Oscar Acosta

La playa, los alpes y el fútbol

El vacío por el retiro, la distancia con sus hijos y la crisis a punto de estallar lo llevaron a Europa hace casi 20 años. Instalado en Suiza, Oscar Acosta sigue recorriendo nuevos caminos.

Aunque la medianoche quedó atrás y arrancó un nuevo día, no es el reloj el que marca el ritmo sino los hábitos. Todavía falta un buen rato para el descanso. Pese a la hora, el calor no da respiro y la cortina de fondo la pone el sonido del Mar Mediterráneo. Abajo descansa el encanto de la Costa del Sol española. Ahí lo encuentra la charla con Enganche. En unos días estará otra vez en Suiza, donde reside hace más de diez años. A los 55, ya es abuelo. Uno de sus nietos está en Ituzaingó y el otro, recién nacido, en Ginebra. Sus padres y los amigos de la infancia se quedaron en Rosario. En Caballito forjó al jugador que con la camiseta de Ferro luego cobraría fama y saltaría a la Selección. El fútbol también lo instalaría en Japón. Oscar Román Acosta, de él se trata, se propuso una vida de sonrisas permanentes, en el lugar que lo encuentre y en las circunstancias que se presenten.

La explosión institucional y económica que detonó en 2001 con un helicóptero en la azotea de la Casa de Gobierno y los bancos tapiados como fuertes con el dinero de los ahorristas adentro lo golpeó doblemente. A mediados de marzo se había retirado con la camiseta de Ferro en el peor momento en la historia del club, en la Primera B Metropolitana. El enorme vacío que sintió al dejar de jugar profesionalmente, las penurias que no le eran ajenas en un país en llamas y “algunas desilusiones con fútbol y a nivel representantes” armaron el combo. El deseo de estar cerca de sus hijos en Suiza y la invitación de un amigo para irse a España hicieron el resto.

Se instaló en Fuengirola, a mitad de camino entre Málaga y Marbella. El fútbol quedó de lado, puso un bar y se abocó a otras actividades. “Estaba en un lugar espectacular y mucho más cerca de mis hijos, lo que me permitía ir a visitarlos o que viniesen de vacaciones. Ahora estoy acá de nuevo por unos días, pero seguramente con el tiempo terminé por radicarme otra vez en este lugar, que tiene unas playas increíbles y una vida que me encanta”, cuenta al otro lado del teléfono.   

En 2007 falleció la mujer con quien había estado en pareja cuando era jugador del Servette y entonces se instaló en Suiza para quedarse con sus hijos que estaban allá. “Era mi obligación estar con ellos en ese momento y estoy súper orgulloso de haber tomado esa decisión de instalarme cerca de ellos”, asegura. Primero fue solo y después se mudó con Arantxa, su pareja desde hace 17 años, y madre de dos de sus otros hijos. Como algunos años antes, también dejaba un país en el que había estallado una crisis: esta vez era la de la burbuja inmobiliaria española.

Oscar Acosta con su nieto recién nacido, en Ginebra.

“Estoy súper adaptado a la vida en Suiza. Es un país de avanzada en todo. Las cosas que me chocaban y que sufrí cuando era más joven y vine como jugador son las que ahora más valoro. Aquella vez yo había firmado un contrato por cuatro años y a los 18 meses me quise ir, por el frío, porque no encontraba pasión, porque las cosas en la cancha tampoco me salían. Y después de aquella primera experiencia hoy es el lugar que elijo para vivir. Disfruto del orden, con todo previsible, y el hecho de vivir en un centro neurálgico de Europa, que es sede de un montón de organismos internacionales y que me permite estar cerca de muchas ciudades importantes”, rescata. Y continúa: “Falta la parte emocional, de cercanía. El mayor problema social está dado por la depresión que se vincula con tener todo, algo que los que somos sobrevivientes no lo podemos entender. Pero sin dudas que si todas las personas pudiesen vivir así el mundo sería de otra manera”. Los gustos cotidianos pasan por comer esos chocolates de fama mundial y también por la untuosidad del queso en una raclette de l’alpage.

Su casa está a 20 minutos de la sede de la UEFA y los eventos que allí se realizan lo tienen como un participante habitual. La casa matriz del fútbol mundial, en Zúrich, también es un edificio que conoce bien y las puertas del edificio de la FIFA se abren para recibirlo. La argentinidad en Suiza tiene su punto de reunión en la embajada en Berna, otro lugar del que es un invitado habitual.

A los 16 años había dejado Rosario para sumarse a las divisiones inferiores de Ferro y un año más tarde debutó en primera. Con el equipo que dirigía Carlos Timoteo Griguol fue campeón en los torneos Nacional de 1982 y 1984. En sus primeros años en el club vivía en una pensión sobre la calle Pedro Goyena, donde compartía mesas y charlas con Héctor Cúper, Claudio Cristofanelli, José Fantaguzzi y los basquetbolistas Miguel Cortijo, Gabriel Darrás, Sebastián Uranga y Javier Maretto. “Toda esa convivencia en un club que era ejemplar en todo, líder en todos los deportes, me resultó una escuela de vida inigualable. Te educaban, te mandaban al colegio, te enseñaban a cuidar tus cosas, te inculcaban conductas. Era un lugar en el que valorabas tu propio esfuerzo y el de los demás. Para mí esa es una época inolvidable, hermosa”.

