Mohamed Aboutrika

La leyenda del crack revolucionario de Egipto

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Ni Mohamed Salah llega al púlpito en el que se encuentra el ídolo que alguna vez no aceptó una mejora de contrato porque le parecía injusto que un compañero cobrara menos que él. El crack que pelea por cambiar la realidad de su país es amado y perseguido. Una historia de colección.

Por Nahuel Lanzón

En Egipto pareciera que no hay discusión: Mohamed Salah es la figura más popular del país. El astro de Liverpool deja en alto el nombre de su país cada vez que sale al campo de juego y sus logros futbolísticos son vistos a su vez como un premio simbólico. Un árabe musulmán, uno de los mejores del momento en Occidente no es algo que se vea todos los días. No sólo eso. Fue gracias a Salah que Egipto pudo volver a un Mundial tras casi 30 años de ausencia.

Sin embargo, si se hiciera una encuesta entre los egipcios, muchos dirían que el mejor jugador de la historia de ese país es otro: Mohamed Aboutrika, el mítico enganche del Al-Ahly. Salah podrá ser un gran futbolista, pero Aboutrika es mucho más que un gran futbolista.

Van 22 minutos de juego. Argelia y Tanzania igualan 0 a 0 en un partido por la Copa de las Naciones Africanas. El certamen más importante del continente estaba pautado para jugarse en Camerún, pero por la falta de avance en las obras y por cuestiones de seguridad vinculadas al grupo terrorista Boko Haram, la Confederación Africana de Fútbol (CAF) decide darle la sede a Egipto a meses de que se inicie el torneo. De manera increíble, los argelinos que viajaron a El Cairo de golpe empiezan a entonar: “¡Aboutrika, Aboutrika!”, en honor al número 22, su dorsal histórico. ¿Por qué cantan por un jugador egipcio? Por el mismo motivo por el que, al escuchar el cántico, las fuerzas de seguridad del estadio empiezan a reprimir en las tribunas. En ese canto se escondía algo más profundo. Algo que algunos querían gritar. Algo que otros no querían escuchar.

Mohamed Aboutrika nació el 7 de noviembre de 1978 en Nahia, un barrio pobre en las afueras de Guiza. Su historia, en un comienzo, es la misma que la de la mayoría de los futbolistas egipcios: el primer contacto con la pelota es no sólo una fuente de diversión, es un momento de distracción ante la pobreza que azota las regiones más bajas de Egipto. A los 12 años, Mohamed es fichado por Tersana, un club que tuvo su auge en la década de 1960 pero que en ese momento estaba lejos de ese pasado glorioso. Con 17 años debuta en el primer equipo y rápidamente se afianza como una pieza clave.

En Tersana empieza a mostrar su verdadera esencia: cuando le ofrecen renovar su contrato con una importante suma de dinero, Aboutrika lo rechaza porque le parecía injusto cobrar más que un compañero al que le estaban renovando su contrato por un monto inferior. Sólo cuando la dirigencia igualó ambos contratos (donde Aboutrika resignó una buena porción de su nuevo sueldo), aceptó renovar. Tras varios años en el club, a sus 25 años le llega su gran oportunidad y en 2004 da el salto a Al-Ahly, el gigante africano. Lo que sigue es historia conocida para el fútbol egipcio. Con Al-Ahly logró la módica suma de 23 títulos, incluyendo siete ligas egipcias y cinco Champions League africanas. Con la selección nacional obtuvo dos Copas Africanas de Naciones, y es uno de los goleadores históricos con 38 goles en 100 partidos.

Aboutrika tenía una capacidad técnica exquisita, combinada con un olfato para el gol poco usual entre los jugadores con los que comparte posición. Hacia el final de su carrera, su posición fue mutando hasta convertirse en un segunda punta que reemplazó la chispa y la velocidad de su juventud con su inteligencia para encontrar espacios ahí dónde no los había. Y como todo buen enganche que se precie de tal, tenía en su botín derecho un arma letal al momento de ejecutar tiros libres.

