Manny Pacquiao

Pacquiao, el muñeco de mi infancia y un dinosaurio campeón de manos cortas

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Las leyendas viven en el corazón de los fanáticos, y la de Pacquiao se impregna en el alma de uno de nuestros cronistas. El periodista, el niño y aquel juguete.

Tenía razón Keith Thurman. En parte, tenía razón el hombre. “No me vas a hacer nada con esos brazos de Tiranosaurio Rex”, había dicho el estadounidense en la previa del gran combate. Pacquiao, asombrado, no le respondió nada. Y en esa frase -ahora queda claro- Thurman acababa de regalarnos una definición histórica, que ningún comentarista deportivo había sido capaz de encontrar en 25 años de ver boxear al filipino. “Manny Pacquiao, el boxeador con los brazos de T-Rex”. Tenía razón Thurman; en parte, tenía razón. Tuvo que venir un colega suyo a contarnos quién es Pacquiao. Grande y legendario como un dinosaurio. Tiene los brazos, el corazón, la velocidad y el hambre de un T-Rex. Y también, valga la comparación, es una pieza viviente de museo. Y también es, quiero que lo sepan, mi bestia favorita, como aquella que acechó hace 66 millones de años algún lugar de este planeta.

Manny Pacquiao -con permiso, Thurman- es un T-Rex, porque, 20 años después de haber visto uno por primera vez, este tipo me hace volver a ser feliz, como aquel niño de anteojos gruesos que alguna vez fui. Yo tuve un Tiranosaurio, a mí no me lo contó nadie, ni lo vi por televisión. Yo fui el primer chico del barrio de San Antonio de Padua que tuvo un T-Rex en su casa. Fue gracias a los reyes magos, cuando allá por el 97 o 98 me trajeron a la bestia de manos cortas. Ahí estaba el cabezón y bocón de colmillos puntiagudos, todo verde oscuro, con manchas grises y un botón rojo en la panza, que cuando lo apretabas accionaba un griterío bárbaro. El bramido salía de los parlantes que estaban debajo de sus costillas. Ese Tiranosaurio fue el primero y el único que tuve en mi vida. Y aunque hace años que lo perdí, aún tengo una ingenua sospecha de que mi vieja lo habrá guardado en alguna bolsa con juguetes y cuadernos de la primaria.

Como el Pacquiao del sábado por la noche, mi Tiranosaurio también tenía un envidiable juego de piernas, caminaba rapidísimo y coordinado. Llevaba unas rueditas escondidas cerca de los tobillos. Y que yo recuerde, era incansable. Como si nunca se le fuera a sulfatar la pila. Venía desde Asia, pero éste creo que era chino. Aún así, y al igual que el Manny, no se crean que mi Tiranosaurio era imbatible. El filipino, sin revisar la estadística, perdió con el Terrible Morales, Dinamita Márquez, Floyd Mayweather Jr, Tim Bradley y algunas veces más, tres más para ser exactos. Mi T-Rex también fue batallado en guerras memorables. Perdió con las Tortugas Ninjas, Rambo y Terminator. Y se le trabó la plaqueta por culpa del agua. La primera vez que lo usé, sin querer, volqué un vaso sobre la mesa. Mi vieja, astuta, secó la caja con un secador de pelo. Y fuimos derechito a la juguetería. “No anda el dinosaurio, no sé porqué no camina”. Fueron sus palabras en medio de una charla extensa que hubo con el juguetero. Todavía no sabemos cómo lo hizo, pero se lo cambiaron por el T-Rex que yo conocí.

Todavía no sabemos bien quién ni cómo lo hizo, pero el sábado por la noche, en Las Vegas, cambiaron a Manny Pacquiao por el Pacman que yo conocí. Ya no arde como antes, pero sigue quemando. Tira el punzante doble jab, lanza golpes de poder desde todos los ángulos, asfixia y desmoraliza. Más viejo, ajetreado, con cuarenta años en el lomo, sigue siendo el mismo Pacman con hambre de gloria, como aquel chiquitín que salía a buscar rodajas de pan duro por las calles de Filipinas, cuando su única comida de la semana era una latita de sardinas. “Tiene un don especial, es una persona que te motiva con solo verla”, dice Cristian Coria, un boxeador santiagueño que cumplió el sueño de ser parte del campamento del Manny, en Las Vegas. Se levantaban a las 6 de la mañana para correr 8 kilómetros hacia la colina del Griffith Park, un camino serpenteante, lleno de tierra, rocas y sequedad. El aspecto del lugar era digno de un parque jurásico. Y la ferocidad del Manny, también. No es humano tener 400 millones de dólares en el banco y seguir escondiendo a un samurai en el cuerpo.

