Maradona

Maradona boxing club

El vínculo de Diego con el boxeo lo transporta a Chitoro, Don Diego, su querido y amado padre, un profundo admirador de Muhammad Ali. Del Luna Park a una pelea de exhibición.

“A Toresani, Segurola y Habana 4310, séptimo piso. Vamos a ver si me dura 30 segundos”. 

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Cuando Maradona invitó al Huevo Toresani a pelear en la esquina de su casa, la noticia explotó en los medios y en la mano del Látigo Coggi, que soltó el mate y casi se quemó vivo de la risa, mientras miraba la televisión. “Diego lleva un boxeador adentro”, pensó el ex campeón mundial de los superligeros. Y claro, es que Maradona, además de haber sido un guerrero que le sacó brillo a la pelota dentro de un rectángulo de césped, portaba una pasión intrínseca por el deporte de los puños. Había heredado el gusto por el boxeo por su padre, Don Diego, su querido Chitoro, que vibraba con las noches sepias del Luna Park, en la época que su hijo jugaba en Argentinos Juniors. Por cierto, si de emociones se trata, nunca, jamás, olvidarán el día que conocieron a Muhammad Ali. El mismo Maradona, hace unos años, lo despedía de esta manera: “Se fue el mejor de todos los tiempos, con mucha diferencia. Fue el único hombre que me hizo ver llorar a mi papá cuando lo vio de frente en vivo en la pelea entre Ray Sugar Leonard y Tommy Hearns, en Las Vegas, en el año ’81”.

Sin ánimo de hacer una recopilación enciclopédica, aquí surgen historias recortadas del recuerdo de grandes campeones del ring. Por empezar, un dato de color. Maradona era el futbolista favorito de Mike Tyson. Porque “era chiquito y explosivo”. Así lo definió el mismo Tyson, cuando vino a la Argentina, invitado a un programa de televisión conducido por el astro argentino. “La noche del Diez”. Diego, tal vez, era una suerte de espejo para Tyson y para otros grandes del boxeo. Y al mismo tiempo Maradona veía en el boxeo un punto de contacto con su historia. Porque los que subían a arreglar la vida a las trompadas para ganarse el pan, venían del mismo barro que él había conocido en Villa Fiorito. Hay decenas de historias de Maradona y el boxeo. Y el boxeo y Maradona. Una de las menos conocidas dice que le pidió a la Claudia, su amor de toda la vida, el teléfono de Maravilla Martínez. Habían visto la pelea de Maravilla y Chávez Jr, el 15 septiembre de 2012 Y tan emocionado había terminado Diego que insistía con llamarlo a Maravilla. Finalmente, en tiempo récord, Claudia consiguió un mail del campeón. Y conectaron por teléfono. Maradona en Dubai. Maravilla en Estados Unidos. Los dos fusionados por la emoción de haber defendido alguna vez la celeste y blanca.

Maradona también tiraba guantes, y lo hacía con prestancia. Porque un genio habitaba en su interior. Y los que juegan bien al fútbol, juegan bien a todo, dicen algunos. Se subió con distintos boxeadores profesionales a un ring. En el 93, se entrenó en La Pampa para llegar bien al mundial de Estados Unidos. Y su preparador físico Fernando Signorini tuvo la genial idea de llevarlo al gimnasio de Miguel Ángel Campanino, para descomprimir un poco las tensiones. “Menos mal que su hijo no se dedicó al boxeo, porque me llenó la cara de dedos”, le dijo el ex campeón argentino y sudamericano a Don Diego. 