A contrapelo, no son sus logros ni sus virtudes futbolísticas (algo que ya de por sí lo haría merecedor de su idolatría) los que lo posicionaron por encima del statu quo del ídolo de un club en un primer momento. Varias veces tuvo la oportunidad de abandonar Egipto para jugar en Europa, pero rechazó cada una de esas ofertas. Su lugar en el mundo era ese. No tenía motivos para abandonarlo.

Su figura, además, trasciende la mera idolatría de un club. Con una licenciatura en Filosofía por la Universidad de El Cairo, Aboutrika también se destaca por el fuerte rol que juega al defender las causas que considera justas por fuera del campo de juego. “Todo atleta tiene un rol humanitario en la sociedad. No vive en soledad ni para sí mismo, sino para los otros”, llegó a sentenciar. Paladín de la lucha contra la pobreza y el hambre, no sólo juega partidos a beneficio o realiza diversas donaciones, sino también ejerce como embajador de UNICEF o de Wood Food Program de las Naciones Unidas. Aboutrika entiende el rol político que tiene, lo quiera o no, un deportista de alto nivel.

Uno de los hitos de esa personalidad ocurrió en la Copa de las Naciones Africanas en 2008, cuando tras convertir un gol, en su celebración mostró una remera con la frase “Simpatizar con Gaza” (Sympathize with Gaza) para protestar contra el bloqueo israelí que llevaba 10 días en esa región. Esta celebración causó un revuelo político importante en medio oriente, ya que no era ni es normal que un futbolista declare su posición sobre un tema tan complejo en el tablero geopolítico. Quizás también por acciones como esta, es que Aboutrika es un ícono que excede Egipto y es una leyenda en todo el mundo árabe.

Los “Ahlawy” (así se hacen llamar los ultras del Al-Ahly) no habían viajado cientos de kilómetros a la ciudad costera de Port-Said sólo para ver a su equipo. Habían viajado también a vencer otra vez a los militares, representados en el Al-Masry, el equipo local. Estos hombres, un año antes, fueron una pieza clave en la primavera egipcia que derrocó a Hosni Mubarak, tras estar treinta años en el poder. Fueron ellos los que resguardaban la Plaza Tahrir, epicentro de las manifestaciones en El Cairo, y se convirtieron así en la “fuerza de choque” de los manifestantes contra el régimen.

Dos cracks: Salah y Aboutrika

Ya sin Mubarak en el poder, la junta militar que lo sucedió con el objetivo de llamar a elecciones, decidió rapidamente retomar el fútbol como un modo más de “normalizar” al país tras el extenso conflicto que se desató tras las protestas. Pero claro, descontento continuaba. Muchos manifestantes sentían que era un cambio para que nada cambie, ya que la estructura militar en la que se sostenía Mubarak seguía en el poder. Por eso también este partido era importante simbólicamente. El final fue terrible, ya que el 1 de febrero de 2012 sucedió una de las tragedias más grandes de la historia reciente del fútbol. Ese día, el estadio de Port-Said se volvió un campo de batalla. El ambiente ya estaba enrarecido, con tumultos en las tribunas, suspensiones momentáneas por invasión y amenazas previas en las redes sociales. Pero nada de eso se compara con lo que sucedió una vez finalizado el encuentro. El césped cambió su típico color verde y se tiñó de rojo. Con ello, lo que debía ser un partido de fútbol devino en una masacre cuyas heridas todavía no cierran. Los “hinchas” del Al-Masry (luego se supo que muchos de ellos en realidad eran agentes infiltrados) se abalanzaron sobre el público visitante para atacarlos. Las fuerzas de seguridad liberaron la zona, y aún peor, bloquearon las salidas para que nadie pudiera escapar. Muchos murieron asfixiados intentando huir del horror. No era un enfrentamiento entre hinchadas, como se intentó decir: era la venganza del gobierno militar contra los Ahlawy por su rol en el derrocamiento de Mubarak. El luctuoso saldo es el conocido por todos: 74 fallecidos.

