Luis Molina

Con el poder de la palabra

Naciò en Chascomús hace 31 años, pero elige a Lobos como su ciudad y su lugar en el mundo. De soñar con jugar al fútbol en Primera división a maratonista.

“Usted puede ser maratonista olímpico”. La contundencia de las palabras de César Roces dejaron regulando a Luis Molina, que estaba a un puñado de días de cumplir 16 años. Aquella escueta conversación, como la gran mayoría de las que le siguieron a esa calurosa tarde de fines de febrero de 2003 hasta que se separaron en 2016, se dio tras un testeo, una prueba en una pista de pasto de 300 metros que consistió en hacer cuatro pasadas de 1500 metros de manera progresiva. La sorpresa del entrenador fue mayúscula: el pibe con el que se había encontrado corriendo de manera fortuita alrededor de la laguna de Chascomús tenía pasta, tenía algo que le hacía presumir un futuro en el atletismo de fondo.

¿Puede un puñado de palabras ser tan elocuentes en un chico? Sí, por supuesto, y Luis Molina es el encargado en esta historia de confirmarlo. Y César Roces, también. “Yo no tenía idea de lo que era el atletismo. No sabía siquiera que una pista tenía 400 metros y estaba formada por 6 u 8 carriles. Apenas sabía que River tenía una pista, porque la veía por la tele cada vez que Boca jugaba en el Monumental. Mucho menos lo que era un maratón”, dice Molina, al tiempo que baja el volumen del televisor sin dejar de prestarle atención a la pantalla. Claro, es que un capítulo de “El Zorro”, su programa favorito, está por concluir y Diego de la Vega está entreverado con el bonachón del Sargento García. Hace unas horas terminó su primer turno de entrenamiento y después de almorzar un plato de fideos con un “toquecito” de oliva es momento para descansar. A la tarde, otra sesión lo aguarda: esta vez, más relajada y acaso conversada con algún amigo que lo acompañe.

Hasta los 13 años, Molina jugaba al fútbol como marcador central en Club Atlético Chascomús, que hasta recibió un pedido de Colón para llevárselo a Santa Fe. Oferta que no prosperó porque el propio Luis no estaba dispuesto a alejarse de sus afectos. Incluso, a los 17, siguió hasta Lobos su apego por la familia, ya que por entonces trasladaban al marido de su mamá por cuestiones laborales.

“Me gustaba y me gusta muchísimo entrenarme. Y a esa edad me daba cuenta que muchos chicos salían y al otro día, en el partido del domingo, yo estaba descansado y ellos recién llegaban del boliche. Eso no me gustaba, porque no dependía de mí. Era un pibe y me lo tomaba de la manera más profesional posible”, recuerda Molina. Y sigue: “Siempre me gustó competir, es algo innato. Por eso decidí hacer un deporte individual como el atletismo, para que el resultado dependiera de mí. Si ganaba, perfecto; y si perdía era porque los rivales habían hecho mejor las cosas que yo”.

Por eso, volvamos al principio de todo, a la tarde en la que se cruzó a César Roces de casualidad. “Al otro día de verme y antes de hacerme la prueba, César fue a la casa de mis viejos para explicarles que me iba a entrenar. Ellos, al principio, no entendían nada, pero veían que estaba tan entusiasmado que me bancaron, como siempre”.

Se alejó del fútbol porque así lo quiso, aunque no duda en aceptar que siente una enorme nostalgia por la pelota. Hace años que no patea una o, mejor dicho, que no juega un partido con todos los condimentos. “Amo el fútbol, por momentos tengo la sensación de querer jugar o de haber querido seguir jugando a la pelota ¿Qué pibe no sueña con jugar al fútbol de manera profesional? Jugaba de 2, pero era un dos con calidad que podía jugar de volante y hasta de enganche (se ríe ante semejante afirmación en la que agrega que jugaba con la sapiencia de Juan Román Riquelme, su único ídolo). Mi viejo jugaba al fútbol y me quedó un poco eso. De hecho, disfruto más de ver un partido de fútbol que ver atletismo”, describe.

