Marcelo Rubén Mendoza

El seminarista del ring

Sus manos, esas que antes eran instrumentos para golpear, ahora, a los 49 años, se extienden para levantar a los caídos

Marcelo Rubén Mendoza pasa las páginas de la Biblia y se detiene en un versículo del Evangelio según Lucas. “La mies es mucha y los obreros son pocos”, lee y reflexiona sobre la necesidad de llevar la palabra de Dios a todos los hogares. Mendoza es un hombre común y silvestre que, por las mañanas, va a la iglesia y, por las tardes, reza más que un apóstol. Está haciendo los deberes para convertirse en sacerdote y, de no suceder imprevistos, en menos de un año recibiría la sagrada sacristía. La paz que irradia desborda como el agua de un manantial, pero su historia sorprende por una cosa que no figura en su expediente eclesiástico: ese hombre que quiere ser cura y tomó los hábitos, ayer nomás estaba magullándose a trompadas en un ring de boxeo. Es la historia del luchador que cambió la bata por la sotana.

Mientras camina por la iglesia Nuestra Señora de Pilar, Mendoza empieza a relatar en voz baja su camino. Un Cristo, clavado en la cruz, es el testigo omnisciente de la historia. Porque antes del religioso hubo un guerrero que buscaba verdades a puro puñetazo. “Una etapa de mi vida fue pelear y pelear. Mi paso por el boxeo fue breve, tres años, del 2011 al 2014, con licencia de la FAB. Mi estilo era bastante desprolijo. Eso sí, me decían que tenía una pegada bastante fuerte, más que nada por la base de MMA que exhibía. No tenía un lineamiento, una parada, y desplazamientos. Yo era una lluvia de golpes que entraban y a veces podían definir, otras veces no”, dice y promete enviar recortes donde se lo ve en acción.

Con suerte dispar, hizo un trayecto en los deportes de combate: 12 peleas de boxeo, cincuenta de MMA, y representó al país en lucha olímpica en dos citas internacionales: los Juegos Odesur y el Open de Chile –donde fue medallista– ambos torneos en el 2006: “La lucha olímpica me gustaba por las llaves y las estrangulaciones, luego seguí con el kick boxing, que lo tuve que dejar porque nunca aprendí a patear, me metí en la jaula de las MMA y peleé en el ring de boxeo. La primera pelea de boxeo fue en el 2011, en Campana. Perdí ante Orlando Colque, luego caí con José Galeano. En total, gané 7, perdí 4 (tres veces con Colque), y empaté una. La última fue en agosto de 2014. Quise seguir, pero me retiré porque tenía otros objetivos. Ya estaba grande y cuando intenté renovar la licencia, Osvaldo Bisbal (histórico expresidente de la Federación de Box), me sugirió que podía seguir vinculado al deporte pero de otra forma”.

Así fue que en el 2015 Mendoza estudió para ser árbitro y juez de boxeo, porque deseaba seguir cerca del fragor de la lucha. Y hasta fue juez en el Preolímpico que se hizo en Buenos Aires para los Juegos de Río 2016. Le iba bien, porque era aplicado y mostraba conducta. Pero sentía que no era lo suyo. Y siguió con su labor de siempre en el Ministerio de Trabajo, delegación Pilar. Es que Mendoza, además es abogado, escribano –recibido en la Universidad de Belgrano–, tiene un posgrado en derecho internacional laboral en la Universidad Jagiellones de Polonia, sobre la tesis de cooperativismos en Argentina y una tecnicatura deportiva en la Universidad de Lomas de Zamora. “Busqué la verdad y la justicia en todos los ámbitos, y la verdad pura está ahí”, agrega y señala hacia arriba.

Mendoza cree que su vocación ya venía de chico cuando cursó la escuela primaria y secundaria en la congregación germano holandesa Ciervos del Verbo Divino. “Fueron 12 años de asistencia perfecta. No falté ni un solo día. Eso me formó el carácter y mi afinidad hacia la religión. Ahí sentí los primeros llamados de Dios. No obstante, cuando terminé el secundario, a los 18 años, no intenté ser seminarista. Yo quería ser sacerdote, es la verdad. Pero pesó más el mandato familiar. Vengo de una familia de abogados. Estaba condicionado a eso. Mi hermana es abogada, y yo seguí el mismo camino. Sin embargo, una vez me dijeron que Dios nunca olvida a sus elegidos. Yo de alguna forma no me casé, no tuve hijos, seguí esperando el momento indicado para escuchar el llamado de Dios”.

