Contra los prejuicios

Mimí Sosa y Milka Medeiros, un amor para toda la vida

El voleibol las unió. Se casaron en 2018 en Formosa y su historia se convirtió en uno de los tantos emblemas de lucha por la igualdad.

“La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”, recita el genial Joaquín Sabina en su tema “No puedo enamorarme de ti”. Más allá del título de la canción, la vida naufraga por esa melodía, porque transitarla es aprender a vivirla, es aceptarse, es luchar contra los fantasmas que suelen aparecer para aguijonear el espíritu y, sobre todo, el alma de las personas. En definitiva es buscar la felicidad, más allá de los mandamientos sociales y patrones culturales. Y la historia de Emilce Sosa, más conocida en el mundo del voleibol como Mimí, corre por esa senda. Así lo dice la propia formoseña de 32 años: “Me casé en [mayo de] 2018 en Formosa porque el matrimonio igualitario no aparece en Brasil como un derecho. Fue una decisión de vida que tomamos con Milka [Medeiros]. Ella tardó en contárselo a su familia. Desde que se lo conté a mi familia, nunca más me escondí. Es un tema difícil que a Milka le llevó su tiempo. Yo no me quería esconder más porque eso hice de más chica. ¿Y esconderse por qué? Si no le hacemos daño a nadie. Es una decisión de vida que nos da más vida”. Las palabras salen como puñales de la boca de Mimí. En verdad, como remates punzantes similares a los que hasta hace unos meses solía dar en Las Panteras. Remates que pasan la red y rompen con todos los prejuicios en busca de la felicidad. La de ella y la de Milka, de 25 años. Con su casamiento, su historia se convirtió en un símbolo, un ejemplo para tantas personas que no se animan a derribar esas barreras sociales cargadas de prejuicios. “En mi caso, a los 18 años me di cuenta cuál era mi verdadera orientación sexual y decidí charlarlo con mis viejos. Ellos se lo tomaron muy bien. Entonces, si con ellos que son mi verdadera red de contención pude hablar abiertamente, me planteé por qué no asumirlo ante la sociedad”, le dice a Enganche desde Brasil, donde fijó su residencia en Río de Janeiro. Y continúa: “Lo que pasamos nosotras sólo se puede entender desde la empatía y la comprensión. Muchas historias de gays no terminan ni terminaron bien como se dio en mi caso. Y eso te hace dar cuenta cuán importante es el entorno. Si tu familia te apoya te hacés mucho más fuerte para salir a la vida y contarlo”.

El vínculo con Milka se dio cuando compartieron equipo y puesto en Pinheiros. “Antes de conocernos jugamos en contra, cuando ella estaba en Sao Caetano y yo en Río do Sul, pero nunca habíamos hablado. En Pinheiros nos pusimos a practicar juntas y todo cambió. Fue una amistad que derivó en una relación. Jugamos en el mismo puesto, como centrales. Conocí a su familia y ella a la mía. Creo que más allá de nuestro amor, lo que sucedió es que nuestras familias se enamoraron”

Para Mimí, el rol de su familia talló la columna vertebral que la define como persona. Criada en la comunidad wichí Lote 1, a 600 kilómetros de la capital de Formosa, donde sus padres fueron maestros rurales, Mimí siempre se sintió acompañada. “Creo que mi historia de vida empezó a definirse ahí en el contacto que mis viejos hicieron que tuviera con la comunidad. Esa es parte de mi historia y ellos, los wichís sienten orgullo de lo que son. Estuve en contacto con ellos desde que tenía 8 años”, afirma. “Estoy convencida que tuve una gran infancia, diría que fue perfecta. Vivía todas las horas de sol en el monte, compartía mucho con mis hermanos y con los chicos de la comunidad, con los que hoy sigo en contacto”, recuerda Mimí, quien antes de impactar con sus manos una pelota de vóley pasó años pateando y jugando al fútbol. Primero, en el medio del monte, con sus amigos y compañeros. Luego de manera más pragmática, acaso, jugando en clubes hasta que a los 16 años dejó de hacerlo en las inferiores de Belgrano de Córdoba.

–Hace un tiempo te retiraste de Las Panteras y estás dedicada a otras actividades, pero decidiste vivir en Brasil para acompañar a Milka. ¿Cómo es vivir tan cerca del deporte que hiciste por años y no practicarlo?

–Me tomé un año sabático. Estoy escribiendo un blog y trato de ayudar y enseñar a jugadoras de vóley a que tengan una organización financiera. Empecé a meterme con este proyecto a fines de 2019. Quería descansar la cabeza y el físico de lo que es estar en una cancha. Pero ya lo estoy extrañando. A mí me costó mucho llegar y poder vivir del vóley. Mi paso por el vóley fue bueno, gané bien pero no por ganar bien gastaba como a veces hacen los deportistas hoy. Conversando con amigas les conté que tenía cabañas en la Argentina y otros proyectos. Milka fue mi primera alumna y así fueron apareciendo nuevas jugadoras con las que empecé a hablar de finanzas.

–Vivís justamente en Brasil, en el Brasil donde gobierna Jair Bolsonaro, un declarado homofóbico…

–En nuestro caso no tuvimos problemas. Pero Brasil tiene una historia muy amplia y abierta. En general, se sabe que en todo Brasil, sobre todo en las calles, hay muchas fiestas. Es una sociedad abierta: hay ligas y equipos gay de vóley. Pero es visible el miedo que le tienen a Bolsonaro por todas las cosas que dijo.

Más allá de Bolsonaro y su política de persecución contra la comunidad homosexual, la decisión de vida de Mimí no se detendrá. En dos o tres años, proyecta junto con Milka quedar embarazadas. “La decisión es que yo ponga el cuerpo porque en el caso de Milka, ella tiene para varios años más como jugadora y queremos ser padres en ese tiempo, mientras ella esté jugando activamente”, cuenta Mimí. Y agrega: “Lo venimos hablando hace bastante. La idea es esperar hasta que mi cuerpo no pueda jugar más. Ahora estoy en un período stand by pero veremos cuánto me dura. No quremos ser mucho más grandes para tener hijos”.

Para Mimí alzar la voz no se trata del mero ejercicio de gritar. Para ella es un compromiso, casi una obligación para que los que no tienen voz, alguna vez, puedan animarse a salir al mundo a decir lo que quieren y lo que sienten. “Con Milka sabemos que nuestro casamiento movilizó a muchas personas y en lugares como Formosa, donde todavía cuesta mucho la cuestión de género, movió los cimientos. Eso nos hace sentir bien porque creemos que al hacer visible nuestra historia fue como una puerta, una ayuda para dar visibilidad a un tema que todavía genera tanta incomodidad”.