Y en el 96, Falucho Laciar lo invitó a Córdoba a comer un asado para celebrar los 15 años de su campeonato mundial. “Yo voy pero si nos subimos a un ring, estoy cansado de que me inviten a cenas”, dijo. Entonces, Maradona (75.300kg.) viajó a Córdoba e hizo tres rounds con Laciar (61.450kg.). Se prendió en el cuerpo a cuerpo a tirar golpes y en terminó haciendo jueguitos con los guantes puestos en General Paz Juniors, donde hubo más de mil almas efervescentes por el espectáculo. Esa imagen recorrió el mundo y hoy los portales de Internet. “El boxeo le venía bien a Maradona, porque fortalecía los brazos para alejar a los rivales, y agarraba una buena distancia. Me sorprendió lo bien que anduvo en esa exhibición. Yo le soplaba los golpes que le iba a tirar, pero tenía un estado físico fenomenal. Coordinaba muy bien las piernas. Una cosa bestial. Un talentoso. Si Maradona hubiera nacido boxeador habría sido una especia de Sugar Ray Leonard, un virtuoso que hacía lo que quería”, le dijo Falucho a Enganche.

Maradona y Gustavo Ballas

Maradona tenía algo que para el boxeo es vital: el amago. “Los golpes que no llegan duelen un montón, sabés lo bravo que es pelear con uno que vuelve con la mano vacía. Maradona tenía esas cosas, en esa exhibición se lució y nos divertimos. Después fuimos a comer un chivito. Íbamos a hacer una revancha, en Capital Federal, pero al final no se dio. Años después me lo crucé, y me preguntó: “¿Arrugaste?”. Diego era así. Un personaje único. Por suerte pudimos ser buenos amigos”, agregó Laciar. Siempre fue un apasionado del boxeo, incluso de pequeño, según escribió el especialista Carlos Irusta, iba escondido al Luna Park en la época de Argentinos Juniors y Tito Lectoure. En el vestuario se sacó fotos con otro de sus ídolos Gustavo Ballas. Y por si fuera poco, Maradona también fue espía. Según reportó Osvaldo Príncipi, ayudó en la preparación de la pelea de Juan Látigo Coggi, con el napolitano Patrizio Oliva. Como no había videos del italiano, Lectoure le pidió a Maradona si estando en Nápoles le podía conseguir material. Y así fue que logró -vitales- VHS para la preparación y el estudio del rival del argentino.

A propósito de esta historia de abril de 1987, el mismo Coggi agregó un dato: “Estoy cansado de perder guita, me la juego por vos”, le dijo Maradona a Coggi. Es que Diego, cuando jugaba en Nápoles, le había apostado a Uby Sacco. Sus compañeros a Oliva, que finalmente ganó ese mano a mano y, socarronamente, le dedicó el triunfo. “Diego mandó a gente para grabar los entrenamientos de Oliva. Fue mi espía. Ahí surgió una buena relación. El ya me había invitado a su casamiento en el 84, luego al bautismo de sus hijas. Recuerdo que una vez, yo estando en Italia, me pasó a buscar al hotel porque jugaban contra la Roma. El tenía el tobillo hinchado que parecía un muslo. En el vestuario seguía con la bolsa de hielo. ‘No vas a jugar así, estás loco’, le dije. ‘El contrato dice que tengo que jugar, a mi me pagan para hacer ganar a mi equipo, fiera’”, respondió Maradona, sin titubear, según recordó el mismo Coggi, quien se emocionó al rememorar que el astro estuvo en primera fila viendo su pelea ante Sang Hoo Lee, en 1988, en Roseto degli Abruzzii.

Otra de las travesías de Diego por el boxeo lo incluye al panameño Roberto Durán. “Maradona quería conocerme, yo sé cero de fútbol, de hecho no sabía quién era, pero él si sabía quien era yo. En el 97, me tocaba pelear en Mar del Plata contra (el Roña) Castro. Me dijo: ‘Yo quiero hacer guantes con vos, pero no me des duro, eh’. Fue así que viajó a mi campamento en Mar del Plata e hicimos tres rounds a puertas cerradas. Luego me invitó varias veces a su casa. Una tarde se había amontonado gente en la puerta de su quinta. El salió y dijo: “Acá a Durán no lo molesta nadie, ¿escucharon?”. Es decir, me hacía sentir más importante a mí que él, agasajaba a sus invitados”, recordó Durán, más conocido como Manos de Piedra.