“Nunca dejaría la selección; si mañana hay guerra, quiero ser un soldado argentino”

Acaba de acordar un contrato con Baskonia, de España, para jugar bajo las órdenes de su amigo Pablo Prigioni, pero reconoce que su paso por Boca en la Liga Nacional fue un gran salto para el retorno; Lancha cuenta por qué nunca dejará la celeste y blanca.

Carlos Delfino pasó seis meses en un club que, por momentos, lo hizo sentirse en su casa. Que lo vio tambalear: desde caminar hasta volar –alto–, volcársela en la cara a un rival y ser muy determinante. En Boca hizo, en síntesis, realidad el objetivo de volver a tocar una pelota. “A pesar de mis 35 años y todo lo que pasé, lo viví como un nene de 17”, suelta. Para entender mejor los sentimientos de Delfino hay que recordar que estuvo casi cuatro años sin jugar en un equipo, desde que se lesionó en 2013 jugando los playoffs de la NBA para Houston. Fueron tantas operaciones en la pierna derecha que ya ni se acuerda. Luego volvió en la Selección, en Río 2016, pero fueron sólo unas semanas. Necesitaba continuidad en su juego. Ahora, tras la tensión de mantener la categoría en la Liga con Boca, visitó en Europa a su familia que tanto extrañaba y fue a ver a su nene de 5 años, que aprendió a llamarlo por teléfono. Estuvo de vacaciones con “los viejitos”, en las playas de Ibiza con Manu Ginóbili, Fabricio Oberto, Andrés Nocioni y Pablo Prigioni. Buscó un kinesiólogo personal. Y firmó un contrato con Baskonia para disputar la pretemporada. Esa primera aventura de prácticas de verano, se convirtieron en una nueva oportunidad de poder jugar en el básquetbol de Europa, como lo hizo entre 2000 y 2004 en Viola Reggio Calabria y Skipper Bologna. “Estar cerca de Pablo [Prigioni] es algo muy lindo. Tratamos de ayudarnos mutuamente, porque puedo desde adentro de la cancha colaborar con los más chicos del equipo y él me da una mano para que mueva el cuerpo y las piernas, que era lo que necesitaba. Quiero llegar a estar lo más cerca posible de lo que era antes de la lesión, sé que es un trabajo largo, pero no me detengo porque quiero seguir jugando al básquet. Me cuesta soltar eso, me parece que lo mío va a ser como lo del perro Marley, el de la película, me voy a ir a retirar lejos, sin que nadie se entere”.

Sea Lancha o el Cabezón, dependiendo del gusto del consumidor, a él no le gusta dar notas. “Otros se van a poner celosos, no le doy notas a nadie”, aclara. Y hasta se anima a evaluar a sus entrevistadores: “Todos vienen con los mismos temas. Vino uno a hacerme preguntas re básicas; estoy cansado: la mandé a mi vieja a responder”, se queja. Y dice que recibe más de veinte llamadas por día que le solicitan, con voz formal: “Hola, te quiero entrevistar”. A Delfino no le gustan los periodistas. Pero dejará media hora de su rutina para charlar. Reirá de todo, sin importarle que se trate justamente de una entrevista, lo toma como una charla y se lo advierte distendido, sin impostar nada.


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–Carlos, ¿qué fue lo mejor de la vuelta?

–Los últimos cuatro minutos del segundo partido de la serie con Boca frente a Echagüe: haber jugado con mi hermano. Era uno de los motivos por los cuales yo fui a jugar a la Argentina. Fue buscado e inesperado también. Llevarle quince años a Lucio, siendo padrino suyo y viéndolo nacer y crecer, eso me acercó mucho, y ahora verlo grande jugando al lado mío es muy lindo. Si él no estaba en Boca, no sé si hubiese ido. Era la cereza arriba de la torta. Haber jugado esos minutos con él, para mí, son tal vez como los últimos minutos que jugué con Manu, con el Chapu o con Luis. Son esos momentos que no hay cámara ni video que la filme y me la cuente: lo tengo guardado en la cabeza.

En el cuerpo, también, tuvo algunas marcas: contra Echagüe (en la temporada regular) sufrió un golpazo en una rodilla que –además de lucir como una pelota– se metió en sus pensamientos. En el medio, entraron a robar a su casa de Santa Fe. Entonces, se bajoneó. Se ausentó en los partidos que restaban y recién volvió cuando Boca estaba al borde del precipicio, cerca del descenso. Contra Echagüe, justo contra Echagüe. Iba a los entrenamientos a eso: cruzar los brazos, poner mala cara, a perder la vista en la humedad del parquet, mirar cómo sus compañeros pulían la puntería. O a veces ni iba: hacía doble sesión de kinesiología –masajes, movimientos para bajar el dolor, gimnasio, ejercicios de propiocepción, más gimnasio–. Pero empezó a creer cada vez más. Delfino cambió la cara; su físico no era el mismo. Hasta su mejor partido: el que le permitió a Boca seguir en la máxima categoría. “Si no tenía el compromiso con Boca, por ahí con ese golpe en la rodilla estaba más para terminar la temporada. Pero esa situación fue muy grande. Hizo que esté poco entrenado. Traté de competir; con los peligros que puede haber, con la falta de juego obvia que se vio, pero jugué. Lo extrañaba. Aunque esté fuera de forma estuve divirtiéndome. Pasó un poco como los primeros partidos, ni bien llegué a Boca: eran medio entrenamientos con público; me estaba poniendo en forma con la cancha llena y jugando un partido con profesionales.