No tiene edad para verse tan destructivo. El 90 por ciento de sus rivales están jubilados. Se retiraron 57 de los 63 que enfrentó. Y ahí andan los ex de Pacquiao, viviendo la buena vida, como promotores, comentaristas, técnicos o entrenando a sus herederos para ser boxeadores, como el caso de Ricky Hatton, que prepara a su hijo Campbell, por citar un ejemplo. Alguna aureola debe haberse posado en su cabeza. “Jesús es el señor”; dice la remera que usa el Manny para correr, junto a veinte, treinta integrantes de su equipo. Hay estadounidenses, guatemaltecos, mexicanos, argentinos, parientes filipinos, y filipinos de la calle. Sí, hay que diferenciarlos porque Pacquiao invitó a su casa de Los Angeles (una mansión que le compró a Jennifer López) a más de treinta personas, con las que convivió cerca de un mes durante su preparación. Y en ese grupo había boxeadores muy pobres. Tan pero tan pobres, cuenta Coria, que Manny los conoció en las calles por su trabajo como senador. Entonces, los llevó a Estados Unidos con el objetivo de cumplirles el sueño de sentir lo que es vivir otra realidad.

“Jesús es el señor”, reza la remera de Manny. Por cierto, el T-Rex de mi infancia también tuvo un Dios aparte. Una vez se cayó de la escalera, rodó escalón por escalón, hasta que la cuenta llegó a diez. El T-Rex, o el Manny, a esta altura ya no importa bien quién, también se bancó, estoicamente, los calores de verano, durmió a la intemperie por algún olvido involuntario y se chocó varias veces la cabeza con la pared, porque siempre quería más. Obstinado, pretendía atravesar los muros de cemento. Sus patitas repetían un movimiento que jamás olvidaré. Para adelante y para atrás, una y otra vez. Cuando quería cruzar un límite, sus patas caminaban veloces en el aire, como cuando uno corre en una de esas cintas que se usan para hacer gimnasia. Y -créanlo- el Manny, o mi T-Rex, hizo exactamente lo mismo. Fue al final de uno de los primeros asaltos. Feliz por lo que estaba haciendo (había tirado a Thurman en el primer round) ensayó un pasito risueño que levantó a toda la tribuna.

En ese pasito lleno de magia, estaba mi dinosaurio, el de toda mi vida, peleando en el MGM Grand de Las Vegas, yendo para adelante, a buscar romper los muros de lo imposible. Ahí estaba el T-Rex de mi infancia, ese mismo que no elegía, ni esquivaba rivales. El que estaba dispuesto a pelear hasta altas horas de la noche, porque eso era lo que mejor sabía hacer: responder a los dictados de su naturaleza salvaje. Ahí estaba el T-Rex más temible de la historia, ese que era capaz de lucir como una máquina, pero que al mismo tiempo sabía muy bien que un golpe mal dado podía acabarlo para siempre. Es entonces que en el final de este relato me animo a decir lo siguiente.

De niño quería ser paleontólogo, trabajar en el museo de Ciencias Naturales de La Plata. Soñaba con reconstruir historias de la humanidad, hueso por hueso, hasta armar el esqueleto completo. Eso le había prometido a mi vieja. Y a mí mismo. Pero fallé. Terminé estudiando periodismo, para intentar, con suerte dispar, reconstruir historias, palabra por palabra, hasta armar el texto completo. Sinceramente, creía haber enterrado en mi pasado para siempre a esos años felices de sueños de aventurero. Hasta hoy creí haber sepultado toda esa era. O al menos hasta la pelea del sábado de Manny Pacquiao, mejor dicho. Ese Tiranosaurio está vivo, Susana. Y por más que algún día se vaya a extinguir, será recordado hasta el final de los tiempos.