Maravilla Martínez

“Para ser el mejor hay que vender dos cosas: humo y realidades”

El ex campeón mundial de los medianos del CMB sueña con sus peleas y durante años mitigó dolores con morfina y corticoide; a cinco años de su combate con Chávez Jr., cree que el boxeo, como disciplina deportiva, desaparecerá.

Ese tipo, que ahora parece otro pero es el mismo, nació con los guantes puestos. En Quilmes, de pibe, eran de techista para cubrir sus manos de los martillazos. En Madrid, se calzaba los de lavacopas para que los litros de detergente no le quemasen la piel. En Monterrey fueron de “patovica”, para invitar a salir a tomar aire a los “cabrones”. Hasta que se puso los que mejor le quedaron: los guantes de boxeo. Y tomó vuelo de artista. Porque Maravilla, sin nombre, ni apellido, hizo del boxeo un arte. Hizo de una expresión violenta, tal vez, una pintura. Como fue aquella imborrable pelea con Julio César Chávez Jr. en Las Vegas. Esa obra tuvo sus manchas con las gotas de sangre, sudor y lágrimas que cayeron en el round final. Pero así y todo, esa pelea no deja de ser, junto a el primer duelo Maidana-Mayweather, la expresión más pictórica del boxeo argentino contemporáneo. Puro arte dramático. 

“Cómo olvidar esa pelea. Si le preguntás a la gente, yo soy esa pelea. Una noche de gloria, contra Chávez Jr., 19.883 espectadores en el Thomas and Mack Center. Volaron tres mil y pico de argentinos. Y se encontraron con otros tres mil y pico de argentinos que vivían allá. Y fue una fiesta. Pero, ¿querés que te diga algo? Esa no fue mi noche. La noche en la cual yo me recuerdo como boxeador no es esa. Para mí, el 21 de junio de 2003 no tiene segundo puesto. Contra Richard Williams gané mi primer título internacional (N. de R.: el de la IBO). Eso me encanta porque es mío. Y muy poca gente lo sabe”.

El recuerdo de Maravilla se remite a Manchester y cinceló a fuego su carrera. No le habían pagado ni una milésima parte de su bolsa para entrenarse. Pasó hambre. Pedía comida en las iglesias. Cuando subió a pelear, protegió sus dientes con un bucal barato comprado en una farmacia inglesa. Y cada vez que recibía una trompada, sentía cómo ese molesto plástico lo lastimaba por dentro. Se le hacía sangre la boca. Ni bien ganó, le dijo su papá, que estaba cerca del ring: “Ganar de visitante es como gritar un gol con una tribuna vacía”. Ese recuerdo, le vuelve una y otra vez. Entonces, aparece una pregunta en el aire. “¿Si sueño con mis peleas? La verdad es que duermo poco, muy mal. Pero sí. Sueño con mis combates, con combates reales. Llegué a soñar con el de Vélez, que me dolían las rodillas. Soñé con Cotto. Pero de pibe soñaba que peleaba en grandes estadios que ni conocía. Una sola vez tuve un sueño feo: no podía sacar mis golpes, tenía las manos atadas y la guardia muy arriba; el ring era muy grande y mi rival también, no podía sacar mis manos y me llevé una buena tunda, ja, ja”.

-Ese sueño fue una pesadilla. ¿Y despierto, a qué le temés?

-A lo primero que le tengo miedo es a una mujer despechada, como diría el grandísimo Julio Iglesias. Le tengo miedo a la gente que tiene poder y es muy idiota. Hay muchos pelotudos con poder. En el boxeo conozco a muchos tipos jodidos. Se creen que tienen la manija. Esa gente da miedo, macho. En la Argentina te toca un tipo como Osvaldo Rivero (N. de R.: reconocido mánager de campeones), que si no estás con él, estás en contra suyo. Te maneja la carrera, te maneja la vida, maneja tu dinero y lo que te puede pasar es terrible. La mejor decisión que tomé fue alejarme de él. Pobres los boxeadores que no saben defenderse…

-En cuestiones de relaciones de poder, ¿por qué los boxeadores obedecen tanto a los entrenadores? El Chino Maidana tal vez es una excepción, cambió varias veces de rincón y llegó a pelear con Mayweather…

-Por lo general, los boxeadores son gente muy sumisa, muy obediente y leal. Hay respeto, pero también hay temor. Tratan de darle poder al entrenador. Y el entrenador entonces se creer súper poderoso. Piensa que hizo al boxeador. “Es obra mía”, dicen. Como un artista plástico que toma dos, diez, cincuenta kilos de arcilla y construye una escultura. Es complejo el tema. No sé si es una costumbre. Pero muchos les hacen creer a su boxeador que si se van con otro van a perder. Es un trabajo de psicópata el que hacen.

-No cambiaste muchas veces de entrenador. Pero el que te llevó a la gloria, de alguna forma, te dañó las rodillas por sus exigentes entrenamientos. ¿Te arrepentís de algo?

