Marco Di Menno

Amor de potrero

Mientras transita en España la pandemia global por Covid-19, Marco Di Menno rememora sus inicios entre su barrio en Llavallol y los partidos en Banfield. La historia de un pibe al que su amor por el fútbol lo llevó al otro lado del Atlántico.

A la distancia la voz de Marco Di Menno suena segura y convincente. Toma un mate y saluda a quienes se van sumando al vivo que hace desde su cuenta de Instagram. “Buenas, buenas… En dos minutos empezamos”, advierte sentado en cuclillas mientras le da el sorbo final al mate antes de dejarlo a un costado de la colchoneta. Vuelve a saludar e inicia una clase de gimnasia virtual a la que se suman 40, 50 y cada día más personas. Su manera de ganarle al día en plena cuarentena por coronavirus lo ubica del otro lado del océano en Extremadura, España, donde aguarda con paciencia que amaine esta pandemia que tiene al planeta en cuarentena para volver a jugar en el Club Deportivo Azuaga, de la tercera división.

Allá y aquí. Aquí y allá. El orden es indistinto, todos están (estamos) contando los días para que la tormenta se detenga y permita regresar a la rutina diaria. “Empecé con mis amigos, con quienes tenemos un grupo de WhatsApp pero luego decidí compartirlo en directo por mi cuenta de Instagram y cada día hay 40 o 50 personas que se suman a hacer un poco de ejercicios. Me viene bien porque no tengo tantas ganas de entrenar porque no hay un objetivo, no sabemos cuándo vamos a jugar y eso juega en la cabeza”, le cuenta a Enganche. Y agrega: “Esto me ayuda… el hecho de saber que hay alguien del otro lado me estimula. No sé cuánto ayuda al cuerpo, creo que entrenar en casa en plena pandemia ayuda más a la cabeza que a otra cosa. Es difícil el día a día porque no sabés cuándo va a terminar”.

En el casillero de Migraciones, cuando viajó a España hace casi dos años, Di Menno escribió futbolista. No lo dudó ni un instante. No lo duda hoy. “Soy jugador de fútbol, desde que tengo uso de razón. No sé por quién terminé jugando y queriendo ser jugar jugador. Sólo sé que vengo de una familia futbolera, con padres a los que les gusta y con hermanos a los que les encanta”, detalla. Su historia empezó a forjarse desde muy chiquito en zona sur, en Llavallol, pero fue en Banfield donde dio sus primeros pasos. En la escuelita del Taladro, su primer entrenador le vio pasta para jugar de defensor “y no se equivocó”, afirma.

La 4 de Javier Zanetti que Marco Di Menno conserva en la casa de sus padres en Llavallol

El año en que nació (6 de enero de 1993) es justamente el mismo en el que Javier Zanetti debutó en Primera del club del Sur. Faro referencial, Di Menno admira desde pibe a Pupi con quien nunca coincidió en persona pero de quien atesora su mayor fortuna futbolera: un cuadro en el que se destaca una camiseta autografiada por el ex defensor de la Selección argentina e Inter de Milán. “Marcó un camino para todos los chicos del club”, sostiene sin dejar de reconocer, sin embargo, que no corrió con la misma suerte que el lateral derecho surgido en Talleres de Remedios de Escalada. “No me quejo por más que haya veces en las que miro para atrás y me pregunto si algunas cosas no podrían haber sido diferentes. Pero no por eso me reprocho algo. Hoy en día me encuentro muy feliz más allá del fútbol y por eso no me arrepiento de nada”, sostiene el defensor de 27 años que cursa las últimas materias de Gestión Ambiental. Carrera universitaria que empezó a cursar a distancia cuando emigró a préstamo a Rivadavia de Lincoln en 2013, donde jugó bajo la dirección técnica de Fabio Schiavi, quien tiempo después convenció a su hermano Rolando para retirarse allí a los 41 años. “El Flaco venía de jugar en China y su enorme experiencia nos ayudó mucho. Se notaba lo que sabía y cómo conocía el juego. Nos enseñó mucho y ver a un jugador consagrado en un club de ascenso te ayuda a entender lo que simboliza el fútbol para el jugador”, explica.

Con el Flaco Schavi en Rivadavia de Lincoln

Como yapa o mueca del destino, el día que el Flaco debutó en el club de su pueblo, Di Menno convirtió el gol del triunfo ante Brown de Madryn por el Torneo Argentino A. “En Lincoln tuve una gran temporada. Jugué 25 partidos y marqué 3 goles. Al tiempo volví a Banfield y cuando creía que podía afianzarme me lesioné dos veces el mismo hueso”, recuerda. Mastica bronca, engulle un dejo de angustia y rememora su peor momento como futbolista: “Al regresar a Banfield en 2014, [Matías] Almeyda me comunica que debía hacer la pretemporada con la Reserva porque me iba a estar observando de cerca. Y en el último amistoso de pretemporada me rompí el peroné y un ligamento del tobillo. Hice la recuperación con la Primera pero estuve un mes y medio sin caminar. Cuando regresé me sumé a la Reserva y ya estaba Holan. Al mes de estar entrenando me volví a romper el mismo hueso del peroné”. El regreso, ese segundo regreso fue aún más doloroso. Las dudas y la incertidumbre le ganaban el partido a las certezas de volver a verse sonreír en una cancha. “Me costó mucho regresar. Lo peor fue la cabeza. Pasé otro semestre entre recuperación y ponerme a punto. Me reincorporé a otra pretemporada en Reserva y tras seis meses, Claudio Vivas, que era el coordinador, me subió a Primera pero no jugué. Cuando terminó el año me aconsejó que me fuera a préstamo para tener más minutos”. Tiempo después, ya recuperado pasó a Cañuelas donde jugó dos años antes de irse a lo que él mismo define como la “aventura europea hacia lo desconocido para aprender algo nuevo fuera de la Argentina”. Primero en Calvo Sotelo Puertollano Club de Fútbol y en la actualidad en Azuaga.

Con la camiseta de Banfield

–¿Jugar en el ascenso español es muy distinto a hacerlo en el argentino?

–Las diferencias son las canchas donde muchas son de césped artificial o mitad y mitad, mientras que en la Argentina son de pasto natural. Y no tanto los sueldos, no varían mucho. Pero lo que no cambia es el hecho de entrar a una cancha y jugar como siempre, con la misma pasión que cuando sos un pibe. Creo que eso no cambia nunca.

–Decís que los sueldos no son tan distintos, pero allá cobrás en euros o dólares y acá en el ascenso se cobra en pesos. Eso ya es una diferencia enorme…

–No me gusta hablar de los sueldos, es algo muy personal. Pero los salarios son bastante parecidos al ascenso argentino. En mi caso, como soy de afuera, en el club se encargan de darme un departamento. La diferencia es que acá, en España, la plata rinde de otra manera. Acá, la leche sale lo mismo que el año pasado y eso en la Argentina no pasa, no sucede. Acá se vive al día. No es mi caso pero una buena parte de los jugadores del ascenso trabajan. Depende de cada club, pero en mi equipo hay varios chicos que trabajan y otros que viven del fútbol y necesitan cobrar porque es su fuente de ingreso.

Diferencias visibles y no tanto, para Di Menno el fútbol no cambia. Como si fuera un pibe, el mismo que conserva en su habitación de Llavallol un cuadro con la camiseta que le mandó firmada Pupi Zenetti, “el fútbol es un juego -concluye-, el mejor juego del mundo”.