Los 10

Nuevos aportes para una comparación oDIOSa

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¿Es posible confrontar a los Nº 10 más trascendentales del universo fútbol nacional? ¿Vale la pena? Aquí, un aporte de nuestro conspicuo autor que juega y tira paredes con la literatura futbolera.

Sabrán disculpar mis lectores que por una vez (la única, lo prometo) abandone la ficción e intente surcar los peligrosos mares del ensayo, pero creo que es un buen momento para que diga cuál es mi posición respecto de la insólita, inconcebible y a la vez inevitable antinomia Maradona-Messi. Ahí vamos.

Siempre creí que comparar a Maradona con Messi era como comparar el asado con el dulce de leche. Hecha esta primera distinción, que a mí se me antoja decisiva, es obvio que los muchachos tienen mucho en común: son futbolistas, son genios, son zurdos, son argentinos, llevan la número 10, son capitanes y se disputan el trono de mejor jugador de la historia. Paradojalmente, son tan diferentes que es absurdo compararlos y tan parecidos que sería absurdo no hacerlo. Como esos matrimonios que ya no pueden estar juntos ni separados, todos sabemos que la comparación de Diego con Lionel es odiosa, pero todos, al hablar de uno, inexorablemente nos remitimos al otro.

Lo que sigue ahora es un exhaustivo análisis (tan exhaustivo como le es posible a mi inteligencia) de algunos de los muchos aspectos que esta antinomia permite como material de reflexión.

En primer lugar, como corresponde, hay que mencionar brevemente las condiciones de posibilidad de este conflicto. Creo pues, que el hecho de pertenecer a una cultura monoteísta y monogámica, obra como telón de fondo de la cuestión. Dicho de otro modo: una cultura que suele creer que solo puede existir un Dios y que solamente se ama de verdad una vez, es poco propicia (cuando no lisa y llanamente enemiga) de la posibilidad de que coexistan en el mismo cielo dos dioses. Por mucho esfuerzo que hagan los posmodernos, por estas tierras se nos sigue antojando que un poliamoroso es un cornudo consciente y un ateo alguien que tiene qué explicar por qué cree que Dios no existe. Hay un detalle interesante a propósito de esta analogía teológica: hace algunos años, cuando Lionel daba sus primeras muestras de genio sobrehumano, se jugaba con que “Messi” era el “Messías”. Esto no solo no nos molestaba a los maradonianos (ah…perdón, no aclaré desde dónde hablo: soy maradoniano) sino que dejaba intacta la estructura jerárquica de nuestra creencia: Diego era Dios, Lionel, el Mesías. Algo de esto tomó un vuelo teológico que generaría la envidia de toda la edad media, cuando en el mundial 2010 Diego fue técnico y Lío jugador. Eran el Padre y el Hijo, esperando que una milagrosa victoria en el mundial consumara, a modo de Espíritu Santo, la Santísima Trinidad del fútbol. Pero los alemanes, se sabe, tienen una particular manera de entender los fenómenos teológicos (no olvidemos que Martín Lutero era alemán), extendieron el alcance trinitario y nos metieron cuatro, bajándonos del cielo a la tierra.

A partir de allí se dio una silenciosa batalla entre los que amábamos a Messi “en Diego” y los que soportaban a Diego “por Messi”. Esta es una primera taxonomía: hay gente (yo, por ejemplo) que no puede amar a Messi porque siente que eso es traicionar a Diego. Nótese que no digo que le tengo bronca a Lionel o que niego que sea un jugador de la misma valía que Maradona; digo, simplemente, que no puedo quererlo con toda mi pasión. Están del otro lado quienes aman a Messi porque odian a Diego, y ese amor a Lio es un tiro por elevación para negar la divinidad del genio de Fiorito.

Luego hay otra taxonomía que tiene que ver con la edad. Se puede decir que, en líneas generales, las personas de más de 40 años tienden a negar los atributos de Messi un poco torpemente para hipertrofiar los de Diego, y los menores de 30 hacen lo mismo pero a la inversa. En el medio, hay una franja medio esquizoide que hace lo que puede con lo que siente. Son los de treinta y pico, casi cuarenta: El Chango García, Fede Barela, Santiago Aragón y Andrés Miquel son ejemplos de esto: dicen amar a Diego y a Messi con igual ardor. No les creo, tal vez porque es lo que yo quisiera sentir y no puedo.