-Terminé con un montón de lesiones. Estuve un par años con morfina. Otro tiempo con corticoides. Y necesito prótesis en mi hombro izquierdo y en una rodilla. Me entrenó durante muchos años el mejor preparado del mundo (N. de R.: Gabriel Sarmiento): arreglaba huesos como nadie, me dejaba hecho una máquina. Pero claro, él aprendió conmigo. Fui su ratón de laboratorio. Por eso, soy un poco rengo: tengo un centímetro y medio menos de pierna derecha. Me toca, a veces, caminar con muletas. Pero valió la pena. Evolucioné en algunas cosas. Pero en otras no. Sigo pensando que la salud es lo más importante. La vida que llevo me hace feliz.

-¿En qué lo notás la evolución del boxeo? Porque acá seguimos mirando los VHS de Pascualito Pérez, Locche y Monzón…

-Por supuesto que evoluciona el boxeo, a la par de cómo evoluciona una sociedad. Por ejemplo, te vas a Alemania y están los Klitschko, que tienen carreras universitarias, que son empresarios, que son súper campeones mundiales. Y en Estados Unidos, está Mayweather, un fabuloso boxeador y empresario. Claro que Monzón fue el mejor. Nadie le va a sacar a ese lugar. Pero hay que apoyar a los que vienen ahora. ¿Y qué pasa en la Argentina? El boxeo está a la par de la sociedad. ¿De cuál sociedad? Está ligado a las raíces más marginales, cultural y socialmente hablando. De ahí venimos. No es que el boxeo esté atrasado, ¡todo está atrasado en la Argentina!

-Te vas a tirar mucha gente en contra con todo esto que decís…

-Yo lo veo así. Para colmo, los argentinos somos muy románticos. De mirar muy para atrás. Creemos que todo tiempo pasado fue mejor. Somos egoístas. Y no le damos paso a la gente nueva. La Argentina está como una persona de mediana edad; y a veces tiene carácter de adolescente. No le da bola a los jóvenes porque “éste pendejo tiene que crecer”; y a los viejos los desplaza: “llevalo a un geriátrico, enciérralo y listo”. Como dijo un amigo, parece que los argentinos nos tenemos bronca entre nosotros. 

-Un ex presidente de la Federación, Osvaldo Bisbal, decía que “el boxeador argentino es vago, porque se entrena cuando sabe que va a pelear” ¿Coincidís?

-Uhh, la puta; no quiero pegar golpes bajos. Como decía, el boxeo está ligado a la marginalidad. ¿Qué hace el tipo marginal? Se levanta y va a trabajar cuando necesita comida. Cuando tiene para comer, listo. Deja de trabajar. Y eso es más o menos lo que pasa en el boxeo. Es lógico. No digo que esté bien. Ni que esté mal. El cavernícola salía de la cueva cuando necesitaba comida. Y esto es más o menos lo mismo. No estoy diciendo que el boxeador sea cavernícola, yo fui boxeador. Y amé el boxeo porque me salvó. Digo que el boxeo saca nuestra esencia más primitiva, de la zona más oculta del cerebro. ¿Me comprendes, Méndez?

-El boxeo es más primitivo que la escritura, originado hace 7.000 años con los persas. ¿Creés que se va a extinguir? ¿Evolucionará en otro deporte?

-Pff, dejame pensar… (Unos segundos después) El ser humano evoluciona y lo seguirá haciendo. Mmm. En 150 años. Sí, en 150 años el boxeo no va a existir más. El ser humano no necesitará más peleas, ni ganarse la vida de esa manera. En Europa se va extinguir y seguirá en los otros continentes. La evolución va ligada al amor. Y el amor a la libertad. Ojo, no digo que esté bien que eso ocurra. Amo el boxeo. Me dio la templanza y la vida que tengo. Uff, me estoy yendo a la mierda.

-Dale, seguí…

-Pero yo, que vengo de muchas vidas de peleas, muchas vidas de conflictos, de una cadena de vidas conflictivas, llegué a este momento tan importante y lo disfruto. Pude cortar con ese karma, terminar con esas peleas para convertirme en un boxeador amateur. Luego en profesional. Trabajar en blanco. Más tarde campeón mundial, peleando en los mejores escenarios del mundo. Y eso de alguna forma es crecer. Porque ahora vivo otra vida.

-¿Y cómo te das cuenta de esa evolución interior tuya?

-No siento el nocaut a Paul Williams como hace siete años. Eso es evolución. Yo digo que evolucioné. Y todos vamos a seguir evolucionado. Pensándolo bien, va a estar bien que desaparezca el boxeo. Y otros deportes violentos. ¿Por qué? Porque hay un abandono de salud. Yo dejé mucha salud en el ring, ni siquiera me interesaba si perdía o no la vida. Me mataba. Pero claro, para entender el valor de la vida, hay que evolucionar. Ahora escribo libros, monólogos de humor, charlas de auto superación, canciones, obras de teatro…


“El boxeador no es golpes. No pega, ni aguanta. No recibe. Está hecho de sensaciones, sentimientos y alma”.
 

