Laureano Staopoli

Luchador de aquí y de allá

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Hace poco más de un año que cumplió el sueño de pelear en la UFC, la empresa más grande e influyente de artes marciales mixtas. La vida de un platense de 26 años que fue policía por necesidad, pero que ahora se dedica de lleno a un deporte que define como duro y hostil pero lleno de adrenalina.

Todavía recuerda aquella noche de verano cuando tenía 5 años y en un local veraniego de videojuegos se ganó el corazón de todos al convertirse en el pibito que más rápido lograba vencer a los más grandes en un juego de velocidad y reacción que implicaba, de acuerdo a la orden previa, tocar un determinado color en una pantalla. Pero recuerda aún más una noche más cercana. Una en la que se convirtió oficialmente en luchador de la UFC (Ultimate Fighting Championship), la empresa más grande y popular de artes marciales mixtas (MMA) en el mundo que alberga a la mayor parte de los mejores peleadores del ranking en el deporte​​ y produce eventos globales en todo el mundo. Esa noche, la del 17 de noviembre de 2018, Laureano Staropoli vencía por decisión unánime al mexicano Héctor Aldana para convertirse en el quinto argentino en participar de un evento de la UFC, luego de apariciones de Alex Schoenauer, Nazareno Malegarie, Guido Cannetti y su ídolo Santiago Ponzinibbio . “Ese fue el mejor día de mi vida porque cumplí el sueño de pelear en UFC”, dice entusiasmado este platense de 26 años, 1,85 metros de altura y 70 fibrosos kilogramos custodiados por varios tatuajes entre los que se destacan uno del escudo nacional argentino, uno de San Martín y otro de Hermética. “Es el evento más grande del mundo y hacerlo en mi país, debutar en mi país le dio un condimento extra inmenso. Más no podía pedir. Y encima gané en la mejor pelea de la noche y eso significó un bono extra. Fue vivir un sueño”, añade el hombre que empezó a forjar su destino cuando, a los 8 años, empezó a practicar taekwondo. “A los 16 empezó mi búsqueda por otros deportes. Quería hacer algo más agresivo y ahí encontré un documental de Randy Couture (uno de loa grandes peleadores de UFC) en la tele y me quedé impactado. Fue amor a primera vista. Me dije que cuando fuera grande quería hacer eso. Y a los 17 años empecé a hacer MMA”.

De repente, Staropoli hace una pausa. Como si estuviera en el octágono busca un poco de aire, pero en este caso no es para someter a un rival sino para ampliar su idea: “En UFC pagan tres bonos: dos a performance, que es al mejor KO o mejor finalización de la noche, y otro para la mejor pelea de la noche que aplica a los dos peleadores. Significa 50.000 dólares y eso es un motivo extra para dar mucho más”.

Hace unos años armó el bolso y con unos pesos que ahorró se fue a Brasil. La decisión de emigrar tuvo un solo motivo. Tan sencillo como contundente: codearse con los mejores del mundo. “Brasil es la cuna del MMA, donde están los mejores peleadores de yuyitsu del mundo. Entreno junto con Charles “do Bronx” Oliveira, que es el mayor finalizador de UFC de la historia. Y eso, indudablemente, te eleva el nivel. Allá, en Chute Box, somos un grupo de 23 profesionales, uno mejor que el otro y eso, sin dudas, te mejora, te obliga a dar un poco más. Mientras los buenos peleadores de México y Centroamérica emigran para Estados Unidos, en Sudamérica vamos a Brasil”. Es que en las tierras de la caipiriña y la feijoada hay una notable influencia de Japón y las artes marciales a partir contar con la mayor población nipona fuera de Japón en el mundo (le siguen Estados Unidos y Perú), con más de 1,5 millones de personas. “Es tan grande la colectividad japonesa en Brasil y el yuyitsu tradicional se creó ahí, en Japón. Los brasileros lo ampliaron, mejoraron la técnica y crearon el yuyitsu brasilero que es el que lidera a nivel global, donde la lucha que se desarrolla en el piso y ahí valen las finalizaciones, llaves, palancas”, detalla.

Claro, sobran las razones y los motivos para dejar la tierra natal. Por más que duela y se extrañe a los afectos, Starópoli siente que no se equivocó. Reconoce que ahí estaba el camino correcto. “Se extraña más de lo debido, sobre todo al principio. Con el tiempo uno va haciendo nuevas amistades en el lugar que uno eligió vivir. Suelo volver dos veces al año. Una en mayo o junio y otra a fin de año para las Fiestas”, cuenta.

Hace poco más de un a{o cumplió el sueño de pelear en la UFC, la empresa más grande e influyente en artes marciales mixtas. La vida de un platense de 26 años que fue policía por necesidad hasta que pudo dedicarse de lleno a un deporte que define como duro, hostil pero con mucho ritmo.

Sin embargo, hubo una época en la que, como él mismo define, “no tenía un peso partido al medio para dedicarme al MMA”. Por eso, y a partir de la recomendación de un hermano mayor, se hizo policía. Allí, admite, no había una pasión. Para Laureano la líbido estaba puesta en pelear y entrenar lo que más pudiera. “Me hice policía por una cuestión de necesidad porque no tenía para pagar mis entrenadores. Quería independizarme para comprar mi alimentación, mi suplementación y mi equipamiento”, dice. Y continúa: “Surgió una oportunidad a partir de una sugerencia de mi hermano que me dijo que se estaba gestando una policía nueva, una policía local en La Plata y me metí a laburar ahí para solventar mis gastos porque no tenía apoyo alguno que diera una mano económicamente”.

En todo momento, Laureano irradia entusiasmo. En verdad, desborda pasión por lo que hace. “Es mi vida esto. En este deporte encontré la felicidad y trato de dedicarle todo el tiempo posible. En Chute Box somos 23 profesionales que peleamos en distintos eventos. Hacemos tres entrenamientos de MMA a la semana, dos sparring semanales, cuatro manoplas que implica dos de boxeo y dos de kick boxing, hago ruessli con un profesor iraní y yuyitsu dos o tres veces por semana”, precisa mientras reconoce que el trabajo mental también juega un rol fundamental en el que pegar primero y lo más duro posible pueden separarlo un triunfo contundente de una dura derrota. “La concentración es un laburo muy personal. En mi caso medito tratando de alinear mis energías para estar al 100% a la hora de pelear”.

—¿Y el miedo? ¿Qué papel tiene esa sensación en un deporte de rudos? ¿Puede sentirse miedo al subir al octágono?

—La sensación que sentís al subirte al octágono es muy distinta, dependiendo del peleador. Nunca sentí miedo al subir. Siempre subí tranquilo, con confianza y mucha convicción. Tal vez, las primeras veces me subía con un poco de intranquilidad porque era novato. Antes subía con ganas de sacarle la cabeza a mi rival y eso a veces te hace perder el eje. Hoy creo que soy un peleador mucho más pensante.