Cumple Diego

Neuroteología

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Pivoteando desde los aportes de las neurociencias, recuerdos que genera Diego. Recuerdos acaso falsos que revelan verdades, y uno personal que explica por qué para algunos corazones Diego alcanzó una dimensión sobrehumana.

Las neurociencias, ese extraordinario conjunto de disciplinas que han develado todos los misterios del ser humano, excepto aquellos que merecen ser llamados misterios; empiezan a mostrar los mecanismos que subyacen a un fenómeno cognitivo muy interesante: el de los “falsos recuerdos”. Lo vi en un documental en Netflix (o, para ser coherente con lo que planteaba el documental… “creo” que lo vi en un documental de Netflix). Allí se plantea incluso que aquel casi axioma que dice que ciertos hechos impresionantes como la caída de las Torres Gemelas o el segundo gol de Diego a los ingleses pueden ser reconstruidos minuciosamente (eso de “¿Qué estabas haciendo cuando cayeron las torres o Diego hizo el gol?”), en verdad también padecen una narrativa que los decora hasta deformarlos o lisa y llanamente impostarlos.

Desde hace un tiempo, también, algunos neurocientíficos están explorando ciertas áreas del cerebro en busca de “Dios”. Se trata, desde luego, de ver cuáles son las “zonas” del cerebro responsables de, como mínimo, la aparición del concepto “Dios” en la mente, como así también de las experiencias religosas, desde la básica fe del creyente hasta la experiencia extática del místico.

Bueno, hecha esta necesaria introducción, vamos ahora a hablar de Diego.

Hoy es 30 de octubre, del día de su compleaños. También debutó en primera un día de octubre, más exactamente el 20 de octubre de 1976. 30 de octubre, 20 de octubre; 30 menos 20 da 10, el número al que Diego le restituiría su sagrada condición pitagórica. Nació en octubre, el del 17, en el Evita. Debutó en octubre, el de la revolución rusa, con una camiseta roja. Alguien dirá que como todo creyente, exacerbo las simetrías y las señales para encontrar tesoros que yo mismo escondí. Mucho se ha discutido y se discute sobre la condición divina del “Diez”, llevando este debate a un plano en el que es difícil hacer pie: el de si está bien divinizar lo que por su  propia naturaleza es profano, e incluso si este ejercicio no le ha hecho mucho mal a Diego. Nosotros preferimos pensar que él nos ha hecho mucho bien…perdón, mucho Bien. Ese mucho que se revela de tanto desbordarse, como diría Marechal de la Belleza. No sabemos, además (es contrafáctico, diría un sociólogo que no acertó con su encuesta) si los viejos profetas no sentirían el mismo deslumbramiento que nosotros fente a un hombre que elude a seis ingleses en diez segundos con una pelota en los pies. No sabemos incluso si los profetas, en los ratos libres, no intentaban pasarse con los pies en la arena algo más o menos esférico, como intentamos vanamente hacer nosotros en la segunda quincena de enero, y si ese hecho no resgitrado como sagrado en la arena terminó siéndolo, en la inescrutable sabiduría divina, en el césped. No sabemos si Diego es Dios pero sabemos que así jugaría Dios si jugara, y con eso nos basta, y no nos importa que Diego no juegue más porque la Verdad, cuando se revela, se revela para siempre.

Vamos ahora a los falsos o hipertrofiados recuerdos.

Se dice que aquel partido de octubre de 1976, en la cancha de Argentinos Juniors, fue el que más espectadores tuvo, porque todos afirman haber estado allí. No importa si la afirmación puede ser refutada fácilmente por una partida de nacimiento (hay, en efecto, gente que dice haber estado allí y aún no había nacido), muy por el contrario, es este tipo de “mentiras” el que define la verdad sagrada de quien la merece. Solo merece cierto tipo de mentiras quien ha hecho lo suficiente como para que éstas parezcan verdades. Si alguien nos dice que Leonardo Da Vinci había creado el celular, la motosierra o la remachadora, no nos importa saber si esa afirmación es verdadera: merece serlo porque Leonardo lo merece. Todos los que dicen haber estado el diría en que Diego debutó “en verdad” estuvieron, porque como diría Nietzsche (ah…qué pena que no haya podido concer al Diez): muchas veces lo que las cosas tienen de verdadero es lo que tienen de falso (no sé si Nietzsche dijo esto…pero merece haberlo dicho), y porque la grandeza de Diego merece esa exageración.

