Lucía Cosoleto

Soñar con los ojos abiertos

El surf la atrapó cuando tenía 7 años y desde entonces su pasión se multiplicó hasta llevarla a ser profesional. Es una de las mejores surfistas argentinas y en pandemia miró el mar por una ventana.

Hay sensaciones que son intransferibles. Hay una conexión tan particular que para cualquiera que no la experimente, sólo puede existir en un universo de fantasía. Y aún así, tampoco puede dimensionar qué corre por el cuerpo de ella. Habla y sólo allí se puede comprender, sólo comprender, qué representa el mar en su vida. Qué implica montarse a una tabla y correr una ola. La relación es tan fuerte que comenzó cuando apenas tenía 7 años. Y ahora, a los 24, ya se trata de una elección de vida. Porque el surf, según dicen los profesionales, se te hace carne. Lucía Cosoleto es una pieza de colección perfecta para ese ADN que compone a los surfistas.

“Hay que sólo meterse al mar y entrenarse. Es más fácil de lo que parece, hay que intentarlo”. Cuando suelta las primeras palabras todo luce sencillo. Y quizá lo sea para su lógica en la que la naturaleza domina sus emociones. Lo sintió por primera vez cuando comenzó la curiosidad por el deporte. Porque Luchy, como la conocen todos, iba a Mar del Plata en los veranos porque allí podía alimentar su pasión. A los 8 años comenzó a entrenarse y a competir en la escuela de surf de Puerto Cardiel. Y un año más tarde competía en los torneos del Circuito Argentino, en la categoría Petit. Su crecimiento fue exponencial, porque a los 11 años consiguió clasificarse a su primer Mundial, que se celebró en Francia.

“El mar es el mejor lugar para encontrarme conmigo misma, donde puedo soñar con los ojos abiertos”. Cada sentencia de Lucía toma fuerza cuando se comprende cómo dedica su vida para ser cada día mejor surfista. Entre seis y ocho meses al año se entrena afuera de la Argentina para poder competir. Es necesario conocer otro tipo de olas y Brasil, Perú, Chile, China, Panamá, Ecuador, Costa Rica, México, Indonesia, Australia, Marruecos y algunas costas de Europa, fueron su escenario en diferentes momentos de su carrera.

“Fue algo que se fue dando. Siempre me interesaron los deportes. Practiqué hockey, natación, nado sincronizado… El surf fue diferente, lo sentí como una pasión y entendí que nunca lo iba dejar y nunca iba a salir de mar. Acá estoy, en Mar del Plata, entrenando en el frío, esperando para poder competir el año próximo”, le cuenta Cosoleto a Enganche.

La puesta a punto es constante, y no sólo se trata de correr olas. Lleva adelante rutinas de alto rendimiento con ejercicios aeróbicos de fortalecimiento, equilibrio, natación, streaching y pilates combinado con un entrenamiento periférico deportivo que trabaja y potencia la fortaleza mental para la elite sin descuidar los aspectos psicodeportivos, nutricionales y el sistema visual.

Campeona Argentina Junior; Subcampeona Argentina Open; 9º Puesto Ranking Mundial Junior Isa; 11º Puesto Ranking Mundial Open Isa; 9º Puesto Mundial Pro-Junior Asp, son algunos de los logros de Luchy, aunque para ella el mar, siempre el mar, es lo que le da felicidad. Por eso en este contexto de pandemia, los días en Mar del Plata se volvieron un poco complicados: “En cuarentena fue muy difícil. De un día para el otro me dijeron que no podía salir a surfear. Imaginate que vivo enfrente del mar, lo miraba y no podía meterme. La primera semana sufrí como loca y a medida que se extendía las restricciones ya no me aguantaba ver el mar por la ventana de mi casa. Me entrené mucho físicamente y me sirvió para no pensar en surfear, pero si tenía un momento libre la cabeza se me explotaba. Y es una actividad en la que podés suplir la práctica con algún otro elemento; por ejemplo, si corrés, una cinta pueda ayudar a simular la situación. En cambio, nosotros necesitamos del mar y eso complicaba todo. Y en el momento que nos dejaron entrenarnos salimos desesperados y lo hicimos a full. Es una alegría inmensa estar nuevamente en el agua”.

Lucía comenzó a correr olas a los 7 años.

Ahora bien, el surf no sólo se trata de playas hermosas, sol y una vida lejos de los sacrificios. Lucía, que estudia Marketing y Publicidad, sabe que en el tiempo que está en Mar del Plata se enfrenta a diferentes contingencias: “Hay un costado sacrificado, porque acá nos entrenamos en el invierno a las 8 de mañana, con 3 grados; entonces te tenés que poner un traje de neoprene, botitas, guantes, gorro… no te podés mover. Es lo que menos me gusta de tener que surfear tan pesada. Los días que casi no hay olas, también hay que entrenarse, porque hay campeonatos con el mar malo y hay que surfear en cualquier condición: con viento, sin viento, con lluvia o sin lluvia. Siempre hay que meterse al mar. A mí me encanta surfear con cualquier condición, no sólo con un mar perfecto”.

Entre las olas marplatenses afronta menos complicaciones que en otros puntos del planeta respecto de los peligros que pueden aparecer en medio del mar: “Estuve en muchos países surfeando en los que hay tiburones cerca de las costas, pero por suerte yo nunca vi uno al acecho. Siempre pienso que a mí no me va a tocar y así no me gana el miedo. Es cierto que en Hawaii hay varias playas con esas características y por más que me resulte espectacular el lugar, por prevención, no me meto sola. Con gente, por ahí cambia la cosa y no me da miedo. En Mar del Plata no pasa nada, en el verano ves algunos lobos marinos y ahora en el invierno se están viendo bastantes ballenas. En el verano hay aguas vivas y en plena temporada hay tapiocas, que son las peores. Los párpados te quedan a la miseria, los ojos arden como loco. En Argentina por suerte no sufrimos por los tiburones”.

La exigencia física es absoluta. Los riesgos están ahí. Sin embargo, para Lucía nada es demasiado si se trata de estar en el mar: “Es un deporte extremo y te golpeás, como en otras disciplinas así. Es entrar al mar con una tabla. Estás vos con la naturaleza, las olas son fuertes. Hay que tener respeto y saber que golpearte es algo que puede suceder. Tenés que saber en qué mar te estás metiendo. Hay que estar atento a todo. Si sos principiante no te podés meter al mar cuando está gigante”. Y en medio de su relato intenta ofrecer argumentos que puedan ayudar a su interlocutor a entender cómo se relaciona el surfista con el agua: “Hay como un ojo de surfista, que te permite, con el tiempo, darte cuenta cuándo hay una buena pared para hacer maniobras. Entonces, tenés que remar con todo y surfear”.

Sonríe. Se advierte en su voz una alegría especial. Hay una energía que traspasa cualquier distancia. Luchy no se detiene, su vibración domina la escena y sólo hace falta conocer algunas de las máximas que suele utilizar y resulta más sencillo contextualizar su relación con el surf: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día en tu vida”.