–¿Te gustó la Liga Nacional?

–Me adapto mucho más fácil a las ligas europeas; crecí ahí y sé la manera de jugar. O también la NBA, porque es la liga que más años jugué en mi vida. En Argentina, apenas seis meses, era el desafío más grande. Por ejemplo, discutir en la cancha con un árbitro que sabía quién era, pero que no cobra a nivel internacional: cobra cómo es en la Liga, que se permiten muchas cosas. Sufrí un poco esa adaptación, pero fue un lindo desafío. Estoy contento y muy conforme.

–¿Cuáles son los motivos por los que Boca atravesó esta situación?

–Cada pequeño factor influye: desde armar un equipo a buscar líderes, a organizar una comida. Cada detalle suma para formar un equipo, para conducirlo y que se den los resultados. Hace que un grupo genere cosas. Los equipos que están bien afuera de la cancha producen mejores cosas adentro. No estoy diciendo que ese equipo se llevara mal, pero cuanto más tiempo compartan juntos, tienden a producir más como equipo que uno que no lo hace y piensa en las individualidades.

Carlos respira y dice: “Factores”. Y suelta: “Me río porque desde que llegué al club, no nos hemos juntado a comer un asado”.

–¿Carlos Delfino sirvió para que Boca salga de esa situación?

–Nos ayudamos mutuamente. Tenía una cláusula para irme veinte días antes, ya estaba sellado: la idea era salvar a Boca antes. Los resultados no se dieron. Yo no sé los números que tiene Boca conmigo, pero creo que ganamos más partidos. Creo que sirvió un poquito más la presencia.

Pero Delfino necesita enfocarse en el futuro. Este tramo de su carrera está concentrado en reencontrarse con su juego. Aunque siempre, pero siempre, su corazón late en celeste y blanco: “Nunca me voy a retirar de la Selección. El día que deje de ir, será porque no me llamen más”.

Se toma unos segundos, piensa y vuelve con pasión sobre la Selección, ese lugar en el mundo, que lo hace feliz: “Va a ser, primero, decisión del entrenador si estoy o no. Cuando digo que no me voy a retirar nunca es como si mañana hay una guerra y piden soldados, yo quiero ser un soldado argentino y defender mi patria. Y mi manera de defenderla es jugando al básquet. No puedo decir que no. Si me llaman, nunca renunciaría a ese derecho: seguiría con tantas ganas y defendería mis colores. Si pasa, será divino. Creo que los chicos que vienen sumándose ahora y que vienen creciendo están muy aptos para tomar un liderazgo. Si uno lo puede compartir, bien, y si no, voy a ser el primer hincha”, dice Delfino y en su voz se advierte ansiedad y le tiembla la mano. Parece que el corazón latiera de manera distinta cada vez que dice Argentina.

–La Generación Dorada se va retirando. Quedan Luis y vos, ¿qué opinás de Manu?

–Me quedo sin adjetivos. Con todo lo que ha hecho, con todo lo que viene haciendo, creo que es el competidor más grande que ha tenido nuestro deporte. No sé si ha sido mejor que Maradona, que Fangio, que Monzón, que De Vicenzo, que Di Stefano: cada uno juega un deporte distinto. Pero el fuego interno, la manera de superarse, de reinventarse… lo que ha creado para un deporte. Muchos dicen que sería lindo que termine “en belleza”, como dicen los tanos. Otros prefieren arrastrarse a la cancha como yo –vacila–.  ¿Querés verme volcar la pelota? Andá a Youtube y buscalo, porque ya no salto más así. Manu tiene ganas de seguir adentro de una cancha… Manu ha hecho historia y tiene el cielo ganado con eso.

–¿Y qué es lo que deseás ahora?

–Barajo las cartas y voy a entrenarme desde lo físico para estar más rápido. Necesito más aguante físico y no sentir tanto los golpes como los vengo sintiendo por falta de forma. Viene una parte mía de aceitar la máquina, de ponerme bien y después quedarme en un club para jugar toda una temporada. Ahora lo encontré. Quiero hacer las cosas más seriamente. Desde el día a día; empezar y terminar un torneo con un equipo, desde trabajar para una pretemporada al objetivo final del año. Ahí pongo mis energías. Eso es lo ideal para mí. No soy pretensioso, quiero jugar al básquet.