Luis Molina y su amigo Martín Cuestas, en los 30k de Buenos Aires.

Si uno toma el resultado final, por caso que Molina haya sido atleta olímpico en los Juegos de Río 2016 tras clasificarse en el Maratón de Buenos Aires 2015, puede creer, y no está mal, que aquella temprana determinación de abandonar un deporte que aún lo cautiva por otro que ni cerca estaba de conocer, puede haber sido lo mejor que le pasó en la vida. Y algo de eso hay, es verdad. Pero lo concreto, en el caso de Molina, es que cuando empezó a correr y competir, los resultados no solían acompañarlo. Al contrario, eran más los cachetazos que las buenas noticias. Pero Molina, a expensas de Roces, insistía y miraba más allá del árbol o de la montaña que podían taparle el bosque, el resto, lo que podría venir en un futuro que no tardó en llegar. “Uno nunca sabe lo que le va a suceder en la vida. Uno puede tener muchísima pasión, pero la realidad, muchas veces, te enseña que no podés, que no te da y que eso que pensaste nunca llegará”, esgrime el atleta. “En mi caso, creo que me ayudó insistir y que mis viejos me bancaran tanto. En menores y juveniles no era el mejor, siempre quedaba 5º o 6º o aún más atrás. Había un lote adelante al que ni podía seguir”.

Las condiciones y las pautas de Roces eran muy claras: para ser atleta no se debe competir todos los fines de semana, no se puede competir a toda hora y todos los días. “No hay manera, de esa forma te vas a perder en el camino y tu camino está más allá de una carrera de calle, por más plata que te ofrezcan”, revela Molina. “No era fácil porque mi realidad económica no era la mejor de todas. Ojo, tampoco era la peor. Pero imaginate que un premio dinerado puede ayudar a solventarte un poco mejor. César no me dejaba correr muchas carreras de calle porque me inculcó desde el primer día que la mejora estaba en correr poco, correr en pista y correr los cross de mitad de año. Pasa que la calle es una tentación constante por la plata. Él siempre me apartaba de eso. Me martillaba la cabeza diciéndome que era (y es) mejor vivir con menos y cumplir tus sueños que el dinero en sí”.

De aquella enseñanza bautismal a hoy, la vida de Luis Molina fue una especie de tobogán. Un sube y baja que lo tuvo en las buenas, por varios exitosos resultados deportivos, por la comprensión de Nadia, su pareja de hace casi 8 años, su perrita Gala, una galga rescatada que afirma haberlo humanizado mucho más, sus pocos amigos y su pasión que, como dice, es el motor que rige su vida. Pero también hay espinas, sinsabores y derrotas no sólo deportivas sino también emocionales. Unas y otras, asegura, lo convirtieron en una persona más sencilla y terrenal. Basta como botón de nuestra el bolso repleto de ropa que suele llevar en el baúl de su auto siempre listo para regalar si ve a alguna persona desarropada o la escuelita que apadrina en Lobos (la Número 4), su lugar en el mundo, o la oportunidad en la que que tenía todo listo para viajar a un Grand Prix en Uruguay y decidió cederle la plata para el pasaje a Fabián Manrique, un pibe al que define como parte del eslabón del atletismo que continuará con el legado que iniciaron los mejores del pasado y que los del presente intentan continuar. “Cada día veo más personas en situación de calle y eso me aterra, me hace mal, porque nadie quiere vivir en la calle. ¿Cómo alguien puede pensar que es posible querer vivir así? Nadie quiere vivir en la calle, pasar hambre, frío. Es una locura”.