Otra cuestión tiene que ver con las razones por las que amamos a nuestros ídolos. Aquí, creo, hay otra taxonomía entre los “cualitivistas” y los “cuantitivistas”. Es obvio que los números de Messi son un escándalo de la matemática aplicada al fútbol. El muchacho hace un gol cada quince minutos, y esto es algo frente a lo cual el genio de Forito tiene muy poco que hacer. Con todas las copas que tiene Lío en su vitrina se podría llenar un salón de baile y con sus balones de oro poner un pelotero. Pero nosotros, los maradonianos, insistimos en que más no es mejor, y que lo que importa no es la cantidad de goles, sino lo significativo que éstos hayan sido. No me meteré en cuestiones vinculadas con el temperamento o el carácter, porque en esto también el fanatismo sesga lo que vemos, pero sí es menester aclarar que la críticas a la desmesura del carácter de Diego nos tiene sin cuidado, no porque no reconozcamos estos desbordes, sino, justamente, porque ellos son parte de las razones por las que lo amamos. Nosotros no queremos a Diego “a pesar” de sus defectos sino “gracias a” ellos. Nos gusta el Diego orgiástrico, exacerbado, imprevisible, indomable, y no pensamos que eso le impidió ser un gran deportista, porque eso, justamente, lo hizo ser un genio. Tampoco haré mención a ciertas circunstancias históricas que Lionel no pudo haber elegido (digo: el geniecillo rosarino no es responsable de que el partido más importante de la historia, perdón, de La Historia, haya sido el Argentina-Inglaterra post Malvinas).

Dos últimas a favor de Lío (para que vean la humildad que tenemos los maradonianos). Una: no hace falta ser Freud para darse cuenta de que proteger a Diego es una manera de proteger nuestro pasado, que es sagrado como toda memoria. No obstante, seguiremos defendiendo a Diego hasta nuestra última gota de sudor, de voz, de dignidad, porque de este modo sentimos que estamos devolviéndole “un poquito así” de todas las veces que nos sentimos defendidos por él.

Ahora: las objeciones. Intentaré hacerles frente responsablemente, reduciendo al mínimo los sesgos que inexorablemente condicionan los debates de este tipo. Procuraré ser casi escolástico en el intento: aceptar todas con respeto intelectual, refutar algunas de ellas, y aceptar con hidalguía los argumentos que debilitan mi posición inicial.

La primera objeción puede atacar, con ejemplos ilustres, mi forzada taxonomía etárea. Hay, y en abundancia, menores de 20 años que aman a Diego. La explicación más tentadora, que es la influencia paterna, permite explicar estos casos pero no todos, falsando el alcance general de la afirmación. Por otra parte el Perro Oriolo, que tiene 53 como yo, asegura tener la característica que yo prediqué de los treintañeros, a saber, amar a Maradona y Messi con igual fervor (el Perro Oriolo, aclaro, es un ser indescifrable, que solo puede servir como ejemplo de sí mismo).

Segunda objeción: cuando enfaticé la diferencia entre los méritos cuantitativos de Messi y los cualitativos de Maradona cometí una falacia, en el mejor de los casos, o una maliciosa interpretación de los hechos, en el peor. La objeción es que al reducir a Messi a un simple problema de cantidad, parezco dar por entendido que la jugadas o goles del rosarino carecen de belleza o no se caracterizan particularmente por su condición estética, y en verdad Messi no sólo hace goles de a docenas, sino también goles excelsos. Pues bien, creo que esta objeción es válida, aunque los maradonianos insistimos en que el tipo de belleza que nos regaló Diego no se compara con ninguna otra, pero como toda evaluación estética puede ser cuestionada por relativa.

Sigo firme, sin embargo, en mi postura de “los goles significativos”. El azar o el destino (tachen lo que no corresponda, yo sé bien qué tengo que tachar…) lo puso a Diego ante la contingencia de tener que jugar el partido más importante de la historia del fútbol argentino. El genio hizo allí un gol con trampa (no me detendré aquí a argumentar por qué esa trampa a nosotros se nos antojó justicia) y el gol más bello de la historia de los mundiales (o de todos los tiempos). Alguien dirá que no se deben mezclar las cuestiones políticas con las futbolísticas, pero lamento decirles que a veces

las cosas, en la historia, se mezclan solas (y además, como decía Pascal, otro maradoniano: el alma tiene razones que la razón no comprende).

