El Enviado

Más infiel

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Todos conocemos historias de desamor de esas que truncan carreras exitosas. El Enviado, como siempre, nos cuenta algunas de ellas, pero aporta la más terrible.

A las 7 en punto de la mañana recibí una saga de whatsapps como si fuese una descarga de ametralladora. Me sobresalté y con espanto anticipado vi, abriéndome paso entre una neblina de lagañas, el mismo mensaje multiplicado: “Necesito verte urgente. Estoy en la plaza, al lado del monumento a Evita. El Enviado”.

Varias cosas me sorprendieron, a la vez que me preocuparon, a saber: la hora de los mensajes, su atolondrada cantidad, su contenido misterioso y urgente…y especialmente que el Enviado tuviera whatsapp, e incluso celular.

Como escapando de un incendio me semivestí y salí en su busca, atendiendo como siempre toda señal de alarma como si fuese un hecho relacionado con él. Me preocuparon las bocinas de las ambulancias, de los bomberos, de la policía, del SAME…finalmente lo encontré en sospechosa paz, mirando en dirección al sol que desocultaba las siluetas de la plaza.

–Apareció una foto íntima mía… –me dijo–.

–Epa… parece que este va a ser un día de grandes sorpresas, maestro. No esperaba que usted tuviera celular, ni mucho menos Whatsapp, ni mucho mucho menos que cayera en esa forma casi insuperable de la estupidez humana que es sacarse fotos íntimas…

El Iluminado se acercó como Francisco de Asís a un grupo de palomas que parecían cortejarlo, y luego (como no hubiera hecho el Santo de Asís) las sacó a patadas.  

–Plaga insoportable…son como los analistas políticos, los panelistas deportivos y los delanteros que corren a los defensores… Yo tampoco sabía que tenía celular, y de hecho debe haber alguien que está sabiendo que ya no lo tiene… No me mire así, sabe que soy incapaz de quitarle a alguien lo que es suyo, pero soy incapaz, también, de no agarrar algo que alguien se olvida en el banco de una plaza… Solo quería comunicarme con usted, ya vuelvo a dejar este aparatejo diabólico en el banco en que lo encontré, quédese tranquilo…

–Bueno, falta lo más importante. Que me explique el tema de la foto íntima…- dije, ya más sosegado.

–Es una vieja foto de rollo, en la que estoy remontando un barrilete con mi padre en los bosques de Ezeiza…

–¿Y qué tiene esa foto de íntima?… No quiero creer que me hizo venir al pedo acá las 7 de la mañana…

–Y yo no quiero creer que usted es de los boludos que confunden la intimidad con la vulgaridad explícita. Es íntima, sí, discípulo, y me extraña y me desilusiona que usted no lo crea así… Mi querido viejo y yo, en una escena hermosa e inolvidable, remontando un barrilete. Cualquier mamerto se saca una foto en bolas, no cualquiera tiene un viejo que le remonta un barrilete y un testimonio fotográfico de eso. Igual, en esa foto, si usted agudiza la mirada, puede ver en el fondo a una pareja ejerciendo su lascivia contra un árbol… Bueno, resulta que hoy revisé mi documento y esa foto no está…no tengo copia, estoy desesperado…

–Claro, además son de esas fotos de rollo, incunables. ¿Y no tiene el rollo?

–Sí…

–¿Y entonces cuál es el problema?

–El problema es que no quiero que nadie vea esa foto, punto…

–¿Dónde durmió anoche, Enviado?

–Ahí, debajo de ese árbol…

Me acerqué al árbol y mimetizada entre unas hojas que parecían querer despedir el otoño encontré la foto.

–Acá está Maestro…tómela y cuídela, y quédese tranquilo que ni la vi…

El Enviado me abrazó con esa ternura desbocada que tan bien representaba su alegría. Aproveché eso que creí era una deuda y le dije:

–Me debe una…cuénteme algo relacionado con cuestiones íntimas que echan a perder la carrera de un futbolista…

–Por supuesto que lo haré –me dijo–. Vamos de a poco, primero algunas historias interesantes pero no del todo impensadas…y después, como siempre, como solo yo sé hacerlo, le voy a contar la historia íntima de la   infidelidad más grande de la historia del fútbol…

Me contó entonces una serie de historias de carreras futbolísticas truncadas por esas historias de amor y desamor que a veces destruyen más que las patadas, las derrotas y la fama, el alma de los jugadores.

Es cierto que son tiempos en los que las viejas frases hirientes relacionadas con la intimidad sexual de los jugadores ya han sido reabsorbidas en la química de la pansexualidad, la possexualidad, la hipersexualidad, la asexualidad y la polisexualidad. Así, hoy, la frase: “¿Sabés con quién está tu señora?”, un clásico provocador de los años 70, puede ser despachada con un: “Sí, está garchando con la tuya… ¿no sabías que tienen una historia? A mí me parece bárbaro…”. También puede ocurrir que alguien le mande a otro fotos de su pareja haciendo el amor con alguien y también reciba como respuesta un descolocador: “¡Gracias! ¿Cómo sabías que soy voyeur?”.

