Literario

Mónica Santino… (Barro tal vez…)

Entre tantas maneras de decir a Diego, el autor elige a una de las voces menos escuchadas pero acaso más maradonianas: la de Mónica Santino.

A Alejandro Cousido

Aunque algo de mí pedía más razones para seguir llorando, ya me había cansado de los comentarios, anécdotas, historias, rumores, conjeturas y fabulaciones en torno a Diego. Sí, está bien, mucho de Ruggeri, bastante de Coppola, una dosis de los muchachos del 86, algún eco en los periodistas que lo conocieron bien (y otro tanto de los que no lo conocieron), poco pero inevitable de algún compañero de noches que duraban días, unos cuantos discursos abolidos por la congoja, Rocío, Lineker, Dalma, unas inesperadas pero esperables reflexiones socio-antropológicas sobre “lo maradoniano” y el ser nacional, los alaridos napolitanos. Todo había sido dicho y nada nuevo podía ya decirse.

Entonces apareció ella. Fue apenas una ráfaga, como si del segundo gol a los ingleses se tratara, en que inspirada por los dioses que solo andan boyando en los potreros, eludió a todos sus rivales y dio forma a una obra maestra de sabiduría popular, de lucidez insuperable, de genuina cepa maradoniana.

Hablo de Mónica Santino, pero antes de hablar de ella hablaré, como diría algún místico de autoayuda, de “Los cuatro niveles del barro”.

El primer nivel del barro es el de aquellos que lo usan como escenario provisorio para gestar su virilidad de clase. Para parecer que son animales de barro, que están hechos para la lucha, el esfuerzo y el honor. Barro de repostería, condenado a diluirse entre la grifería de lujo. Barro que equivale a la transpiración de gimnasio, que se mimetiza con el sol de playa exclusiva y el tercer tiempo que huele a perfume de cinco cifras. Es el barro de las publicidades de camionetas, el que ensucia superficies pero no define profundidades, el que obra como cosmética de la falsa igualdad. Barro de estancia, barro de patrón, barro aspiracional, barro artificial que se fabrica para manchar las caras con prolija desprolijidad. Es el barro escenográfico, mera ortopedia para que la exaltación de los valores aristócratas pueda lucirse. Barro fracasado, envidioso, que no logra, como las cirugías y la cama solar de las mujeres de clase alta, emular un centímetro de la belleza morocha de los barrios. Barro que forja “ídolos de barro”, en su acepción más desilusionante; ídolos de un barro que no les pertenece, que no los atraviesa, que simula manchar lo que se sabe pronto a limpiarse.

El segundo nivel del barro es de aquellas personas que se forjaron en él y a las que luego la vida las fue llevando por senderos que se bifurcan. Pero algo reverbera en sus almas de aquel viejo barro orfebre. Por estos días Florencia de la V habló de cómo Diego tuvo para con ella palabras de dulce reconocimiento cuando consiguió su DNI femenino. Es que, en el barro de los barrios, ese reconocimiento no necesita de los debates que se hagan en tal o cual congreso sobre inclusión y diversidad. De hecho, Florencia tuvo que soportar el ataque de un sector de la Iglesia posmoderna por haberse “animado” a saludar con lágrimas y honores la partida del 10. La acusaron de contradictoria. Y lo fue, por suerte. Lo fue porque ella, que está hecha en el barro del barrio, sabe que la contradicción es la madre de todas las sensibilidades, y que la infalibilidad es cosa de pontífices y no de luchadoras. Lo fue porque si algo nos legó Diego, entre tantas cosas, es una aceptación sabia de la contradicción: la del machista que le da un beso a Cani en un clásico, la del patriarcal que dice en Dubai que si su mujer no puede ir con él a la cancha entonces se va. Diego no necesitó leer a Foucault o a Judith Butler para entender a Florencia, le habrá alcanzado (y sobrado) con recordar alguna fiesta o corso del barrio, donde las comparsas eran presididas por las colosales y “aceptadas” figuras de chicas trans. Le habrá alcanzado (y sobrado) con recordar a alguna mujer trans a quien ya el barrio aceptaba como madre, porque criaba pibes, sin necesidad de pedirle permiso al movimiento Queer. Le habrá alcanzado (y sobrado) con recordar alguna ocasión en la que un amigo (o él, por qué no) vivió una apasionada historia de amor con una chica trans.

