Marcelo Peralta

El hombre de las mil vidas

Ex basquetbolista profesional, seguridad de Guns & Roses, pescador y actor; desde El Marginal y su personaje de Barney recuperó la popularidad que tenía cuando era Pocho debajo de los aros.

Camina a paso cansino. Una gripe lo tuvo mal. Pero es noble, un tipo de los buenos que vive dentro de un envase que lo presume malo. Ríe, se divierte, se pone serio, juega, intimida si se lo propone y vuelve a reír. Todo está ahí a simple vista. Marcelo Peralta se muestra sin disfraz, aunque también puede vivir en el cuerpo de otro. Es un personaje de esos que vale la pena observar y escuchar. Es, también, reconocido por el teatro y la televisión. Pero también por las secuencias que transcurrieron en una cancha de básquetbol, por ejemplo, cuando vestía la camiseta de Quilmes, de Mar del Plata. Recuerda todo y sus ojos emiten un ápice de nostalgia. No deja que lo dominen esas emociones y las borra de un manotazo ficticio y recuerda otra vez sus primeros pasos como jugador. Su popularidad renació lejos de una pelota y fue de la mano de la actuación. Barney, en El Marginal, lo elevó y lo puso debajo de las luces, esas que lo volvieron a mostrar peleando debajo de un aro y las mismas que hoy lo apuntan en sus luchas en los pabellones de Caseros.

Más de mil vidas en una. Peralta, o Pocho cuando picaba una pelota, fue guardaespaldas de los Guns & Roses y vivió seis meses en Brasil a la luz de las velas y ayudando a pescadores. Todavía no deja de sorprenderse cuando le piden una foto. La muerte le pasó a un metro, ahí nomás: cuando era seguridad de un boliche una bala impactó contra una pared a poca distancia cabeza. Todo a él le sucedió, el vértigo está de su lado.

Celebra que la serie tenga tanto éxito con un chico de talla baja [por Brian Buley] y un hombre que no pasa por el marco de una puerta. La tele y la audiencia están acostumbradas a una cara linda y a una altura promedio. Con el paso del tiempo estas estructuras están cambiando y Peralta entiende que las cámaras en varios momentos confunden. Por eso dice que tiene dos mundos: el del jugador y el del actor. Cuando se le cruzan ambos planetas siente una sensación hermosa que lo reinventa constantemente. Se siente feliz al verse en las revistas de básquet y reconoce que el juego le sirvió para desempeñarse como actor.

Con la camiseta de Boca, donde lo dirigió León Najnudel.

Aprendió de los hermanos Ginóbili en el juego. Y también de Nicolás Furtado y Claudio Rissi en la actuación. Maestros cada uno en su hábitat. Es curioso por naturaleza, siente que tiene que debe cultivarse constantemente. Cuenta historias, porque le brotan. No se detiene, nadie quiere hacerlo porque él sabe cómo relatarlas. Tiene una cadencia encantadora.

En Quilmes, allá en Mar del Plata, veía a un nene flaquito correr con la pelota en sus manos. Iba con sus padres para ver a sus hermanos competir. Por ese chiquito, Marcelo no daba dos mangos y nadie lo hacía por entonces. Imposible imaginar que se estaba gestando uno de los mejores deportistas de nuestro país. Se trataba de Manu Ginóbili, el ex jugador de San Antonio Spurs, del que habla y sus palabras se atropellan. Necesita reconocerlo como ejemplo de la perseverancia para cumplir los sueños. La camiseta número 20 de la franquicia no se usará más por el legado que dejó Manu en la NBA, pero también por lo que Peralta destaca: “Nunca se dio por vencido, siempre buscó ser mejor”.

Barney no se esconde detrás de su altura. Claro, por más que quisiera, no puede. Sufrió la primera temporada por el ambiente de la cárcel. De sus dos metros caían las lágrimas de tristeza y frustración como consecuencia de las escenas dramáticas. Un choque de emociones hacían crujir su enorme cuerpo.

El hombre gigante que fue seguridad de una banda de rock, que duró nueve capítulos en una novela para después firmar un contrato con un club importante de la Liga Nacional [Pico Fútbol de la Pampa] le cuenta a Enganche sobre sus dos mundos: la actuación y el deporte.

–Cuando empezaste con El Marginal y te vieron en la TV, ¿ tus compañeros de filmación te identificaron como el jugador de básquet que participaba en la Liga Nacional?

–En los transcursos de la grabación se empezaron a enterar. En un momento yo estaba jugando al básquet y también hacía teatro. Cuando volví a Buenos Aires me llamaron para trabajar en “Detective de señoras”. Mi personaje se llamaba “El Lerdo”, trabajé nueve capítulos e hice de seguridad de los chicos. En ese momento vino a buscarme Quilmes de Mar del Plata con un contrato para firmar y ahí decidí dejar la actuación.

–En varios capítulos se ve que tiran al aro y juegan un rato al básquet, ¿eso es por iniciativa tuya o decisión del director?