Además de Griguol lo dirigieron César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo. El Narigón lo convocó para la Copa América de 1987 y fue parte del equipo, capitaneado por Diego Maradona, que venía de ser campeón del mundo en México un año antes. A mediados de los 90 cuando jugaba en Argentinos Juniors sufrió una apretada de la barra a la que siguieron una serie de llamados intimidatorios y se colocó una custodia policial en la puerta de su domicilio. El día que se conoció la noticia recibió una llamada de Guillermo Coppola preguntándole si lo podía atender a Diego. “No podía creer que quisiera hablar conmigo. Me dijo que me quedase tranquilo y me que cualquier problema que tuviese lo llame, pero que no iba a pasar nada”, detalla. “Verlo en los entrenamientos era una locura, nosotros, que también éramos futbolistas, nos quedamos con la boca abierta viendo las cosas que hacía. Y como persona era un tipazo. Una vez jugamos un amistoso con la Selección en Roma él no podía estar porque tenía un partido por la Copa UEFA. Pero se vino desde Nápoles para vernos en una Ferrari negra. Yo en mi vida había visto una y varios de los otros muchachos tampoco, y él no tenía problema en que estemos todos ahí, nos trataba como si él fuese uno más”.      

De aquella trilogía de entrenadores que brillaron en los 80 y los 90, guarda especial cariño. “De Griguol se decía que era defensivo y nada ver. Se acusaba a Ferro de ser aburrido y era un equipo que se entrenaba para atacar; es cierto que armaba los equipos de atrás para adelante, pero quería un equipo rápido. El trabajo de Luis Bonini era fabuloso. Timoteo se preocupaba por poner a los jugadores del club y juntaba a los buenos futbolistas”.  

Con Rummenigge en la UEFA. Cuando el alemán se retiró en Servette, Acosta llegó para reempazarlo.

Con Javier Zanetti compartió plantel en Banfield entre 1993 y 1994; desde entonces forjaron una amistad que se mantiene y la cercanía entre Ginebra y Milán les permite visitarse frecuentemente. En el Taladro se reencontró con Ángel David Comizzo después del tiempo en el que habían estado juntos en River un par de años antes. En 2008 el ex arquero le ofreció sumarse a su cuerpo técnico para dirigir a Talleres de Córdoba, por entonces en el torneo Argentino A. Le advirtió que el panorama no era el mejor, que el equipo tenía problemas y que las cosas podían encaminarse y funcionar como también resultar mal. Acosta decidió que no valía la pena desarmar su vida europea y alejarse otra vez de sus hijos por una aventura futbolística. Poco después el destino le dio la razón: el ciclo de Comizzo en Córdoba fue de apenas tres meses.

Recuerda que cuando dejó de jugar quedó atrapado por una incertidumbre muy grande. “Vivía solo, en una casa muy grande y no tenía problemas económicos, pero no sabía qué hacer. Era joven pero ya no podía jugar al fútbol, no sabía qué puerta tocar ni qué era lo que quería hacer. Pero por suerte siempre tuve una soga. Enseguida me di cuenta que acá no tenía nada para hacer, eso coincidió con la insistencia de mi amigo para que fuera a verlo y todo lo que pasaba en nuestro país. No lo pensé demasiado y me fui a Europa, donde sabía que iba a estar cerca de mis hijos y que algo para hacer iba a encontrar”.

Sus días en Suiza transcurren como director deportivo de un equipo de tercera división, el Olympique de Geneve, donde también había sido ayudante de campo. “Me gusta esa posición, que me permite tomar decisiones, estar en reuniones, ver jugadores, considerar técnicos. Yo tengo buen trato con las personas. Es en una escala menor pero me encanta, está buenísimo”, sostiene. “No me falta nada y no voy a tener ninguna necesidad hasta que me muera, pero mis hijo no, eh, ojo. Tengo cinco hijos de tres relaciones diferentes y no quiero que haya ninguna pelea así que voy a gastar todo lo que hice con mi trabajo para que después ellos tengan que laburar y ganarse la vida como buena gente”, explica.

El fútbol, con todo lo que le dio, sigue siendo un amor eterno: juega en cuanto partido encuentra, forma parte del equipo de veteranos de Servette, estuvo en torneos con Figo, Eric Cantona y Zinedine Zidane, formó parte del encuentro Interreligioso por la Paz que se jugó en Roma en 2014 y hasta jugó partidos en la nieve. “Lo más importante que me pasó es jugar al fútbol, así que no lo voy a dejar”.

Con la camiseta de Ferro, en un torneo de fútbol sobre la nieve.

Se quedó con las ganas de que su abuela Ernestina lo hubiese visto jugar en primera. Lo impacta el hecho de que haya fallecido con la misma edad que él tiene ahora y le duele no haberla podido ayudar después de una vida de necesidades. No haberse podido poner la camiseta de Newell´s, equipo del que es hincha, es la cuenta que le quedó sin saladar.

“Desde que salí de Rosario siempre actué igual, sin mirar para atrás y viviendo el día a día a full. Hago las cosas que quiero en la medida que me es posible. No me detengo a pensar qué es lo que hubiese podido suceder si en lugar de una decisión tomaba otra. Tuve una infancia humilde, con un contexto familiar complejo por mis padres separados. Conocí los Alpes suizos antes que Bariloche. Estoy infinitamente agradecido al fútbol, a los amigos y a la familia. Soy un hombre feliz”. Oscar Acosta, un tipo al que los afectos y la pelota le hacen disfrutar de una vida plena.