El tercer nivel del barro es el “barro Dios”. El barro que asola y redime a Job. El que destruye y crea. El que es verdugo e indulgente. El que produce golems efímeros y seres aspirantes a eternidad. Hay un barro feroz, que en forma de alud (metafórico o literal) se lleva las vidas como ramas; las ahoga, las apaga, las aniquila antes de que puedan siquiera ponerse de pie. Pero hay un barro que fortalece, que modela las grandes virtudes, que saca como Miguel Ángel lo que está de más para que la plenitud de un ser brille. No se trata de hacer un elogio romántico del barro, típico del “clase media culposo” (yo). Ya quedó dicho: hay un barro que nubla toda posibilidad de brillar plenamente, pero hay otro (el mismo) sin el cual ningún brillo genial es posible. Hay un barro que oculta la belleza y otro que la fragua en su calor. No hay victoria semántica más contundente de los que dominan que haber logrado imponer la frase “embarrar” en un sentido unívocamente negativo. A veces, embarrar es, no solo la única manera de igualar lo que está condenado a ser desigual, sino la posibilidad de ver en el barro la arcilla primordial en la que se hacen los héroes, los que escriben la historia, los que se meten de prepo en la memoria popular, pariendo a su paso valentía y belleza. Es el mismo barro, contradictorio, el que hace añicos a alguien o lo engrandece. Es el mismo embarrado, contradictorio, el que pasea siendo siempre él mismo por esas cumbres y precipicios veladas a los mediocres. Estos son, no los ídolos “de barro”, sino los ídolos “del barro”.

Hay toda una historia entre Diego y el barro. Su primer maestro, Francis Cornejo, solía decir. “Si Diego está en una fiesta vestido de frac y alguien le tira una pelota embarrada, la para con el pecho”. Me permito otra humilde hemenéutica que la que se ha hecho con esta hermosa frase. Suele decirse que Francis quiso decir que Diego seguía siendo un pibe de Fiorito al que no le importaría embarrarse un traje con tal de parar una pelota embarrada. Esta sería la interpretación del “segundo nivel del barro”. Permítanme otra interpretación: Diego iba embarrado de Fiorito a todas las fiestas y a todas las ceremonias, por eso podía exigir en Dubai que lo dejaran entrar a la cancha con su mujer, por eso podía pelearse con el Príncipe de Mónaco como si estuviese en Puente de La Noria, por eso pudo hacer jueguito con una pelotita en Oxford. Diego vivió embarrado desde el principio hasta el final, en el barro que destruye y en el que protege. Diego nos embarró con esa sagrada contradicción todas nuestras vidas.

Y entonces… apareció Mónica Santino. O el cuarto nivel del barro. O el de la sabiduría que solo puede crecer en el barro. O el del amor que no quiere salir del barro porque sabe que allí hay una forma de amar y ser que no puede, al limpiarse, hacer otra cosa que diluirse, que venderse. Cuando ya pensé que había escuchado todo, cuando mis lágrimas parecían ya agotarse en la profusión de frases hechas, de gente que hablaba de Diego para celebrarse a sí misma; apareció ella. Dijo cosas tan perfectamente dichas que procuraré no parafrasear, porque cada cosa que dijo merece la literalidad. Porque habló del barro, y habló desde el barro. Y dijo que para las pibas con quienes comparte desde hace décadas el mundo del fútbol femenino, Diego fue lo que… es. Una referencia, una inspiración, un horizonte, un arquetipo. Tuvo tiempo para una frase que podría haber dicho Diego cuando, en referencia a ese feminismo que, como los bebés, viene de París, habló de quienes “miden el grado de feminismo en sangre…”, y ella, feminista hasta los huesos, con la militancia que va embarrada a los debates, con la templanza de saber que se discute con años de lucha en el lomo contra quienes descubrieron la diversidad hace un ratito, con (esto corre por cuenta mía) la certeza de que nada hace debilitar más al patriarcado que millones de machos llorando; se animó a hablar incluso del cuerpo de Diego, de cómo festejaba sus goles (recordó aquel festejo emblemático contra el Resto del mundo en 1979 y cómo ese despliegue anatómico del cuerpo masculino fue para ella una revelación). Enchastrada en el barro, que siempre es contradictorio porque es sabio, supo hablar de Diego como, al menos según creo, nadie lo hizo. Los puso en fila a todos los hábiles declarantes como si fueran ingleses en el 86 y los dejó parados como a un poste.

Gracias, Mónica Santino, por haberme hecho cerrar mi derrotero lacrimógeno de la manera que Diego y lo que siento por él merecen.

Ni te conozco pero te abrazo, Mónica. Yo, clase media, a salvo del barro que destruye pero también tan lejos del barro sagrado que funda.

Te abrazo, Mónica, cuidando seguramente que no se me ensucie la ropa; pero anhelando, contradictorio, que de una buena vez se me embarre el alma.

Mónica Santino… tan diversa, tan  inclusiva, tan sabiamente contradictoria. Tan maradoniana…