Literario

Messi y la humanidad

Apuntes urgentes en la tarde de un sábado en el que volvió Messi. Y no sólo Messi.

Messi se la da a mi sobrino nieto de 8 años, que dice una, dos, tres veces “Messi, Messi, Messi” porque esa es la séptima palabra que aprendió a pronunciar de bebé, y se la repone a Messi, que la entrega exacta para mi amigo Nico, que en París patea frente a la pantalla de un televisor para que la reciba Messi, Messi, Messi, que la alarga hasta los pies de mi padre, que en pleno territorio bonaerense se acomoda la cadera y la empuja rumbo a Messi, que enfoca a los ojos de mi madre, que nunca vio medio partido pero hoy vibra con Messi y entonces permite que la bola le rebote en ruta a Messi, a Messi, a Messi, que la suelta hasta los tobillos de mi tribu del colegio, que repite “Messi, Messi, Messi” y se la extiende, claro, a Messi, que la cede hasta donde sufren o se recomponen los contagiados del mundo, que tienen una calma porque tiran paredes con sus médicas, con sus enfermeros y con Messi, Messi, Messi, que combina con millones que en cualquier geografía andan asustados y cansados porque el virus de mierda los ojea desde no se sabe qué escondite de mierda y que clavan las pupilas en las pantallas universales que traen a Messi, a Messi, a Messi, que la captura y elige a qué compañero del Barcelona habilitar perfecto y elige a todos nuestros amores y a todos nuestros desconocidos para hacerlos jugar perfecto, desentendidos de ese público falso y de esas voces fraguadas con las que alguien mintió poblar el estadio donde corre Messi, Messi, Messi, que, aunque integra un show sobre césped que regresó más rápido que la salud a los cuerpos porque hay poderes a los que los desespera mucho más el capital que la vida, no deja de ser Messi, lo que significa que, inclusive en un sábado extraño de un tiempo extraño, algunas cosas habituales y dulces del pasado forman parte del presente y seguro que del futuro y eso, al menos por un ratito, representa una esperanza más mayúscula que la angustia y que la muerte, una esperanza que se celebra entre sonrisas y entre lágrimas mientras Messi, Messi, Messi la toca para mi sobrino nieto de 8 años y para la humanidad entera, que, como una promesa de cien mil abrazos, se la devuelven en el último minuto y es gol.