Pero hay dramas que no tienen fecha de vencimiento, y formas de amar y sufrir que parecen estar talladas en el corazón humano. Dicen que un técnico de esos pillos, aprovechador de todos los detalles para sacar ventajas, a sabiendas de que el goleador rival al que tendría que enfrentar en un partido decisivo estaba loco por una fogosa mujer con quien vivía un reciente romance, mandó a ocupar sistemáticamente, a partir de un sistema complejísimo de espionaje, la pieza de al lado del telo al que solía ir la pareja en cuestión. La idea que podía haber sido perfectamente disparatada…pero no lo fue; era tratar de escuchar si en plena efusión orgásmica la muchacha decía alguna frase más o menos estable, que pudiera ser usada luego como rumor desestabilizante en medio del partido. Así, luego de varias jornadas de amor y lujuria, el informante pareció dar con un patrón, una especie de mantra extático que salí de esa voz en clímax. El día del partido, alguien se acercó al implacable goleador y le dijo en el oído la frase. Lo que escuchó el delantero fue tan hiriente como la piña con que pretendió hacer justicia (por mano propia, huelga decirlo). Acto seguido fue expulsado e inició un lento pero tenaz declive en sus rendimientos, que se llevó puesta su auspiciosa carrera.

Algunos dicen, al límite de lo que podría configurar la estructura de una teoría conspirativa, que cierta noche en que se cortó la luz en un estadio, desaparecieron al unísono un número 2 con fama de amante intenso, y la esposa de un número 5, que estaba en la tribuna viendo el partido (Hume diría que esta contigüidad en los hechos no constituyen conexión causal, pero no parecieron ser fervientes lectores de Hume quienes a partir de ese hecho llaman al número 5 “Cornudo EDESUR”).

Menos comprobable pero igualmente sugestiva es la historia del 6 y el arquero, que vivían un apasionado romance, aparentemente frustrado por unos videos que llegaron al celular del marcador central. Fue la misma tarde en que tomó conocimiento de esas imágenes que ese dúo famoso por su sincronización y por el modo en que se prodigaban mutua protección (hecho que recuerda la fama de invencibilidad del ejército tebano) mutó en un par de seres hechos para el desencuentro. ¿Venganza del 6? ¿Inacción del arquero por despecho? ¿Simple desfasaje de dos que parecían hechos el uno para el otro y ahora eran dos desconocidos? ¿Torpeza de quienes patinan en la ceniza de lo que alguna vez fue fuego? Nunca se supo la verdad, salvo esa verdad inapelable que es el resultado: perdieron 7 a 0.

Y ahora…la peor de las infidelidades. Todos conocemos esas historias, a mitad de camino entre la leyenda urbana, la exageración barrial y la genuina, fatal sincronía de alguien que vuelve a la casa cuando no se suponía que volviera, y termina encontrándose con una escena que no se suponía iba a encontrar. No entraremos en detalles morbosos, pero la patencia de ese espectáculo en el que el dolor de quien descubre es el reverso perfecto y siniestro del goce de quienes están siendo descubiertos, pronto se hermana en el pavor de ambos lados del drama amatorio.

El arquero fue a entrenar esa mañana con la casi burocrática normalidad de quien no sabe que los dioses han tramado algo que lo tiene como protagonista. Despidió a su (fiel) esposa con un beso matrimonial, de esos que combinan cierta frialdad con una ternura que el poliamor no puede ni podrá nunca producir por mera multiplicación.

Luego, en uno de esos exigentes ejercicios a los que cuesta distinguir de un entrenamiento para la guerra; el guardavallas sintió un tirón en el isquiotibial. En principio parecía algo que no comprometería la posibilidad de completar la faena, pero pronto los médicos del club, movidos por los implacables piolines de los dioses, le aconsejaron que se fuera a su casa. Hielo, antiinflamatorios, reposo, para evitar cualquier agravamiento de la lesión, que de hecho no era tan grave, porque no le impidió manejar.

Llega el arquero a su casa, casi sin proponérselo abre la cerradura como si fuese un ladrón, con una suavidad que encripta cualquier sonido. Escucha desde el pasillo de la vivienda que en el living está su esposa. Algunos sonidos como de gritos que no terminan de definir su fisonomía sonora se van transformando en un in crescendo de esos que permiten intuir que tal vez estamos por descubrir algo que no debía ser descubierto.     

Entonces, tirada en el sofá, con una mueca de plenitud gozosa en el rostro, el arquero inglés descubre, estupefacto, la escena inconcebible, imperdonable: a su esposa viendo un video de las mejores jugadas de Diego.