Marita Peralta

En nombre del maratón

">
A los 42 años confiesa que cumplió y llenó la mayoría de los casilleros que alguna vez soñó: ser madre y atleta olímpica. "Mantenerme fue más difícil que llegar", asegura, al tiempo que dice: "Siempre me ha pasado que las derrotas no me han dejado en el piso. De una forma u otra me han motivado para volver a salir".

Por Marianela Balinotti, especial para Enganche

“Me llevó 26 años clasificar a un Juego Olímpico. Muchas veces me suelo preguntar: ¿Cómo hice? ¿Cómo hice para aguantar? Uno crece y se da cuenta que es algo que sueñan muchos, pero que son pocos los que llegan”, piensa en voz alta María de los Ángeles Peralta. Marita, como la conocen en el mundo del atletismo y el running es la única maratonista argentina que logró clasificar a dos Juegos Olímpicos consecutivos: Londres 2012 y Río 2016.

Empezó a correr a los 8 años, con su participación en la llamada Mini Maratón Apand (la misma carrera en la que empezó a surgir su coterránea y amiga marplatense Belén Casetta), que consistía en una competencia de 1200 metros. Y poco a poco fue encontrando su lugar en el medio fondo. En el Campeonato Sudamericano Juvenil de Bucaramanga 1996 se alzó con una medalla de bronce en los 1500 y los 3000 metros y, en mayores obtuvo el subcampeonato sudamericano de 1500 metros en Cali 2005. Esto sin contar que cosechó 25 títulos nacionales desde los 800 hasta los 3000 metros con obstáculos, pasando por el cross country y el medio maratón.

Simultáneamente a su carrera deportiva, la atleta que participó del Mundial de Cross, en Saint-Étienne 2005, empezó a pensar en tener una hija o tal vez un hijo. Intentó durante mucho tiempo quedar embarazada, sin éxito. Tanto le costó que cuando llegó Maia, el 30 de abril de 2008, decidió empollar. No hizo actividad física durante el embarazo y engordó 23 kilos. “Pero en ningún momento extrañé entrenar. Mi cabeza estaba conectada con mi bebe y prioricé mi embarazo antes que todo”, detalla la maratonista. Pero a los 28 días de dar a luz por cesaria volvió a correr porque no se reconocía. Era como si no tuviera ni rodillas ni tobillos y quiso volver a reencontrarse con su cuerpo. Al año, ganaba el media maratón de Rosario con 1h16m.

Peralta en el último maratón de Buenos Aires

Dos años después, el 17 de mayo de 2010, llegó Ainhoa, su otra hija, y en paralelo se iniciaba su sueño: clasificarse a un Juego Olímpico, en la prueba madre del atletismo: los 42 kilómetros y 195 metros. Era cumplir un anhelo de toda su vida: pasar a ser parte de la historia del atletismo argentino y pertenecer al selecto grupo de mujeres que representaron en un maratón olímpico a la Argentina. Hasta ese momento, sólo Griselda González y Sandra Torres Álvarez lo habían realizado. Y todo eso, como madre de dos hijas. Fue tan importante para ella que lo inmortalizó con un tatuaje con los anillos olímpicos en la nuca. “Fue lo máximo que me pasó en mi vida deportiva. Algo que no se iguala con ser mamá. Una cosa y la otra, me completaron como mujer”, confiesa Marita. Y agrega: “Creo que no se puede comparar una cosa con la otra. Son diferentes desde todo concepto. Una y otra, ser olímpica y madre, llenaron varios de los casilleros que soñaba. Si bien desde chica no hubiese imaginado ser atleta profesional ni madre, creo que, en el fondo, son cosas que vas amasando interiormente y eso se completa cuando lo lográs. Si hoy me detengo, miro para atrás y repaso todo lo que hice, no tengo nada de lo que me pueda llegar a arrepentir. Soy una privilegiada. En la vida, no todos pueden hacer lo que que quieren, lo que más aman. Y yo no vengo de una familia acomodada. Al contrario, a mi familia siempre le costó todo y mucho. Y eso, creo, también es algo que me ayudó a ser quién soy”. El entusiasmo de Marita aumenta y las palabras empiezan a acomodarse en su cabeza como si fueran piezas de un tetris. No es de mucho hablar, Peralta. O sí, cuando está entre los suyos no para dicen quienes más la conocen. En verdad, en las entrevistas que siempre está dispuesta a dar, sea a quien sea, no mide otra cosa más que la empatía que pueda tener con su interlocutor. “Cuando me siento más cómoda es cuando me relajo y cuento más en profundidad de dónde vengo y hacia dónde pretendo ir. ¡Porque todavía no me fui, eh!”, advierte cual madre nodriza que cuida a los suyos. “Todavía tengo ganas de correr. Veremos cuánto hilo me queda en el carretel. Por suerte, siempre me sorprendo”, dice la atleta de 42 años como quien aún siente la adrenalina de seguir haciendo lo suyo.

Llegada de Peralta en Londres 2012

–¿Cómo viviste la maternidad?

–Siempre prioricé a mis hijas, pero no es fácil cuando sos una atleta de alto rendimiento. Hoy Maia tiene 10 años y Aihnoa 9. Ellas ya vivieron dos ciclos olímpicos, ya estuvieron en dos Juegos Olímpicos. En Londres estaba amamantando a la más chiquita que tenía 2 años. Viví la maternidad como elegí vivirla y me encantó. Disfruté ser una mamá de alto rendimiento, una mamá maratonista. Uno no sabe cómo es ser madre y yo fui aprendiendo día a día a ser madre y atleta.