Otra objeción es que al destacar los “méritos” de la vida licenciosa de Maradona, parece desprenderse de esto que ser un tipo ubicado y previsible como Lío fuese un defecto, y que Diego podría haber sido mucho más de lo que fue de haber llevado una vida “sana” (cosa que es incomprobable o, como se dice en la jerga lógica, contrafáctico). Veamos: nosotros no pensamos que la templanza de Messi sea un defecto, pero sí pensamos que la locura de Diego es inherente a su condición de genio (y no pensamos que porque Lío no sea un desaforado, no sea un genio…lo digo antes de que esto se transforme en objeción). Por otro lado (o en virtud de esto) estamos seguros de que Diego no hubiese sido mejor futbolista de haber sido moderado, porque fue esa misma desmesura la que lo llevó a hacer en el campo de juego cosas fuera de toda lógica (cosa que también, desde su moderación, hace Lionel…lo digo antes de que esto se transforme en otra objeción).

Para terminar, quiero agregar algunas taxonomías más que nutren de nuevas líneas de análisis al debate. Sin pretender que Messi es menos genio que Diego, sí creo atinado decir, siguiendo a Nietzsche (¡que también era alemán!) que Maradona es un genio de tipo dionisíaco y Lío uno de tipo apolíneo. No solo por las diferencias ya descriptas en sus estilos de vida, sino por el tipo de genialidades que producen: las de Messi, mucho más geométricas, perfectas; las de Maradona, mucho más inspiradas, aleatorias. Ambos llegan a lo sublime por caminos distintos; da la impresión de que Messi dibuja sus jugadas con lápiz, escuadra y regla, y Maradona con un pincel indescifrable. Cuando vemos un golazo de Messi sentimos que eso que ocurrió tiene la bella perfección de un teorema; cuando vemos uno de Diego, sentimos que tiene la bella imperfección de un poema.

Una reflexión final. Entre los libros incunables que hay en mi biblioteca, conservo uno ciertamente único: se llama “Te Diegum” y es el resumen de una serie de jornadas que se hicieron en Nápoles, durante la década del noventa, para debatir académicamente cuestiones maradonianas. El equipo de eruditos estaba compuesto por antropólogos, semiólogos, sociólogos y filósofos. Es cierto: uno sospecha, tal vez prejuiciosamente, que un antropólogo napolitano es alguien con tendencia a abandonar una investigación rigurosa para pasar una noche con Mónica Belucci, o alguien que tal vez termina a los gritos, parado sobre una mesa, una ponencia sobre culturas comparadas. Quiero rescatar de estas efusiones lógico-emotivas una que me pareció muy atinada y que yo complemento con alguna reflexión propia. Creo que esta última reflexión puede obrar, ahora sí, como síntesis final de este debate:

Digo (junto con mis amigos napolitanos): Maradona es el escándalo del racionalismo europeo y Messi, involuntariamente, es su confirmación. Diego es la victoria del romanticismo sobre el iluminismo, es la muestra de que el caos puede ser exitoso, que la inspiración sin reglas puede triunfar y que la desmesura puede conducir paradojalmente a la producción de belleza y a la derrota del adversario moderado y analítico. Por supuesto que Messi también representa una humillación para la etnocéntrica soberbia europea (que lo diga si no Boateng, tan newtoniano en su caída hacia atrás). Pero Lionel es el más perfecto en el juego de otros, y Diego jugó siempre su propio juego.

La Europa racionalista esconde al Zidane que se retira del fútbol con un cabezazo asesino al pecho de Materazzi, porque éste ofendió a su hermana; nosotros habríamos amado todavía más a Diego si hubiera hecho eso.

Para finalizar, y para que vean que quienes no amamos a Messi sabemos que este “no amor” nos priva de un manantial inagotable de belleza, tal vez (tal vez) equivalente a la que alguna vez nos regaló Diego, les dejo un cuentito inédito que escribí inspirado por este conflicto futbolístico-emocional. El cuento se llama “Peor lo mío”, y dice:

En el cementerio municipal de Nápoles, unos días después de que el equipo de la ciudad se consagrara campeón de la liga italiana por primera vez en su historia, de la mano del gran Diego, alguien escribió en las paredes de entrada a la ciudad de los difuntos una frase que demostraba, por si todavía hacía falta, que la muerte, el arte y el fútbol son tres ámbitos propicios para que aparezca lo sublime. La genial frase, que ocupaba todo el ancho de una extensa pared, era una especie de gran epitafio al revés, en el que un vivo le decía a los muertos: “No saben lo que se perdieron”.

Hace poco, viendo un documental sobre Diego, al ver nuevamente la imagen del paredón con la célebre frase, pensé: “En serio…lo que se perdieron. Peor yo, que me perdí a Messi sin tener la excusa de haberme muerto…