La mirada crítica, dice, le trae contratiempos y hasta algunos que lo miran con cierto desdén. Se refiere, sin eufemismos, a su tajante postura contra el doping y los que cosechan resultados de manera rápida y mágica. En definitiva, efímera porque suelen aparecer y desaparecer, casi en un chasquido de dedos. Pero le da bronca y lo expresa: “Es muy sencillo: en el atletismo no hay secretos. Si tenés talento, con tiempo y dedicación podés llegar a ser bueno o muy bueno. Pero si ese talento es rápidamente acompañado de resultados, casi en un abrir y cerrar de ojos y que dejan atrás a los mejores, no dan las cuentitas. Y eso molesta porque acá se trata de ser honorables, este deporte no te va a hacer millonario”.

Molina arriba del cochebomba, tras correr el maratòn olìmpico de Río 2016

Hablás desde la austeridad y no dejás de agradecerle a César, tu ex entrenador. ¿Cómo hacés para no creerte todo lo que te dicen cuando corrés o, por ejemplo, todo lo que te escriben en redes sociales, una jungla en la que tenés tantos mensajes altisonantes que, muchas veces, distorsionan?

–Creo que me ayudó a ser así César y con los años me doy cuenta de que no me equivoco. ¿Para qué quiero un armario lleno de ropa o de zapatillas? Si con lo necesario estoy bien. No te hace más o mejor persona el hecho de estar sobrecargado de cosas. Pasa que te hacen creer eso, te hacen creer que eso es lo importante. Te hacen pensar que si no tenés tal o cual cosa no sos nada. Y salir de ese lugar, mirarlo a la distancia, me hizo dar cuenta que con lo necesario puedo ser feliz. Y lo digo desde un lugar de absoluto privilegio. Tengo todo lo que quiero: una familia sana que me bancó para cumplir mi sueño, puedo seguir haciendo lo que me gusta, tengo una mujer al lado que es maravillosa, tengo amigos, tengo una casa, tengo para comer. Es imposible tener todo, todo el tiempo. Es como el dicho de la manta corta. Y la vida es eso. Y eso, claro, muchas veces duele, enoja, fastidia. Eso me hace feliz.

–¿Y todo lo que encierran las redes?

–Y las redes sociales pueden ser una enorme fuente de inspiración, de superación, pero que tantas veces están cargadas de mucho humo y mensajes vacíos. No reniego de las redes sociales, me divierten, les dedico muy poco tiempo, no vivo ahí. El mundo real está afuera, no ahí. Creo que es obvio lo que digo pero cada día hay más personas que viven en ese mundo y no en el real, en donde los sentimientos afloran de verdad. Si se utilizan para algo importante, sirve. Y en general se usan para todo lo contrario. Hace poco saqué el Instagram y el Facebook de mi celular porque suelen mostrar lo que no es. Por ejemplo, leés que ponen que están bárbaros y probablemente no es lo que les sucede de verdad, les pasan otras cosas. No lo digo para denostar, es un tema de cada quien. Siento que estar pendiente de las redes te quita tiempo para vivir y el tiempo para vivir es finito y quiero vivirlo con las personas que quiero.

Si las acciones se definen en las prioridades de las personas, en el caso de Molina queda en evidencia que los verdaderos afectos, los de carne y hueso, y los que están siempre lo ayudan a surcarle el camino de la vida. “Es difícil poner blanco sobre negro o viceversa para dimensionar a las personas que nos rodean y pasan por nuestras vidas. Creo que siempre hay que ser agradecidos, incluso desde el error porque nadie es perfecto. Lo único que no tiene solución es la muerte, un lugar al que todos vamos indefectiblemente. Y transitar la vida lo mejor posible sin joder al otro es una manera de vivirla con felicidad”, dice con la misma convicción que corrió detrás de su sueño de llegar a convertirse en atleta olímpico. “A ese sueño pude agregarle otro: subirme al cochebomba de mi ciudad, porque Lobos es la ciudad que me adoptó. Ahora quisiera repetirlo después de competir en Tokio 2020. Nadie me quita esa idea”.