–Lograste estar en dos Juegos Olímpicos, ¿qué es lo que se aprende aprendés ahí?

–Lo que me dejó es que me costó muchísimo llegar. A veces cuando llegás a un determinado nivel, decís, “bueno, llegué, ya está”. El tema es mantenerte durante tantos años. Una vez que llegué a Londres dije ‘¿y ahora qué hago? ¿Qué me motiva para seguir corriendo?’. Los años pasaron, seguí teniendo resultados en distintas carreras, ganando carreras y eso es lo que me mantuvo. Mantenerme fue más difícil que llegar.

Marita junto con sus hijas Maia y Ainhoa.

A Londres 2012, su primera cita olímpica, se clasificó en el Maratón de Rotterdam del mismo año (con 2h37m57s), y terminó en el puesto 82°. La imagen de su llegada bajo una tenue lluvia y su brazo derecho hacia arriba, primero, y luego los dos extendidos con sus dedos índices apuntando al cielo quedó inmortalizada para siempre. A partir de ese Juego (al que también se clasificó el bragadense Miguel Barzola), la imagen de Peralta no paró de crecer y se hizo familiar entre los miles de corredores que cada fin de semana copan las calles del país en un calendario plagado de carreras. “Creo que después de Londres, el reconocimiento fue enorme. Por un lado, el periodismo empezó a darnos más lugar, los periodistas especializados fueron muchos más y, en todo esto claro, las redes sociales tuvieron un gran impacto”, cuenta. Tres años después corría el Maratón de Berlín en el mismo tiempo que Rotterdam y se aseguraba un nuevo pasaje a un Juego Olímpico. Queda claro que lo de Marita nunca fue magia.

A Río 2016, según recuerda, llegó en su mejor momento. Unos meses antes había participado del Mundial de Medio Maratón Cardiff, donde logró su mejor marca en la distancia. El tramo final de su preparación la hizo en Paipa, Colombia. Hizo el mejor fondo de 30 kilómetros de su vida, pero venía arrastrando una molestia que se fue incrementando. “No escuché el cuerpo. ‘Se va a pasar, se va a pasar, me voy a recuperar’, me decía, pero no pasó”, asiente con tristeza. Lo que más le dolió fue todo el sacrificio que había hecho y el tiempo que le había sacado a sus hijas, a su marido, a sus padres, a sus amigos. “Uno solo sabe el esfuerzo que le lleva a uno. El tiempo invertido que la gente no tiene ni idea. Por eso esa etapa fue muy difícil”, aclara. Después de eso, estuvo varios meses llorando, sin poder hablar del tema y tuvo que abordar el tema con su psicóloga para dejar atrás el dolor, la tristeza. Una espina que aún socava su alma. Un sufrimiento que, en el fondo, le enseñó mucho más allá del tiempo que le llevó amigarse consigo misma, tras haber abandonado pasado el kilómetro 20 del Maratón olímpico de Río por una tendinitis.

–Marcelo Bielsa dice que el éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peores, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos, y el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. ¿Se aprende más de las derrotas o de las victorias?

–De las dos aprendés. Necesitás las dos para valorar. Las dos te forman. Y a veces hay que tocar fondo para volver. Siempre me ha pasado que las derrotas no me han dejado en el piso. De una forma u otra me han motivado para volver a salir.

Marita, en Río 2016, todavía en carrera.

–¿Cuáles son las enseñanzas que te quedaron para aplicar a los entrenamientos y en la vida?

–La enseñanza es que nunca dejás de aprender. Siempre estás aprendiendo algo nuevo y hay que estar abiertos a aprender día a día. Nunca terminás de aprender, eso te lo aseguro. Siempre creemos que todo lo tenemos súper claro y no es así. Es un día a día de aprendizaje. Por eso siento que estoy abierta a seguir aprendiendo.

Cuando Marita se clasificó a Londres 2012 y a Río 2016 tuvo que lograr una marca mínima. Para Tokio 2020, además de haber una marca mínima requerida, hay una nueva forma de clasificar: un ranking en el que el puntaje depende de los eventos en los que compitan. En la actualidad, Daiana Ocampo y Marcela Gómez están con un pie en la cita olímpica. Ambas corrieron el Maratón de Buenos Aires con marcas históricas. “Como no seguía las carreras deportivas de Daiana y Marcela, me sorprendió muchísimo que corrieran en 2h34m. Hay que festejar el nivel de las maratonistas argentinas. Ellas ahora elevaron el techo y es muy bueno porque obliga a las demás a ir por más. Con los hombres sucedió algo similar con lo conseguido por Joaquín Arbe y Eulalio Muñoz. Es muy bueno que hayan mejorado marcas que hacía años no se rompían”, destaca. De acá a unos años, se sincera, espera estar disfrutando de la vida pero no se aventura a detallar qué le tiene preparado el destino en su hoja de ruta. “Me gusta que la vida me sorprenda, espero que la vida me sorprenda con cosas lindas como me pasó hasta ahora”, dice, acaso con la misma sonrisa que (nos) regaló al arribar a la meta en Londres 2012. Ya no es la misma Marita, por supuesto. “Los años pasan para todos. Lo que sí más deseo es que se me recuerde como una buena mujer y una atleta limpia y honesta. Ese es el mejor legado que le puedo dejar a mis hijas”.