–No. En la cárcel había un aro. A Nico Furtado (Diosito) también le gusta jugar. Se armaban partiditos, para matar el tiempo libre. Además es muy loco, estamos jugando al básquet en la cárcel. Hay un clima de equipo, de amistad. Por ejemplo, los viernes, en el asado, ponemos música y bailamos. Las paredes hablan, eh. Así que viene bien un poco de alegría en ese lugar.

– En El Marginal te pasan cosas similares a las que te pasaban cuando jugabas en Quilmes: tenían un gran equipo y ahora también. Cuando jugabas había un chico que corría todo el tiempo con la pelota…

–Sí, yo jugué con los hermano Ginóbili en Quilmes. Había un nene muy tímido, muy flaquito, que iba con los padres. No largaba nunca la pelota. Era el “Manu”. Lo veías y, en ese momento, no dabas dos mangos. Y después fue uno de los mejores deportistas de nuestro país. Si trabajas como él y le pones la dedicación que Manu le puso, sin dudas podes lograrlo.

–Si tuvieses que hablar del Manu Ginóbili del Marginal, ¿quién sería?

–No sé, se entremezclan muchos. Tengo la suerte de laburar con fenómenos. Son maestros. Manu es una mezcla de Diosito, el enano, y Claudio Rissi. Tiene un poquito de todo. Esa arrogancia y divertimento que tenía en la cancha, está en la pantalla del Marginal. Soy un agradecido de estos maestros que pasan por al lado nuestro. Los grupos se potencian cuando hay una unión. Y los resultados están a la vista.

–¿Cuánto te cuesta salir del personaje?

–La primera temporada me costó demasiado. Me iba con mucha angustia a casa. Me costaba dormirme. Estaba muy triste. Porque me empapaba mucho el ambiente que rodeaba la cárcel. Había lugares que me quería ir. Era muy asfixiante. Me quería ir y después quería volver para tirar una trompada o para insultar.

Peralta, con la camiseta Nº 6 de Quilmes de Mar del Plata.

–¿Qué cosas trasladaste de jugador a la actuación y viceversa?

–Siempre digo que el deportista es un poco actor. La gente paga por ver un espectáculo. Hay de las dos cosas. La fusión entre el teatro y el deporte me ayudó a equilibrar el tiempo. La grabación es cuestión de tiempo y sincronía. Y en el básquet sucede algo así. En un segundo puede cambiar todo. Ambas cosas, en mi mundo, se unen perfectamente.

–¿Ustedes se pueden dar cuenta el fanatismo que despertó la serie?

–En mi caso me superó. Es una alegría constante. En la calle me dicen “vos sos el de El Marginal”. Nos cambió la vida. A los grandes actores y a los que no teníamos tanto recorrido. Es una responsabilidad, la vara subió bastante. Antes de empezar la tercera temporada, nos mentalizamos a que sea la mejor. Los halagos nos potencian internamente. Tenemos una motivación constante.

–¿Es la mejor temporada la tercera?

–Sí, sin dudas que es la mejor. Combinamos cosas de las etapas anteriores y creo que es la mejor. Hay más vínculos. Se ven actuaciones más profundas, con diálogos más profundos. El final te lleva a la primera temporada.

–¿Cómo fue ser custodio de los Guns & Roses?

–Tuve una lesión cuando jugaba al básquet. En cada jugada iba al frente y me rompía todo. Cuando estaba en el gimnasio en plena recuperación, había un muchacho que era coordinador de los Guns y de los Ramones y me ofreció ser seguridad de la banda. Fue una experiencia terrible. No tenía contacto con ellos, pero si en el ambiente. Era muy loco. Hay una agresividad contenida constante. Siempre parece que algo te va a pasar.

–¿Cómo fue vivir en Brasil?

–Tenía una lavandería. Vivía ahí adentro. Cuando se volvió mi amigo, Esteban De Lafuente, paré en una casa abandonada. Estuve 6 meses sin luz viviendo a velas. Pescando en el mar. Me sirvió para reencontrarme a mí mismo. Los ex deportistas cuando nos quedamos sin esa fuerza sentimos un vacío existencial muy grande, difícil de llenar. Los que no tienen un buen pasar económico, entran en una depresión importante. A mí me pasó eso y encima de visitante.

–¿Qué es lo que más extrañabas del básquet?

–Lo que más extrañaba del básquet era prepararme para un juego. Escuchar el sonido de la pelota rebotando contra el parquet era hermoso. Es un sonido muy loco (hace el ruido con la boca). El “quilombo” de la gente en los clásicos que por suerte jugué muchos también (Quilmes vs. Peñarol y Pico vs. Independiente) se extrañaba. Ser reconocido también. Y ahora el anonimato me centra para disfrutarlo de otra manera. Cuando no lo tenía, lo sufría.

–¿Es la misma adrenalina en la actuación que en el juego?

–Sí, es la misma. Pero con la experiencia de dos años que te hace disfrutar mucho más. Ahora si veo que me voy a chocar contra la pared, trato de ver otro camino.

Por Agustín Bronzini.