Podría haber seguido con cualquiera de sus múltiples actividades; de hecho, al día de hoy desempeña tareas de abogado en la función pública, pero necesitaba conectarse con otras cosas. “Había algo interior que me frenaba a hacer una vida como la que estaban haciendo mis amigos. Será que los caminos de Dios son insondables. Recuerdo que mi mejor amigo, el doctor Silva, siempre me decía: ‘Marcelo, vos vas a ser sacerdote’. Y yo le decía: ‘No, nada que ver’. Tenía razón. Él se casó, formó familia, yo soy testigo de casamiento de su matrimonio. Cuando le conté que iba a entrar al obispado de la diócesis Castrense, él no se sorprendió”, relata Mendoza, quien hoy en día espera saber cuál será su próximo destino porque pidió el pase. Posiblemente, si se lo permiten, desembarque en la diócesis Zárate-Campana.


Nacido en Pilar, un 24 de septiembre de 1970, casi dos meses antes de la coronación mundial de Carlos Monzón, Mendoza podría pasarse horas hablando de técnicas y estrategias de boxeo y MMA. Su boxeador favorito es el mexicano Saúl Canelo Alvarez y se declara admirador del luchador Patricio Reylly, quien venció a Mendoza en su última pelea de artes marciales mixtas. “Yo creo que el boxeo es una salida de la pobreza, pero si vemos los orígenes del boxeo en el país, nace como un deporte de elite. No estaba destinado para gente de bajos recursos. Tal vez los hermanos Jorge y Eduardo Newbery empezaron a popularizarlo”, comenta Mendoza, que todavía conserva cicatrices de su paso por los ensogados: una nariz algo desviada, entre tantos otros huesos rotos, son evidencias de que lo que pasó allá arriba no fue un juego.


Sin embargo el boxeo ya es pasado, y ahora deberá acostumbrarse a hablar desde otras ópticas. “Recién estoy haciendo los primeros pasos, dentro del seminario. Durante todo el 2018 viví en Juan Pablo II, una casa del obispado Castrense, en Parque Patricios. Fue una experiencia bastante interesante, éramos tres seminaristas, Sebastián, que ya se ordenó a sacerdote, un militar y yo. De todos modos, Monseñor Olivera nos había autorizado a los tres a seguir trabajando por afuera de la iglesia. Todos los días me levantaba a las cuatro de la mañana y participaba de la misa en las primeras horas. Si no podía lo hacía por las tardes, al regreso del laburo. Pero me siento mucho más cómodo como diocesano. Creo que podría ayudar mucho más que como religioso. Me siento mucho más a gusto trabajando con la gente, estando en contacto con los feligreses, como les pasa a los sacerdotes. Los religiosos suelen estar enclaustrados rezando por nosotros”.


La charla sigue por caminos francamente laberínticos. Porque el boxeo y la religión van y vienen en la conversación. Mendoza confiesa que rezaba antes de las peleas. “Cada vez que subía a pelear, tenía miedo y nervios, creo que es una situación natural que hay que saber experimentarla”, dice. Pero agrega que nada se asemeja a lo que sintió haciendo la Pastoral, con sus visitas al Hospital Militar Central del Barrio de Belgrano. “Recuerdo el caso de Lucas, un pibe de 22 años al que lo había atropellado un auto. Le daba de comer, porque los médicos decían: ‘No come’. Por ese motivo, la medicación no le hacía efecto y tuvieron que operarlo tres veces. No fue fácil convencerlo para que se alimente, pero aceptó y empezó a mejorar. Al final recuperó la pierna. Y un viernes me llamó por teléfono porque le habían dado el alta. Emocionado, me agradeció todo lo que había hecho por él. Para mí fue como una bendición poder tocar la vida de una persona en una instancia tan grave”.
Las manos de Mendoza, esas que antes eran instrumentos para golpear, ahora se extienden para levantar a los caídos. Creer o reventar.