Para que el sueño sea colectivo

“A los pibes los quiero adentro del club, porque así van a tener menos chances de caer en la droga, en el alcohol o en lo que sea. Los quiero de la puerta para adentro. Quiero incluirlos y que, si les pasa algo, tengan un profe, un compañero, un amigo o alguien al que acudir para que los ayude”. Matías Lammens, presidente de San Lorenzo.

“Gran parte de mi vida se la debo al fútbol. El fútbol me salvó la vida. Huracán, Boca, Banfield, todos. Los clubes de baby fútbol, Flecha de Oro y Biblioteca. A mi colegio, el Sagrado Corazón de Barracas. Ellos me salvaron. Yo fui creciendo con el fútbol. A mí el fútbol me educó, me hizo aprender a alimentarme, a descansar, a hablar. Todo. Aprendí a tener disciplina y a respetar a los otros. Mirá si me habrá enseñado”. Antonio Barijho, ex futbolista y actual entrenador de inferiores de Huracán.

La villa 1-11-14 se levanta como un gigante tan sólo a metros del estadio Pedro Bidegain, el denominado Nuevo Gasómetro, casa actual del San Lorenzo de Matías Lammens, que siempre mira hacia Boedo. En La Quemita, sólo a 2000 metros de allí, entrenan las divisiones inferiores de Huracán, el hogar futbolero de Antonio Barijho, que conoció la miseria a unas 30 cuadras más allá, en la Villa 21 y en la Zavaleta.

Lammens y Barijho, con historias bien distintas y orígenes más que dispares, se fueron acercando en la vida gracias al fútbol o, más bien, gracias a sus clubes. En tiempos de rivalidades exageradas estúpidamente hasta el hartazgo, San Lorenzo y Huracán, con sus matices, siguen siendo el refugio de un montón de pibes con sueños y sin cosas, que caminan el sur de la ciudad de Buenos Aires.

En el distrito más rico de la nación, donde 1 de cada 10 vive en una villa, San Lorenzo y Huracán, como tantos otros, son necesarios para tender una mano. Son familias grandes que reciben a pibes que buscan oportunidades, pero que, sobre todo, buscan amor y contención.

Por eso, Lammens y Barijho, San Lorenzo y Huracán y todos los clubes que vengan detrás deben empujar cada día para que ese rol social se agrande. Para que el sueño sea colectivo y, a la vez, funcione de demanda hacia el estado. Para que la intentona burda, mercantilista y falaz de imponer a las sociedades anónimas como modelos de negocio y exclusión, sea tan sólo la idea equivocada de algún trasnochado.