Mientras afuera las escenas eran de un horror inimaginable, un grupo de hinchas logró arrojarse de las gradas a la cancha y tras esquivar una horda de personas que intentaban agredirlos, se refugió en el vestuario del equipo visitante. Los jugadores, aún en shock, trataron de ayudarlos. Algunos estaban heridos producto de la caída desde las gradas hacia el cemento que rodea el campo de juego. Otros aparecieron con heridas de cuchillos o golpes. El más golpeado de ellos, un pequeño de 14 años, se desplomó sobre Aboutrika. Antes de perder la vida, con la poca fuerza que le quedaba, le susurró al ídolo: “Capitán, ahora que finalmente lo conocí, me puedo morir”. El precio de ser una leyenda puede, a veces, ser excesivamente alto.
Tras ese partido, Aboutrika anunció su retiro del fútbol junto con otros jugadores de Al-Ahly. La barbarie que tuvieron que vivir superó lo que podían tolerar. Por varios días, el astro decidió aislarse y no dar ningún tipo de declaración. Pero luego cambió su opinión y decidió “usar” su figura para visibilizar esta tragedia: se encontró con los familiares de las víctimas, incluso en muchos casos alojándolos en su casa. Además, se puso al frente de las movilizaciones que hacían los Ahlawy para homenajearlos.

Finalmente, decidió volver al fútbol para seguir luchando por su memoria.  
Tras la tragedia, y con el fútbol suspendido en Egipto, se fue unos meses a Emiratos Árabes Unidos para luego retornar. Su vuelta fue en grande: en su último año como futbolista, Aboutrika lideró a Al-Ahly para obtener su octava Champions League africana. En la final, derrotaron a Orlando Pirates, de Sudáfrica, por un global de 3 a 1 en el que Aboutrika aportó dos goles. El primero fue un excelso tiro libre en la ida. El segundo fue el gol que dio la ventaja en la vuelta ante su público, dónde fue a festejar ese tanto con los hinchas, en un claro gesto de apoyo. A los 92 minutos y con el triunfo casi consumado, dejó la cancha reverenciando a su público, como si su obra teatral hubiese culminado en ese momento. Si hasta el momento de la tragedia de Port-Said ya era un ícono, todo lo que sucedió después solo sirvió para engrandecer aún más a su figura: se retiraba el futbolista para que naciera el mito.

Toda su grandeza como futbolista no pudo evitar que Aboutrika se convierta en un enemigo público del gobierno egipcio, hoy bajo la presidencia de Al-Sisi. Si los Ahlawy fueron clave en la destitución de Mubarak, y los Ahlawy respondían a Aboutrika, la conclusión es que Aboutrika fue uno de los líderes de la revolución egipcia. En un primer momento, los activos del astro fueron congelados cuando fue acusado de evasión impositiva y lavado de dinero a través de una empresa que, según la acusación, tendría vínculos con la Hermandad Musulmana, una organización política islamista y sunita que pretende llegar al poder por medios no violentos y democráticos. Por el otro lado, su visión del islam, los preceptos que se deben seguir y su lugar en el mundo, junto con su vínculo con otras organizaciones como Hamás son sus puntos mas controvertidos. El primer presidente electo en Egipto tras la primavera árabe, Mohamed Morsi luego derrocado por Al-Sisi, pertenecía a esta rama.

Tras el derrocamiento de Morsi, la Hermandad Musulmana pasó a formar parte del listado de organizaciones terroristas en Egipto. Luego, en 2017, Aboutrika sería incluido en ese listado acusado de simpatizar con la organización. Su relación con la Hermandad Musulmana nunca estuvo del todo clara. Él siempre negó cualquier tipo de apoyo. Pero lo cierto es que cuando falleció Morsi, el crack fue uno de las pocas celebridades egipcias en recordarlo. En el final de 2019, Aboutrika se encuentra exiliado en Qatar, país enfrentado con Egipto donde funciona pare del soporte de la Hermandad Musulmana, incluso dándole asilo a muchos de sus líderes. Su disputa política con el actual gobierno egipcio, lejos de manchar su figura, la engrandece. Aboutrika es una leyenda que carga en sus espaldas un universo simbólico que pocos deportistas ostentan. Su voz es la voz de muchos, y eso se lo ganó a fuerza de goles, sí, pero también a fuerza de conocer el poder que tiene un futbolista con sus acciones. Lejos de negarlo, siempre lo utilizó para luchar por lo que creía. Aún cuando aquello le jugó en contra más de una vez.