Luis Romio

El arte de la guerra

El presidente de la Federación Argentina de Box estudió Bellas Artes con Marta Minujín y trabajó en el teatro Colón. Desde su riqueza intelectual, analiza las conexiones entre estas dos pasiones que conjuga en su vida: el boxeo y el arte.

Luis Romio (1939) dibujó sus primeros trazos en las paredes de Castro Barros 75. En la mismísima Federación Argentina de Boxeo (FAB) que preside. De joven, podía pasarse horas garabateando los rincones del gimnasio, mientras otros, a pocos metros, se dedicaban a endurecerse a las trompadas. Romio también boxeaba y salpicaba rudeza a las trompadas, pero apenitas se sacaba los guantes agarraba las pinturas. Un buen día se le acercó un respetado dirigente, Juan Mazzadra, quien además era un reconocido periodista y pintor, y le dio un consejo: “Bien, pibe, bien. Tenés intuición, le voy a decir a tu viejo que te anote en Bellas Artes, ¿querés?”. Y así fue como Romio, en dos días, aprendió a sacarle punta al lápiz, a trabajar con carbonilla. Poco a poco la idea de ser boxeador empezó a transmutar en el sueño de ser artista.

“Recuerdo que un miércoles arranqué a estudiar dibujo y el viernes rendí el examen de ingreso –precisa el actual mandamás del boxeo argentino–. En mi casa la obligación era hacer deporte. Y estudiar, claro. Por eso hacía las dos cosas. Hice un curso de guardavidas, fui levantador de pesas, pero el boxeo lo tengo en la sangre desde que mi papá me llevó a la Federación de Boxeo con un año y medio. Por suerte, llegué a hacer peleas como amateur y me di el gusto de fajarme de lo lindo. Y por suerte, también, encontré en el arte otra vía de expresión, aunque ya llevo casi cincuenta años sin pintar, desde que me censuraron por ser peronista en 1976. Ahí me quedé sin trabajo en las escuelas. Eso fue algo que me marcó”. Romio, maestro de Artes Visuales, profesor de dibujo, pintura y escultura y excompañero de estudios de Marta Minujín, detecta un punto de contacto en el boxeo y el arte: “El arte es la creación del hombre por el hombre mismo. Y es precisamente la creación la que hace que uno se distinga del resto. Uno pinta para uno, esculpe para uno. Ahora bien, si el espectador lo puede recrear, lo que usted plasmó se convierte en arte. Una cosa es mirar y otra es ver. Cuando mirás, pasa; cuando ves, queda en el cerebro. Y el boxeo es el arte de pegar y no dejarse pegar. Es una creación estética”, relata con entusiasmo. Y continúa: “Ali, Leonard, Mayweather, el que se te ocurra, ninguno de ellos pegaba por maldad. Nadie golpea por odio, sino que hay una búsqueda de una supremacía deportiva. Se crea por medio del físico. Además, se da un fenómeno interesante cuando trasunta, ya que la emoción del espectador se traduce con el personaje que está actuando con el físico”.

Luis Romio junto con boxeadores argentinos

–¿En qué podemos percibir esto de las emociones que usted marca?

–En cada una de las veladas me escucharán decir: “¡Por favor, larguen rápido las peleas!”. Y no lo digo para acortar el tiempo. Sino para que las emociones sean más fugaces e intensas. Vamos dos personas a ver boxeo: uno elige a uno, el otro elige al otro. Termina la pelea, no nos gustó el resultado y la conversación puede subir de tono. Pero inmediatamente salen dos boxeadores más a escena y nos olvidamos de todo lo que pasó antes. Esa es la magia. Cuando el tipo que está enfrente es un creador, nos tenemos que callar la boca. Porque cuando creemos que lo que vemos es un defecto, en realidad es una virtud. Y la explotan de tal manera que con eso es suficiente. Maravilla Martínez, por ejemplo, es un creador como Georges Seurat (pintor francés puntillista).

–¿Se pueden encasillar más boxeadores dentro de corrientes artísticas?

–Sí, cómo no. Carlos Monzón es un clásico. Monótono, repetitivo. Pero es explosivo como el Rococó. No pasa de moda. Es atemporal. Es un edificio concreto, fuerte, macizo. Nicolino Locche es un expresionista: tiene la expresión de saber trabajar sobre las equivocaciones del otro. Ellos pintan una catedral cinco o seis veces en distintas horas del día. Porque cada hora tiene una forma distinta y una expresión distinta. Mike Tyson es un figurativo porque agarra una forma y trata de sacar hasta el último puntito, (el nacarado de los anteojos, etc) está en el detalle y ahí hace la diferencia. Floyd Mayweather es un creador sin forma, permanente, hoy puede ser un puntillista, mañana un expresionista, se adapta. Y el Chino Maidana es un renacentista, porque todo lo que hace tiene que ser de la misma forma, trazo firme, con el mismo tenor y función. Es un práctico.

Romio de pequeño (a la izquierda); a la derecha, su hermano Francisco Oscar

–¿Faltan mecenas en el arte y también en el boxeo?

–Faltan mecenas en todo el mundo. Por eso yo tengo un gran estima por el gobernador (de San Juan) Sergio Uñac. Porque él apoya al boxeo amateur y al profesional. En este momento, el vil dinero hace que el ochenta por ciento de la gente esté trabajando en el boxeo profesional. Pero hay que saber ver la calidad que existe en el boxeo amateur. Hace décadas, uno de los comentaristas de la televisión había visto unas peleas amateurs y dijo al lado mío: “Estos no llegan a nada”. A los dos años, a uno de esos mismos pibes que había criticado, lo elogió de esta forma: “Usted es una de las máximas expresiones del boxeo argentino”. Julio Vila sabía mucho, pero no veía boxeo amateur. Por eso se le pasó por alto la calidad de Omar Narváez.

