”.

La pandemia por el Covid-19 y las responsabilidades deportivas partieron a su familia con el océano Atlántico de por medio. Su esposa, Paula Palomares, juega profesionalmente en Madrid, de donde es oriunda y donde vive con la hija de ambos. “En ese sentido, es una profesión sacrificada porque te quita a tu familia. En muchas partes del año no sabemos cuál es nuestra casa, tu vida pasa de estar un año en un lugar al siguiente vivir en otro país. Para quienes están habituados a una rutina de oficina, nuestra vida es rara. Pero hemos crecido así, necesitamos desafíos y cambiar de lugar”.       

Con la prolongada e indefinida pausa en la Liga Nacional de básquetbol, la pantalla se vuelve un entretenimiento ineludible. “Tenemos el tiempo y la disponibilidad para ver cualquier serie en este contexto, más si sacan una de básquet con el mejor jugador de la historia. Jordan jugaba a otra cosa”. Se refiere a The Last Dance, claro, la serie que hipnotiza con un revisionismo detallista la dinastía de Chicago Bulls que conquistó dos tricampeonatos en los Estados Unidos. “En cada capítulo se muestra lo que significó Jordan para el deporte, lo que generó en cuanto a la publicidad desde su imagen y lo que masificó todo hacia afuera para que el mundo NBA se vea de otra manera”.

Victoriano era parte de aquel conjunto celeste y blanco que fue el primero en derrotar a un seleccionado estadounidense conformado por hombres de la NBA, en el Mundial disputado en Indianápolis en 2002. Rubén Magnano lo había elegido como uno de los tres bases del plantel, junto con Pepe Sánchez y Alejandro Montecchia. “Ese equipo es el mejor de la historia del básquetbol argentino. Dejó un legado que es mucho más importante que los resultados”, asegura. Fue más allá del metal, se logró que mucha gente se sienta representada por los valores que hicieron cambiar la mirada de nuestro deporte, para empezar a trabajar de una manera diferente”.

Victoriano en Indianápolis 2002, tras la histórica victoria ante Estados Unidos.

“Esa final causó un dolor que hubo que superarlo, es un proceso normal. Teníamos algo casi en las manos, algo que además era muy grande y lo considerábamos merecido, y se nos escapó. Hubo un duelo que fue anormal, por el tiempo que duró. Sin hablarlo, nos dimos cuenta que nos había faltado un poco de experiencia en esos instantes finales. Obviamente hubiese sido mucho mejor decir que habíamos sido campeones del mundo, pero haber perdido esa final no opacaba nada de todo lo que hicimos”.

El talento individual, la necesidad de ser autodidactas y el instinto de superación le permitieron a la generación que integró a competir en el mundo pese a las carencias formativas e institucionales. “Yo estaba todo el día en el club, iba a mi casa sólo a dormir”, recuerda. No duda que el sacrificio adosado a las aptitudes técnicas fueron la conjunción que hizo que ese grupo de jugadores brillen en la selección, Europa y la NBA.

En la década del 80, Ferrocarril Oeste era el club modelo, virtuoso en la formación y ganador en el ámbito profesional. En Caballito, Carlos Timoteo Griguol, DT del equipo del fútbol, recurría a León Najnudel, entrenador del conjunto de básquet, para transpolar de una cancha a la otra movimientos de cortinas y distracción. En esa línea, Lucas Victoriano también se interesa en la interdisciplina. Cuando ambos estaban en el Real Madrid, se mantenía en contacto con Esteban Cambiasso, algo que también implicaba que el basquetbolista fuese a ver los partidos de fútbol y el futbolista los de básquet. El lenguaje corporal era uno de las aspectos a los que más atención prestaban para descifrar conductas y comportamientos. También en la capital española entró en contacto con Diego Simeone para analizar esos hilos tan delgados como fuertes que están por detrás de lo que se ve a simple vista, o incluso, a la mirada aguda de la gente del deporte.

“Al frente de un grupo, estás todo el tiempo pensando cómo se pueden traspasar cosas de una determinada situación para adaptarla a lo que hacemos nosotros. Frente a la pandemia tenemos que estar positivos, cumplir las reglas, ser disciplinados, pensar en los demás y tener comportamientos responsables. Todo eso también lo necesitás en un equipo de básquet. Todo es comparable: yo hablo con mi sobrina de patín y puedo sacar cosas del método de entrenamiento que tiene con su profesora. Se pueden sacar cosas hasta de una película, para saber cómo debe ser el mensaje para hacerlo llegar a algún lado”.

Aun en su rol de entrenador, entiende en el talento de cada jugador la llave para abrir cualquier compuerta. “Pasa que el talentoso se lo suele tildar de vago y se lo pone en duda. Una vez Juan Román Riquelme dijo de Andrés Iniesta que cuando veía un atasco se iba apara el otro lado, y eso no era porque no quisiera meterse en ese barro, sino que tenía la inteligencia para encontrar el mejor camino”.

En su juego, el talento resultó un valor diferenciador, apuntalado por el convencimiento de lo que quería. “A los 14 años agarré un bolsito porque si quería jugar profesionalmente tenía que subirme a un micro y dejar muchas de las cosas que tenía y que amaba por una aventura. Si te va mal, vas a volver ahí; pero si te va bien, como me pasó a mí, capaz no volvés más”.

Lucas Victoriano acomoda las palabras con precisión para dejar un concepto tras otro en cada frase, para explicar la complejidad del deporte y la barrera que implica verlo como una burbuja. El jugador que deslumbró quedó atrás y el entrenador que ya asomó avanza hacia un horizonte que lo espera.