En los 90 yo atajaba en un equipo de barrio, del que omitiré los detalles históricos, porque aquí estamos hablando de lo que es eterno; allí jugaba de 10 un zurdo habilísimo, que decía haber comprtido el plantel de los Cebollitas con Diego. Es cierto que algunos datos estaban de su lado: había nacido en 1960, había (según testimonios más o menos fiables) hecho las inferiores en Argentinos, y además jugaba muy bien. Pero nada de eso nos importaba, porque su posible mentira era una verdad hasta los huesos. Era verdad porque no era fácil decir semejante cosa y llevarla de paseo por la vida (y por las canchas), era verdad porque nosotros nos emocionábamos de solo saber que quien se ponía junto a nosotros átomo desinflamante había jugado con Diego, pero especialmente era verdad porque no es justo que un barrio futbolero no tuviera derecho a que alguien mintiera esa hermosa mentira.

Vamos ahora, para finalizar, a “mi” recuerdo falso.

¿Qué estaba haciendo yo el día en que el Genio le hizo el segundo gol a los ingleses? Sé de gente que te dice “Yo estaba con mi abuelo, me acuerdo perfecto…”, pero resulta que el abuelo ya se había muerto. ¿Y entonces? Y entonces el abuelo estaba, porque cuando hay un milagro estamos todos, porque Diego merece que su gol lo hayan visto todos los abuelos, porque “me acuerdo perfecto” no es perfecto si no estaba el abuelo. Yo estaba en el Sanatorio Güemes, en medio de una niebla (¿la tìpica niebla inglesa?) luego de una operación urgente de peritonitis que me tuvo al borde de la muerte. Mi apéndice colapsó en un parpadeo de ojos (premítame otra digresión, porque inventé esta frase y quiero decirla: el apéndice es un hecho artístico, porque es algo inútil que se revela a través del dolor), y entré a la sala de operaciones dos días antes del legendariio partido Argentina-Inglaterra. ¿Cuánto de esto que recuerdo es verdad? Ya no importa, y no voy a negociar con los neurocientíficos algo que solo aceptaría debatir con ángeles. Recuerdo perfecto que un médico, mientras hacía efecto la anestesia, me hablaba de lo complicado que iba a ser el partido, de Inglaterra y su temible Gary Lineker,  y parece que yo, antes de dormirme como embalsamado, dije:“El Diego nos va a salvar…”. Luego, la operación, esa muerte en miniatura; luego, el posoperatorio, esa resurrección provisoria; al ratito, el médico recordándome lo que había dicho sobre Diego.

Unas horas después, frente a un televisor Noblex blanco y negro que había traído mi viejo a la pieza; yo, los otros convalecientes, médicos, enfermeras y algún que otro familiar estábamos viendo en partido más importante de la historia…perdón, de La Historia. Recuerdo a la perfección el in crescendo dramático de la jugada, mi negligente incorporación hacia una especie de ángulo recto anatómico, la enfermera que me agarró de los hombros como si estuviera viendo caer un avión. Todos (¿diez, veinte, cincuenta?) en la pieza acercándose en esos diez segundos hacia la pantallita mientras se agarraban la cabeza como en el cuadro de Edvard Münch. Luego, el abrazo oceánico, los egos que se disuelven en la alegría, el grito que horada las paredes. Los agonizantes que vuelven a sus signos vitales, los dolorosos que encuentran un poderoso analgésico, los dolientes que suspenden por un rato la tristeza. Salgo de la pieza, enloquecido, habiéndome arrancado el suero, me abrazo con todo lo que encuentro, si es humano mejor. Con lágrimas en los ojos la enfermera siente el imperativo kantiano y me reta: “Vaya para adentro… ¡se le va a abrir la herida!”. Cuando llego me acuerdo de un viejo que no había sobrevivido a mi primera noche en el Sanatorio y pienso, como algún napolitano escribió a la entrada del cementerio de Nápoles, luego de la obtención del primer scudetto: “Pobre… lo que se perdió”.

Mientras escribo esto pienso que Dios no se debe enojar con quienes “diivinizamos” a Diego. Digo: el hombre ha hecho algunos milagros deportivos, ha logrado que los enfermos se mejoren, que algunos hayan salvado su vida invocando su nombre, que mi herida no se haya abierto, que la belleza y la pasión pinten con sus colores la suma de los días. El tipo envejece pero todos ven “lo que es”, no lo que va siendo; los rivales lo aman, los que no lo vieron jugar lloran cuando lo ven ahora casi sin mover la piernas, los que quieren un mundo injusto lo desprecian.

Dicen los hindúes que la mejor forma de morir es con una alabanza a “Dios o a Lo Divino” en los labios. “Diego nos va a salvar”, aquella frase que dije (o creo haber dicho) poco antes de entrar a la sala de operaciones, creo que estaría a la altura de ese milenario anhelo hindú.