–Bueno, no todo es culpa de los analistas. Hay genios incomprendidos en todos lados…

–Salvador Dalí, al principio, era un incomprendido; hacía cosas que la gente que no entendía. ¿¡Cómo puede derretirse un reloj!? Era la vida la que se derretía. Y acá en el boxeo argentino le pasaba algo similar al Negro Thompson y a Locche, quien no llenaba el Luna. El problema es que en esa época (1950, 1960) era muy difícil que gustara porque el boxeo era de toma y daca. Sin embargo, eso fue cambiando en Capital y Buenos Aires, en donde habitaba la congestión de los dos boxeos. Por un lado, el estilístico, más inglés, que había entrado por el Pacífico; y por el otro, el americano, más golpe a golpe, que había ingresado por el Atlántico.

–Es lógico lo del golpe a golpe porque el ring tenía otro tamaño…

–El cuadrilátero de antes llegó a medir cuatro metros por lado, ahora es de seis metros diez máximo. Una diferencia abismal. Si estás peleando en una casa, es una habitación más. Insisto con esto, no es lo mismo un ring chico que grande. En diez rounds, si girás alrededor, corres diez kilómetros más. En los inicios, se peleaba con guantes de cerda; ahora, con guantes de alto impacto. Había nada más que tres sogas, ahora hay cuatro. Antes había ocho categorías, ahora hay 17; el que medía 1.84 metros seguro que era pesado, ahora es mediano. Con esto quiero graficar que cambió todo. No estaban los asiáticos, por eso se crearon categorías más livianas.

“El descanso del ídolo”, una de las tantas obras de Romio

–¿Entonces el boxeo evolucionó?

–El boxeo de antes era más sangriento. ¿Hoy ven boxeadores que tengan la oreja repollada o la nariz rota? Poco o nada. Eso es porque cambiaron los materiales, entre otras cosas. No es lo mismo pelear con los guantes de cerda de 300 gramos que con los materiales de hoy, con 8, 10 o más onzas. Te digo más, yo he orinado los guantes para que pesaran como ochocientos gramos. Mi papá me decía: “Agarrá estos que están mojados”. ¿Si los campeones del mundo hacían lo mismo? Peor. Porque no hay que olvidarse que esto es un negocio. El boxeo amateur es una actividad deportiva. Y el profesionalismo es una actividad comercial regida por normas deportivas.

–¿Por qué antes se peleaba más que ahora?

–Porque había muchos boxeadores que usaban los dos apellidos, ja. Eduardo Lausse me decía: “Mirá, Luis, si peleaba en el Luna Park, con lo que ganaba me compraba un departamento”. Ahora con lo que te pagan, no te comprás ni la vajilla para la cocina. Pero es un problema de la Nación, no es un problema del boxeo. Puedo afirmar que la Federación Argentina de Box, en 100 años, jamás le quitó un peso a un boxeador. Jamás.

–¿Por qué tienen tan mala fama los mánagers?

–Te voy a decir porqué: algunos mánagers tienen más de diez boxeadores. Entonces, ganan de todos lados. El boxeador, en cambio, tiene una sola ganancia: la que él produce. Cuando gana y le va bien, se gasta todo lo que genera. Pero cuando ya es campeón, empieza a ganar cada vez menos. Y ese dinero no le alcanza. (NdeR: ejemplo: en Argentina, para defender los títulos mundiales en casa, los campeones deben resignar parte de su bolsa para que el mánager pueda pagarle al retador extranjero).

–¿Hay una relación intrínseca entre la FAB y los mánagers? ¿Son socios?

–Tenemos 278 promotores en todo el país…

–Está bien, pero siempre trabajan los mismos tres o cuatro…

–No somos nosotros los que definimos. Es el canal el que hace los arreglos con los promotores. Tenemos contrato con TyC Sports, que tiene un acuerdo con cuatro o cinco promotores y punto. La FAB cobra dinero de TyC Sports…

–¿Y ese dinero cómo se reinvierte en deporte?

–Tenemos veintidós empleados. LA FAB es la única Federación en Argentina que tiene gimnasio, estadio, oficina y hotel propio. De las otras 136 federaciones que hay en el país, ninguna tiene todo esto que mencioné. Si a esta edad no tengo ninguna lastimadura en los brazos, no es porque me pase crema, sino porque no he metido nunca la mano en la lata.

–¿La pasó mal alguna vez desde lo económico?

–Sí, en el 76 me quedé sin trabajo, tuve que salir a vender café a la cancha porque no tenía para mantener a mi familia. Iba a las canchas de Ferro, Atlanta y San Lorenzo. No me avergüenza contarlo. Porque en mi vida hice todo. Boxee, pinté, estudié y soy dirigente… Me dí el gusto de trabajar en el Colón y de tener dos ateliers, uno en Guardia Vieja y Mario Bravo, a dos cuadras del Abasto. Y otro en Azcuénaga y Santa Fe, que había sido de Cristina Santander.

–¿Cuándo va a volver el boxeo?

–Espero que a fines de agosto o a principios de septiembre estemos viendo boxeo en el interior del país. En estos días estamos enviando el protocolo corregido al Ministerio de Salud de la Nación. Ojalá lo aprueben. En total, hay 20.000 trabajadores que están parados en la actividad. Hago la cuenta: 15.000 boxeadores amateurs, 1000 profesionales, 3000 directores técnicos registrados, 2000 mil árbitros. Nunca pensé ver algo semejante.