-Para algunos, sos un sabio del ring; para otros, un sofista, un “vende humo”. ¿Quién sos?

-Me siento un bicho raro del boxeo, porque analizo en detalle prácticamente todo. Es un deporte en donde el pensamiento está atado de pies y manos. Salvo, por ejemplo, Mikey García, que tiene un cerebro extraordinario. Yo nunca hablo de golpes. Hablo de tiempo y espacio. De insinuaciones. De mentira. De engaño. El boxeador no es golpes. No pega, ni aguanta. No recibe. Está hecho de sensaciones, sentimientos y alma. Entonces, me escuchan hablar así y parezco un bicho raro.

Mal o bien, Sergio Martínez repasa su existencia en el boxeo entrando y saliendo, como si clavara aguijonazos para echarse a volar. Ya no existe razón alguna para entenderlo o intentar coincidir. Hay cosas que no se explican, se contemplan. Nadie olvida su legado de boxeador. Nunca se irá del boxeo, porque las estrellas, por más fugaces que sean, siempre dejan una estela de luz en el firmamento. Sobre su figura, reflexiona: “Yo fui el anti-boxeador, el anti-estilo. Hice algo diferente. Y lo que se ignora, se agrede. Por eso me putearon… Están los dos extremos, porque también está el que te convierte en ídolo. Es muy malo que haya ídolos. Cuando uno idolatra, se vuelve radical. Y no hablo de la UCR, ja. Se vuelve radical de verdad. Agradezco que me hayan puteado, por momentos, porque de mí se esperaba que salvara el mundo y me agarró (Miguel Ángel) Cotto y me cagó a trompadas”.

-Al margen, ¿vendiste humo?

-Probablemente haya vendido humo. Y probablemente haya vendido ilusiones. Siempre fui un vendedor de ilusiones. Y siempre fui un vendedor de humo. Porque quería ser el mejor. Y para serlo, hay que vender las dos cosas: humo y realidades. Para que la realidad sea más digerible, hay que ponerle humo. Aunque prefiero más llamarlo “ilusión”…

-¿En el boxeo hay ilusiones, mentiras, manos que no son, que confunden al rival?

-El boxeo no es el arte de golpear, ni de recibir. Es como el ilusionismo. Es el arte del engaño. Trasladémoslo al fútbol. Jugás un partido contra Messi, mano a mano. Te hace 185 goles. Bueno, bárbaro. Después le decís: “Dale Leo, jugamos, pero no vale amagar”. ¡Le arruinás la vida! El mejor ilusionista que tuvimos fue Locche, era ilusionista y mago. Sus golpes le costaron. Pero el apostó todo a eso. Yo podía vender alguna ilusión. Locche era el ilusionismo. Sacó un fosforito y prendió fuego los libros del Marqués de Queensberry (N.de R.: el escocés considerado padre del boxeo moderno).

Lo dice un tipo que se subió al ring a crear sobre el lienzo, un lugar donde la mayoría sube para destruir. Justo él, que pintó con sus manos las rocas más graníticas, tal como lo hacían los hombres primitivos. Para los especialistas del boxeo, como Eduardo Lamazón o Víctor Cota, ingresa dentro del top ten de los mejores púgiles argentinos de la historia. “Yo soy un tipo normal. Hecha esa aclaración, digo que el boxeo es mente, piernas, puños. La mente por delante. Y antes de la mente, está el pensamiento. Y antes del pensamiento, está el instinto. El instinto es mucho más veloz que el pensamiento y que todo lo demás. Los boxeadores tenemos un instinto dañino, pongámosle”, reflexiona.

Después de tanta charla, saca el pie del acelerador. Propone seguirla otro día, porque el deber lo llama: entre sus multifunciones (actor, empresario, promotor de boxeadores) compone canciones para un grupo musical entrerriano llamado “Acarosh”. Y se acaba la charla, este ejercicio con aires de introspección. Después de tantas batallas, llegó el responso del guerrero. La bonanza. La paz que le concede este tiempo ocioso, “con cuatro sueldos buenos, sin tener que trabajar”. Mientras tanto, sus peleas se siguen viendo en YouTube. Esas obras lo muestran en una pose clásica: lanzando sus golpes, buscando ángulos para pintar puntos en el espacio. Justamente con la sumatoria de esos puntos, poco a poco, construía sus triunfos. Esa imagen despertó algo en muchos. A Luis Romio (presidente de la FAB y profesor de arte), por ejemplo, se le ocurrió ubicar a Maravilla dentro del “Puntillismo”. Como el francés Georges Pierre Seurat, un neo impresionista que, casualmente, también había pintado con puntos. Y que, casualmente, también había creado hasta el fin. Con arte y emoción.